Un poema en el parque

En el parque veo a un hombre anciano

caminando por el césped

paseando a su perro.

Ya saben lo que dicen,

que existe un parecido entre el perro y su amo,

pero dudo que hubiese sido su decisión comprarlo.

Él luce una enorme barriga,

lleva el pelo harinoso,

una chaqueta gruesa

y está amargado:

Para nada le apetece salir

a pasear

a ese perro

a las ocho de la mañana.

Está jubilado;

podría haberse quedado en casa

fumando en la cocina,

mirando por la ventana,

como hacen los jubilados, vamos.

Y de verdad que el perro es ridículo.
Ridiculísimo:

Alargado, pelo corto enmarañado,

patas minúsculas

y ladra como una cría de orangután.

Para colmo viste de rosa,

con un lacito en la cabellera.

“Vergonzoso”, debe de estar pensando el caballero,

un señor anciano,

un gentil varón.

Pero se parecen mucho.

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Hay calor en el frío

Camina

por un callejón frondoso

la tempestad del desanimado,

que ahonda pero no halla

—ni en la inmensidad del vocabulario

ni en el despertar en una madrugada templada—

la palabra que pretende.

Hay pocas ocasiones de eureka.

El oasis que nace en el desierto
se pierde

y niebla

con el transcurso de la siguiente tormenta de arena.

Brota el amor constante a la belleza indecisa

y frugal como el tiempo,

siempre en pasado,

siempre allí donde ya no se encuentra.

En el callejón frondoso abundan

los escombros 

de antiguas residencias palaciegas,

que deshaucia la estática

y deshabita el movimiento.

Vasijas. Rotas.

Cerámicas de cementerios.

Palabras simples para lo complejo.

El fotógrafo de realidades perdidas,
intrínsecamente aislado,

no olvida su motivo:

Misterio;

misterio a cada paso,

asombro en cada esquina;

compasión por la incompasiva

complejidad del ajetreo.

Qué bella es la vida.

La nieve en diciembre

y el sol en agosto;

las hojas de otoño 

y los abrigos de algodón;

la tela de nuestra piel

que da calor,

y el frío que lo sitia todo.

Placer en la comprensión 

de lo incomprensivo;

en el sinsentido acertado.

Hay seres vagabundos que no buscan,

animales que sólo viven,

y extraños que admiran

y siguen descubriendo

aún cuando el conocimiento les sea inhibido.

Frustra el término.

Nada es estático y todo engaña.

Y la tempestad del desanimado aún vive

y se refugia complaciente

en lo más profundo 

de su existencia.

Confesión, y Brassens entre medias

Traiciono mis ilusiones juveniles

pasándome más y más 

al viejo moderado, 

gruñón

—pero sin pasarme.

Y lo acepto, con disimulo.

Querer huir, 

buscar la rebelión,

ser el pirata de Espronceda es divertido,

pero dar un paseo, más cómodo.

Si huyese a mi exilio 

o corriese a la manifestación 

con mi grito rebelde,

el puño alzado

y la voz bronca,

asustando a mi adversario, por ejemplo,

alejándome más y más de él 

pero acercándome más y más a mí,

despreciaría mi precioso tiempo

de lectura y análisis,

de fotógrafo de realidades.

Es fácil hacerse ilusiones:

Decir que esto está mal,

que esto no debería de ser así,

que el resto es tonto de cojones,

sí,

(y no digo que no sea así);

es fácil caer en la trampa del deseo,

del “querer que sea de tal modo”,

del ver la realidad, obnubilados,

del añorar y revolcarse 

en la concupiscencia

—frontera líquida de lo irascible—,

en el soñar con un final feliz,

con un edén que rebosa de regocijo

y de bailes jocosos:

Un futuro próspero, 

del que sólo nos separa

una barrera de estúpidos,

ya sean veinteañistas, realistas,

chavistas, comunistas

o la plutocracia de los cojones

que supuestamente hay que apartar;

pero aún más fácil es darse cuenta

(en cuanto uno viste

el velo de ignorancia de Rawls)

de que lo que uno ve

no es precisamente siempre

lo que realmente es.

