En el río siempre llegan los gusanos

Fue horrible ver morir al gato. Pobre gato. Allí, aplastado contra el suelo, como una parte íntegra de aquel hormigón armado. Fue horrible, pero tuvo que pasar. ¿Cómo sino podría haberme vengado yo, tan inocente que soy, de las pullas de mi hermano? Mi asqueroso hermano. No lo comprendo. De verdad. No entiendo por qué me vuelvo tan irascible en esos momentos -aborrecibles momentos- en los que pienso en él y vislumbro su cara, como una sombra tétrica, como una figura encorvada en un parco bosque, como un perfil bordeado por la luna llena; o cuando veo temblar su cicatriz debajo del ojo izquierdo mientras mastica el tabaco, y produce aquel chirriante sonido de sus dientes amarillentos al colisionar, como el acero de unos raíles de tren en invierno, como clarinetes desafinados. Peor aún, me duele la cabeza y me entra jaqueca cuando le miro a los ojos y no hallo fondo en ellos. Entonces es cuando recuerdo el chillido silencioso de mamá al caer al río, y la lúgubre mirada de aquel quien fue su asesino; de quien se dio  la vuelta y sonrió; de quien me impidió que saltara al agua, al agua indómita y cruel de aquel río invernal y cómplice que ahogaba a una enclenque madre. Lo más ominoso en esta vida: Una mirada descompasada; la mirada de un hermano enfermizo; el rostro de un enemigo que dice ser familia. Aquella mirada chapucera, aquella sonrisa indeseada y maleante pulula por mi vida y se apodera de mis bienes, de mis deseos, de mi espacio. Le deseo lo peor. Que se pudra. Sí. Que se pudra. O que lo siga haciendo, pues en mi imaginación él ya se pudre, como un trozo de madera vieja al fondo de este río bruto que nos encierra. Se pudre como lo hacen los lugares solitarios y húmedos como este. Se pudre porque me gusta verle pudrir, porque me relaja, porque me devuelve a la vida, al placer… Pero fue horrible ver morir al gato, igual de inocente que yo, igual de afable y cariñoso: Una víctima más; un oprimido más. Pobre. Inocente. Murió. Y aunque no fuese agradable he de admitir que tampoco me hirió demasiado en aquel primer momento. Algo en aquel acto terrorífico me liberó. Algo en mi cuerpo pesaba menos. Yo solo había obedecido. Había obedecido a mi instinto. No había sido yo, antes, aquel que era ahora. Ahora podía caminar tranquilamente. No hubo caricias. Solo sangre. Sangre por todos lados. ¡Por todos! Y a la pobre criatura se le salían los ojos como dos sucias burbujas, como a una rana de las del pantano pero engangrenada de sangre. Mucha sangre. Demasiada. Y la dentadura quedó destrozada, así como su cráneo, como las patitas, como el hocico, como mi alma. Pero tuvo que pasar y no pasó en vano. Aquel maldito asqueroso de mi hermano me había quitado lo último que me quedaba, lo único que me importaba en este mundo opaco y gris, en este universo inmundo, en este aborrecible lugar. Lo único. Él, con su poder, con su fuerza innata de hijo primogénito, con su potencia de Caín, con su maquiavélica e incorruptible sonrisa. Él, con toda la maldad, con todo el asco que habita en su sustancia, más desagradable que un saco de pulgas lo hizo. Él lo hizo. Él lo empezó todo. Él lanzó la foto de mi madre, de nuestra madre -¡De mamá!- a la hoguera aquel día, bajo la luna llena, junto al río, junto al bosque, junto a nuestro refugio de gélido hormigón; él, que levantaba la botella de cerveza del suelo para beber un último sorbo de aquel pis, de aquel brebaje de calor fermentado mientras sonreía cual hiena. Al despertar todo estaba lleno de escupitajos. Toda mi cara. Toda mi cara llena de babas, manchada de barro y rebosante de sangre. Y su sonrisa tan poderosa, tan lejana, se asfixiaba por su mera presencia y arrastraba consigo al desastre a su propia alcoholizada alma, desencantada con todo, trillada en pedazos y desechada por todos lados. Pero es verdad. Fue horrible ver al gato morir, en aquel lugar, habitáculo de recuerdos; en aquella estancia en la que solían jugar, mi hermano y aquel tímido animalillo; murió allí, el pobre, en su rincón preferido mientras descansaba, echado de un lado, soñando con algo, tal vez con cazar ratones, o pájaros y seguir viviendo; en su tierno descanso murió, aplastado por una cama irresistente, por un lecho viejo mientras dormía apaciblemente debajo de él, sin molestar a nadie, sin infligir penas a ningún ser, sin llevar la culpa de nada. Y el asesino, fui yo. Su amo. Su compañero. ¡Y tan horrible que soy! Lo traicioné. Ahora las lágrimas… ¡Si! ¿Pero antes? Ególatra y ruin. Sí. Lo soy. Porque… Yo lo maté. Y lo vi morir por aquel espejo al otro lado de la habitación. Lo vi morir y no me importó una mierda. Lo maté de un salto. Un salto sobre aquella cama que sabía débil. Un salto que duró un solo segundo. Un momento efímero. Bastó un breve impulso sanguinario y dejó de respirar. No hubo chillido. No hubo nada. Niente. No lo hubo. Solo se escuchó el ruido de aquella madera roñosa al romperse; aquella madera de la que mamá siempre nos alejaba. Aquella madera húmeda, podrida y rancia, como la expresión de mi hermano el mismísimo día anterior. Y ojala llore hoy como lloré yo ayer. Ojala se retire de este campo de batalla sin decir ni una sola palabra; sin vengarse si quiera con su puño de hierro; sin aplastarme a mí, contra el suelo, como suele hacer siempre. Ojala se vaya, y acepte su derrota, y acepte que ahora el poder esta en mis manos, en las manos de su victorioso hermano. ¡Que digo de hermano! ¿Hermano? Ni de broma. ¡En todo caso amo! Pero aquel bichejo ya no es de mi familia. Aquel ser no forma parte de mí. Nunca lo ha hecho. Siempre ha estado lejos, y siempre lo he alejado de mi existencia. Él siempre ha sido muy… gris. Todo a su alrededor se tiñe de aquella pintura incolora ante su mera presencia… Y el mundo, ya de por sí muy gris no necesita a más pintores monocromáticos como él, torturador, inseguro, endeble, crudo y romo maltratador de almas caritativas, maléfico y todopoderoso. ¡Ojalá se muera! Y si no se muere por sí solo lo tendré que hacer yo. Lo tendré que dejar tendido sobre este suelo templado con sus poderosísimas grisallas. Con sus uñas de fiera… De fiera derrotada. Joder. Pero fue horrible ver morir al gato, allí donde solían jugar con una cuerda; allí donde mi hermano le había construido una guarida a su criaturilla preferida. Pero la venganza fue justa. Sí. Lo fue. Tuvo que serlo. Él destruyó lo último que quedaba de mamá. Yo aplasté la última pieza, el último ente caluroso, el último resquicio de humanidad que quedaba en su vida, que vivía en su alma, tan fría e inerte, tan deshumanizada y bruta, tan primitiva. Y se fue. No sé si al cielo o a algún otro lado. Pero al suelo, seguro. Aplastado, con los ojos salientes, las costillas destrozadas, y sangre en todos lados: Roja, negra, oscura, plateada, intensa. Pronto llegarán los gusanos. Pronto. Aquí, junto al río, siempre llegan los gusanos. Le llegaron a mamá, le llegarán al gato, y ojala le lleguen pronto a mi hermano, tal vez por la nuca a causa de algún bastón, o en la espalda a causa de algún cuchillo, o en algún otro lado por algún otro arma. Siempre llegan los gusanos. Siempre. Llegan a este paraje gris, a este rincón indomable, a este refugio aburrido y tedioso. Llegan coloreados de verde y malolientes para traer color a esta casa. Para sacarme del gris. Para relajarme. Tranquilizarme. Expulsar mi ansiedad. Para darme un respiro y devolverme al placer de mi existencia. Fue horrible verlo morir. Fue horrible. Pero por fin puedo respirar. ¡Puedo respirar! Inspirar y expirar. Inspirar y expirar. Inspirar y expirar. Inspirar y… ¿Pero qué más podía hacer yo?

En el Café Bilderbuch, donde todo comienza y nada acaba

-¿Recuerdas la primera vez que vinimos a este sitio?

