En el Café Bilderbuch, donde todo comienza y nada acaba

-¿Recuerdas la primera vez que vinimos a este sitio?

Celia dio una larga calada a su cigarrillo y se reacomodó en el sillón. El café Bilderbuch nos encantaba por sus amplios sofás y sus cómodos colchones, a menudo frecuentados por autoproclamados y ridículos literatos, escritorcillos financiados por sus padres, pseudo-intelectuales y artistas de toda clase, y aquello nos gustaba. Podíamos reírnos un rato sobre el aspecto de fiambre de muchos de ellos, y alegrarnos de nuestra forma de ser. Y nos encantaba, también, nuestro sitio, a la esquina del salón, desde el cual percibíamos el ambiente completo de la estancia: La máquina de café, los murmullos al fondo, algún que otro vagabundo merodeando para vender periódicos y revistas, y la camarera, Szasza, la hermosísima Szasza, a quien conocíamos desde hace mucho. Ah, la joven Szasza; búlgara, con un apellido de aquellos muy complicados de pronunciar y de leer, de cabello castaño, con unas trenzas muy largas y tan perfectamente arregladas que se podrían haber subastado en Moodys por más de una fortuna. Resulta incluso innecesario añadir que ella y su afable sonrisa formaban parte del local. Sin duda. Formaba parte de su esencia, como una masa homogénea, sólida e inquebrable. Ni las estanterías de libros, ni las mesitas de roble, ni las alfombras de seda, ni el alto techo de relieves barrocos tenían tanta importancia como aquella joven búlgara, que ahora se paseaba junto a nosotros, por los pasillos, como lo solía hacer cada cierto tiempo, para investigar el nivel del café en las tazas, y de esa forma calcular cuantos sorbos podrían quedar o cuanto tiempo podría pasar para el siguiente pedido. Nuestras tacitas de porcelana seguían vírgenes –incluso la espuma permanecía intacta- por lo que no se preocupó en preguntarnos si deseábamos algo más. Pero Celia era una inconformista:

 

-Perdóname un segundo, Félix, –me dijo, girando el cuello y volviendo a erguir la espalda- ¡Szasza! ¡Sí! Un vasito de agua por favor. De grifo.

-Dos.

-¡Dos!

Celia volvió a mirarme.

-¿Qué decías?

-Nada. Solo te preguntaba si recuerdas la primera vez que…

-¡Ah sí! Claro. Claro que sí. ¿Crees que tengo amnesia?

-No.

-Pues eso -esbozó una fugaz sonrisa, apagó el cigarrillo y se reacomodó, de nuevo-. Recuerdo, además, que tú llevabas la camisa de tu abuelo. Ya sabes, la camisa gris. Creo recordar que la heredaste unos meses antes…

-Así es.

-Y que no dejabas de sollozar. Me ponía nerviosa, pero te aguanté. Eras como eres ahora. No has cambiado en nada.

-Había muerto mi abuelo…

-Lo sé. Tampoco quiero sonar grosera, pero me hizo gracia, en cierto modo. No eras de los clásicos. Llevabas esa camisa -que te quedaba demasiado grande, obviamente, como toda tu ropa-, y un chándal feúcho, y no dejabas de hablar de tu infancia. Que hablabas mucho, decías, cuando tenías nueve años. Que habías visto un vídeo, de ti, de pequeño. Pero tú estabas allí, hundido en el sillón, con la vista perdida y la mente en blanco, hurgando con el dedo meñique en la nariz y sin decir mucho.

-¿Hurgando en la nariz?

-Si. Bueno, tal vez no. Al menos lo parecía.

-Puede ser.

-Y cuando habían pasado unas dos o tres horas, y la tercera o cuarta taza estaba por llegar, conseguiste levantar el trasero y mantener una conversación normal. No sé lo que tuvo que haber pasado en tu cabeza de membrillo, pero de pronto estabas vivo. Y recuerdo, de verdad que la recuerdo, tu sonrisa. Entonces te pusiste de pie, me dijiste: “vuelvo a ser un bípedo” (algo que me hizo mucha gracia, aunque no lo mostrara) y te fuiste hacia la estantería para sacar un libro. No llegas a hacer algo así y mis ojos, que a pesar de tanto café estaban cansados de ver a un vegetal en su asiento haciendo dibujitos sobre un pañuelo -porque creo recordar que hubo un momento en el que te callaste por completo, tal vez durante media hora, y estuviste haciendo pequeños dibujos a lápiz…

-Sí. Estaba dibujando.

-Si. Pero déjame terminar. Mis párpados habrían dejado de sí. Mis ojos se habrían cerrado. Toda nuestra conversación había sido un bodrio hasta aquel momento, en el que tú, tu trasero o quién sea el capitán de tu cuerpo decidió revivirnos a los dos. Te habría abandonado, si no hubiese sido por eso. Me iba, en serio. Me estaba aburriendo. De verdad, pocos minutos antes mis párpados estaban decayéndose. Pero tu volviste, con un librito entre las manos y me dijiste: “Toma”.

 

Tuve que sonreír en ese momento. Celia también sonrió. Incluso Szasza sonrió, la cual había llegado por detrás de una de las columnas con los vasos de agua.

-¿Toma? –Preguntó ella.

-Si, toma. Me había traído uno de los libros de la estantería, y me lo regaló, sin cortarse un pelo, porque aún tenías pelo, Félix.

-Muy ingeniosa –le dije, y ella siguió hablando, ahora dirigiéndose a Szasza, quién escuchaba atenta, muy curiosa, con los oídos muy abiertos:

-Era un pequeño librito, de tapa dura, un poco roñoso, gris, casi marrón, con un pez en la portada. ¿Tú te acuerdas, Szasza, de la primera vez que vinimos al Bilderbuch?

