Borradores (2015?)

—Julio Aparicio Salgado. De mí recibirás la pluma, el escritorio, la biblioteca, y el polvo.
El notario cerró la carpeta que contenía el escrito.

Algunas personas ya habían salido a la terraza, a chuparse la nicotina de los dedos y, a pesar de mi ignorancia del tabaco, algo entre todo aquel bullicio me indicaba que debía salir afuera, al aire libre asfixiado, a asfixiarme libremente de humo negro. Pero no lo hice.

Era uno de esos días -cómo decirlo-, tediosos, desnudos y disecados; de vagas luces desalmadas al fondo; de vapor; de vidas invertidas, inhaladas, engañadas; de hombres, confusos y perdidos; de brazos cruzados.

¿De veras la biblioteca?

Aún recuerdo cuando volvía de mis largas vacaciones por la Patagonia, y cruzaba la verja verde del jardín, y la veía allí al fondo, con la alegría pintada en la cara y los brazos en alto. Aún la recuerdo joven, junto a Ernestina, ilusionada; la gran villa, los naranjos en el patio, el camino de tierra y grava, el muro almohadillado, el pasillo alargado de baldosas frescas, y al final de todo aquel trayecto la magistral biblioteca, de colores dorados, alzada y apoyada sobre escaleras de roble. Aún recuerdo Villa Aparicio, adolescente y primaveral, con sus veranos eternos, sus tardes insondables, y sus noches oscuras perdidas en lecturas de polvo. Y ahora que todo aquello era mío, algo me rechinaba. Aquel enorme favor testamental, y las corbatas negras, por ejemplo: Agustina nunca las hubiera querido allí.

—Julio, hijo.
Me decía en voz suave.
—Dime.
—Ha pasado mucho tiempo.
Casi no la recordaba. Ahora andaba encorvada sobre su bastón. Al verla, brotaban viejos perfumes: la imagen de sus delicadas manos haciendo zumo de naranjas. Una Ernestina adulta, madura, y silenciosa.
De nuevo la tenía junto a mi, susurrando el consuelo.

—Octavio me contó algo de tí.
Su voz se tambaleaba.
—¿Si?
—Si. Sigues viajando.
—La vida es un viaje.
—Estuviste en Rosario.
—Hace mucho tiempo.
—No te pasaste por la villa.

El trayecto de Aguamala a La Corve es estrecho. Lo encierran raíles de comercio, y lo cultivan ancianos avinagrados. Matías camina conmigo.
«Tienes miedo», afirma. Y tiene razón. Respondo echando el humo de la boca.
Han pasado varias noches desde Villa Aparicio: desde que Agustina me prestara aquel extraño libro que llevo conmigo a todas partes.

—Miedo a qué.
—¿Qué dices?
—Que a qué tienes miedo.
—A nada.
Él se limita a reír.
—Eres un llorón.

«Tengo miedo a que se acaben las páginas», pienso, pero no lo digo. Suena ridículo.

—¿Qué haces? —me pregunta.
—¿Pensar? —respondo yo.
—No.
Decido no responder más, por mucho tiempo.

Hace unos minutos, bien largos, casi nos matamos a puñetazos. Ahora hablamos como dos pedazo de niños. Pero siempre hacemos lo que nos apetece, y nadie nos puede decir nada, porque primero, no somos nadie, segundo, nadie nos conoce, y tercero, no somos nadie y nadie nos conoce. Y si nadie nos conoce no somos nadie. Y si no somos nadie nadie nos conoce. ¿Verdad? Sí. Es así.

“Se respira un aire como de Sinaí», estoy a punto de decirle. En cambio me resisto, callo, y sigo andando, y cada paso es una espina más. Necesito entretenerme con algo, distraerme, perderme, evadirme. Pienso. Recuerdo el día, el presente, el motivo, y cada detalle de aquel extraño viaje. Lo que había comenzado como ‘voluntario’ se transformaba en una especie de exilio.
¿Por qué?

Fue despertar por la mañana, oír gritos, sacar la cabeza del saco, y ver a un viejo agitar el bastón. Nadie nos quiere durmiendo en su jardín.

El día había comenzado zurdo, y parapléjico.

Me muero de ganas por leer.

—-

Todas las cabezas se agachaban con el trombón y las flores en la alfombra. Aquel enorme baúl se paseaba por la sala hasta llegar a la capilla. Malditas corbatas negras. Y como si nada hubiera pasado, cuando dieron las nueve todos fueron a sus casas, riendo, llenos de gracia y nicotina.

De pronto, cuando recogí las fuerzas suficientes para desprender la mirada del baúl, me di cuenta de que estaba solo, y que la capilla iba a cerrar, y que no tenia ni idea de qué hacer. Tenía que dormir en algún lado. También Ernestina. Había desaparecido.
Ernestina. No se alegró por verme de nuevo.

Me encontraba mal. No de salud. Simplemente no me encontraba. No sabía dónde estaba. Algún viejo de correa negra -o corbata, como suelen llamarlo- me había abandonado. Perro. Eso es lo que era. Un perro mal domado. Un viejo avinagrado.

—-

La tarde se declina. Entre ambos decidimos buscar un sitio en el que acampar, y montar la tienda, y descansar, de una vez por todas. Estamos agotadísimos. Muertos sería decir poco.

De pronto decimos «acá», al unísono, y extraemos las cosas de la mochila. La noche se está asentando

[Reto: Cambiar el orden cronológico. Hacer que sea primero funeral, luego viaje. Enfatizar en el libro prestado]

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