Celia dio una larga calada a su cigarrillo y se reacomodó en el sillón. El café Bilderbuch nos encantaba por sus amplios sofás y sus cómodos colchones, a menudo frecuentados por autoproclamados y ridículos literatos, escritorcillos financiados por sus padres, pseudo-intelectuales y artistas de toda clase, y aquello nos gustaba. Podíamos reírnos un rato sobre el aspecto de fiambre de muchos de ellos, y alegrarnos de nuestra forma de ser. Y nos encantaba, también, nuestro sitio, a la esquina del salón, desde el cual percibíamos el ambiente completo de la estancia: La máquina de café, los murmullos al fondo, algún que otro vagabundo merodeando para vender periódicos y revistas, y la camarera, Szasza, la hermosísima Szasza, a quien conocíamos desde hace mucho. Ah, la joven Szasza; búlgara, con un apellido de aquellos muy complicados de pronunciar y de leer, de cabello castaño, con unas trenzas muy largas y tan perfectamente arregladas que se podrían haber subastado en Moodys por más de una fortuna. Resulta incluso innecesario añadir que ella y su afable sonrisa formaban parte del local. Sin duda. Formaba parte de su esencia, como una masa homogénea, sólida e inquebrable. Ni las estanterías de libros, ni las mesitas de roble, ni las alfombras de seda, ni el alto techo de relieves barrocos tenían tanta importancia como aquella joven búlgara, que ahora se paseaba junto a nosotros, por los pasillos, como lo solía hacer cada cierto tiempo, para investigar el nivel del café en las tazas, y de esa forma calcular cuantos sorbos podrían quedar o cuanto tiempo podría pasar para el siguiente pedido. Nuestras tacitas de porcelana seguían vírgenes –incluso la espuma permanecía intacta- por lo que no se preocupó en preguntarnos si deseábamos algo más. Pero Celia era una inconformista:

 

-Perdóname un segundo, Félix, –me dijo, girando el cuello y volviendo a erguir la espalda- ¡Szasza! ¡Sí! Un vasito de agua por favor. De grifo.

-Dos.

-¡Dos!

Celia volvió a mirarme.

-¿Qué decías?

-Nada. Solo te preguntaba si recuerdas la primera vez que…

-¡Ah sí! Claro. Claro que sí. ¿Crees que tengo amnesia?

-No.

-Pues eso -esbozó una fugaz sonrisa, apagó el cigarrillo y se reacomodó, de nuevo-. Recuerdo, además, que tú llevabas la camisa de tu abuelo. Ya sabes, la camisa gris. Creo recordar que la heredaste unos meses antes…

-Así es.

-Y que no dejabas de sollozar. Me ponía nerviosa, pero te aguanté. Eras como eres ahora. No has cambiado en nada.

-Había muerto mi abuelo…

-Lo sé. Tampoco quiero sonar grosera, pero me hizo gracia, en cierto modo. No eras de los clásicos. Llevabas esa camisa -que te quedaba demasiado grande, obviamente, como toda tu ropa-, y un chándal feúcho, y no dejabas de hablar de tu infancia. Que hablabas mucho, decías, cuando tenías nueve años. Que habías visto un vídeo, de ti, de pequeño. Pero tú estabas allí, hundido en el sillón, con la vista perdida y la mente en blanco, hurgando con el dedo meñique en la nariz y sin decir mucho.

-¿Hurgando en la nariz?

-Si. Bueno, tal vez no. Al menos lo parecía.

-Puede ser.

-Y cuando habían pasado unas dos o tres horas, y la tercera o cuarta taza estaba por llegar, conseguiste levantar el trasero y mantener una conversación normal. No sé lo que tuvo que haber pasado en tu cabeza de membrillo, pero de pronto estabas vivo. Y recuerdo, de verdad que la recuerdo, tu sonrisa. Entonces te pusiste de pie, me dijiste: “vuelvo a ser un bípedo” (algo que me hizo mucha gracia, aunque no lo mostrara) y te fuiste hacia la estantería para sacar un libro. No llegas a hacer algo así y mis ojos, que a pesar de tanto café estaban cansados de ver a un vegetal en su asiento haciendo dibujitos sobre un pañuelo -porque creo recordar que hubo un momento en el que te callaste por completo, tal vez durante media hora, y estuviste haciendo pequeños dibujos a lápiz…

-Sí. Estaba dibujando.

-Si. Pero déjame terminar. Mis párpados habrían dejado de sí. Mis ojos se habrían cerrado. Toda nuestra conversación había sido un bodrio hasta aquel momento, en el que tú, tu trasero o quién sea el capitán de tu cuerpo decidió revivirnos a los dos. Te habría abandonado, si no hubiese sido por eso. Me iba, en serio. Me estaba aburriendo. De verdad, pocos minutos antes mis párpados estaban decayéndose. Pero tu volviste, con un librito entre las manos y me dijiste: “Toma”.

 

Tuve que sonreír en ese momento. Celia también sonrió. Incluso Szasza sonrió, la cual había llegado por detrás de una de las columnas con los vasos de agua.

-¿Toma? –Preguntó ella.

-Si, toma. Me había traído uno de los libros de la estantería, y me lo regaló, sin cortarse un pelo, porque aún tenías pelo, Félix.

-Muy ingeniosa –le dije, y ella siguió hablando, ahora dirigiéndose a Szasza, quién escuchaba atenta, muy curiosa, con los oídos muy abiertos:

-Era un pequeño librito, de tapa dura, un poco roñoso, gris, casi marrón, con un pez en la portada. ¿Tú te acuerdas, Szasza, de la primera vez que vinimos al Bilderbuch?

-Hmm. Déjame pensar –Szasza dejó la tableta en la mesita, giró la cabeza ligeramente a ambos lados, para controlar la situación de la clientela y volvió a dirigirse hacia nosotros, esta vez mirándome fijamente a los ojos-. Bueno, yo ya conocía a Félix de antes. De hecho, le conocía bastante bien. Solía venir aquí muy a menudo, y se sentaba en una de las mesas mirando a la gente con cara de memo. Y muchas veces se le acercaban chicas, o se le quedaban mirando, pero él nunca se daba cuenta de ello. Aquello me hizo mucha gracia. Podría haber salido del café con una chica distinta cada día, pero nunca se percataba de aquello. Pero, después de que hubiese ocurrido aquello varias veces, aún recuerdo de que, cierto día, apareció con compañía. Y esa eras tú. Pensé, además, que no duraríais mucho.

-No duramos mucho.

-Y tuve razón. Pero seguisteis viniendo aquí, y eso me gustó mucho. Seguisteis fieles al local, por así decirlo, incluso cuando os habíais separado.

-Solía ser para no perder el contacto. Ya sabes, una vez cada semana, un café con leche y una pequeña conversación.

-Si. Me encanta veros. Siempre me gusta tener clientes habituales, hablar con ellos de vez en cuando y preguntarles por sus vidas. Vosotros sois de los más habituales, pero a la vez, de los más extraños.

-¿A qué te refieres?

-Bueno, solo tenéis que mirar a vuestro alrededor. No veo a nadie como vosotros. Son todos, bueno, distintos. Dejémoslo en distintos. Ahora tengo que seguir con el resto de mesas, lo siento. Podremos hablar más tarde, cuando haya menos.

-De acuerdo. Gracias Szasza, un placer.

-Gracias Szasza –volví a despertar.

 

Szasza ya se había ido a otra mesa, y yo me quedé observando a Celia. Siempre la había contemplado con una mezcla de intriga, respeto y erotismo. Su mirada se perdía entre las estanterías. Estaba leyendo, ahora, los títulos de los libros, pensando tal vez en aquel “toma” que dio comienzo a todo, en aquella primera vez en el café Bilderbuch, en mi rostro hundido –igual de hundido que siempre. Sonreía, bebía y fumaba igual que hace diez años. Brillaba de la misma manera. Fruncía las cejas de la misma manera cuando pensaba con intensidad en algo. Y seguía la misma rutina. No podía pensar con intensidad sin un cigarrillo entre las manos. Por eso, no tardó en encenderse otro cigarro y en beber varios sorbos seguidos de su taza de café. Y a mí me gustó el silencio. Me gustó observarla en silencio durante un cierto tiempo. Siempre me había gustado. El silencio, en el Bilderbuch, y la mirada perdida de Celia, y los cigarrillos manchados de pintalabios, y la luz amarilla de las lámparas junto a su pelo rubio. No hacía falta hablar. A veces, las palabras se tropiezan, se atascan o se escapan, porque hay demasiadas de ellas. Siempre hay demasiadas de ellas. Y cuando llega el silencio, y junto a él la mirada apacible de Celia, las palabras se tranquilizan. Todas las palabras se acomodan, así como yo en mi sillón, para disfrutar del silencio. Y de la misma forma en la que me deleitaba con el desaparecer del ruido, me encantaba el ambiente cuando volvían las palabras, siempre en forma de suaves susurros, como después de una siesta, o como el viento en las callejuelas de algún pueblo perdido de la sierra, o como en una iglesia en misa, o como en el café Bilderbuch después de un largo y letargoso silencio.

