Vosotros, intelectuales.

Intelectuales, ¿dónde estáis?
¿Sois hijos de vuestros señores o de vuestros hermanos?
¿Andáis de espaldas? ¿Acaso andáis?
¡Tended las manos!
Abrid el camino sin despedazarlo.
Pensad pensando sin ser pensados,
Pero haciendo pensar.
Volved humanos, deshumanizados, caminantes, hermanos,
Pero intelectuales, volved temprano.

¿No lo veis?
Antes brotabais de debajo de las piedras.
Ahora os escondéis como perlas en el mar.
¡Llegó la hora de brotar!
Y no cuentan excusas ni vaguezas,
Pues no queremos vuestros gestos
sino vuestras cabezas.
No os tenéis ni que levantar.

No lo veis.
Vivís en laberintos escondidos,
Y os refugiais en vuestras gentes.
¿Pensáis que vuestros hombros son nobles por sujetar vuestras mentes?
No, señores.
Noble nunca lo es un dueño que no hace buen uso de sus poderes.
Los sabios no nacen de honores,
Se hacen con ellos si pueden.

Bien podréis haber nacido dotados
y recoger el conocimiento del mundo,
Pero no os percibo a mi lado ni un solo segundo.
Tan sólo os intuyo…

Vosotros, genios del pasado,
Que hacíais uso de lo estudiado
para hacer un detallado estudio,
¿donde andáis, y cómo?
¿Perdidos o preparados?
¿Bajo las piedras, o bajo el oro?

La belleza en mi salón

Reflexionemos un poco. Saquemos la pluma digital: ¿Qué es la belleza?
Gustavo Adolfo Bécquer no tardaría un segundo y respondería: “Belleza eres tú”, pero no he venido aquí como romántico. Quiero una respuesta. ¿Qué es?

Me imagino a mí, en un salón, rodeado de la élite intelectual de los últimos siglos; poetas, novelistas, políticos, teólogos, pensadores, ganadores del nobel, e incluso líderes mundiales. Pero nadie me sabe responder, es decir, todos me responden, pero al jugar al memory con todas las respuestas dadas y al observar que ninguna de ellas concuerda con ninguna de las otras me doy cuenta: no hay respuesta cierta, tan sólo hipótesis basadas en hipótesis, en opiniones, en experiencias propias: —“¡En pruebas a priori!” Me grita Santo Tomás desde la otra punta del salón, y a la otra San Anselmo refunfuña—. No, es cierto, de nada me sirve apoyarme en conocimientos previos para filosofar. No bastaría en este caso decir: estoy de acuerdo con el filósofo tal cuando dijo tal, puesto que en ese caso vendría otro y diría: estoy de acuerdo con el filósofo cual cuando dijo cual. Es decir, no bastaría quedarnos satisfechos con una idea cuando, ni nosotros mismos hemos tratado de averiguar otra, ni tampoco conocemos otras respuestas dadas.

Entonces Hermann Hesse, desde el sofá en el que reposa tranquilamente, despertaría de su harto sueño y lo confirmaría: “¿Lo dije o no lo dije?”, sacaría su novela Siddhartha y leería, en boca de su sabio protagonista: “El saber se puede contar, la sabiduría es indescriptible”.
Aquellas palabras sonarán insulsas para alguien que no haya leído, o mejor, para alguien que no haya investigado aún en los códigos filosóficos de Hermann Hesse. Sin embargo no derivan de una hipótesis, sino de una alargada búsqueda incansable, desde la ignorancia, desde el desconocer, que atravesaría respuestas antónimas para llegar a una hiperónima. Y esto lo tendré que detallar. La conclusión que obtengo del protagonista es la siguiente: la sabiduría está en el conjunto, en lo opuesto y en lo igualitario, en el todo: en el odio, el amor, la confianza, la desconfianza, lo ominoso, lo hermoso. Bajo mi entender, también la belleza se hallará paralelamente en el todo. Y para justificar mi incapacidad de comunicar el conocimiento de Siddhartha me apoyo de nuevo en su primera parábola: El saber se puede contar a través de palabras; la sabiduría es indescriptible y sólo se puede alcanzar a través de la experiencia, sólo mediante acciones propias y la intencionada búsqueda de ellas desde la objetividad.
John Rawls diría: “con un velo de ignorancia”; Santo Tomás concretaría: “a través de pruebas a posteriori”. Es igual. Lo que importa es que resulta necesario contrastar, investigar, experimentar. Ciertamente, aún así la respuesta no será sabiduría, es decir, la verdadera belleza. Sin embargo será saber, serán palabras, serán opiniones. La cuestión “¿qué es la belleza?” será respondida, pero no habrá respuesta.