-Hmm. Déjame pensar –Szasza dejó la tableta en la mesita, giró la cabeza ligeramente a ambos lados, para controlar la situación de la clientela y volvió a dirigirse hacia nosotros, esta vez mirándome fijamente a los ojos-. Bueno, yo ya conocía a Félix de antes. De hecho, le conocía bastante bien. Solía venir aquí muy a menudo, y se sentaba en una de las mesas mirando a la gente con cara de memo. Y muchas veces se le acercaban chicas, o se le quedaban mirando, pero él nunca se daba cuenta de ello. Aquello me hizo mucha gracia. Podría haber salido del café con una chica distinta cada día, pero nunca se percataba de aquello. Pero, después de que hubiese ocurrido aquello varias veces, aún recuerdo de que, cierto día, apareció con compañía. Y esa eras tú. Pensé, además, que no duraríais mucho.

-No duramos mucho.

-Y tuve razón. Pero seguisteis viniendo aquí, y eso me gustó mucho. Seguisteis fieles al local, por así decirlo, incluso cuando os habíais separado.

-Solía ser para no perder el contacto. Ya sabes, una vez cada semana, un café con leche y una pequeña conversación.

-Si. Me encanta veros. Siempre me gusta tener clientes habituales, hablar con ellos de vez en cuando y preguntarles por sus vidas. Vosotros sois de los más habituales, pero a la vez, de los más extraños.

-¿A qué te refieres?

-Bueno, solo tenéis que mirar a vuestro alrededor. No veo a nadie como vosotros. Son todos, bueno, distintos. Dejémoslo en distintos. Ahora tengo que seguir con el resto de mesas, lo siento. Podremos hablar más tarde, cuando haya menos.

-De acuerdo. Gracias Szasza, un placer.

-Gracias Szasza –volví a despertar.

 

Szasza ya se había ido a otra mesa, y yo me quedé observando a Celia. Siempre la había contemplado con una mezcla de intriga, respeto y erotismo. Su mirada se perdía entre las estanterías. Estaba leyendo, ahora, los títulos de los libros, pensando tal vez en aquel “toma” que dio comienzo a todo, en aquella primera vez en el café Bilderbuch, en mi rostro hundido –igual de hundido que siempre. Sonreía, bebía y fumaba igual que hace diez años. Brillaba de la misma manera. Fruncía las cejas de la misma manera cuando pensaba con intensidad en algo. Y seguía la misma rutina. No podía pensar con intensidad sin un cigarrillo entre las manos. Por eso, no tardó en encenderse otro cigarro y en beber varios sorbos seguidos de su taza de café. Y a mí me gustó el silencio. Me gustó observarla en silencio durante un cierto tiempo. Siempre me había gustado. El silencio, en el Bilderbuch, y la mirada perdida de Celia, y los cigarrillos manchados de pintalabios, y la luz amarilla de las lámparas junto a su pelo rubio. No hacía falta hablar. A veces, las palabras se tropiezan, se atascan o se escapan, porque hay demasiadas de ellas. Siempre hay demasiadas de ellas. Y cuando llega el silencio, y junto a él la mirada apacible de Celia, las palabras se tranquilizan. Todas las palabras se acomodan, así como yo en mi sillón, para disfrutar del silencio. Y de la misma forma en la que me deleitaba con el desaparecer del ruido, me encantaba el ambiente cuando volvían las palabras, siempre en forma de suaves susurros, como después de una siesta, o como el viento en las callejuelas de algún pueblo perdido de la sierra, o como en una iglesia en misa, o como en el café Bilderbuch después de un largo y letargoso silencio.

-¿Qué dibujaste aquel día? –me susurró, acariciándome con su mirada.

-Un pez.

-¿Un pez?

-Si.

-¿Por qué? ¿Porque lo viste en la portada?

-No. El libro lo descubrí después. Después de dibujarlo.

-¿Y por qué lo dibujaste?

-No sé. Un pez. ¿Por qué no?

 

No dije nada. Ella tampoco. Tuvo que pasar bastante tiempo para que volviera a empezar a hablar. Aún tenía que organizar mis pensamientos.

 

-Un año sin ir al Bilderbuch. Se me ha hecho muy largo.

-Un año sin vernos –dijo ella, soplando el humo hacia el amarillo incandescente de una vela-, un año entero.

-Y Szasza sigue igual.

-Y Szasza sigue igual.

-Deja de morderte las uñas, por favor, que me pone nerviosa.

-Vale.

-¿Por qué un pez? Quiero decir, podrías haber dibujado cualquier otra cosa, más cercana; cualquier objeto más al alcance de la mano. ¿Por qué te fuiste al océano, al agua, a buscar el objeto de tu inspiración? ¿Por qué despertaste con él? ¿Por qué no te quedaste callado, para dejarme ir y escapar de ti de una vez por todas? Y por eso, todos los años juntos, por eso. ¿Por un pez? ¿Un libro?

-Tú sabes que a mi me encanta observar a la gente.

-Claro.

-Bueno, pues escucha y cierra la boca. Piensa en los versos de Neruda: Me gustas cuando callas, bla, bla. Al mirar a mi alrededor, en este café, siempre pienso en lo mismo. Pienso en peces. Mírales. ¿Qué otros animales podrían ser? Son peces. Peces gordos, con apellidos gordos y acaudalados. Peces de alta cuna, trajeados y vestidos de gala. Algunos parecen salmones, otros parecen truchas. Pero todos ellos, peces, y gordos. Y fíjate en ellos, ahora. ¿De qué hablan? En que se esfuerzan. Qué buscan. ¿Y por qué hablan sobre ello? Hablan de moda, atravesando todas las épocas. Y de perfumes. También hablan de perfumes. ¿En qué piensan cuando hablan sobre ello? ¿En qué piensan? Bueno, yo no se responderte a eso. Primero, solo sé que no sé nada, y segundo, sólo intuyo lo que yo pienso. Y en este caso, yo automáticamente pienso en lo palaciego, en lo cortesano. Pienso en la clase alta, aristocrática, noble o altoburguesa. Pienso en lo pomposo, en el rococó, en la frustrada Madamme Bovary, en la sociedad de diletantes, en los retratos de personajes relevantes que apuntan con sus narices al techo. No puedo quitarme eso de la cabeza: Lo altivo, lo orgulloso. Miro a mi alrededor, y lo veo: Hombres trajeados y mujeres con abrigos de pieles discutiendo sobre cuadros, muebles y objetos de siglos pasados. Escucho, a mi alrededor, constantes “yo pienso que” o “yo opino que”. Tantos que me canso. Me sorprende, de verdad, que haya tantos expertos en esta habitación. Expertos de vasijas japonesas, de estatuillas de bronce al estilo oriental, de, yo qué sé, de todo y de nada a la vez. ¿Me entiendes?