-¿Qué dibujaste aquel día? –me susurró, acariciándome con su mirada.

-Un pez.

-¿Un pez?

-Si.

-¿Por qué? ¿Porque lo viste en la portada?

-No. El libro lo descubrí después. Después de dibujarlo.

-¿Y por qué lo dibujaste?

-No sé. Un pez. ¿Por qué no?

 

No dije nada. Ella tampoco. Tuvo que pasar bastante tiempo para que volviera a empezar a hablar. Aún tenía que organizar mis pensamientos.

 

-Un año sin ir al Bilderbuch. Se me ha hecho muy largo.

-Un año sin vernos –dijo ella, soplando el humo hacia el amarillo incandescente de una vela-, un año entero.

-Y Szasza sigue igual.

-Y Szasza sigue igual.

-Deja de morderte las uñas, por favor, que me pone nerviosa.

-Vale.

-¿Por qué un pez? Quiero decir, podrías haber dibujado cualquier otra cosa, más cercana; cualquier objeto más al alcance de la mano. ¿Por qué te fuiste al océano, al agua, a buscar el objeto de tu inspiración? ¿Por qué despertaste con él? ¿Por qué no te quedaste callado, para dejarme ir y escapar de ti de una vez por todas? Y por eso, todos los años juntos, por eso. ¿Por un pez? ¿Un libro?

-Tú sabes que a mi me encanta observar a la gente.

-Claro.

-Bueno, pues escucha y cierra la boca. Piensa en los versos de Neruda: Me gustas cuando callas, bla, bla. Al mirar a mi alrededor, en este café, siempre pienso en lo mismo. Pienso en peces. Mírales. ¿Qué otros animales podrían ser? Son peces. Peces gordos, con apellidos gordos y acaudalados. Peces de alta cuna, trajeados y vestidos de gala. Algunos parecen salmones, otros parecen truchas. Pero todos ellos, peces, y gordos. Y fíjate en ellos, ahora. ¿De qué hablan? En que se esfuerzan. Qué buscan. ¿Y por qué hablan sobre ello? Hablan de moda, atravesando todas las épocas. Y de perfumes. También hablan de perfumes. ¿En qué piensan cuando hablan sobre ello? ¿En qué piensan? Bueno, yo no se responderte a eso. Primero, solo sé que no sé nada, y segundo, sólo intuyo lo que yo pienso. Y en este caso, yo automáticamente pienso en lo palaciego, en lo cortesano. Pienso en la clase alta, aristocrática, noble o altoburguesa. Pienso en lo pomposo, en el rococó, en la frustrada Madamme Bovary, en la sociedad de diletantes, en los retratos de personajes relevantes que apuntan con sus narices al techo. No puedo quitarme eso de la cabeza: Lo altivo, lo orgulloso. Miro a mi alrededor, y lo veo: Hombres trajeados y mujeres con abrigos de pieles discutiendo sobre cuadros, muebles y objetos de siglos pasados. Escucho, a mi alrededor, constantes “yo pienso que” o “yo opino que”. Tantos que me canso. Me sorprende, de verdad, que haya tantos expertos en esta habitación. Expertos de vasijas japonesas, de estatuillas de bronce al estilo oriental, de, yo qué sé, de todo y de nada a la vez. ¿Me entiendes?

-Te entiendo perfectamente, pero no tengo ni idea de adónde quieres llegar con todo esto.

-Ahora te lo digo. Ya sabes que cuando yo hablo, no me callo. Y ya he empezado a explicar algo. No voy a poder parar hasta que no te haya contado cualquier detalle. Volvamos al grano. Aquel día, como podrás recordar, no era de mis mejores, y yo estaba hundido en mi miseria. La muerte de mi abuelo fue una muerte dura. Muy dura. Cómo decirlo… Mi abuelo siempre había sido un enorme ejemplo para mí. Un ejemplo de valentía, de esfuerzo, de resistencia. Se había criado en una granja, al sur de Alemania. Nunca había tenido suficiente dinero como para comprarse una estantería repleta de libros, o una lámpara de cerámica china, o un armario Art Déco, o un reloj de pared del estilo alfonsino, o unos cubiertos “Bauhaus”, o una lámpara del Art Nouveau, o como sea que se digan aquellas cosas. No. Es más, no le importaba una mierda. Para ser más precisos, él no supo, ni siquiera, lo que era un plátano o una mandarina, hasta la llegada de los americanos al final de la guerra. Él tenía problemas de espalda, de rodillas, de cuerpo en general. Sus preocupaciones no eran tan simples. Al decir “estoy preocupado” él no se refería a que estaba indeciso en cuanto a qué color elegir para la pared de la cocina. No. Al decir “estoy preocupado” su problemática giraba en torno a las cosechas, y por tanto a la alimentación, y por tanto al hambre. Una mala racha, una mala cosecha, una sequía, una inundación. Decir “estoy preocupado” era un equivalente a pronunciar las temibles y mortales sentencias del “tal vez no tengamos suficientes cosechas como para alimentarnos a todos”.

-Bueno, vale, pero, ¿Por qué me lo cuentas?

-No consigo llegar al meollo del asunto, vaya. Seguiré intentándolo. En definitiva, así acabé fijándome aquel día en las gentes de mi alrededor. Me daban asco. Verdadero asco. Me repelían aquellos viciosos y amargados peces gordos, con sus preocupaciones nimias y sus discusiones absurdas. Aborrecía aquellos rostros, ignorantes y despreocupados y sus apellidos abominables. Todo aquel lugar olía a peste, a mugre, a suciedad. Les veía tan arreglados, tan limpios, tan perfumados hablando sobre sus tópicos preferidos y discutiendo sobre sus peinados, sus relojes, sus coches y sus mujeres que me entraban arcadas. Asco. Me daban asco. Pero luego la vi a ella, Szasza, caminando tranquilamente entre ellos, con la bandeja en la mano y los extravagantes pedidos de sus clientes sobre ella. Palidecí al observarla sonreír y pasearse con soltura entre los peces gordos, con la seguridad de una heroína y la valentía de un escalador en pleno Everest. Al observarla, no pude más que pensar en el concierto para piano no. 21 de Mozart, en aquel andante, en el que aparece el piano y mueve y guía la melodía de un lado al otro. Pues aquella era ella. Ella era la melodía del piano, ligera y sencilla, bailando entre una orquesta de peces gordos. Y vaya. De un momento a otro, ya no veía tan sólo peces gordos, y seres malvados, almas manipulativas y espíritus malhechores, sino también a criaturillas inseguras, pececillos temerosos y asustados, animalillos desorientados y agotados. Habían desaparecido las agrias y las voces romas de los señores trajeados y las mujeres maquilladas. Ahora, veía a gentes perdidas entre la suntuosidad, maquilladas de un falso empaque, asustadizas e inseguras como todos los demás. No veía a humanos bípedos y conscientes como era el caso de Szasza, cuya melodía del piano brillaba más que cualquier reloj Tiffany. Veía a renacuajos, peces simples, disfrazados de humanos, vagabundos y descuidados, infelices e ignorantes. No buceaban en el agua con branquias, no. Buceaban por el sinsentido de la existencia mediante aleteos instintivos y actuaciones automáticas. Y además, al igual que todos los demás, temían la realidad, y la ocultaban con sus vestimentas anticuadas. Y para no sucumbir ante el temor, decidían hablar únicamente sobre sus vestimentas, y no considerar temas inapropiados. Allí estaba yo, un pequeño ser humano, bípedo y consciente de la absurdez de su existencia, proveniente de la familia de algún “insignificante” granjero del sur de Alemania, rodeado de autoproclamados peces gordos y “significantes”, provenientes de algún palacio de su excelentísima autoridad Von- und Zu Pezgordo. Todas las identidades se estaban emborronando. Hombres perdidos.

-Peces gordos en el agua.

-No. Precisamente era eso lo que quería corregir. No les veía como peces gordos en el agua, sino más bien peces gordos fuera de ella, dando espasmos contra el suelo, aleteando y saltando aleatoriamente de un lado al otro, buscando aire, buscando vida, buscando sentido, sin lograr encontrarlo. Y eso fue lo que dibujé: Un pez fuera del agua. En ese momento te miré a ti, y me dí cuenta de mi suerte. Proveniente del sur de Alemania, y frente a una de las mujeres más hermosas de la nación. Un bípedo suertudo. Me levanté, diciendo “vuelvo a ser un bípedo”, lo cual al parecer te hizo mucha gracia pero que iba totalmente en serio, cogí aquel libro que poco antes había descubierto en la estantería y te lo regalé, porque, al fin y al cabo había deducido, que nunca querría perderte.