La situación que se desarrolla ante mis ojos, y en concreto los intentos de toda la élite reunida en mi salón de dar una respuesta a la pregunta “¿qué es la belleza?” es en cierta medida ridícula. Nadie lo sabe, ¿por qué responden? Incluso algunos de ellos afirman que tiene que provenir de la experiencia, pero nadie lo ha experimentado todo.

Allí va Siddhartha: a la unidad, al total, algo que en el libro es, metafóricamente el río, y religiosamente el ‘om’. Conocemos lo que vemos, pero no lo vemos todo. Si llegamos a conclusiones a través de experiencias propias, no llegaremos nunca a una conclusión global. Es decir, nunca llegaremos a descubrir el total, puesto que siempre seremos incapaces de verlo.
A ello se refiere Hermann Hesse cuando afirma que la respuesta es el todo.
La búsqueda de respuestas —aunque imprescindible— concluirá siempre en intentos fallidos que chocan con la realidad. Para poder definir la belleza habría que conocer lo universal. Y así puedo llegar a entender, en cierta medida, a Platón y sus ideas —aunque no el dualismo— o la esencia de Aristóteles. Aún así, sus conclusiones acaban siendo idealizadas, supersticiosas. Resultan más autores ficticios que constructores intelectuales. Terminan filosofando tanto que se alejan de lo real, construyendo mundos distantes al nuestro, lejanos, irreconocibles. Desde mi punto de vista tienen razón cuando afirman que la respuesta está en lo universal. Sin embargo discrepo en sus maneras de alcanzarlo y otras invenciones artificiosas.

¿Habrán dejado de leer ya, lectores? Espero que no, puesto que ahora llega la hipótesis:

Existen algunas certezas, y entre ellas que el ser humano es el único ser con un cerebro plástico tan desarrollado que ha sido capaz de crear una cultura aún más compleja que su propio ser: una cultura que lo ha desplazado de lo salvaje y ha reemplazado lo último. Sin embargo no debemos olvidar de donde provenimos; grandes rascacielos no nos deben tapar la vista y ocultarnos de aquel lejano origen. Por mucho que hayamos creado lo artificial seguimos siendo naturales, y desde el punto de vista científico somos masa, somos animal.
La compleja capacidad cerebral que poseemos no debería centrarse en buscar decorar nuestro origen y adaptarlo a la realidad actual. Seguimos siendo un compuesto animal, y como tal, seguimos actuando inconscientemente en base de instintos. La belleza podría ser, por tanto, un puro instinto. Y así, como animales, buscaríamos la continuidad y la seguridad, y en mi opinión, ésta se encuentra en la unidad, en lo firme, en el reflejo del todo. La belleza es lo total, aquello que más asemeja a lo universal y lo esencial.
Entonces, influenciados por el entorno encontramos en diversos periodos diversas definiciones de belleza. ¿No querrá esto más bien decir que no hay definición concreta? ¿No nos indica más bien que siempre se intenta de nuevo, que siempre se trata de simplificar una y otra vez el todo, para finalmente llegar a conclusiones distintas estando influenciados por diversas situaciones en el entorno, es decir, al haber vivido diversas experiencias? ¿No nos acaba derivando aquello una y otra vez en que conocemos lo que vemos pero no lo vemos todo? ¿Qué es la belleza? Ojalá fuese tan simple reducir algo tan complejo en unas pocas palabras. El simple intento de definirlo nos define a nosotros mismos, como estructuralistas que buscan ordenar y archivar complejidades en simplicidades. Y es cierto, el orden forma parte de nuestras vidas, pues las facilita, sin embargo esto no es igual para lo concreto como para lo abstracto.

