Poema a mi acampada en el mundo

La vida en este mundo

no está hipotecada.

Es como una estancia

en una habitación

reservada.

Es como acampar

en la orilla de una playa

en marea baja.

Es como subir una montaña

en plena tarde veraniega.

Es un pasar de dias

en el que uno pasa

mucho

mucho tiempo durmiendo.

Y cuando a uno le llega la mañana

y uno despierta, desayuna

y si hay suerte, cena,

y si hay poca, se sofoca

y palma.

 

Bueno,

puede ser que ahora,

al leer esto,

en este momento,

esté usted frunciendo el ceño

o tal vez sonriendo,

pero a ver cuanto le dura aquello,

pues cuando le llegue

a usted su momento

se irá echando leches

a por ayuda al convento.

 

Si esque la verdad duele como…

¿Como qué?

Pues como algo que duele,

como es por ejemplo la muerte,

que es una verdad

y duele como…

¿Como qué?

Pues como algo que…

 

Ahg, si esque qué más da.

 

Y así todos los días…

Poema basado en un verdadero debate televisivo

Estoy tumbado en la hamaca de mi jardín

y de vez en cuando pienso algo incoherente

que en mi mente merece un poema.

 

Al igual que la hierba,

que no dejará de crecer sin mí,

y las noticias,

que seguirán siendo siempre las mismas,

en las tertulias televisivas seguirán argumentando

que para la iglesia

las hostias sin gluten no son válidas.

Yo, que soy un ser misericordioso,

pienso en las pobres hostias sin gluten

e intento averiguar en que habrán pecado aquellas inocentes.

Y ya que nos ponemos me pregunto qué harán ahora con ellas,

puesto que ya no son la carne de cristo,

y puesto que, sin dudarlo, la carne de cristo

-y esto está comprobado-,

llevaba gluten.

¿Qué harán ahora con aquellos pequeños

pedacitos de cristo sin gluten

que esperan impacientes en la custodia

a que se les aparezca alguna faringe celiaca

de algún creyente de actitudes culinarias

obviamente pecaminosas?

 

Me vuelvo a encender aquel cigarro que

en lo que lleva este poema,

se ha apagado demasiadas veces

y me quemo la nariz.

Las orquídeas del jardín parecen

no querer escucharme

cuando grito y me quejo.

Menudas arrogantes.

Se me vuelve a apagar el cigarro

y mi nariz comienza a sufrir el castigo divino.

Vuelvo a pensar y concluyo:

 

Oye, y si tanto lo desean los católicos,

me refiero a que vuelva el Jesucristo,

o mejor,

si de pronto pierden la paciencia

tras tantos siglos de espera,

les recomendaría una buena receta.

Pueden crear ellos mismos

a su propio Cristo personalizado,

al horno,

con un poco de gluten,

un poco de forma

y mucho vino,

mucho, insisto,

al menos entre 5-7 litros

como cualquier humano promedio.

Y si vuelven a perder la paciencia durante el procedere,

si quieren,

incluso podrán beber un poco de cristo rojo,

cristo Chateau-Lafite,

hasta que se les emborrache la napia

y se les ponga tan rosada

como llevo yo la mía ahora mismo.

Aún

Aún, al fondo, el rugido innecesario de motores de combustión.

Aún gente precipitándose sobre semáforos en verde.

Aún ansia, asfixia y preocupaciones,

en un asilo sin flores

pero con resaca.

 

Reducidas en prisa las almas vivas.

Los segundos huyen con rebeldía, maletín y corbata,

tanto hoy como todos los días,

a todas horas,

en todos los lugares de un mundo que, aún así,

siguen llamando precioso.

 

Y de nuevo,

un trajeado de aire sucio reviste las calles de monotonía por la mañana.

Un juego eterno de pestañeos semieternos.

Una existencia en letargo, en un sueño mal vestido;

Una constante obsesión por las obsesiones y lo obsesivo;

Una ciudad en los prados asfódelos

y mis malditas piernas en ella.

 

Aquel deseo de una mochila a mis espaldas,

lejos de aquel „bueno…“ que se murmura en mi entorno como un chacra.

Aquel hastío imbécil.

Aquel pensar solidario.

Aquella compasión que duele pero es necesaria.

Aquel lastre de preservar la vida.

Aquel instante, todos los dias, en el que nada cambia.

Vosotros, intelectuales.

Intelectuales, ¿dónde estáis?
¿Sois hijos de vuestros señores o de vuestros hermanos?
¿Andáis de espaldas? ¿Acaso andáis?
¡Tended las manos!
Abrid el camino sin despedazarlo.
Pensad pensando sin ser pensados,
Pero haciendo pensar.
Volved humanos, deshumanizados, caminantes, hermanos,
Pero intelectuales, volved temprano.