-Interesante.

-Sí. Interesante.

 

Szasza apareció de uno de los vértices de la habitación. Nuestras tazas estaban vacías. Se acercó con disimulo y añadió:
-¿Lo mismo de siempre?

 

A lo cual respondimos que sí, para permanecer en silencio durante un largo rato, en aquel Café Bilderbuch en el que todo había comenzado y nada iría a terminar.

 

Diario de un psicólogo que necesitaría un psicólogo

16 de Enero de 2018 (única entrada al diario):

El primer paciente que llegó hoy a mi consulta lleva una semana conmigo. Parece un descerebrado pero tiene algo de sabio. De los intragables, vamos. Voy a ignorar el código ético para explayarme un poco sobre aquel extraño carácter.

Se llama Mauricio, y lleva un bar en la calle Semprano, donde las escaleras barrocas y el puente de los suicidas esos. En realidad se trata de una zona muy agradable. Lo digo porque fui allí la semana pasada para informarme un poco, precisamente porque M. lleva viviendo allí toda su vida. Supongo que pensé que me ayudaría un poquito a descifrar el complejo engranaje apócrifo que parece tener aquel personaje en su cabeza. No ayudó demasiado, vaya. Incluso llegué a hablar con alguno de los transeúntes, por pura desesperación. En una ocasión pregunté por el Bar Ezequiel (que es así como se llama el bar de M., no me pregunten por qué. Supongo que tengo demasiada libertad creativa) y un anciano con barba de Unamuno y gafas de Trotsky me dijo que no había escuchado hablar de aquel bar en su vida. Le volví a insistir, por curiosidad, ya que tenía el aspecto de ser un auténtico madrileño nativo, y me extrañaba que no conociese el local de M. y, a mi sorpresa, el viejo reaccionó con nerviosismo. Me atrevería a decir, incluso, que estaba decepcionado consigo mismo. ¿Alguna paranoia?¿Algún trauma?¿Algún sueño roto?: Su rostro se colmó de pesadumbre -algo más profundo que la fosa de las Marianas, oye-, y de pronto, se fue, dejándome sólo con mi análisis: Un claro ejemplo de un trastorno afectivo. Tal vez distimia. Pero volvamos a la historia principal.

Fui ganduleando por las calles en busca de aquella maldita taberna, pero nada. Finalmente pasé junto a una plaza ovalada y me compré un helado de pistacho en una de sus heladerías (dónde sino). Sin lugar a dudas, me había rendido por completo. Aquel Bar parecía no existir. «Entre tantos pacientes -¡Ay Jesús!-, me tenía que tocar un mentiroso compulsivo. ¡A mí! ¡Que le jodan al universo!», eso es lo que pensaba mientras degustaba mi delicioso helado, allí sentado, en una de las clásicas sillas de plástico, de las cutres cutrísimas con Mahou escrito en la parte trasera.

Todo lo que les he contado hasta ahora es crucial para comprender al peculiar M. Cuando llegó hoy a mi consulta llevaba una chaqueta de pana que dejó con soltura en una de los percheros quejándose como una nena: «Ahg, que asco de curro». Y yo le respondí: «Ya te digo» mientras me encendía el cigarrillo. Entonces me miró, algo perturbado: «Perdona, tengo entendido que en este relato estamos a 2018 y no está permitido fumar en la consulta». Todo encajaba con mi premeditada estrategia: «¡Anda! ¡Un anacronismo!», dije.»No sé dónde tengo la cabeza. Dime, ¿En tu bar se puede fumar?». Empieza el espectáculo:

-Vaya Félix, empezamos bien eh, empezamos bien… Pues, no. No se puede fumar. Quiero decir, ya no. Antes se podía. Bueno, antes se podía de todo. Antes de Zapatero digo. Y no estoy diciendo que me disgustase. Me parece perfecto que exista esa prohibición porque, vaya, imagínate pasar todos los días rodeado de humo, Félix. Humo, humo gris, tóxico. Niebla de toxinas: Amoníaco, dióxido de carbono, monóxido de carbono, propano, metano, acetona, cianuro de hidrógeno, Félix, uno palma de esas cosas. No son sanas. En realidad, ahora que lo pienso, estoy bastante contento de que me hayan liberado de aquel suplicio. Pero no me pareció muy aceptable la forma en la que se llevó a término la ley antitabaco. ¿Sabes? Tuve que gastarme un dineral, primero en crear los dos habitáculos aquellos que, por legislación, permitirían que se fumase en un lado mientras que en el otro quedaría terminantemente prohibido. Luego tiré el peculio (un verdadero malgasto, en serio) en derrumbar la pared aquella que un año antes era tan obligatoria. Me cago en Dios. Cuánto dinero. Eso fue en… ¿2006? Nah, no sé. No fue un buen año. Pero irían a llegar peores. Tal vez fuera más tarde, porque para algunos establecimientos todo aquel pandemonio llegó más (…)

Voy a abstraernos un momento: Lo bonito de mi oficio es, sin duda, que no hace falta decir nada si se tiene la suerte de tratar con un verdadero loco. Este es el caso. Yo, tan tranquilo, saco mi libreta y me dispongo a dibujar paisajes, o retratos tal vez. A veces, incluso hago caricaturas de los pacientes, pero sólo si me caen mal. Por supuesto escucho. Vamos a ver, es ése mi trabajo. Pero cuando no me resulta trascendental me evado.

En el momento en el que se sitúa este relato sólo estaba esperando a que se callase, por lo que apunté una simple cosilla en mi libreta, debajo del dibujo de un rinoceronte blanco, no negro, es decir, no de los que se extinguieron hace pocos años. Digo blanco porque no lo coloreé. Eso habría sido demasiado curro: «Gran detalle», escribí. Luego seguí dibujando. M. también seguía a lo suyo, y lo estaba disfrutando. Tenía que detenerle:

-Oye, M. Cuéntame algo de tu vida, ahora. Quiero que me digas, más o menos, cómo es tu día a día.

«A M. casi le da un soponcio», apunté a continuación. Tenia la cara pálida. Hoy no se había afeitado bien el pelo de la nariz, por lo que se escapaba alguna que otra pelusilla por alguna de las fosas nasales cuando suspiraba. Estaba visiblemente perturbado por la pregunta, algo catatónico, con el cristalino perdido en algún lugar de la habitación durante algún largo segundo.

-Va. ¿Estás seguro que tenemos tiempo suficiente en esta sesión? Lo digo porque no se, tú también tendrás más pacientes, o tal vez otras cosas que hacer hoy. Y seguro que nos entra hambre, a estas horas. A quién se le ocurre. Tú tienes familia y eso, ¿no?

-Tenemos tiempo de sobra. Y luego llamo al Telepizza, no te preocupes.

-Hmm. Vale.

-Empieza, si quieres, por algunos pensamientos sueltos.

-No todo es fácil.

-Nunca lo he dicho.

-Ya pero algunos lo creen.

-Hmm… Yo no.

El ambiente se comenzó a enturbiar. Tendría que haberle preguntado por lo del tabaco.

-Cuando me levanto por la mañana pienso, la mayor parte de veces, en que le tengo miedo a la historia. Y…

Se quedó en silencio. No sé por qué.

-Sigue, sigue -le dije-. No te cortes. Es que me pican los huevos. ¿Puedo rascarme, no? No te importa, supongo.

En nombre del autor de este texto y de los 200 chimpancés que trabajan en el proyecto me disculpo con una profunda y dolida sinceridad por lo ocurrido. La producción ha decidido eliminar el texto final y proseguir con una hermosa censura:

-Sigue, sigue. No te cortes.

-Entonces suelo prepararme un café. No tardo mucho. Digamos, diez o quince minutos se pierden en el desayuno. Vivo solo. Siempre lo he hecho. A veces más, a veces menos. A veces estando solo, a veces estando acompañado. Entonces me voy al baño, me olvido de lavarme las manos y me voy al curro. No tardo nada. Está a dos calles.

-¿Y dónde se encuentra tu bar?

-¿Cómo?

-Tu bar, digo. ¿Dónde se encuentra?

-¿Mi bar?

-Si, joder, M. Tu bar. Donde se encuentra.

-Pero si yo trabajo en una consultoría de seguros.

-No jodas.

-Claro.

-Ah, vaya. Qué incómodo eres.

-Creo que me has confundido con Ezequiel, el que vino la semana pasada. Yo soy nuevo aquí.

-¡Anda! ¡Menudo descuido! Tienes razón, sí.

-Ja ja, ya veo ya. ¿Prosigo?