Platón mira al suelo mientras oye esto y admite: es cierto, el mundo de las ideas, el dualismo: aquello no es real. Aquello es la demostración de la actitud simplificadora, incluso obsesiva del ser humano. Aquello es un simple ejemplo de nuestra incapacidad para definir lo indefinible. La realidad es que la belleza es lo total; la unidad del conjunto, de la naturaleza y lo artificial, del orden y el desastre, de lo simétrico y asimétrico, de figuras geométricas, reglas matemáticas, líneas rectas, triángulos, curvas y figuras caóticas. La belleza no es ninguna de estas cosas por sí solas —no es bipolar, es unipolar o multipolar— sino todas ellas juntas. La verdad es que para la belleza no hay definición por mucho que la busquemos. Tal vez sus únicas definiciones posibles sean: “la belleza es abstracta”, “la belleza es sabiduría y no saber”, o incluso, “la belleza está en el mismo hecho de que no podamos alcanzarla”.

De allí, para alargar un poco las cosas, no es de extrañar que surgiesen divinidades a causa de la incapacidad del ser humano de describir lo abstracto con lo concreto que tiene como ejemplo. Somos incapaces, nos resulta inimaginable que algo pueda existir sin estar, sin tener forma. No quiero decir con ello que haya otra realidad, otro mundo que contenga lo indefinido. No lo hay. Lo que quiero decir es que, no hay simplificación posible para algo tan amplio como la belleza, que se encuentra en la tranquilidad de las llanuras, la ferocidad de los mares, la simetría de paisajes, en el orden de las cosas, en rostros ejemplares, en todo, incluso en lo artificial que nosotros como seres humanos creamos; en poemas con rimas serenas, en cuadros de realidades y ficciones, en libros, escrituras, etc. La belleza no es caos, ni tranquilidad, ni matemáticas. No es nada pero lo es todo.

Recogiendo todo lo anteriormente dicho podría definir lo que es la belleza para mí:
La belleza es un concepto variable. Sin embargo, aún así se mantiene en una base fija: la unidad. Algo que es bello es algo unitario, pues lo que está unido es estable y seguro. Así lo es la propia naturaleza, tan variable, aunque tan segura. Sin embargo la definición de belleza para un individuo se define en base de su entorno, pero siempre con el mismo objetivo de mantener su continuidad como especie; una reacción puramente instintiva. Esta continuidad se puede alcanzar, ya sea a través del orden o del desorden, es decir, en el todo. La belleza va unida al instinto de perdurabilidad, y por tanto se define a través del entorno. Es decir, aún así no habrá definición global de ‘belleza’.

Maldita sea, de nuevo. He acabado sentándome en el sofá con mis colegas los genios intelectuales. Ellos me abrazan, se me encariñan. Uno de ellos se acerca y me lo susurra al oído:
—De nuevo han respondido, pero aún no hay respuesta.
Me giro y es Hermann Hesse. Le respondo:
—Tal vez nunca la haya.

El despertar es tedio

Hoy es amanecer.
Aquel día del mes donde las calles se barren a sí mismas.
Cuando las hojas vuelan por los aires con el soplador
Y los hombres dejan de soñar que sueñan del revés.

Hoy fantasean incluso los bebés con amamantar a sus padres.
Y las crías con criar madres.
Y los barrenderos con despertar calles cuando aún no es tarde.

Ni tan siquiera las panaderías han abierto.
Hornos aún no arden;
Perros aún no ladran;
Taxis aún transitan en luces amarillas;
Las rejas del parque siguen cerradas,
Y sus ferias calladas.

Hoy ya no es ayer:
Ayer la espera fue inesperada y desesperada y el camino intransitable.
O eso decían.

Sin embargo,
De los barrios aún nace la misma embriaguez,
Y de las estatuas el óxido,
Y por último,
de la coma el punto:
De nada ha servido caminar.

Alcantarillas evaden un hedor a vida indigna,
A realidad.
Cada paso es un paso más hacia el estupor y la incredulidad.
Las radios y los medios tronan cantos falsos de esperanza,
y aun así,
De nuevo despertarán sin suerte.

Algunos dirán que el día es amanecer,
Pues, del ayer, lo único que perdura
Son tragos amargos de cafeína,
y el podrido olor a humo y tabaco quemado,
Y a vicio sin dueño, enrejado.

Sin embargo
El único vicio que perdura es el de llamar amanecer al sueño,
Pues hoy, de nuevo,
el despertar es tedio.

Creyendo crear pero ser creado

A las seis de la mañana Claudio despertaba —aunque lentamente— deshaciéndose de legañas y sábanas para entrar en el coche.

No, entrar no.
Reinicio cuento.