Utopías para realistas, me digo

citando a un gran autor de nuestro siglo.

Conservar el afán constructivo, 

el imaginario idealista,

el infantilismo optimista

desde una perspectiva “conservadora”.

Asimilar que el desastre, 

el desgaste,

la apatía,

el egoísmo,

y la entropía

también son hechos, 

sucesos que suceden,

procesos que proceden,

causas que causan.

No olvidar

que “nosotros mismos”

(refiriéndome a nosotros,

los biológicos y anatómicos homo sapiens)

una vez fuimos bárbaros, 

salvajes,

vándalos,

guerreros

e invasores.

No, aquello no eran

homo sapiens arcáicos,

ni gentes malvadas,

ni extraños,

sino genealogías prójimas:

Padres, abuelos, tatarabuelos

que vestían prendas,

que charlaban sobre el tiempo

y bebían entre amigos.

Una vez cortamos, incluso,

cabezas en la guillotina.

Bombardeamos Lyon

a cañonazo limpio

(eran demasiado moderados)

para limpiar aquel lugar “repugnante,

atrasado y contrarrevolucionario” 

del mapa,

no por otra cosa que por 

¿Ideales?

Y por una miscelánea de orgullo, 

odio y miedo.

Pues bien, aquello era y ocurría

durante otra circunstancia, otro momento.

Pero igualmente

lo que vivimos ahora,

el estilo de nuestra época 

no es ni la más mínima parte 

de la definición de nuestra especie;

más bien,

es resultado de nuestra lenta maduración

cultural. Insisto.

Yo…

(y perdonad mi envejecimiento repentino)

prescindo de luchar por una causa

que requiera mi pathos.

Se me ocurre ahora un tal Brassens:

“Mourir pour des ideés”.

¿Acaso no está todo dicho?

¿Acaso no lo cantó ya aquel,

cantautor y poeta,

a sus cincuenta tacos

reminisciendo la estúpida ocupación

de unos homo sapiens 

que beben mucha cerveza

sobre fronteras de otros homo sapiens

que compran muchos baguettes?

Y bueno, le citaré,

porque de qué sirve decorar

a lo churrigueresco

aquello que simplistamente

ya está dicho:


“Morir por las ideas, la idea es excelente;

yo estuve a punto de morir por no haberla tenido,

pues todos los que la tenian,

—multitud agobiante—

aullando a la muerte

me cayeron encima.

Ellos supieron convencerme,

a mí y a mi musa insolente,

que abjurando de sus errores

se unió a su fé

(con un poco de reserva, a la vez).

De acuerdo,

muramos por las ideas,

muramos por ellas,

pero que sea de muerte lenta.

Juzgando que no hay peligro en la tardanza

vayamos al otro mundo

ganduleando por el camino,

pues si forzamos la marcha

sucede que uno se muere

por unas ideas

que no tienen futuro

el día de mañana.

(…)


Cuando le cito siento artrosis

y una próstata floja.

Siento una pipa de madera de roble

bailando en mis labios.

Siento un pantalón de pana,

una camisa descosida

y un pelo calco, desaliñado.

Pero no gana el que más rápido corre

sino el que menos se desvía del camino,

y todos

absolutamente todos

sabemos a lo que queremos llegar,

y nadie,

absolutamente nadie,

por muy contrarrevolucionario que sea,

busca el desastre, 

mucho menos la muerte

—ni la suya ni la del prójimo—

si no le ha sido presentada 

como única vía,

única alternativa

para la victoria 

de sus ideales 

egoístas.

Y sí, repito,

egoístas,

pues del ego

nace el nos.

Utopías para realistas 

no significa tener que sacrificar

sino mostrar el mensaje

que todos queremos

(el del ego

que requiere solidaridad)

de la forma más convincente,

reaccionaria

y progresista

posible.

Una noche con jaqueca

Ella entró en mi habitación una noche

en la que yo estaba poseído

por una de mis jaquecas

invencibles,

y se sentó en aquel sillón trillado 

que descansa arrinconado junto a

mi mesita de noche.