– Si. Continúa. Qué cosas. ¿Ezequiel es el de la barba de Pío Baroja no?

-¡No! Joder, Felix. Ese era el viejo transeúnte. Además, barba de Unamuno. ¡Y gafas de Trotsky!

-Ah si. Cierto…

-Maldita sea, estás mezclando muchísimas cosas. Y por cierto, eso que has escrito, que supuestamente dije yo sobre mi bar y la ley antitabaco y tal no lo dije yo. Ni en esta consulta ni en otra. Tuvo que ser Ezequiel. Estas hecho una mierda tío.

-Eso también es cierto. Aunque no hace falta ser tan desconsiderado, M.. Bueno, prosigue. Voy a seguir dibujando si no te importa.

-Vale prosigo. A lo que iba. Hay veces en las que pienso en pegarme un tiro con la escopeta de mi tío pero…

Volvamos a abstraernos un momento: Supongo que se habrán quedado un poco sorprendidos con este giro inesperado. Pero miren, yo no tenía planeado ningún final para esta historieta y me he quedado igual de atónito que ustedes. En verdad sólo comencé a escribir hoy porque tenía ganas de escribir un poco, y me gustaba la idea del diario de un psicólogo. Así que, si me disculpan, lo voy a dejar así. A la vez, por diversión, voy a teclear un poco más sobre mi teclado y ustedes pueden participar en la lectura si les conviene. Esto no es un régimen dictatorial, por si había que aclararlo, vaya. Váyase si no le apetece seguir aquí.

-Comúnmente tengo la sensación de que está cayendo la noche. Principalmente porque suelo salir del trabajo a eso de las ocho. A veces doy paseos, para relajarme un poco después del estrés de la oficina. Después de todas las llamadas y todas las consultas a uno se le van escapando las ganas de vida. Entre semana, mientras camino hacia el cementerio, recuerdo mi infancia. Recuerdo las lecturas junto a mi madre, las peleas con mi hermano antes de dormir, el sonido de mi padre afinando el contrabajo y las caricias de mis gatos. Suele ser entonces cuando prefiero seguir viviendo. A veces escribo poemas y hago otras cosas por puro aburrimiento. Pero estoy viciado a ellas. Soy un yonqui, estoy enganchado a estas cosas. Si uno me las quitara, tendría el síndrome de abstemia como con cualquier otra droga.

-Se dice ab-stinencia.

–Ab-stinencia. Pues eso. Al fin y al cabo, después de cada paseo me digo a mi mismo: «Sé que no quiero morir, eso está claro. El resto es incertidumbre». Adónde me llevarán los pasos que yo mismo camino me es imposible averiguar. Y no sólo eso. Adónde vamos. Aquello es lo que más me atormenta. Por eso le dije que le tengo miedo a la historia. En mi caso, cuando le tengo miedo a mi futuro, a mí vida y a la muerte, lo único que tengo que hacer es mirar atrás y pensar en mi infancia y en todo lo que la rodea: Mi familia, mis amigos, las enseñanzas de mis profesores, mis primeros mentores, la felicidad que habitaba en todo -incluso en los objetos inertes. Al pensar en aquello, me resulta más sencillo disfrutar de mi día a día, comprender mis actos, mi forma de ser, mi vida. Alivia la perorata autodestructiva que se gesta en mi cabeza hora tras hora, año tras año. Sin embargo, con nuestra historia no me pasa lo mismo. Mire atrás, por un momento.

-Estoy ocupado.

-Vale, pero piense por un segundo en lo que quiere decir ir a la guerra, luchar con otras personas, luchar por un futuro mejor. Intente comprender lo que significa tener que trabajar una jornada de 18 horas desde la infancia hasta la vejez. Claro, uno podría decir ahora que, aquello, alivia. Al fin y al cabo: ¡Somos unos afortunados! ¡La vida nos ha regalado el internet, el google maps, la renta mínima, el derecho a huelga, la libertad de prensa! Pero mierda, me parece traicionarse. La diferencia entre nuestra historia y la mía propia es que la mía es lineal, es decir, va a llegar a un fin, y la nuestra es cíclica. Vivimos en un sistema con una cierta capacidad de carga que ha de intentar adaptar los cambios dentro de la propia sociedad de alguna forma estable, que garantice la seguridad. Siendo cíclica, conoce, un progreso, sí. ¡Nos va mejor, sin duda! Y los romanos vivían de putísima madre para lo que era su época. Todo aquello que ocurre, es reminiscente de algo que ya ocurrió. Y no estoy haciendo un augurio de lo que vaya o no vaya a ocurrir. Solo digo que la historia es, en un vistazo general, cíclica. Eran unos afortunados. Temo a nuestro futuro. Nuestra soltura. Nuestra arrogancia. Nuestro horizonte incierto. ¡Nuestros pasos ciegos con los ojos abiertos! Lo digo poéticamente, porque parece que nadie me tomaría en serio si no. Está cayendo la noche. Los caminos se separan y se vuelven a juntar. Y también, le tengo miedo a mi sonrisa. Por algún extraño motivo. Supongo que será porque me estoy hartando de no poder admitir el rumbo que esta adoptando el mundo. Mi mundo. Mi querido mundo. Siento que está cayendo la noche. Sobre nuestros hombros. Estamos pisando como unos necios sobre la nieve virgen de una avalancha pasada. Caminamos sobre el polvo. Cimentamos el polvo pasado. Casi es como si nuestros sueños se estuviesen volando… ¿No cree? Joder. No sé que creer. A veces un vistazo al pasado es un alivio. Otras un tormento. Solo espero, Félix, solo espero que no nos lo estemos tomando todo demasiado a la ligera. Solo espero que haya algo detrás de todo este caos que es un misterio para nosotros, pero que tiene su sentido. Solo espero que haya políticos que parecen tontos, pero en verdad saben lo que hacen. Pero no me lo creo ni yo. Que un sistema se corrompa con el tiempo es natural. Ocurre y siempre ha ocurrido. Es necesaria la adaptación a los nuevos tiempos. Lamentable. Es lamentable, pues parece que está tardando demasiado. Y mientras algunos acumulan más que todo el resto juntos, se está hundiendo un continente entero al norte: Está perdiendo suelo una masa de hielo enorme. ¡Y hay quienes le buscan el beneficio! Lamentable. Yo, como trabajador en una consultoría de seguros estoy disgustado. Muy disgustado. Tengo hambre. ¿Que opinas, Félix?

-Creo que le falta color.

–Le ha quedado muy bonito.

-¿Verdad? ¡Es hermoso! Hmm… ¿Y el número del Telepizza cómo es, M.?

La consulta de hoy acabó con una comida deliciosa. Yo pedí una barbacoa cremosa y él una cuatro estaciones. Estoy muy orgulloso. A mí mismo me sorprende que me haya acordado tan bien de la conversación. Y el detalle. «Mucho detalle». Ahora sólo me queda averiguar quién es el Ezequiel ese del que tanto hablaba M. y tal vez aproveche este fin de semana para escapar a la calle Semprano. El helado de pistacho estaba buenísimo. ¡Muy recomendable!

 

 

Relojería Pedrero

Dieron las siete de la mañana cuando en la habitación de Joaco se entremezclaron los relojes y sus tictaques en melodías de lo más variopintas. El anciano no tardó en despertar. Primero un ojo, el derecho, para vigilar la situación desde el resguardo de su sábana. Luego el otro.

Hacía frío, allí afuera, al otro lado de las mantas y de los colchones, pero el precavido hombre contaba con una mesita de noche al alcance de la mano. Allí guardaba la ropa del día siguiente, plegada y recién lavada. Y justo delante de aquella mesita descansaban dos pantuflas, cada una con un calcetín gris, ambos de ellos bastante viejos —por lo que se podía observar en la poca elasticidad que les quedaba. La calefacción se hallaba —lamentablemente— demasiado lejos como para encenderla desde el reposo. Para ello tendría que levantarse, y de paso, comenzar con su rutina matutina. Preparar un té, ducharse con agua caliente el mayor tiempo posible, y acto seguido pasarse el aire caliente del secador, también el mayor tiempo posible, pero sin pasarse —porque se enfriaría el té.

Joaco se dió la vuelta para echar un vistazo a la ventana. «Lluvia…», se quejó. Las gotas chocaban contra la cristalera, y un pequeño soplido intruso se hacía paso por sus bordes.