A las seis de la mañana Claudio despertaba —aunque lentamente— en el coche, deshaciéndose de legañas.

Cero sábanas, nada de sábanas. Lo de las sábanas olvídenlo, pues por supuesto… ¿Qué clase de coche tendría sábanas?
Respondan: ¿Qué clase de coche tendría sábanas? ¡Respondan!
¡No!
Mejor no lo hagan. Era una pregunta retórica. No respondan, que son muchos…
Lo sé. Ustedes seguramente conozcan a alguien —o al conocido de alguien— que tenga sábanas en el coche, pero no me interesa. Por ser sincero, me da completamente igual. Como si tienen un rinoceronte negro, o la mismísima selva tropical en el maletero. ¿No os dais cuenta de que vuestra vida me da igual?
El caso es que Claudio en su coche no tenía nada de eso, por lo menos aquel martes 3 de febrero a las seis de la mañana.

Retomemos el segundo inicio, que a este ritmo no avanzamos:

Un peugeot 205 gti, rojo, con maletero, dos puertas, ventanas, tubo de escape, cinturones, motor, radio, asientos, volante, cambio de marchas y cuatro ruedas —como verán no soy el mayor experto en coches—, aparcado en un descampado en medio de ‘atomarporsaco’.

—Dirán: ¿Importa algo aquello? Pues poco, en verdad, pero, si algo no importa… ¿Que más da hacerlo o no?

—¡Silencio!

No os quejéis, pesados, no os quejéis… Sé que os interesa saber el final. En su momento os lo contaré, pero primero lo resumiré un poco:

Un martes, a las seis de la mañana, peugeot rojo (de cuatro ruedas) y Claudio despertándose, sin sábanas, ni rinocerontes, pero con legañas.

Suficiente por hoy. Tengo hambre.

En el blanco de la duda

Al tratarse en esta historia de un experimento simbolista recomiendo atender a cada detalle y buscar significados recónditos. Mi intento es fusionar filosofia, cuento y simbolismo.

—Buenos días.

Aureliano acababa de entrar en el vagón del exprés.
“¿Buenos?”

A sus espaldas aquel forastero de mediana edad llevaba un día repleto de fatalidades; de cafés derramados, trenes perdidos, dedos helados, vientos de lluvia y nieve a 90 por hora, y de un frío que como dendritas de hielo se enraizaba por la nuca. Por eso agotado, Aureliano se sentaba junto a la ventana a observar el paisaje: un predominio del movimiento, las acacias, el hielo, y sobretodo, una lámina de copos y demás geometrías cristalinas.

“Un lugar curioso”, pensó; “un lugar de yeti”.
Y ciertamente, nada más que blanco en aquel plano externo, y de vez en cuando un pico escarpado, laminoso y desnudo. Nada más que frío y mucha suerte de encontrarse resguardado.

El forastero decidió permanecer sentado para no provocarse más males. Por ello su principal tarea sería la meditación. Aquello resultaba, sin embargo, complicado, pues juntó a él un anciano barbudo y gris tosía descosido, y en frente suya un hombre de aspecto pescador, con rostro fruncido y mirada férrea lo desconcertaba únicamente con sus ojeadas.
Aún así Aureliano se veía afortunado; cualquier lugar le resultaba más óptimo para la meditación que aquel infierno invernal de afuera. A fin de cuentas se encontraba en un exprés de los antiguos, de los macizos y resistentes, y se dirigía hacia… ¿Hacia dónde exactamente?

‘TP39380 Las Aludes-El Rosario’, dictaba el panel de luces acompañado por una ruidosa voz megafónica, inefable, incomprensible; envuelta por interferencias.

“Puaj”; tropezaba. “Un destino es un destino y mi viaje no lo tiene, tan sólo próxima parada.”

Aquel mecanicismo en su filosofía derivaba del amor a Descartes, cuyos escritos lo acompañaban con fidelidad, pues existía en su consciente el convencimiento pleno de que el universo es movimiento sin destino: movimiento consecuente y causante de movimiento. Y por ello viajaba, aunque ignoraba procedencias y desembocaduras así como rutas y mapas, y desconfiaba de conocimientos previos, desechando consejos o avisos, tratando siempre de construirse una vía propia a través de un método propio. Así el forastero caminaba hacia la nada y provenía de la nada. Así dudaba de todo aquello menos de la duda.