-Te entiendo perfectamente, pero no tengo ni idea de adónde quieres llegar con todo esto.

-Ahora te lo digo. Ya sabes que cuando yo hablo, no me callo. Y ya he empezado a explicar algo. No voy a poder parar hasta que no te haya contado cualquier detalle. Volvamos al grano. Aquel día, como podrás recordar, no era de mis mejores, y yo estaba hundido en mi miseria. La muerte de mi abuelo fue una muerte dura. Muy dura. Cómo decirlo… Mi abuelo siempre había sido un enorme ejemplo para mí. Un ejemplo de valentía, de esfuerzo, de resistencia. Se había criado en una granja, al sur de Alemania. Nunca había tenido suficiente dinero como para comprarse una estantería repleta de libros, o una lámpara de cerámica china, o un armario Art Déco, o un reloj de pared del estilo alfonsino, o unos cubiertos “Bauhaus”, o una lámpara del Art Nouveau, o como sea que se digan aquellas cosas. No. Es más, no le importaba una mierda. Para ser más precisos, él no supo, ni siquiera, lo que era un plátano o una mandarina, hasta la llegada de los americanos al final de la guerra. Él tenía problemas de espalda, de rodillas, de cuerpo en general. Sus preocupaciones no eran tan simples. Al decir “estoy preocupado” él no se refería a que estaba indeciso en cuanto a qué color elegir para la pared de la cocina. No. Al decir “estoy preocupado” su problemática giraba en torno a las cosechas, y por tanto a la alimentación, y por tanto al hambre. Una mala racha, una mala cosecha, una sequía, una inundación. Decir “estoy preocupado” era un equivalente a pronunciar las temibles y mortales sentencias del “tal vez no tengamos suficientes cosechas como para alimentarnos a todos”.

-Bueno, vale, pero, ¿Por qué me lo cuentas?

-No consigo llegar al meollo del asunto, vaya. Seguiré intentándolo. En definitiva, así acabé fijándome aquel día en las gentes de mi alrededor. Me daban asco. Verdadero asco. Me repelían aquellos viciosos y amargados peces gordos, con sus preocupaciones nimias y sus discusiones absurdas. Aborrecía aquellos rostros, ignorantes y despreocupados y sus apellidos abominables. Todo aquel lugar olía a peste, a mugre, a suciedad. Les veía tan arreglados, tan limpios, tan perfumados hablando sobre sus tópicos preferidos y discutiendo sobre sus peinados, sus relojes, sus coches y sus mujeres que me entraban arcadas. Asco. Me daban asco. Pero luego la vi a ella, Szasza, caminando tranquilamente entre ellos, con la bandeja en la mano y los extravagantes pedidos de sus clientes sobre ella. Palidecí al observarla sonreír y pasearse con soltura entre los peces gordos, con la seguridad de una heroína y la valentía de un escalador en pleno Everest. Al observarla, no pude más que pensar en el concierto para piano no. 21 de Mozart, en aquel andante, en el que aparece el piano y mueve y guía la melodía de un lado al otro. Pues aquella era ella. Ella era la melodía del piano, ligera y sencilla, bailando entre una orquesta de peces gordos. Y vaya. De un momento a otro, ya no veía tan sólo peces gordos, y seres malvados, almas manipulativas y espíritus malhechores, sino también a criaturillas inseguras, pececillos temerosos y asustados, animalillos desorientados y agotados. Habían desaparecido las agrias y las voces romas de los señores trajeados y las mujeres maquilladas. Ahora, veía a gentes perdidas entre la suntuosidad, maquilladas de un falso empaque, asustadizas e inseguras como todos los demás. No veía a humanos bípedos y conscientes como era el caso de Szasza, cuya melodía del piano brillaba más que cualquier reloj Tiffany. Veía a renacuajos, peces simples, disfrazados de humanos, vagabundos y descuidados, infelices e ignorantes. No buceaban en el agua con branquias, no. Buceaban por el sinsentido de la existencia mediante aleteos instintivos y actuaciones automáticas. Y además, al igual que todos los demás, temían la realidad, y la ocultaban con sus vestimentas anticuadas. Y para no sucumbir ante el temor, decidían hablar únicamente sobre sus vestimentas, y no considerar temas inapropiados. Allí estaba yo, un pequeño ser humano, bípedo y consciente de la absurdez de su existencia, proveniente de la familia de algún “insignificante” granjero del sur de Alemania, rodeado de autoproclamados peces gordos y “significantes”, provenientes de algún palacio de su excelentísima autoridad Von- und Zu Pezgordo. Todas las identidades se estaban emborronando. Hombres perdidos.

-Peces gordos en el agua.

-No. Precisamente era eso lo que quería corregir. No les veía como peces gordos en el agua, sino más bien peces gordos fuera de ella, dando espasmos contra el suelo, aleteando y saltando aleatoriamente de un lado al otro, buscando aire, buscando vida, buscando sentido, sin lograr encontrarlo. Y eso fue lo que dibujé: Un pez fuera del agua. En ese momento te miré a ti, y me dí cuenta de mi suerte. Proveniente del sur de Alemania, y frente a una de las mujeres más hermosas de la nación. Un bípedo suertudo. Me levanté, diciendo “vuelvo a ser un bípedo”, lo cual al parecer te hizo mucha gracia pero que iba totalmente en serio, cogí aquel libro que poco antes había descubierto en la estantería y te lo regalé, porque, al fin y al cabo había deducido, que nunca querría perderte.