¿No lo veis?
Antes brotabais de debajo de las piedras.
Ahora os escondéis como perlas en el mar.
¡Llegó la hora de brotar!
Y no cuentan excusas ni vaguezas,
Pues no queremos vuestros gestos
sino vuestras cabezas.
No os tenéis ni que levantar.

No lo veis.
Vivís en laberintos escondidos,
Y os refugiais en vuestras gentes.
¿Pensáis que vuestros hombros son nobles por sujetar vuestras mentes?
No, señores.
Noble nunca lo es un dueño que no hace buen uso de sus poderes.
Los sabios no nacen de honores,
Se hacen con ellos si pueden.

Bien podréis haber nacido dotados
y recoger el conocimiento del mundo,
Pero no os percibo a mi lado ni un solo segundo.
Tan sólo os intuyo…

Vosotros, genios del pasado,
Que hacíais uso de lo estudiado
para hacer un detallado estudio,
¿donde andáis, y cómo?
¿Perdidos o preparados?
¿Bajo las piedras, o bajo el oro?

La belleza en mi salón

Reflexionemos un poco. Saquemos la pluma digital: ¿Qué es la belleza?
Gustavo Adolfo Bécquer no tardaría un segundo y respondería: “Belleza eres tú”, pero no he venido aquí como romántico. Quiero una respuesta. ¿Qué es?

Me imagino a mí, en un salón, rodeado de la élite intelectual de los últimos siglos; poetas, novelistas, políticos, teólogos, pensadores, ganadores del nobel, e incluso líderes mundiales. Pero nadie me sabe responder, es decir, todos me responden, pero al jugar al memory con todas las respuestas dadas y al observar que ninguna de ellas concuerda con ninguna de las otras me doy cuenta: no hay respuesta cierta, tan sólo hipótesis basadas en hipótesis, en opiniones, en experiencias propias: —“¡En pruebas a priori!” Me grita Santo Tomás desde la otra punta del salón, y a la otra San Anselmo refunfuña—. No, es cierto, de nada me sirve apoyarme en conocimientos previos para filosofar. No bastaría en este caso decir: estoy de acuerdo con el filósofo tal cuando dijo tal, puesto que en ese caso vendría otro y diría: estoy de acuerdo con el filósofo cual cuando dijo cual. Es decir, no bastaría quedarnos satisfechos con una idea cuando, ni nosotros mismos hemos tratado de averiguar otra, ni tampoco conocemos otras respuestas dadas.

Entonces Hermann Hesse, desde el sofá en el que reposa tranquilamente, despertaría de su harto sueño y lo confirmaría: “¿Lo dije o no lo dije?”, sacaría su novela Siddhartha y leería, en boca de su sabio protagonista: “El saber se puede contar, la sabiduría es indescriptible”.
Aquellas palabras sonarán insulsas para alguien que no haya leído, o mejor, para alguien que no haya investigado aún en los códigos filosóficos de Hermann Hesse. Sin embargo no derivan de una hipótesis, sino de una alargada búsqueda incansable, desde la ignorancia, desde el desconocer, que atravesaría respuestas antónimas para llegar a una hiperónima. Y esto lo tendré que detallar. La conclusión que obtengo del protagonista es la siguiente: la sabiduría está en el conjunto, en lo opuesto y en lo igualitario, en el todo: en el odio, el amor, la confianza, la desconfianza, lo ominoso, lo hermoso. Bajo mi entender, también la belleza se hallará paralelamente en el todo. Y para justificar mi incapacidad de comunicar el conocimiento de Siddhartha me apoyo de nuevo en su primera parábola: El saber se puede contar a través de palabras; la sabiduría es indescriptible y sólo se puede alcanzar a través de la experiencia, sólo mediante acciones propias y la intencionada búsqueda de ellas desde la objetividad.
John Rawls diría: “con un velo de ignorancia”; Santo Tomás concretaría: “a través de pruebas a posteriori”. Es igual. Lo que importa es que resulta necesario contrastar, investigar, experimentar. Ciertamente, aún así la respuesta no será sabiduría, es decir, la verdadera belleza. Sin embargo será saber, serán palabras, serán opiniones. La cuestión “¿qué es la belleza?” será respondida, pero no habrá respuesta.

La situación que se desarrolla ante mis ojos, y en concreto los intentos de toda la élite reunida en mi salón de dar una respuesta a la pregunta “¿qué es la belleza?” es en cierta medida ridícula. Nadie lo sabe, ¿por qué responden? Incluso algunos de ellos afirman que tiene que provenir de la experiencia, pero nadie lo ha experimentado todo.