Sin embargo amaba el presente y la meditación. Allí lo recogía todo con sus diminutos oídos; sonidos, paisajes, emociones, deseos, sensaciones, sensualidades y pensamientos, que por muy pasantes que fueran los apuntaba en un cuadernillo de bolsillo a través de códigos extraños, casi davincianos y cercanos a lo surreal. De esta forma se conformaban, a lo largo de sus viajes, cuadernos y cuadernos, casi libros enteros rellenos de onomatopeyas, terminologías abstractas, garabatos y colores.
Qué bello le resultaba aquello: el chirriar de los raíles, el silbar del viento, el roncar del anciano que ahora dormía, así como el calor proveniente del pasillo que se deslizaba por las rendijas de la puerta… El todo. Y aún así, y nunca satisfecho con nada, los cientos de cuadernos quedaban en vano, sin dar nunca sus frutos, ni resultar productivos, ni culminar su propio método cartesiano.

Y precisamente por eso, encerrado en la duda metódica como en un vagón congelado, Aureliano meditaba:

—La duda… -susurraba-, la duda -repetía-, no me lleva a nada más que a la nada: al próximo exprés vacío, o al horror vacui de un blanco aglomerado… Al sueño.

Y cerraba los ojos, somnoliento, entre tierra, mar y cielo, al borde del éter, al borde del crasis entre lo real y lo místico, en la catarsis inteligible.

—La duda es mi sueño y mi sustento. Es la base de mi viaje… ¡Pero no me lleva a ningún lado!

Casi por instinto la mano se dirigió al bolsillo, del bolsillo a la petaca, de la petaca al cigarrillo, de las manos a los labios y del fuego al humo. Y fumaba malhumorado, entre rabia, ira y cólera.

—Viajo por conocer, por llegar a la solución universal…
Ipso facto, el chirriar del exprés comenzó a multiplicarse y el paisaje se ralentizaba, cambiando ahora más lentamente. El tren se paraba y salían las primeras señales por entre la niebla y la nieve. Del blanco nacía un bordillo, elevado como un podio, como el fuste de un mármol clásico, y las compuertas se abrían.

—Esta será mi estación

La decisión de salir lo atravesó como un rayo.
Ahora Aureliano, el cual seguía fumando, se levantaba y recogía el equipaje. El viejo aún dormía y el pescador, que antes alzaba una mirada férrea y marmórea, de pronto llevaba la vista trasformada, perdida, nublada, como si el humo del tabaco de Aureliano lo hubiese ensoñecido. Al forastero le costaba respirar, y tal lastre y tan pesado era el aire, que se sentía cargado de toneladas de pesadumbre.

Aureliano continuaba su camino al exterior. Escuchaba y guardaba todos los sonidos en la memoria para luego poder recogerlos en el cuadernillo. Sonaba entonces un algo, como el tictaqueo ensordecido de un reloj de bolsillo envuelto en un pañuelo, como en un ahogo eterno. Explotaba luego un cucú, e inundaban campanadas el pasillo del exprés. Daban las doce, las trece, las catorce, y continuaban sin parar, sin destino alguno, en innumerables y agudos metales, en armonías infinitas, en dulzuras y atrocidades, en sonidos cándidos y puros, armonías celestiales y campanadas angelicales.

Nacían de la duda indefinida sensaciones indefinibles que no pudo recoger en tinta y papel por mucho que lo intentara. Trataba de escribirlo, de expresarlo, pero no podía, pues eran sensaciones y no cuentos; no eran hadas, ni troles, ni dioses narrables; ni había aspecto en aquello, ni figuras, ni contornos, ni tampoco colores. Tan solo percepciones, inundadas de emociones y deseos retorcidos. Tan solo rayos de ámbar y luz en el pensamiento.
En aquel trance caminaba por el pasillo, temblando, lleno de miedo e inseguridad. Era la incertidumbre un espectro invisible con el que la duda resultaba irreal.

Sus pasos se acercaban a la salida, ya lejanos del viejo barbudo y del pescador de mirada férrea, y sobretodo del calor, pues llegaban suspiros gélidos del exterior, como el pulso de un glaciar. Los naranjas se volvían azulados, casi blanquecinos, transformados en neblina e inseguridad.
Ya aparecían las compuertas abiertas.

Aureliano pisaba los escalones de salida pero… ¿Qué era aquello? ¿Qué decía la señal?