-Interesante.

-Sí. Interesante.

 

Szasza apareció de uno de los vértices de la habitación. Nuestras tazas estaban vacías. Se acercó con disimulo y añadió:
-¿Lo mismo de siempre?

 

A lo cual respondimos que sí, para permanecer en silencio durante un largo rato, en aquel Café Bilderbuch en el que todo había comenzado y nada iría a terminar.

 

Anuncios

Diario de un psicólogo que necesitaría un psicólogo

16 de Enero de 2018 (única entrada al diario):

El primer paciente que llegó hoy a mi consulta lleva una semana conmigo. Parece un descerebrado pero tiene algo de sabio. De los intragables, vamos. Voy a ignorar el código ético para explayarme un poco sobre aquel extraño carácter.

Se llama Mauricio, y lleva un bar en la calle Semprano, donde las escaleras barrocas y el puente de los suicidas esos. En realidad se trata de una zona muy agradable. Lo digo porque fui allí la semana pasada para informarme un poco, precisamente porque M. lleva viviendo allí toda su vida. Supongo que pensé que me ayudaría un poquito a descifrar el complejo engranaje apócrifo que parece tener aquel personaje en su cabeza. No ayudó demasiado, vaya. Incluso llegué a hablar con alguno de los transeúntes, por pura desesperación. En una ocasión pregunté por el Bar Ezequiel (que es así como se llama el bar de M., no me pregunten por qué. Supongo que tengo demasiada libertad creativa) y un anciano con barba de Unamuno y gafas de Trotsky me dijo que no había escuchado hablar de aquel bar en su vida. Le volví a insistir, por curiosidad, ya que tenía el aspecto de ser un auténtico madrileño nativo, y me extrañaba que no conociese el local de M. y, a mi sorpresa, el viejo reaccionó con nerviosismo. Me atrevería a decir, incluso, que estaba decepcionado consigo mismo. ¿Alguna paranoia?¿Algún trauma?¿Algún sueño roto?: Su rostro se colmó de pesadumbre -algo más profundo que la fosa de las Marianas, oye-, y de pronto, se fue, dejándome sólo con mi análisis: Un claro ejemplo de un trastorno afectivo. Tal vez distimia. Pero volvamos a la historia principal.

Fui ganduleando por las calles en busca de aquella maldita taberna, pero nada. Finalmente pasé junto a una plaza ovalada y me compré un helado de pistacho en una de sus heladerías (dónde sino). Sin lugar a dudas, me había rendido por completo. Aquel Bar parecía no existir. “Entre tantos pacientes -¡Ay Jesús!-, me tenía que tocar un mentiroso compulsivo. ¡A mí! ¡Que le jodan al universo!”, eso es lo que pensaba mientras degustaba mi delicioso helado, allí sentado, en una de las clásicas sillas de plástico, de las cutres cutrísimas con Mahou escrito en la parte trasera.

Todo lo que les he contado hasta ahora es crucial para comprender al peculiar M. Cuando llegó hoy a mi consulta llevaba una chaqueta de pana que dejó con soltura en una de los percheros quejándose como una nena: “Ahg, que asco de curro”. Y yo le respondí: “Ya te digo” mientras me encendía el cigarrillo. Entonces me miró, algo perturbado: “Perdona, tengo entendido que en este relato estamos a 2018 y no está permitido fumar en la consulta”. Todo encajaba con mi premeditada estrategia: “¡Anda! ¡Un anacronismo!”, dije.”No sé dónde tengo la cabeza. Dime, ¿En tu bar se puede fumar?”. Empieza el espectáculo:

-Vaya Félix, empezamos bien eh, empezamos bien… Pues, no. No se puede fumar. Quiero decir, ya no. Antes se podía. Bueno, antes se podía de todo. Antes de Zapatero digo. Y no estoy diciendo que me disgustase. Me parece perfecto que exista esa prohibición porque, vaya, imagínate pasar todos los días rodeado de humo, Félix. Humo, humo gris, tóxico. Niebla de toxinas: Amoníaco, dióxido de carbono, monóxido de carbono, propano, metano, acetona, cianuro de hidrógeno, Félix, uno palma de esas cosas. No son sanas. En realidad, ahora que lo pienso, estoy bastante contento de que me hayan liberado de aquel suplicio. Pero no me pareció muy aceptable la forma en la que se llevó a término la ley antitabaco. ¿Sabes? Tuve que gastarme un dineral, primero en crear los dos habitáculos aquellos que, por legislación, permitirían que se fumase en un lado mientras que en el otro quedaría terminantemente prohibido. Luego tiré el peculio (un verdadero malgasto, en serio) en derrumbar la pared aquella que un año antes era tan obligatoria. Me cago en Dios. Cuánto dinero. Eso fue en… ¿2006? Nah, no sé. No fue un buen año. Pero irían a llegar peores. Tal vez fuera más tarde, porque para algunos establecimientos todo aquel pandemonio llegó más (…)

Voy a abstraernos un momento: Lo bonito de mi oficio es, sin duda, que no hace falta decir nada si se tiene la suerte de tratar con un verdadero loco. Este es el caso. Yo, tan tranquilo, saco mi libreta y me dispongo a dibujar paisajes, o retratos tal vez. A veces, incluso hago caricaturas de los pacientes, pero sólo si me caen mal. Por supuesto escucho. Vamos a ver, es ése mi trabajo. Pero cuando no me resulta trascendental me evado.

En el momento en el que se sitúa este relato sólo estaba esperando a que se callase, por lo que apunté una simple cosilla en mi libreta, debajo del dibujo de un rinoceronte blanco, no negro, es decir, no de los que se extinguieron hace pocos años. Digo blanco porque no lo coloreé. Eso habría sido demasiado curro: “Gran detalle”, escribí. Luego seguí dibujando. M. también seguía a lo suyo, y lo estaba disfrutando. Tenía que detenerle:

-Oye, M. Cuéntame algo de tu vida, ahora. Quiero que me digas, más o menos, cómo es tu día a día.