Las luces del tranvía inquirían en

las cortinas que

ella misma

había comprado meses atrás,

por algún estúpido motivo.

Las velas temblaban 
al compás de mis labios sudorosos.

Me dijo que tenía ganas de bailar.

“¿De bailar?”, le repliqué, algo fastidiado.

“¿De veras crees que estoy en condiciones de… 

Bailar?

Ella hizo caso omiso. 

Era una de sus jugadas preferidas. 

En cambio,

dibujó una sonrisa incorruptible en su tez blanca.

Y bueno…

Sus pecas también sonreían. 

Y sus oídos se alzaban a la gloria.

Yo, en cambio 

me escabullía en mis sábanas,

algo avergonzado.

“La vida es un juego”, me susurró,

mientras apartaba la mirada de mí y

comenzaba a silbar:

una de sus melodías,

una de sus preciosas sonatas

que componía en el piano,

junto a la chimenea.
Aquel día yo le hice caso

(la vida es un juego)

porque nada de lo que saliera de

su garganta limpia podría ser,

en alguna manera,

falso.
Ahora que hemos roto

y ha pasado el tiempo

y yo vuelvo a tener una de mis fastidiosas jaquecas

pienso en todo aquello:

En sus ojos que relucían.

En la luz tenue tras las cortinas…

Ya no hay cortinas,

y la vida se supone que es un juego.

“A la mierda”, me digo…

La vida no es nada.

La vida es un juego, un zumo, 

o lo que tú quieras que sea.

Recuerdos de una botella

De este universo no brotan más que panfletos

propagandísticos

y gente pobre que se cree rica

y gente rica que se cree pobre.

La carne manda

en nuestras ilusiones veganas, espirituales.

La ampulosidad nos pone cachondísimos.
Aún recuerdo aquella botella solitaria 

que vislumbré, un día 

cualquiera,

vagando por el torrente de mi ciudad.

Escribí sobre ella.

Está escrito, sobre papel, y subido

a un blog patético

de un crío, nada más que un crío,

que se sabe engañado

por el triunfo del estilo,

que sigue creyendo en algo en 

contra de sus ideales.
En este universo nada llena,

todo viaja vacío.

El fata morgana del maletín rebosante,

de documentos, de malditas cosas 

“importantes”, 

de “¿trabajo?”.

Algunos creen en eso.

Yo no creo en eso pero

soy un creyente necio de otras cosas.

Creemos. Todos. Que somos algo, que 

hacemos algo, que todo 

es por algo…

Pero pobres de nosotros.

Botellas vacías 

que vagan

en un universo de panfletos 

propagandísticos.

Voces

Tú, que escribes por escribir

y te quedas mirando

a la sombra de algún árbol,

sentado en el sol,

mientras piensas por pensar;

que de verdad adoras la música

pero al mismo tiempo

de verdad aborreces

los altavoces;

y tú, que haces de todo,

todo te sale muy bien,

y todo lo haces muy poco;

que lo ves como a través de un cristal,

como sosteniendo una cámara,

o como mirando a través de un escaparate;

y tú, que de vez en cuando,

sólo a veces y

muy, muy de vez en cuando

te fijas en tu propio reflejo sobre aquel cristal…

 

Deja de huir de ti mismo.

Los millones en ceros

La belleza del mundo

Está en los planos:

Una sombra, un volúmen,

La luz que descubre el polvo,

Lo tridimensional

Hermosamente dibujado en nuestros ojos.

La profundidad en la distancia,

Que difumina y confunde,

La tinta que se corre por nuestro puño manchado,

El schaziatto, el degradado

y los ojos que se pierden.

 

La luna parece el rostro de un búho,

Y las estrellas luciérnagas.

La liquidez del aire

Transforma los millones en ceros

mientras ella está allí arriba,

y en la profundidad, y en el volúmen…

Pero nos cansamos

Y nos dormimos antes de encontrarla.

Su misterio, tan cercano a lo distante

Está en los planos:

Una sombra, un volúmen,

la luz que descubre el polvo…