Allí va Siddhartha: a la unidad, al total, algo que en el libro es, metafóricamente el río, y religiosamente el ‘om’. Conocemos lo que vemos, pero no lo vemos todo. Si llegamos a conclusiones a través de experiencias propias, no llegaremos nunca a una conclusión global. Es decir, nunca llegaremos a descubrir el total, puesto que siempre seremos incapaces de verlo.
A ello se refiere Hermann Hesse cuando afirma que la respuesta es el todo.
La búsqueda de respuestas —aunque imprescindible— concluirá siempre en intentos fallidos que chocan con la realidad. Para poder definir la belleza habría que conocer lo universal. Y así puedo llegar a entender, en cierta medida, a Platón y sus ideas —aunque no el dualismo— o la esencia de Aristóteles. Aún así, sus conclusiones acaban siendo idealizadas, supersticiosas. Resultan más autores ficticios que constructores intelectuales. Terminan filosofando tanto que se alejan de lo real, construyendo mundos distantes al nuestro, lejanos, irreconocibles. Desde mi punto de vista tienen razón cuando afirman que la respuesta está en lo universal. Sin embargo discrepo en sus maneras de alcanzarlo y otras invenciones artificiosas.

¿Habrán dejado de leer ya, lectores? Espero que no, puesto que ahora llega la hipótesis:

Existen algunas certezas, y entre ellas que el ser humano es el único ser con un cerebro plástico tan desarrollado que ha sido capaz de crear una cultura aún más compleja que su propio ser: una cultura que lo ha desplazado de lo salvaje y ha reemplazado lo último. Sin embargo no debemos olvidar de donde provenimos; grandes rascacielos no nos deben tapar la vista y ocultarnos de aquel lejano origen. Por mucho que hayamos creado lo artificial seguimos siendo naturales, y desde el punto de vista científico somos masa, somos animal.
La compleja capacidad cerebral que poseemos no debería centrarse en buscar decorar nuestro origen y adaptarlo a la realidad actual. Seguimos siendo un compuesto animal, y como tal, seguimos actuando inconscientemente en base de instintos. La belleza podría ser, por tanto, un puro instinto. Y así, como animales, buscaríamos la continuidad y la seguridad, y en mi opinión, ésta se encuentra en la unidad, en lo firme, en el reflejo del todo. La belleza es lo total, aquello que más asemeja a lo universal y lo esencial.
Entonces, influenciados por el entorno encontramos en diversos periodos diversas definiciones de belleza. ¿No querrá esto más bien decir que no hay definición concreta? ¿No nos indica más bien que siempre se intenta de nuevo, que siempre se trata de simplificar una y otra vez el todo, para finalmente llegar a conclusiones distintas estando influenciados por diversas situaciones en el entorno, es decir, al haber vivido diversas experiencias? ¿No nos acaba derivando aquello una y otra vez en que conocemos lo que vemos pero no lo vemos todo? ¿Qué es la belleza? Ojalá fuese tan simple reducir algo tan complejo en unas pocas palabras. El simple intento de definirlo nos define a nosotros mismos, como estructuralistas que buscan ordenar y archivar complejidades en simplicidades. Y es cierto, el orden forma parte de nuestras vidas, pues las facilita, sin embargo esto no es igual para lo concreto como para lo abstracto.

Platón mira al suelo mientras oye esto y admite: es cierto, el mundo de las ideas, el dualismo: aquello no es real. Aquello es la demostración de la actitud simplificadora, incluso obsesiva del ser humano. Aquello es un simple ejemplo de nuestra incapacidad para definir lo indefinible. La realidad es que la belleza es lo total; la unidad del conjunto, de la naturaleza y lo artificial, del orden y el desastre, de lo simétrico y asimétrico, de figuras geométricas, reglas matemáticas, líneas rectas, triángulos, curvas y figuras caóticas. La belleza no es ninguna de estas cosas por sí solas —no es bipolar, es unipolar o multipolar— sino todas ellas juntas. La verdad es que para la belleza no hay definición por mucho que la busquemos. Tal vez sus únicas definiciones posibles sean: “la belleza es abstracta”, “la belleza es sabiduría y no saber”, o incluso, “la belleza está en el mismo hecho de que no podamos alcanzarla”.

De allí, para alargar un poco las cosas, no es de extrañar que surgiesen divinidades a causa de la incapacidad del ser humano de describir lo abstracto con lo concreto que tiene como ejemplo. Somos incapaces, nos resulta inimaginable que algo pueda existir sin estar, sin tener forma. No quiero decir con ello que haya otra realidad, otro mundo que contenga lo indefinido. No lo hay. Lo que quiero decir es que, no hay simplificación posible para algo tan amplio como la belleza, que se encuentra en la tranquilidad de las llanuras, la ferocidad de los mares, la simetría de paisajes, en el orden de las cosas, en rostros ejemplares, en todo, incluso en lo artificial que nosotros como seres humanos creamos; en poemas con rimas serenas, en cuadros de realidades y ficciones, en libros, escrituras, etc. La belleza no es caos, ni tranquilidad, ni matemáticas. No es nada pero lo es todo.