“A M. casi le da un soponcio”, apunté a continuación. Tenia la cara pálida. Hoy no se había afeitado bien el pelo de la nariz, por lo que se escapaba alguna que otra pelusilla por alguna de las fosas nasales cuando suspiraba. Estaba visiblemente perturbado por la pregunta, algo catatónico, con el cristalino perdido en algún lugar de la habitación durante algún largo segundo.

-Va. ¿Estás seguro que tenemos tiempo suficiente en esta sesión? Lo digo porque no se, tú también tendrás más pacientes, o tal vez otras cosas que hacer hoy. Y seguro que nos entra hambre, a estas horas. A quién se le ocurre. Tú tienes familia y eso, ¿no?

-Tenemos tiempo de sobra. Y luego llamo al Telepizza, no te preocupes.

-Hmm. Vale.

-Empieza, si quieres, por algunos pensamientos sueltos.

-No todo es fácil.

-Nunca lo he dicho.

-Ya pero algunos lo creen.

-Hmm… Yo no.

El ambiente se comenzó a enturbiar. Tendría que haberle preguntado por lo del tabaco.

-Cuando me levanto por la mañana pienso, la mayor parte de veces, en que le tengo miedo a la historia. Y…

Se quedó en silencio. No sé por qué.

-Sigue, sigue -le dije-. No te cortes. Es que me pican los huevos. ¿Puedo rascarme, no? No te importa, supongo.

En nombre del autor de este texto y de los 200 chimpancés que trabajan en el proyecto me disculpo con una profunda y dolida sinceridad por lo ocurrido. La producción ha decidido eliminar el texto final y proseguir con una hermosa censura:

-Sigue, sigue. No te cortes.

-Entonces suelo prepararme un café. No tardo mucho. Digamos, diez o quince minutos se pierden en el desayuno. Vivo solo. Siempre lo he hecho. A veces más, a veces menos. A veces estando solo, a veces estando acompañado. Entonces me voy al baño, me olvido de lavarme las manos y me voy al curro. No tardo nada. Está a dos calles.

-¿Y dónde se encuentra tu bar?

-¿Cómo?

-Tu bar, digo. ¿Dónde se encuentra?

-¿Mi bar?

-Si, joder, M. Tu bar. Donde se encuentra.

-Pero si yo trabajo en una consultoría de seguros.

-No jodas.

-Claro.

-Ah, vaya. Qué incómodo eres.

-Creo que me has confundido con Ezequiel, el que vino la semana pasada. Yo soy nuevo aquí.

-¡Anda! ¡Menudo descuido! Tienes razón, sí.

-Ja ja, ya veo ya. ¿Prosigo?

– Si. Continúa. Qué cosas. ¿Ezequiel es el de la barba de Pío Baroja no?

-¡No! Joder, Felix. Ese era el viejo transeúnte. Además, barba de Unamuno. ¡Y gafas de Trotsky!

-Ah si. Cierto…

-Maldita sea, estás mezclando muchísimas cosas. Y por cierto, eso que has escrito, que supuestamente dije yo sobre mi bar y la ley antitabaco y tal no lo dije yo. Ni en esta consulta ni en otra. Tuvo que ser Ezequiel. Estas hecho una mierda tío.

-Eso también es cierto. Aunque no hace falta ser tan desconsiderado, M.. Bueno, prosigue. Voy a seguir dibujando si no te importa.

-Vale prosigo. A lo que iba. Hay veces en las que pienso en pegarme un tiro con la escopeta de mi tío pero…

Volvamos a abstraernos un momento: Supongo que se habrán quedado un poco sorprendidos con este giro inesperado. Pero miren, yo no tenía planeado ningún final para esta historieta y me he quedado igual de atónito que ustedes. En verdad sólo comencé a escribir hoy porque tenía ganas de escribir un poco, y me gustaba la idea del diario de un psicólogo. Así que, si me disculpan, lo voy a dejar así. A la vez, por diversión, voy a teclear un poco más sobre mi teclado y ustedes pueden participar en la lectura si les conviene. Esto no es un régimen dictatorial, por si había que aclararlo, vaya. Váyase si no le apetece seguir aquí.

-Comúnmente tengo la sensación de que está cayendo la noche. Principalmente porque suelo salir del trabajo a eso de las ocho. A veces doy paseos, para relajarme un poco después del estrés de la oficina. Después de todas las llamadas y todas las consultas a uno se le van escapando las ganas de vida. Entre semana, mientras camino hacia el cementerio, recuerdo mi infancia. Recuerdo las lecturas junto a mi madre, las peleas con mi hermano antes de dormir, el sonido de mi padre afinando el contrabajo y las caricias de mis gatos. Suele ser entonces cuando prefiero seguir viviendo. A veces escribo poemas y hago otras cosas por puro aburrimiento. Pero estoy viciado a ellas. Soy un yonqui, estoy enganchado a estas cosas. Si uno me las quitara, tendría el síndrome de abstemia como con cualquier otra droga.

-Se dice ab-stinencia.

–Ab-stinencia. Pues eso. Al fin y al cabo, después de cada paseo me digo a mi mismo: “Sé que no quiero morir, eso está claro. El resto es incertidumbre”. Adónde me llevarán los pasos que yo mismo camino me es imposible averiguar. Y no sólo eso. Adónde vamos. Aquello es lo que más me atormenta. Por eso le dije que le tengo miedo a la historia. En mi caso, cuando le tengo miedo a mi futuro, a mí vida y a la muerte, lo único que tengo que hacer es mirar atrás y pensar en mi infancia y en todo lo que la rodea: Mi familia, mis amigos, las enseñanzas de mis profesores, mis primeros mentores, la felicidad que habitaba en todo -incluso en los objetos inertes. Al pensar en aquello, me resulta más sencillo disfrutar de mi día a día, comprender mis actos, mi forma de ser, mi vida. Alivia la perorata autodestructiva que se gesta en mi cabeza hora tras hora, año tras año. Sin embargo, con nuestra historia no me pasa lo mismo. Mire atrás, por un momento.