Acabadas las 7:00 y comenzadas las 7:01 los relojes se recostaron para seguir durmiendo hasta la mañana siguiente. Ellos también seguían una rutina, pero opuesta. A las 7:00, cuando todo el mundo dormía, ellos despertaban. Era entonces cuando la gente se despejaba con ellos, pero una vez despiertos todos ya no tenían a nadie a quién despertar y por tanto nada que hacer. Por eso decidían descansar, y cumplir con la promesa de la siguiente jornada. Y mientras ellos reposaban, el anciano se levantaba entre agonías y sacudidas de frío para acercarse a la tetera, coger una taza blanca esmaltada y posar una bolsita de té de menta en su interior. Un poco más tarde —serían las 7:04— el suelo de madera crujía con las pisadas de aquel anciano friolero, que sin duda ansiaba una ducha cálida. Una vez dentro, el viejo siguió lamentándose: «Leches, me olvidé de poner la calefacción», pero ya no había escapatoria.

A las 7:16 comenzó a sonar la secadora. A las 7:24 se encendió la calefacción. El primer sorbo de té cayó un minuto después, junto al periódico abierto, la chacona de Bach y una mirada perdida por la ventana. Aquello del periódico era solo una pose. Tal vez leía, de vez en cuando, el titular, pero luego procedía al empanamiento. El típico empanamiento. Siempre le habían llamado empanado. Aquella era su quintesencia; en aquello se plasmaba toda su razón de ser. Sus ojos se ofuscaban de musarañas, sus párpados se relajaban, sus labios se dejaban caer, su respiración se complacía en silencio. Catatónico. Estático. Espejado. De vez en cuando recitaba alguna frase como un chacra, sin meditarlo, sin activar su cerebro. Simplemente decía: «9 muertos en la M40» mientras contemplaba la lluvia caer del tejado de algún vecino. Entonces, algo en su interior hacía clic. Clic. Un simple clic y de pronto se encontraba cómodo —tal vez incluso porque no se encontraba en ningún sitio.

A Joaco siempre le habían gustado los clics. No por nada se hizo relojero. Muy pronto, ya a los 17 años había heredado la relojería de su padre, en alguna calle de su pueblo, Zarzamora: Un pequeño asilo en la sierra madrileña, con tres conexiones de autobús cada diez horas y tres montañas-muralla. Allí apenas brillaba el sol. Sólo en verano. Pero en invierno, primavera y otoño llovía, y apenas se dejaba ver la luz del día entre tanta niebla y tanta llovizna. Y bueno, en aquella época, cuando Joaquín Pedrero contaba con solo 17 años aquello de la relojería analógica estaba bien cotizado, y el mal tiempo le ayudaba: La niebla tapaba el reloj del ayuntamiento. La escasa luz creaba confusión. Nadie habría sido capaz de decir qué hora era si no hubiese sido por Joaquin Pedrero, el relojero de la zona.

En sus primeros años vendía bastante, como su padre. En general los Pedrero habían sido conocidillos por su labor a lo largo de toda la sierra. Todos los «necesitados» de relojes y despertadores acudían a ellos; a la «Relojería Pedrero», como dictaba el letrero (muy original sin duda) en negro sobre blanco, a la entrada de la tienda. Pero con el paso del tiempo, el tiempo pasó de ser compañero de negocios a su mayor enemigo. El chivo expiatorio: Digitalización. Todas las maldades del mundo y todas las aversiones de Joaco en una sola palabra. Digital. En fin, se podría decir que aquello del tiempo había formado y seguía formando una gran parte de su vida.

Había invertido mucho tiempo en el tiempo.

«9 muertos en la M40», susurraba, absorto.

Alguien llamó al timbre. Dieron las 7:57. Se había pasado los últimos 32 minutos mirando al mismo sitio y susurrando la misma frase. Seguía abierto el periódico por la misma página.

Volvió a acomodar los pies en sus pantuflas, abrazó la taza con sus dos manos y comenzó a andar a paso de tortuga hacia la puerta. Entre tanto volvió a sonar el timbre, y cuando la llave había dado sus tres vueltas completas y la puerta se había abierto del todo, ya no había nadie.

«Vaya, otra vez», se dijo, dirigiéndose de nuevo a su silla y a las vistas del paisaje anodino.

Vivía solo, pero la casa estaba llena de memorias. También la mesa de roble, sobre la que descansaban un bodegón y un juego de vasos de cristal tintado seguía presente, seguía viva. Había huellas de humedad en algunas esquinas, firmas talladas y ligeras incrustaciones por toda la tabla. Uno de estos últimos casos incluye, por ejemplo, un «MF» tallado en el extremo de la mesa donde estaba sentado en aquel mismo instante, lo cual siempre había interpretado como un «María Fernanda». Pero nunca se había preocupado por averiguarlo. No conocía ninguna María Fernanda. Pero qué más da.

A los 20 años se había enamorado estúpidamente de Ana Jilguero, costurera. Pero aún más había amado a Julia Marcos, otra costurera, mejor amiga de la primera. Hubo conflicto de intereses, pero no fue ninguna de estas dos con quien se casaría. La elegida fue Rosa Pardos. Y juntos tuvieron dos hijos, Teresa y Julio, y éstos tuvieron otros hijos algún tiempo más tarde. Entre tanto la casa, y también la mesa seguían en pie, aunque no intactas. Muchas cosas habían cambiado. Primero la radio, luego la televisión de tubo en blanco y negro, luego la televisión de tubo en color, luego la pantalla plana. «Ahora hay algo que llaman bluetooth, pero no sé donde se compra eso». El sofá de cuero siempre estuvo cambiando de sitio, dependiendo del televisor. Lo mismo ocurría con las lámparas y las estanterías. Lo único que no había cambiado nunca de lugar era la enorme biblioteca que decoraba el salón, su lugar de empanamiento preferido. Sobretodo desde el accidente de Rosa. En la M40.

«¿MF?»

Maldita sea, ya tenía 79 años. Nunca había averiguado que significaba aquello. Sus hijos tenían familia. Su té estaba frío. Así que fue a la tetera.

«En general, he estado contento», se decía mientras tanto. Estaba dejando de llover. Al fondo sonaban los tictaques; le relajaba mucho escucharlos. Tenían algo mágico; algo anestésico. Ya desde su infancia le encantaba pensar en el ritmo de los relojes segun qué situación. Lo seguía haciendo. Cuando esperaba al autobús un domingo y cuando lo hacía un lunes. El ritmo era el mismo, pero algo cambiaba. Había prisa en el segundo. Demasiado estrés. Supuestamente entre tic y tac siempre hay un mismo espacio. El silencio dura lo mismo, aunque no lo parezca. Joaco nunca había entendido las prisas, mucho menos el estrés. Viniendo de una familia de relojeros, había aprendido a ser paciente y a escuchar y aprender del tiempo. Hacer caso al cambio. Algunos le malinterpretaban, como yo, llamándole empanado, cuando tan sólo tenía un ritmo distinto, más acomodado, más constante y permanente. No había ajetreos ni distracciones, porque las distracciones exigen del ajetreo para existir, y viceversa.

Se levantó de la silla de la cocina a las 8:34 para sentarse en el sofá del salón a las 8:35 y encender el televisor, ver los anuncios y dormir un poco más, a escondidas y en secreto, sin que los despertadores se percatasen.

«9 muertos en la M40», se dijo, encandilado. «MF». «Cuántas preguntas», susurró, sonriendo. Y sin quererlo, aquel día Joaco rompió su esquema. No terminó de beberse su té de menta, no apagó el televisor, no se dirigió a la biblioteca para leer, ni tampoco volvió a abrir los ojos.

De apáticos y tiranos

—Me cuesta pensar una cosa…

—Dime.

Yo levanté la taza y le di un sorbo.

Francamente me estaba interesando una mierda la conversación, y desde que entramos al Café, e incluso desde que me desperté junto a ella aquel día, no me interesaba nada. Y si digo nada, digo nada, —valga la redundancia—, pues hay días en lo que solo me apetece mirar por la ventana y disfrutar del café en mi garganta, por mucho cabello castaño que me pongan delante.

—Es de esos días, ¿verdad? -Se pronunció ella, algo tímida, dejándome ojiplático al instante.
—Justo -A lo tonto la había ignorado de nuevo, de modo que dejé la taza sobre la mesa, me repantingué en el sillón de terciopelo y dejé caer mis ojos en su cristalino- Justo de esos.

Ella alzó la mirada y apuntó con la barbilla a otro lado.

—¿Así que me callo?

—No. No tienes porqué. Simplemente no esperes respuestas.

Volvió a mirarme, esta vez mas indignada:

—Me voy al baño.

