Poema musical: ¿Acaso pretendes que me ría?

Un pequeño experimento musical para acompañar la lectura de un poema. Recomiendo leerlo sin prisas. Los segundos recomendados están entre paréntesis y deberían de servir como guía para leerlo al ritmo «perfecto». Está compuesto para que funcione y funciona. Puede ser complicado pero funciona, lo prometo.

¿Acaso pretendes que me ría?

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¿Qué es esa envidia que se pinta en tu rostro?

A tu cara le falta música.

Ese asqueroso sonido del sónar a lo lejos…

¿De verdad lo quieres?

¿Lo oyes maullar?

¿Escuchas como pita?

¿Y de verdad lo quieres escuchar?

¿Para qué?

¿Para alcanzar a algún submarino lejano que salga a tu encuentro?

¿De verdad crees que esa miseria en la que caes te va a ayudar en algo?

Caes grave,

cada vez más grave.

Hondo.

Profundo.

¿De verdad lo quieres?

¿A quién le murmullas?

¿Con quién hablas?

¿De qué te ríes?

No bajes más.

Nadie saldrá a tu encuentro.

Te quedarás solo con el sónar y ese aullido monocromo que esparces por las aguas submarinas.

¿No ves que te ríes sólo?

Nadie vendrá a saludarte.

Estáis tu y tu voz

tu propia conversación

tus risas que piden ayuda.

¿Y acaso pretendes que me ría?

Dime.

¿Acaso pretendes que me ría?

¿Crees que me hace gracia tu tremendo fracaso?

Me das asco

Me das maldito asco.

¡Cállate!

Cállate y escucha…

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¿Lo oyes?

Tu música esta suspirando.

Respiras a través de tu música.

Aunque no la escuches ahora, siempre estará latente.

¿Que aborreces el sónar? ¡Déjalo!

¿Qué amas los truenos? ¡Dáte truenos!

Respira a través de la música.

Cada sonido que expires intenta saborearlo mientras gimes.

Una rueda girando.

Las cadenas chirriando.

Los charcos rompiendo.

La tormenta abriéndose paso ante tus ruedas.

Tus pantalones se calan.

Tus labios inhalan.

Tus sollozos se apagan.

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Ahora todo te viene a la cabeza, ¿eh?

Dolor de tripa.

Enfermedad.

Tristeza.

Melancolía.

Te duele el «podría» porque no lo puedes.

Pues tienes un verdadero problema.

Ese sueño que sueñas cae del cielo como una maceta para destrozarte el cráneo.

Caes al suelo.

La cabeza aplastada contra el asfalto.

Tus ojos a la altura de una hormiga.

¡De una hormiga!

No tienes valentía, solo envidia.

Ya veo, ya.

En verdad te gusta esa miseria en la que te estás cavando.

Ni te esfuerzas para salir de ella.

Y ahora vuelves a murmurar para tranquilizarte.

Lo ignoras todo.

Casi parece como si te gustase la miseria.

¿Quieres hundirte en tu miseria para castigarte?

Que asco.

Te gusta el túnel sin salida.

Los kilómetros y kilómetros de vacío.

La negrura del mar.

La soledad der océano.

La amargura del sónar.

Pues lo que tienes es un problema.

¿Crees que murmurar va a salvarte?

Ningún submarino saldrá a tu encuentro.

Tu música es la soledad.

La queja sin solución.

Tu viaje es un murmullo

que escucha

y muere.

Escucha.

Muere.

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