-Estoy ocupado.

-Vale, pero piense por un segundo en lo que quiere decir ir a la guerra, luchar con otras personas, luchar por un futuro mejor. Intente comprender lo que significa tener que trabajar una jornada de 18 horas desde la infancia hasta la vejez. Claro, uno podría decir ahora que, aquello, alivia. Al fin y al cabo: ¡Somos unos afortunados! ¡La vida nos ha regalado el internet, el google maps, la renta mínima, el derecho a huelga, la libertad de prensa! Pero mierda, me parece traicionarse. La diferencia entre nuestra historia y la mía propia es que la mía es lineal, es decir, va a llegar a un fin, y la nuestra es cíclica. Vivimos en un sistema con una cierta capacidad de carga que ha de intentar adaptar los cambios dentro de la propia sociedad de alguna forma estable, que garantice la seguridad. Siendo cíclica, conoce, un progreso, sí. ¡Nos va mejor, sin duda! Y los romanos vivían de putísima madre para lo que era su época. Todo aquello que ocurre, es reminiscente de algo que ya ocurrió. Y no estoy haciendo un augurio de lo que vaya o no vaya a ocurrir. Solo digo que la historia es, en un vistazo general, cíclica. Eran unos afortunados. Temo a nuestro futuro. Nuestra soltura. Nuestra arrogancia. Nuestro horizonte incierto. ¡Nuestros pasos ciegos con los ojos abiertos! Lo digo poéticamente, porque parece que nadie me tomaría en serio si no. Está cayendo la noche. Los caminos se separan y se vuelven a juntar. Y también, le tengo miedo a mi sonrisa. Por algún extraño motivo. Supongo que será porque me estoy hartando de no poder admitir el rumbo que esta adoptando el mundo. Mi mundo. Mi querido mundo. Siento que está cayendo la noche. Sobre nuestros hombros. Estamos pisando como unos necios sobre la nieve virgen de una avalancha pasada. Caminamos sobre el polvo. Cimentamos el polvo pasado. Casi es como si nuestros sueños se estuviesen volando… ¿No cree? Joder. No sé que creer. A veces un vistazo al pasado es un alivio. Otras un tormento. Solo espero, Félix, solo espero que no nos lo estemos tomando todo demasiado a la ligera. Solo espero que haya algo detrás de todo este caos que es un misterio para nosotros, pero que tiene su sentido. Solo espero que haya políticos que parecen tontos, pero en verdad saben lo que hacen. Pero no me lo creo ni yo. Que un sistema se corrompa con el tiempo es natural. Ocurre y siempre ha ocurrido. Es necesaria la adaptación a los nuevos tiempos. Lamentable. Es lamentable, pues parece que está tardando demasiado. Y mientras algunos acumulan más que todo el resto juntos, se está hundiendo un continente entero al norte: Está perdiendo suelo una masa de hielo enorme. ¡Y hay quienes le buscan el beneficio! Lamentable. Yo, como trabajador en una consultoría de seguros estoy disgustado. Muy disgustado. Tengo hambre. ¿Que opinas, Félix?

-Creo que le falta color.

–Le ha quedado muy bonito.

-¿Verdad? ¡Es hermoso! Hmm… ¿Y el número del Telepizza cómo es, M.?

La consulta de hoy acabó con una comida deliciosa. Yo pedí una barbacoa cremosa y él una cuatro estaciones. Estoy muy orgulloso. A mí mismo me sorprende que me haya acordado tan bien de la conversación. Y el detalle. “Mucho detalle”. Ahora sólo me queda averiguar quién es el Ezequiel ese del que tanto hablaba M. y tal vez aproveche este fin de semana para escapar a la calle Semprano. El helado de pistacho estaba buenísimo. ¡Muy recomendable!

 

 

Relojería Pedrero

Dieron las siete de la mañana cuando en la habitación de Joaco se entremezclaron los relojes y sus tictaques en melodías de lo más variopintas. El anciano no tardó en despertar. Primero un ojo, el derecho, para vigilar la situación desde el resguardo de su sábana. Luego el otro. 

Hacía frío, allí afuera, al otro lado de las mantas y de los colchones, pero el precavido hombre contaba con una mesita de noche al alcance de la mano. Allí guardaba la ropa del día siguiente, plegada y recién lavada. Y justo delante de aquella mesita descansaban dos pantuflas, cada una con un calcetín gris, ambos de ellos bastante viejos —por lo que se podía observar en la poca elasticidad que les quedaba. La calefacción se hallaba —lamentablemente— demasiado lejos como para encenderla desde el reposo. Para ello tendría que levantarse, y de paso, comenzar con su rutina matutina. Preparar un té, ducharse con agua caliente el mayor tiempo posible, y acto seguido pasarse el aire caliente del secador, también el mayor tiempo posible, pero sin pasarse —porque se enfriaría el té. 

Joaco se dió la vuelta para echar un vistazo a la ventana. “Lluvia…”, se quejó. Las gotas chocaban contra la cristalera, y un pequeño soplido intruso se hacía paso por sus bordes. 

Acabadas las 7:00 y comenzadas las 7:01 los relojes se recostaron para seguir durmiendo hasta la mañana siguiente. Ellos también seguían una rutina, pero opuesta. A las 7:00, cuando todo el mundo dormía, ellos despertaban. Era entonces cuando la gente se despejaba con ellos, pero una vez despiertos todos ya no tenían a nadie a quién despertar y por tanto nada que hacer. Por eso decidían descansar, y cumplir con la promesa de la siguiente jornada. Y mientras ellos reposaban, el anciano se levantaba entre agonías y sacudidas de frío para acercarse a la tetera, coger una taza blanca esmaltada y posar una bolsita de té de menta en su interior. Un poco más tarde —serían las 7:04— el suelo de madera crujía con las pisadas de aquel anciano friolero, que sin duda ansiaba una ducha cálida. Una vez dentro, el viejo siguió lamentándose: “Leches, me olvidé de poner la calefacción”, pero ya no había escapatoria.