Percibía, proveniente del interior del exprés como un silbido en la lejanía, o un velero al horizonte del más lejano mar, una voz megafónica, cansada, que comenzaba a desvanecerse y a deshacerse en ahogos constantes, sumiéndose en un trance inalcanzable.
Aureliano, al fin, había logrado salir de aquel episodio místico; de aquella extraña sensación; de aquella meditación surrealista.

Aún de lejos provenía una voz. “Próxima estación”, decía. Y volvió a girar la cabeza, y lo vio definidamente; una señal colosal oculta entre lo blanquecino, de hierro, bien elevada, a más de diez cabezas, que dictaba el nombre de la estación:

‘FFCC TP004: Nada’
Nada. Sin más.

—Nada -se repetía- ¿Es aquel el destino al que el instinto me guía? ¿Es aquella la estación final de mi duda?

Tras un largo tiempo boquiabierto el frío se aferraba a cada partícula de su cuerpo y lo carcomía, sin sentimiento alguno, sin compasión, adentrándose en cada uno de los poros de la piel: haciendo hielo, haciendo nieve, haciendo frío; congelando el cigarrillo y destruyendo el humo. Y lanzando sollozos ahogados por la nada, desoídos, aislados, parsimoniosos como el tictaqueo de un reloj de bolsillo envuelto por un pañuelo, llegaba una luz espectral a modo de respuesta, y de repente Aureliano, en proceso de congelamiento, atacado por la inexistencia, por el blanco inexpresable y encarcelado por lo sólido, se veía lejano de todo movimiento, cansado de todo viaje, adelantado por todas las sensaciones vividas y repentinamente cogido, por sorpresa, como un rayo de sol o como la más confusa iluminación, por la solución.
Sonaba monótona y constante, y ondeaba cíclica y repentina, pronunciando palabras y términos solitarios en orden ilógico. Llegaban, por tanto, como pulsos del éter u olas de alta mar, oraciones incomprensibles sin suelo ni cielo.

Flemáticamente lo comprendía. No debía ser él, Aureliano, el viajero envuelto de hielo; el sólido, inamovible, aislado y abandonado; el habitante de la nada. No. No debía ser él sino su pensamiento el que pensase, alejado de sentidos, medio hielo y medio hombre: un ser de razón pura. Debía ser aquel ser el que consiguiese unir, con lógica, aquellos términos inconexos.

‘No’, susurraba el viento mientras del diestro provenía una melodía lírica, alzada como un velero, brillante como la llama de una vela, aguda como el canto de un gallo: ‘Nunca’, decía, ‘duda’, y ‘nada’. Como un rayo, del verde más luminoso, entraba con lamentos, gritaba y sollozaba; ‘destino’, ‘experiencia’, ‘viajero’…

Era aquel ser de hierro el que recogía el desorden en el orden, y que envuelto en una especie de iluminación divina agustiniana se acercaba lentamente a una solución dolorosa que llegaba por los railes, envuelta en un pañuelo, con un tictaqueo mecánico. Llegaba un mecanicismo complejo: un exprés experimentado.
Envuelto en la meditación más gélida se encendió una luz lejana. Era una acacia, una naturaleza incomprensible. El tren atropellaba la acacia, la destruía y la partía, como lo sagrado el pan. Llegó de repente la solución definitiva con los railes; con un susurro del chirriar experto y del camino transitado; de la monotonía patagónica. Hablaban y agudizaban en voz de la experiencia, salivando, derritiendo el hielo y alcanzando al viajero en sollozos.

—La duda, joven principiante -decían los raíles en quejidos sordos, oídos únicamente en la nada por aquel extraño individuo-, la duda es el hecho de desconocer, y cuando la duda es el primer paso, la incertidumbre no está en el camino, sino en el destino. Pero el destino no es el final, sino el principio de un nuevo ciclo. Amigo, la duda posee a aquel que desconoce; por tanto, posee tanto a aquel que cree conocer pero no conoce, como a aquel que conoce con certeza la suma pero ignora el resto. La duda lo posee todo.
—¿Por qué? -sollozaba.
—Pues conocemos lo que vemos pero no lo vemos todo.