Asimilé mi derrota encendiendome un cigarrillo. Fuera hacia fresco, aunque no frío. Uno de esos típicos días de jaqueca colectiva, en el que las calles recuerdan a cuadros impresionistas —por los colores y el vacío de extravertidos, digo. Algunos pocos grupos de gente se encontraban sentados en los bancos de la plaza; había niños entre los arbustos, adolescentes en el estanco y adultos con los carritos de bebé, pero a pesar de la cantidad de personas, apenas habia movimiento. Unas pocas palomas picaban de las migas de pan que algunos filántropos les tiraban; algunas hojas se dejaban bailar por el viento, y pocas almas vaciar por la atmósfera eutanásica. Pero en especial, un detalle de aquel museo vivo me llamó la atención, y no estaba en el café.

—La cuenta, por favor.

Giré la cabeza al modo del mochuelo. Almudena había vuelto sin que me diese cuenta, y estaba allí, en la barra, hablando con aquel camarero que desde tiempos inmemoriables detesto más que el tango —al cual también detesto— entre otras cosas por ser su ex. Y pueden llamarme loco, si quieren, pero a pesar de haberse tratado de una conversación de lo mas trivial, de poco mas que dos o tres segundos, se lo repudié a Almudena por las siguientes dos horas.

Ella se sentó:

—¿Quien es ese anciano? -me dijo, señalando al vejestorio del parque que me había llamado tanto la atención pocos instantes antes.

—No lo sé, pero es muy curioso.

—Y que lo digas. Parece un personaje de tus poemas.

No estaba de acuerdo, pero asentí en honor de la paz y el acuerdo.

Lo habitual es que, durante uno de mis días apáticos, mi ánimo decaído se sincronice con el ánimo tirano de Almudena. Ella me pregunta algo, yo respondo cortante, y ella manipula, mueve las cartas para ganar una batalla que no debe precisamente ser la actual. Puede —y suele— estar rebuscada de algún cajón del pasado. O se va al baño, o habla con su ex, o me introduce a su profesor de pilates. Y en cuanto a lo que deduzco de mis análisis, todo aquello son estrategias deliberadas suyas, pullas maquiavélicas y microvenganzas, que yo suelo ignorar en cuanto se me presenta la ocasión. Sin embargo, he de añadir, que la persistencia de mi querida Valeriana Weyler me irrita, me excita y me provoca, por lo que todo suele desembocar en una intervención virulenta de mi parte. Me conoce. Soy demasiado americano y previsible. Ella es muy facunda en el habla, y yo por otro lado muy quisquilloso cuando ella habla. Y de entre toda aquella zozobra mi única vía de escape es el silencio. Y así hice. Así hice bien en quedarme callado, mirando por la ventana, degustando el paisaje de sueño muerto en la plaza, tras el cristal, acurrucándome en mi sillón de terciopelo gangoso, y ante todo, evitando cualquier contacto visual con mi Valeriana Weyler.

Por supuesto, durante mi introspección el café seguía repleto de los mismos necios, y sobre todo de uno. Aquel camarero con sus pequeñas shorts de florecillas. Aquel atleta perfumado. Aquel flequillo de adolescente. Aquella sonrisa de político, y que digo… ¡aquel camarero de los cojones!

«Me voy a dar una vuelta», la escuché suspirar. Cogió una revista y se fue, ”al parque o yo que sé», y allí apareció.

El paisaje oscureció. Algunas gotas comenzaban a dejarse caer por los aleros. Los niños corrieron a los soportales. Las palomas intentaban rescatar los ultimos pedazos de pan seco. Las familias de los carritos cerraban el descapotable protegiendo a sus hijos. Todo aquel paisaje se llenaba de un grisáceo poético. Pero por alguna razón muy obvia dejó de seducirme como antes. Era por aquel elemento nuevo, que se paseaba en leggings junto a la fuente, en la que chapoteaba la lluvia. Aquel contorno que lo desmistificaba todo, y que dolía, dolía mucho en lo más fondo del alma. Aquella hechicera que, por no perder la rutina, de nuevo ganaba la batalla, sentándose en el banco del vejestorio, cruzando las piernas con delicadeza, pasándose las manos por el cabello mojado… Había secuestrado el ocultismo. Mi ocultismo. Pero para que engañarnos. Mi Almudena lo hacía todo mucho más sexy.

Junto a ella, el anciano, que no se había movido en todo momento, se vió claramente más cómodo. Arregló su apariencia, colocándose la chaqueta de pana con soltura sobre los hombros. Lanzó las páginas mojadas del periódico a la basura y volvió a encenderse la pipa, para dar caladas de deleite, y lanzar humo y vaho al aire. Los parches de sus pantalones dejaron de verse pobres, y mucho menos. Todo su carisma emitía ondas de empaque y majestuosidad. Expelía experiencia. Y mi Almudena lo miraba de reojo, algo severa, y mas que consciente de que mi atención estaba puesta en ella, en un rincón de un parque —ahora— vacío, en el paralelo de mi visión. De modo que comenzó a charlar con él, sobre Dios sabe qué, tan solo para culminar su magistral ataque. Y jaque mate.

Recogí mis cosas, es decir, mi paquete de cigarrillos, mi cuaderno, mi bolígrafo y mis cojones, y me fui hacia ella algo enfurecido, pero a la vez, muy cachondo. Que no hubiese pagado me importaba lo mismo que los gritos del camarero, la lluvia y mi vergüenza juntas. Iba deprisa. Muy deprisa. Los charcos temían a mis botas. El suelo temblaba. Por el aire se olía el conflicto. Y bueno, a pesar de que en mi cabeza veía las cortinas de los lares bajar como en un western, por medio camino me di cuenta, por suerte, de una cosa. El elefante se balanceaba sobre una tela de araña. Había vuelto a caer en la trampa.

Muy, muy avergonzado me volví a metarmofosear en mi yo anterior, contuve mi irascibilidad en el silencio, y me senté junto a ellos sin decir nada. Y allí estábamos, los tres, sentados en un banco en pleno diluvio, viendo las horas pasar. Mi Almudena se veía satisfecha, el vejestorio muy agradecido por la compañía, y yo escondiendo mi cabeza bajo la tierra.
—Te acuerdas de lo que te dije, allí dentro -me dijo la señorita Weyler.

—¿Como?

La sonrisa sarcástica se apoderó de su cara.

—¿No estabas? Creí haberte visto, allí dentro, a mi lado. Hoy, si no me equivoco.

—Deja de decir tonterías.

—¿Tonterías? Ya, ya. Eso es lo que te parecen, tonterías. Ya veo, ya.

—Pero vamos a ver, si yo solo quería silencio.

—¿No ves que no todo gira a tu alrededor?

—¿Puedo intervenir? -Sonó la voz grave e inesperada de una tercera persona- Ya que han decidido ustedes mantener su coloquio en mi compañía, me agradaría poder añadir algunas… -dejó el final en el aire un segundo para dar una caladita- algunas… Comosellamen.

Nos callamos, está vez los dos. Nos habíamos olvidado por completo de que compartíamos aquel banco con alguien. Aún más nos sorprendía, que ese alguien supiese hablar. Prosiguió:

—Hombre, no se crean ustedes que la cosa está fácil. Ciertamente tiene su intríngulis. -volvió a degustar de su pipa- Yo solo les puedo ayudar en lo que conozco. Reconozco su pequeño feudo conyugal. Usted, señor…

—Weir -dije, con tembleque en los labios.

—Weir. Vaya sorpresa de nombre. Usted, americano, tiene cara de poeta.

—Así es… ¿Como reconoce…?

—Todos los poetas son tontos. -Se colocó el sombrero- Yo también soy uno. Le he visto mirando por la ventana con cara de bobo. Vea usted que tiene una mujer preciosa, y muy atenta.

—Si, bueno pero…

—No interrumpa. Está de acuerdo, sino no habría venido hasta aquí.

Vislumbré una sonrisa en el rincón de Almudena.

—Por supuesto, la idolatro.

—Pues bien, le aconsejo que deje de pensar las cosas únicamente. Debe hacerlas más. Deje de ser poeta mirando por la ventana, y mójese, salga al parque, visite las cajellas, descubra aquello de lo que escribe. Aquí, aquí huele bien. Huele a fresno, huele a castaño. Aquí no huele ni a tabaco ni a café, al menos no lo hacía antes de que vinieran ustedes. Por ahora obviaré que… está usted de acuerdo conmigo.

Medité mi respuesta.

—Si.

—Aprecie pues la infinita sabiduría de su mujer. Usted lameculos la ha seguido hasta aquí. Usted lameculos no habría llegado hasta aquí por su cuenta. Habría escrito sobre ello, punto final.

—Si.

—Ella es muy consciente de aquello. Sabe que usted es un lameculos. Que vive de ella.

—Si.

—Hasta aquí mi parte. Que tengan una dulce velada.

El vejestorio se levantó con elegancia e hizo uso de su bastón, decidido a abandonar, y algo mosqueado por dentro.

—¿Cómo, eso es todo?- Dijimos al unísono.