A las 7:16 comenzó a sonar la secadora. A las 7:24 se encendió la calefacción. El primer sorbo de té cayó un minuto después, junto al periódico abierto, la chacona de Bach y una mirada perdida por la ventana. Aquello del periódico era solo una pose. Tal vez leía, de vez en cuando, el titular, pero luego procedía al empanamiento. El típico empanamiento. Siempre le habían llamado empanado. Aquella era su quintesencia; en aquello se plasmaba toda su razón de ser. Sus ojos se ofuscaban de musarañas, sus párpados se relajaban, sus labios se dejaban caer, su respiración se complacía en silencio. Catatónico. Estático. Espejado. De vez en cuando recitaba alguna frase como un chacra, sin meditarlo, sin activar su cerebro. Simplemente decía: “9 muertos en la M40” mientras contemplaba la lluvia caer del tejado de algún vecino. Entonces, algo en su interior hacía clic. Clic. Un simple clic y de pronto se encontraba cómodo —tal vez incluso porque no se encontraba en ningún sitio.

A Joaco siempre le habían gustado los clics. No por nada se hizo relojero. Muy pronto, ya a los 17 años había heredado la relojería de su padre, en alguna calle de su pueblo, Zarzamora: Un pequeño asilo en la sierra madrileña, con tres conexiones de autobús cada diez horas y tres montañas-muralla. Allí apenas brillaba el sol. Sólo en verano. Pero en invierno, primavera y otoño llovía, y apenas se dejaba ver la luz del día entre tanta niebla y tanta llovizna. Y bueno, en aquella época, cuando Joaquín Pedrero contaba con solo 17 años aquello de la relojería analógica estaba bien cotizado, y el mal tiempo le ayudaba: La niebla tapaba el reloj del ayuntamiento. La escasa luz creaba confusión. Nadie habría sido capaz de decir qué hora era si no hubiese sido por Joaquin Pedrero, el relojero de la zona.

En sus primeros años vendía bastante, como su padre. En general los Pedrero habían sido conocidillos por su labor a lo largo de toda la sierra. Todos los “necesitados” de relojes y despertadores acudían a ellos; a la “Relojería Pedrero”, como dictaba el letrero (muy original sin duda) en negro sobre blanco, a la entrada de la tienda. Pero con el paso del tiempo, el tiempo pasó de ser compañero de negocios a su mayor enemigo. El chivo expiatorio: Digitalización. Todas las maldades del mundo y todas las aversiones de Joaco en una sola palabra. Digital. En fin, se podría decir que aquello del tiempo había formado y seguía formando una gran parte de su vida. 

Había invertido mucho tiempo en el tiempo.

“9 muertos en la M40”, susurraba, absorto. 

Alguien llamó al timbre. Dieron las 7:57. Se había pasado los últimos 32 minutos mirando al mismo sitio y susurrando la misma frase. Seguía abierto el periódico por la misma página. 

Volvió a acomodar los pies en sus pantuflas, abrazó la taza con sus dos manos y comenzó a andar a paso de tortuga hacia la puerta. Entre tanto volvió a sonar el timbre, y cuando la llave había dado sus tres vueltas completas y la puerta se había abierto del todo, ya no había nadie.

“Vaya, otra vez”, se dijo, dirigiéndose de nuevo a su silla y a las vistas del paisaje anodino. 

Vivía solo, pero la casa estaba llena de memorias. También la mesa de roble, sobre la que descansaban un bodegón y un juego de vasos de cristal tintado seguía presente, seguía viva. Había huellas de humedad en algunas esquinas, firmas talladas y ligeras incrustaciones por toda la tabla. Uno de estos últimos casos incluye, por ejemplo, un “MF” tallado en el extremo de la mesa donde estaba sentado en aquel mismo instante, lo cual siempre había interpretado como un “María Fernanda”. Pero nunca se había preocupado por averiguarlo. No conocía ninguna María Fernanda. Pero qué más da.

A los 20 años se había enamorado estúpidamente de Ana Jilguero, costurera. Pero aún más había amado a Julia Marcos, otra costurera, mejor amiga de la primera. Hubo conflicto de intereses, pero no fue ninguna de estas dos con quien se casaría. La elegida fue Rosa Pardos. Y juntos tuvieron dos hijos, Teresa y Julio, y éstos tuvieron otros hijos algún tiempo más tarde. Entre tanto la casa, y también la mesa seguían en pie, aunque no intactas. Muchas cosas habían cambiado. Primero la radio, luego la televisión de tubo en blanco y negro, luego la televisión de tubo en color, luego la pantalla plana. “Ahora hay algo que llaman bluetooth, pero no sé donde se compra eso”. El sofá de cuero siempre estuvo cambiando de sitio, dependiendo del televisor. Lo mismo ocurría con las lámparas y las estanterías. Lo único que no había cambiado nunca de lugar era la enorme biblioteca que decoraba el salón, su lugar de empanamiento preferido. Sobretodo desde el accidente de Rosa. En la M40. 

“¿MF?”

Maldita sea, ya tenía 79 años. Nunca había averiguado que significaba aquello. Sus hijos tenían familia. Su té estaba frío. Así que fue a la tetera. 

“En general, he estado contento”, se decía mientras tanto. Estaba dejando de llover. Al fondo sonaban los tictaques; le relajaba mucho escucharlos. Tenían algo mágico; algo anestésico. Ya desde su infancia le encantaba pensar en el ritmo de los relojes segun qué situación. Lo seguía haciendo. Cuando esperaba al autobús un domingo y cuando lo hacía un lunes. El ritmo era el mismo, pero algo cambiaba. Había prisa en el segundo. Demasiado estrés. Supuestamente entre tic y tac siempre hay un mismo espacio. El silencio dura lo mismo, aunque no lo parezca. Joaco nunca había entendido las prisas, mucho menos el estrés. Viniendo de una familia de relojeros, había aprendido a ser paciente y a escuchar y aprender del tiempo. Hacer caso al cambio. Algunos le malinterpretaban, como yo, llamándole empanado, cuando tan sólo tenía un ritmo distinto, más acomodado, más constante y permanente. No había ajetreos ni distracciones, porque las distracciones exigen del ajetreo para existir, y viceversa. 