Y antes de que llegara ninguna otra respuesta, y de que el viajero llegase a comprender aquellas extrañas palabras, el exprés había desaparecido, dejando únicamente el rastro de humo atrás, y a un viajero congelado, individuo de razón inmaterial, individuo pensante, solidificado: un ser que creía poder conocerlo todo. Pero el conocimiento pleno —ahora lo sabía—, es inalcanzable, pues aquellos raíles férreos eran sabiduría, y atropellando sensaciones formularon el saber en aquella única parábola, compleja y firme como el acero de los raíles.

Ahora llegaba un nuevo tren que descongeló al viajero, el cual, transformado, se subía a él y veía la realidad con otros ojos.

Poesía y ciencia

Tras una larga pausa tomó la pluma y comenzó a escribir como si el universo dependiera de ello:

Ciencia y poesía van de la mano, caminan por la orilla de la sabiduría y formulan teorías del saber. Resumen verdades y las transmiten. Sin embargo, mientras la poesía es la realidad interior, la ciencia lo es del grande y magnífico exterior; del macrocosmos y microcosmos, de las teorías refutadas y comprobadas, y de la investigación. Pero la ciencia no sería ciencia sin poesía.

La poesía es imaginación, expresión, deseo y sentimiento; es ganas, dolor y arte. Busca recogerlo todo en sentencias, o aforismos líricos. Y aquella misma búsqueda lógica y coherente, es ciencia cuando se le añade la experimentación.

Ya más relajado, se levanta, se dirige al café, al tabaco y al humo, y más tarde al sofá. No enciende ni televisión, ni ordenador, ni teléfono, ni radio, ni fax; enciende la mente, y brilla. Levanta la cabeza como en el dentista, mira a las musarañas, a Babia, al blanco del techo.
Tras una larga pausa se levanta, se dirige al escritorio, toma la pluma y escribe como si el universo dependiera de ello.

El mundo es una hoja, y el hombre escribe sobre ella. La poesía lo hace con la imaginación, y la ciencia la lee, la examina y la comprueba.

Tal vez sea cierto: más importante es la imaginación que el conocimiento.

Deja el escritorio a un lado. Ahora sí, enciende el televisor. Mira un reportaje sobre Babia y duerme.

No pensar

Conrad se dirigía, sin saber exactamente por qué, a un lugar en el que pocos piensan. No sabría con certeza cual sería aquel lugar. ¿Tal vez un gimnasio? Ni de broma. El físico del joven causaría carcajadas en aquellos tetudos vigoréxicos que pueblan el terreno, y la aparición repentina de un fideo no tendría el menor sentido, y mucho menos considerando que ni él mismo sabría qué andaba buscando.
De camino a donde no se piensa, cruzó parlamentos, dudando en entrar o no, e incluso iglesias. Sin embargo ninguno de estos lugares le parecieron a Conrad la sede óptima del no pensador, y ese mismo día acabó volviendo a casa, encendiendo el televisor, zapeando por ciertos canales, y quedándose dormido en el mismísimo sofá con una lata de sardinas —su comida preferida— y una cerveza a medias.
No dejaba de recordar las palabras de su madre: “ya va siendo hora de que encuentres un trabajo”, y entre unas y otras, viéndose obligado a pensar de vez en cuando, acabó alistándose al ejército.

Pasaron dos meses, y el joven se levantó del sofá, y se encaminó hacia la academia de militares, donde al llegar un hombre elefante de dos metros y medio le cogió de la cintura, lo arrastró hacia él, sacó la maquinilla y dijo: ¿Tú?

Vergonzoso, atragantándose con sus propios miedos y sin pensarlo mucho respondió un “¿yo?” tembloroso, y la ridícula voz aguda de Conrad sorprendió e hizo dibujar una sonrisa burlona en el rostro del elefante, el cual berreó, haciendo vibrar las paredes del cuartel.
—¿Tu?¿Militar? Mas te vale…
—Yo no…
—Tu no, tu no. Pero bueno, como dios quiera, perdamos esta guerra. Aún quedarán bastantes.
—¿Guerra?

A pesar de que Conrad esperaba respuesta, la respuesta no llegó, puesto que la maquinilla ya se paseaba por el cuero cabelludo salpicando el suelo con caspa y suciedad. Y el pobre hombre se encogió en brazos del elefante, tal vez buscando refugio huyendo de su propia inutilidad.

