Borrador, Enero 19, 2016: Deberes por excursión al congreso 

Me imagino a más de cuarenta niños mal peinados entrando en el congreso y por primera vez en mi vida no me imagino a los diputados de Podemos (esto es una broma, por supuesto) sino a una clase de bachillerato, con niños de la edad de Iñigo Errejón y del bebé de Bescansa, todos ellos liderados por un profesor sin coleta y en vez de divididos en cuatro grupos, en dos clases.

Ipso facto, mientras me imagino a un periodista, lo veo; y no solo uno, varios, multitudes que rodean, con los micrófonos en alto y las libretas en mano a dos individuos subidos en una especie de estrato, o banco de piedra de un aspecto bastante incómodo, murmurando fechas y acontecimientos hacia sus adentros.

Y al fondo dos leones de bronce, uno de ellos famosamente sin testículos, ambos «fundidos con cañones tomados al enemigo en la Guerra de África en 1860», y junto a ellos dos policías nacionales -supongamos que ambos con testículos- frente a la fachada neoclásica del edificio, colocados allí a drede para vigilar a los cuarenta jóvenes revolucionarios que aumentan a 4 el nivel de alerta.

Ciertamente todo indica al primer día en el congreso.

Luego me imagino entrando, abriendo la boca como en el dentista para mirar al techo y observar tapices, inscripciones, molduras, pinturas, relieves, y lámparas que recordarían al Teatro Real. Entonces bajar la vista mientras camino y chocarme de frente contra un reloj de anticuario de Isabel II, un busto de mármol de Martínez de la Rosa, y un hombre hablando del sistema parlamentarista y sus diferencias del presidencialista, pronunciando Wulff como «Grvoulfp», un poco a lo Chiquito de la Calzada.

En seguida, tras atravesar un nuevo vestíbulo me sitúo con el resto de revolucionarios en el centro de un gran espacio de planta semiesférica escuchando con atención a las palabras de Chiquito, sin embargo, alguna que otra vez mirando con curiosidad al techo y a los cinco o seis agujeros de bala, para luego volver a bajar la vista, mirar los asientos e imaginarme a Suárez, tan relax, sentado en su asiento azul mientras el resto hace la croqueta, y a Carrillo y a toda la tropa.

No tardo un segundo para mirar al lado opuesto e imaginarme a dos cejas puntiagudas, y a Teresa Fernández de la Vega. Y mirar al frente y ver un Ipad y un Candy Crush por el último nivel mientras el shesheo se propaga por el hemiciclo. Y me digo: «madre mía, mi imaginación no me llega para tanto».

Y mientras lo digo los más de cuarenta revolucionarios ya se han subido a sus asientos y han ocupado la presidencia del congreso a modo de golpe de estado silencioso.

Antes de salir vuelvo a echar una mirada hacia el grueso techo que un viejo tricornio ha apuñalado. Y en cuanto me doy cuenta de lo irónico que resulta mirar hacia arriba, cuando estructuralmente, la sala en la que en me encuentro es lo más alto a lo que uno puede llegar sin haber nacido genéticamente borbón, vuelvo a mirar hacia delante y me vuelvo a chocar con alguien;

-Grvoulfp -dice. Y eso dicen todos cuando llegan aquí.

Abandonamos el edificio, y a la puerta nos esperan las cámaras de Antena 3, pero como ya nos conocemos el congreso y somos unos experimentados, atravesamos sonriendo, bien callados, sin pararnos a hablar con ningún periodista.

Y es curioso, e invoca a reflexionar. No hará falta que lo diga; que lo más interesante de la excursión me ha parecido el congreso; pues no he llegado a abarcar el resto de lugares. Sin embargo lo cierto es que el congreso fue lo que más me hizo reflexionar. Y fuera de cualquier ideología política, la importancia de un edificio como tal se comprende mejor cuando se entra.

Habitualmente solía pasar por allí sin pararme a pensar, pero dentro se respira; que la historia no es tan sólo un cuento a la lejanía sino un grabado presente, y que el origen de lo que hacemos, vemos y creemos está allí. Por tanto no necesito asegurar que la excursión, además de haberme parecido muy bien planteada, me ha sugerido mucho, porque es obvio.

Tal vez un ensayo de historia se pueda combinar bien con la poética y los novecentistas me aplaudirían; el simbolismo del congreso es brutal: el edificio reúne las cualidades de pasado, presente y futuro.

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