—Ya que lo dicen, no del todo. Hay otra cosa más -añadió, dándose la vuelta, y aprovechando para ajustarse la chaqueta-. ¡Dejen de despreciar lo que tienen, y comiencen a avasallar lo que aún conservan! Principiantes…

Y así desapareció lentamente, a paso de tortuga, pasando por la fuente, llegando hasta el café, girando por la esquina. Y allí nos quedamos.

En todo ese tiempo había dejado de diluviar. El sol se peleó un camino por entre las nubes. Alguna que otra gota kamikaze caía, desmotivada, del cielo, para impactar en el parque y perderse en el torrente que llevaba al desagüe. El silencio se apoderó de nuestras almas, porque sí, olía a castaño, olía a fresno. Incluso olía a otoño, a hoja a la deriva; a frío, frío potente, frío intruso; se sentía en cada poro de nuestras pieles. El viento susurraba por los árboles hasta llegar a las dendritas de nuestros dedos.

Giré mi cabeza para verla mejor. Un pequeño halo de luz se apoderaba del perfil de su cara. El contorno de su cabello castaño se veía rubio y dislumbrado. Sus labios encarnecidos expiraban calor.

—Y… ¿que opinas?

Como no respondió, aproveché para extraer un cigarrillo de la cajetilla, y por supuesto, para depositar uno de ellos sobre los labios de Almudena, la cual ni se inmutó. Tampoco lo hizo cuando encendí el mechero y se lo acerqué a la cara. Seguía de perfil, mirando a Babia, con las mejillas enternecidas y las pupilas perdidas.

Encendí el mío, para después agregar:

—Menudo personaje.

Pero no respondió.

—Me gustaría saber su nombre. Seguro que, con esa jerga que usa, el catálogo de poemas a su nombre debe de estar repleto de piezas extraordinarias.

No respondió.

—Y bueno, por supuesto que tiene razón.

No respondió.

—¿Verdad?

No respondió.

—A ver, habrá que asimilarlo. No nos ha respondido del todo, pero nos ha dado una lección.

No respondió.

—Hay muchas veces en las que no te escucho. Hoy mismo me quisiste contar una cosa y no te hice ni caso. Pero es que tenía ganas de ver lo que había afuera. Y perdona, si no te lo dije. Podríamos haber dado un paseo.

No contestó

—Y revisándolo ahora, ¡tiene absolutamente toda la razón! Que maldito genio de las…

—¿Me puedes hacer un favor? -Interrumpió ella, cortante- ¡Haz un esfuerzo e intenta, por una vez en tu vida, mantener la boca cerrada!

Con un brillo de libertad

Joaquín, apoyado contra el muro y con una pierna flexionada se fumaba un grandioso puro. Yo no. Sentada en frente suya, en una de las rocas de granito, mantenía la vista perdida en el campo, donde un pequeño surco, sin flores ni hierba alguna, y rodeado de pequeñas piedras curvas marcaba mi lugar de interés. Cualquiera pensaría que es una chorrada visitar a un pobre gato cada domingo por la tarde, pero aquel gato significaba mucho, tanto para mí como para los dos.

—Alicia, ¿me escuchas? -Regresé a la realidad. ¡Qué decepcionante realidad! Y que pocas ganas de volver. Joaquín me hablaba a mí, pero mantenía la vista perdida en el campo-. ¿Me oyes?
—¿Qué pasa? Yo no tengo tus cerillas.
—No Alicia, que ya he acabado, si quieres nos vamos. -Chustó el puro en el viejo muro decaído, donde estaba apoyado. Ya había metido las manos en los bolsillos de su chaqueta, listo para irse. Siempre lo hacía, no porque desconociese qué hacer con sus manos, sino por someterme a su prisa, estrés, o como se quiera llamar. Una suave forma de enmarcar que estaba listo.
—Espérate un momento. -Crucé el campito corriendo y dejé las flores en el único rincón sin hierba. Me di la vuelta y nos fuimos. Cruzamos aquello que antiguamente podría ser una casa tradicional, pero que con el paso de los años quedó en irreconocibles ruinas. Llegamos al camino. Sus botas marrones chocaban en pasos violentos contra el barro. Había llovido esa semana, y el campo mantenía un color magnético, atractivo, casi sagrado. No mentiría si dijese que no recuerdo precisamente de lo que hablamos. Solo sé que repetía muchas veces temas de cantautores franceses. Incluso me cantó alguna cancioncilla de Brassens, ¡ya me sorprendió que le gustara aquello! Resultaba demasiado inculto como para escuchar música francesa, pero tampoco se lo dije, sino me quedé mirándole, fascinada con lo que me contaba, y sobre las muchas cosas que sabía, de un momento a otro, sobre distintas fiestas en pueblos de la zona de La Provence, La Bretaña y más zonas que yo desconocía. Pero, gracias a los libros de Cortázar, que ya me habían dado suficientes clases sobre la sociedad y la cultura francesa, yo sabía lo que prefería de Francia, sin lugar a dudas; París, una ciudad hermosa, que sólo con la lectura descriptiva, en los libros de Cortázar, de sus calles, bares, tiendas, hogares y barrios me dejaba con la plena convicción de que les beaux arts siguen existiendo. Llegó un momento que la conversación perdió su camino.

“Fumar es cagar», me decía, y esto es lo último que recuerdo oírle decir antes de entrar a la casa; “es como cagar donde y cuando quieras, las veces que quieras. Es la puta libertad, un puro indeterminismo, la libertad existencialista». La verdad es que a veces se le iba la pinza.

Cruzamos el poco camino que quedaba y llegamos al muro de piedra que protegía el jardín. Entramos al frío del hogar, yo para respirar un poco de tranquilidad, mientras él salía a la terraza para respirar un poco de sucia libertad en forma de humo. Desde la terraza se veía casi toda Las Hurdes, o aquella que nosotros conocíamos mejor. Decidí salir a la terraza y charlamos un rato. Fuera hacía notablemente más calor que dentro, pero las nubes de tormenta ya se acercaban a lo lejos.

—¿No te entra curiosidad en conocer mundo? -Me decía él, y yo le respondía con voz sincera.
—No me hace falta. Leer es viajar, ¿sabes?
—No me refiero a eso -Su puro ya llegaba a la mitad. Sólo el nerviosismo le hacía fumar más rápido, ya lo conocía de ocasiones anteriores-. Me refiero a conocer gente, cultura y eso. No me hace falta leer, es lo de menos. – Bajo la presión de la incomodidad del asunto, decidí cambiarlo disimuladamente, tras un breve silencio, en el que él seguía fumando y mirando la sierra.
—A propósito, me ha dicho Marisa que esta semana viene su primo, el alemán, podríamos invitarles a cenar, así conoces a gente diferente. -Cambié de tema drásticamente, y él se dio cuenta. Permaneció en silencio, fumando.
—No trato de convencerte de nada. Solo lo diré de una vez por todas. -Quitó la vista de la Sierra y se centró en mí-. En Francia dicen que la miel de la vida reside en el camino. ¿Y qué dulzura tendrá caminar siempre por las mismas sendas? -Dejó el puro en el cenicero- ¿Acaso tendrá alguna?
—Puede que no. Pero no es sólo uno el camino de la felicidad, sino varios. ¿No es así?
—Serán dos en todo caso. El camino del nómada y aquel del sedentario.

De nuevo se perdió con la vista por la sierra. Más tarde entraríamos los dos y seguiríamos charlando. Por supuesto que esos dos segundos de la charla anterior quedaron en mi mente para toda la noche. Al anochecer llegó la tormenta, y con ella el calor de las sábanas, que nos recogieron en ríos de sudor. Y a la mañana siguiente solo un cuerpo permanecía en la habitación. ¿Que si me lo esperaba? Seguramente, no tengo por qué mentirles.

El trece de noviembre de ese mismo año dejó el trabajo y se fue a algún lugar de Francia. Dijo, en una carta que dejó posada en la cocina, que volvería cuando se hubiese hartado de Baguettes; una forma delicada de decir “volveré cuando me dé la gana», o algo parecido. Pero nunca volvió. No le llamé, ni tampoco tuvo que explicarme el motivo de su partida repetidamente, pero sí que lo hubiese deseado; tantas veces, hasta que las lágrimas desaparecieran de mis mejillas, y con ellas, Joaquín, a hablar francés, a algún bar típico, escondido, entre callejuelas, si posible con música de Brassens en directo. Dios, no le pegaba nada. ¿Conocen Amelie? Me lo imagino con la música de fondo vagando por París, resolviendo misterios extraños. Me lo imagino en la ópera. Madre mía, esa ciudad hace a cualquiera un poquitín más culto.