Se levantó de la silla de la cocina a las 8:34 para sentarse en el sofá del salón a las 8:35 y encender el televisor, ver los anuncios y dormir un poco más, a escondidas y en secreto, sin que los despertadores se percatasen. 

“9 muertos en la M40”, se dijo, encandilado. “MF”. “Cuántas preguntas”, susurró, sonriendo. Y sin quererlo, aquel día Joaco rompió su esquema. No terminó de beberse su té de menta, no apagó el televisor, no se dirigió a la biblioteca para leer, ni tampoco volvió a abrir los ojos.

Un viaje en tranvía por Berlín-este

Gris, amarillo, gris;

M5, M6, M8;

cascos de música, adolescentes, carritos,

miradas vacías.

Demasiadas miradas hacinadas en un sitio 

gris, amarillo, gris.

Calles ensanchadas, 

bloques de copia y pega,

bloques rectangulares, 

bloques cuadráticos.

Las tres gracias en un McDonalds,

mofletes gordos,

niños gordos,

Samsung,

Sony,

Huawei.

Gris, amarillo, gris, 

en quietud,

en velocidad

y en quietud.

Chaquetas gruesas en un mercadillo cojo,

salones de juego,

gotas bizcas que caen del cielo

sobre la ventanilla 

de mi tranvía gris, 

amarillo, 

gris.

De distancia y tiempo

Las goteras de mi casa me marcan el tiempo

mientras llenan 

el cubo de mis penas

con más penas.

Mi alma está desgarrada,

descosida

y desnutrida.

Le falta una mujer que anda por Viena.

Y desde el Stephansplatz hasta aquí

hay más que puro silencio.

Hay más ritmo en los callejones de su sonrisa

que en la ciudad entera.

“Hasta la saciedad me faltan sus calles”,

me digo,

y ella calla conmigo

—cuando no se la encuentra.

Y me la imagino callada,

no sé porqué.

Pero supongo que contra la distancia 

no hay otro remedio

que un cambio de posición.

No existe vacuna en este momento.

Sólo profilaxis.

Sólo medicamentos demasiado precarios.

Y mientras, el cubo se me llena

y el bendito tiempo se me escapa.

Ahora suena alguna melodía roma

en algún lugar de mis partituras

—cuyo final aún desconozco—

bastante alejada del inicio del compás.

Aquel vivace de mi infancia 

ya ni me suena.

De alguna manera he aprendido

a desconocerlo,

a no escucharlo,

a desestimarlo.

Por ahora me basta el andante,

aunque me arrastra el larguetto,

y todo se me presenta dilatado

todo se me alarga, 

todo me cuesta,

todo me arrastra y me cansa

por redundante y paridas de esas

que ya he contado miles de veces.

Pero el cubo se me llena de algo,

—tampoco sabría deciros de qué.

Algo debe de estar cayendo en él,

porque su jaleo no me deja dormir.

Lo único cierto es que ayer 

me dormí en La

y hoy despierto en Si bemol. 

Aquellas pesadas gotas caen al cubo

mientras lo llenan

y cambian de tonalidad

mi armonía

y mi rumbo.

Un poema en el parque

En el parque veo a un hombre anciano

caminando por el césped

paseando a su perro.

Ya saben lo que dicen,

que existe un parecido entre el perro y su amo,

pero dudo que hubiese sido su decisión comprarlo.

Él luce una enorme barriga,

lleva el pelo harinoso,

una chaqueta gruesa

y está amargado:

Para nada le apetece salir

a pasear

a ese perro

a las ocho de la mañana.

Está jubilado;

podría haberse quedado en casa

fumando en la cocina,

mirando por la ventana,

como hacen los jubilados, vamos.

Y de verdad que el perro es ridículo.
Ridiculísimo:

Alargado, pelo corto enmarañado,

patas minúsculas

y ladra como una cría de orangután.

Para colmo viste de rosa,

con un lacito en la cabellera.

“Vergonzoso”, debe de estar pensando el caballero,

un señor anciano,

un gentil varón.

Pero se parecen mucho.

Hay calor en el frío

Camina

por un callejón frondoso

la tempestad del desanimado,

que ahonda pero no halla

—ni en la inmensidad del vocabulario

ni en el despertar en una madrugada templada—

la palabra que pretende.

Hay pocas ocasiones de eureka.

El oasis que nace en el desierto
se pierde

y niebla

con el transcurso de la siguiente tormenta de arena.

Brota el amor constante a la belleza indecisa

y frugal como el tiempo,

siempre en pasado,

siempre allí donde ya no se encuentra.

En el callejón frondoso abundan

los escombros 

de antiguas residencias palaciegas,

que deshaucia la estática

y deshabita el movimiento.

Vasijas. Rotas.

Cerámicas de cementerios.

Palabras simples para lo complejo.

El fotógrafo de realidades perdidas,
intrínsecamente aislado,

no olvida su motivo:

Misterio;

misterio a cada paso,

asombro en cada esquina;

compasión por la incompasiva

complejidad del ajetreo.

Qué bella es la vida.

La nieve en diciembre

y el sol en agosto;

las hojas de otoño 

y los abrigos de algodón;

la tela de nuestra piel

que da calor,

y el frío que lo sitia todo.

Placer en la comprensión 

de lo incomprensivo;

en el sinsentido acertado.

Hay seres vagabundos que no buscan,

animales que sólo viven,

y extraños que admiran

y siguen descubriendo

aún cuando el conocimiento les sea inhibido.

Frustra el término.

Nada es estático y todo engaña.

Y la tempestad del desanimado aún vive

y se refugia complaciente

en lo más profundo 

de su existencia.