Tras escuchar, concluyente: “ya no pareces un fraile muchacho, ya tienes una calva completa”, el fideo fue arrastrado a una habitación oscura con literas, en donde se escondió, viéndose de nuevo obligado a meditar. Y recordó; recordó aquel sofá del salón, la lata abierta de sardinas, el televisor encendido. Recordó como buscaba un lugar donde no pensar. Recordó cuando excluyó el gimnasio por miedo a los vigoréxicos, el parlamento por tener asientos incómodos, y la iglesia por ser demasiado oscura, y lanzó un sollozo hacia su almohada, acariciándose la calva, y ante todo, soñando con no despertar allí.
Y recuperó aquellas palabras que el elefante había pronunciado anteriormente: “¿Guerra? ¿Cómo que guerra? ¿A dónde me enviarán? ¡Ay, si en vez de dormirme frente al televisor hubiese visto las noticias!”

Como de costumbre, Conrad despertó con un candelabro entre los pantalones, y recordando que se encontraba en un lugar hostil tuvo que apaciguarlo de alguna manera, por lo que decidió volver a dormirse, esperando que el propio inconsciente se encargase del asunto. Sin embargo no trascurrieron diez minutos de sueño, y las puertas de la habitación de literas se abrieron, de par en par, de una estruendosa patada, y un hombre cuadrado acompañado por su séquito de segundones vociferó por la habitación entera. A ello, en un abrir y cerrar de ojos, el resto de militares presentes en la habitación ya se había puesto firmes. Pero los ojos de Conrad tardaron un poco más en abrirse, y cuando se abrieron se encontraron con una situación completamente diferente a aquella que habían podido observar hacia unos diez minutos. Así, viendo como el resto de militares se llevaban, mecanizados, las manos en tabla a la frente y gritaban: ¡Señor, si, señor!, Conrad, quien no quería aún levantarse por el candelabro que llevaba entre los pantalones, respondió aquello mismo que habían respondido los demás, aunque tímidamente desde su cama.

—¿Y este quien es? -se preguntaban los segundones del general entre ellos.
—¡Cállense! -ordenaba el cuadrado-. ¡¿Quién eres tú?!
—Yo, eh…
—¡Tú, si, tú!
—Yo, eh… Sí, yo soy… ¡Conrad Ovenstädt!
—¡Y qué más!
—Nada más señor…
—¡¡Y qué más!!
—Ehm… Ah, si: ¡Señor, si, señor!
—¡Eso es! Y ahora, ¡firmes! -decía el general, ya más calmado, girándose hacia su séquito.
El flacucho Conrad ya se había puesto en pie, aunque aun temblaba del susto.

Inmediatamente después los segundones salieron en fila de la habitación en busca de datos sobre Conrad, y el general alzó de nuevo el pecho orgulloso y la barbilla al techo. Ordenó, sin paliativos, que todos los militares saliesen de la habitación y se dirigiesen fuera, a una furgoneta que había allí preparada, que entrasen en ella como ovejas al establo y que esperasen allí hasta la llegada del conductor. Conrad sería el ultimo del grupo en salir de la habitación, bastante separado del resto de militares puesto que aún tenia que vestirse y prepararse. Sin embargo, como por costumbre, el joven no pensaba en lo que se le venía encima sino que más bien se encontraba calmado de que aquel candelabro que cinco minutos antes llevaba entre los pantalones se había apaciguado del susto, y que ya podría actuar con total normalidad.

Conrad acababa de entrar en la furgoneta militar y el coche arrancó. Habrían avanzado unos trescientos metros cuando de pronto observó cómo el general cuadrado que anteriormente le había despertado de un susto salía corriendo detrás del vehículo. Parecía que nadie, además de Conrad, había visto aquello, pero como aún era tímido no se atrevió a avisar al resto de compañeros. Una pena, sin duda, puesto que el mismo joven no sabia de lo que iba el asunto.

Unos instantes antes de que Conrad entrase en el vehículo el séquito de segundones había entregado al general la información sobre aquel extraño individuo, perezoso y tan lento, que respondía un “señor, si, señor” desde la cama. El general lo había repasado, había abierto el documento y leído Conrad Ovenstädt. Sin embargo, la foto de identificación era una de un individuo totalmente diferente, más corpulento y robusto.

No es de extrañar que su reacción fuese inmediata: “¡Volved!”, gritaba, “¡Ese no es! ¡Volved!”, berreaba desesperanzado, lanzando gritos al aire:
—¡Pero, Dios Mío! ¡¿Cuantos Conrad Ovenstädt existen en este mundo?!