Recogiendo todo lo anteriormente dicho podría definir lo que es la belleza para mí:
La belleza es un concepto variable. Sin embargo, aún así se mantiene en una base fija: la unidad. Algo que es bello es algo unitario, pues lo que está unido es estable y seguro. Así lo es la propia naturaleza, tan variable, aunque tan segura. Sin embargo la definición de belleza para un individuo se define en base de su entorno, pero siempre con el mismo objetivo de mantener su continuidad como especie; una reacción puramente instintiva. Esta continuidad se puede alcanzar, ya sea a través del orden o del desorden, es decir, en el todo. La belleza va unida al instinto de perdurabilidad, y por tanto se define a través del entorno. Es decir, aún así no habrá definición global de ‘belleza’.

Maldita sea, de nuevo. He acabado sentándome en el sofá con mis colegas los genios intelectuales. Ellos me abrazan, se me encariñan. Uno de ellos se acerca y me lo susurra al oído:
—De nuevo han respondido, pero aún no hay respuesta.
Me giro y es Hermann Hesse. Le respondo:
—Tal vez nunca la haya.

El despertar es tedio

Hoy es amanecer.
Aquel día del mes donde las calles se barren a sí mismas.
Cuando las hojas vuelan por los aires con el soplador
Y los hombres dejan de soñar que sueñan del revés.

Hoy fantasean incluso los bebés con amamantar a sus padres.
Y las crías con criar madres.
Y los barrenderos con despertar calles cuando aún no es tarde.

Ni tan siquiera las panaderías han abierto.
Hornos aún no arden;
Perros aún no ladran;
Taxis aún transitan en luces amarillas;
Las rejas del parque siguen cerradas,
Y sus ferias calladas.

Hoy ya no es ayer:
Ayer la espera fue inesperada y desesperada y el camino intransitable.
O eso decían.

Sin embargo,
De los barrios aún nace la misma embriaguez,
Y de las estatuas el óxido,
Y por último,
de la coma el punto:
De nada ha servido caminar.

Alcantarillas evaden un hedor a vida indigna,
A realidad.
Cada paso es un paso más hacia el estupor y la incredulidad.
Las radios y los medios tronan cantos falsos de esperanza,
y aun así,
De nuevo despertarán sin suerte.

Algunos dirán que el día es amanecer,
Pues, del ayer, lo único que perdura
Son tragos amargos de cafeína,
y el podrido olor a humo y tabaco quemado,
Y a vicio sin dueño, enrejado.

Sin embargo
El único vicio que perdura es el de llamar amanecer al sueño,
Pues hoy, de nuevo,
el despertar es tedio.

Creyendo crear pero ser creado

A las seis de la mañana Claudio despertaba —aunque lentamente— deshaciéndose de legañas y sábanas para entrar en el coche.

No, entrar no.
Reinicio cuento.

A las seis de la mañana Claudio despertaba —aunque lentamente— en el coche, deshaciéndose de legañas.

Cero sábanas, nada de sábanas. Lo de las sábanas olvídenlo, pues por supuesto… ¿Qué clase de coche tendría sábanas?
Respondan: ¿Qué clase de coche tendría sábanas? ¡Respondan!
¡No!
Mejor no lo hagan. Era una pregunta retórica. No respondan, que son muchos…
Lo sé. Ustedes seguramente conozcan a alguien —o al conocido de alguien— que tenga sábanas en el coche, pero no me interesa. Por ser sincero, me da completamente igual. Como si tienen un rinoceronte negro, o la mismísima selva tropical en el maletero. ¿No os dais cuenta de que vuestra vida me da igual?
El caso es que Claudio en su coche no tenía nada de eso, por lo menos aquel martes 3 de febrero a las seis de la mañana.

Retomemos el segundo inicio, que a este ritmo no avanzamos:

Un peugeot 205 gti, rojo, con maletero, dos puertas, ventanas, tubo de escape, cinturones, motor, radio, asientos, volante, cambio de marchas y cuatro ruedas —como verán no soy el mayor experto en coches—, aparcado en un descampado en medio de ‘atomarporsaco’.

—Dirán: ¿Importa algo aquello? Pues poco, en verdad, pero, si algo no importa… ¿Que más da hacerlo o no?

—¡Silencio!

No os quejéis, pesados, no os quejéis… Sé que os interesa saber el final. En su momento os lo contaré, pero primero lo resumiré un poco:

Un martes, a las seis de la mañana, peugeot rojo (de cuatro ruedas) y Claudio despertándose, sin sábanas, ni rinocerontes, pero con legañas.

Suficiente por hoy. Tengo hambre.