El sonido de la melancolía.

Como animales, en manada, la gente tropezaba sobre el resto de personas que habían caído accidentalmente al lujoso suelo de mármol, donde era pisada y pateada. Solo el listo saltaba en busca de refugio, tal vez al baño o al balcón, al retrete o al cigarrillo, mientras que el resto seguía caminando hacia el lugar al que la manada les llevaba, por aquellas escaleras de caracol doradas del hotel París, hacia la gloriosa cena de navidad del 63. Y ese ruido, alarmante: las personas chimpancé, como las llamo yo, gritando de un lado de la selva al otro, en búsqueda de comunicación interrumpida por el ruido de miles otras.

Y allí me encontraba yo. Tal vez encontrar no sea el término adecuado, yo no sabía donde estaba, ni de donde venía, ni quienes eran las personas que me rodeaban, solo jóvenes, como yo, que me veían a mí siguiendo los pasos del resto, pisando tanto escaleras como cuerpos de personas, que, al igual que yo, seguían los pasos como muchos otros.

No había quedado, y tampoco tenía plan alguno, solo comer. Iría al restaurante del hotel, buscaría un lugar para sentarme y pedir para dos, comer por dos y finalmente sentirme mejor mientras veo como aumenta mi panza a tamaño completo. Después, iría sobrado a mi habitación, a dormir.

“La ciudad del amor», así la llaman, y es verdad, ésta tan hermosa ciudad no hizo más que destacar mi amor por la comida.

Aún así, el ruido y la tensión me sacaban de quicio, a pesar de verme obligado a seguir caminando tras la gente desconocida, que ni se interesaba por mi ni por nadie, solo de ellos mismos.

Pero cambió.

Que pasó, nada, solo la agudeza de un sonido natural, solo el silencio y la evasión de un momento a otro. Solo mi mente, en negro, que cogió un respiro, descansó, y aprovechó su oportunidad para largarse.

¿Por qué? Por mis memorias y recuerdos, por el cambio del ruido a la armonía.

De entre ese ruido salvaje, un sonido, un trazo de simplicidad, un recuerdo musical, mis oídos agudizados, y mis pelos de punta, viajando entre notas, armonías y partituras, bien reconocibles para un corazón solitario y cansado como yo. Y bien reconocibles, sonaron las solitarias cuerdas de un violín.

Y mi instinto cambió de rumbo.

Conocía aquella melodía, era Bach, sin duda; tantas veces que mi padre la practicaba, libre de penas, cuando yo era pequeño, tan pequeño que la despreciaba, tanto por inmadurez como por la frecuencia con la que tenía que soportarla. Pero ahora ya, tan cambiado, crecía una diferente reacción ante un sonido así. Tan diferente el sonido dulce del frotar de las cuerdas, la vibración de su melancolía, recuerdo y reflexión, y de tanto sentimiento: evasión. Ya no oía el ruido de las multitudes, solo los finos trazos de una sonata dulce y triste a la vez, y más aún, contagiosa de tristeza.

Sonata para violín número 1, ll. Fuga, Allegro. J. S. Bach.

Fueron mis oídos los que guiaron mis pasos hacia un pequeño pasillo, escondido y apartado, cada vez más estrecho, donde, a cada paso que daba silenciaba el contexto, hasta verlo desaparecer por completo. Solo permanecía aquella melodía. Y yo seguía caminando, sin saber a donde. De vez en cuando recordaba donde estaba, mi cita a solas con mi corazón, que ya, sin capacidad de retorno, con un instinto infantil me llevó hasta una pequeña sala central del hotel, donde se encontraba un pequeño auditorio, con escasas butacas y ningún oyente excepto yo. Y sobre un pequeño escenario, una mujer y su violín desprendían deliciosas las notas de aquel Bach.

Ella se parecía a mi madre.

Al fondo se encontraba, joven, de figura esbelta, cabello rubio, mirada cerrada, y tan sutil, que con un movimiento de muñeca delicado y la simplicidad del trazo del arco sobre las cuerdas del violín, me transportó a un lugar, tan cálido y acogedor como despreciable.

Un recuerdo.

Era invierno, mi padre ensayaba aquella melodía para un concierto en el segundo piso, y, bajando las escaleras alfombradas, nos encontrábamos mi madre y yo, sentados en las baldosas del salón, observando el árbol de Navidad. Oyentes del chispear de la chimenea y su mezcla con las partituras de Bach, mi madre me leía historias tradicionales, mis preferidas, sacadas de un pequeño libro de Navidad. Mis ojos se cerraban con el acogedor calor del lugar, y la historia, y la música, pero de repente, la música dejó de sonar. En su lugar, un fuerte tumbo proveniente del piso de arriba.

El libro se cerró de golpe.

Desperté.

Volvía a ver el escenario actual, aquella mujer tocando el violín, mi melodía preferida. Y, ¿Dónde estaba yo?

Mis ojos, adormecidos, se encontraban observando, bajo el arco de la puerta, como presentes inevitables.

Y, del ensueño de la melodía hacia la sorpresa, surgió el silencio. Ella se quedó mirándome a la cara, no a los ojos, sino a la cara, por un buen rato. Paraplégica enmudeció la sala, hasta que vi el mover de sus labios.

—¿Quien eres? Esto es una sala privada, ¿Lo sabes?

Todo venía de imprevisto. Tanto que al moverse mis labios, golpearon torpemente en forma de trabalenguas, hasta salir las palabras deseadas, tras varios intentos, ya capaces de formular.

—Perdón, no quería interrumpirla, de veras, solo me atrajeron mis oídos a esta sala, y la melodía proveniente de ella. Soy un ser muy curioso, fue una acción inevitable.—Callé por un momento, pensando en algo que decirle, segundos largos e incómodos, pero finalmente se me ocurrió algo. — Para decirle la verdad, me habría sorprendido mucho que fuera público, el concierto digo, las butacas están demasiado vacías como para no visitar una obra tan deseable.

Sonrió, pero volvió a encoger su sonrisa.

—Es usted muy amable, pero deseo practicar en silencio.
—Yo me mantengo en silencio.
—Pero nunca podrá imitar el de la sala antes de que entrase usted.

Me quedé pensando. Esa mujer me atraía, su forma de ser y de usar el vocabulario. Me gustan las mujeres inteligentes.

—Usted no me conoce, soy el silencio en persona. No saldrá un sonido de mí, lo prometo, señora ¿…? —Alargué mis últimas palabras para oírla decir su nombre.
—Alicia Lindhauser, pero por favor, puede llamarme Alicia.
—De acuerdo, Alicia. Mi nombre es Thorsten… Por favor, llevaba años sin escuchar esta melodía. Déjeme escuchar, solo hasta que acabe.

Alicia bajó la cabeza de un suspiro, parecía disgustada, pero cuando volvió a mostrarse, su cuello la sacudió levemente de arriba a abajo, después de pestañear una o dos veces.

En mi cara se dibujó una sonrisa.

Su arco se colocó sobre las cuatro cuerdas del violín. Primero sonó el sonido del posar, con un irritante desgarre agudo, pero cuando el arco comenzó a frotar suavemente, volvió lo que yo deseaba, tanto el tema como el silencio que volvió a mi mente.

Así que sentado estaba, en las últimas butacas, con la cabeza apoyada contra el asiento, una húmeda sonrisa plasmada en mi cara, los ojos medio cerrados, y saliendo de ellos, una pequeña lágrima que corría por mis mejillas, una diminuta lágrima, y dentro de ella, una vida entera, y la alegría de haberla reencontrado, tras tantos años separados.

Mi familia y yo.

El viejo

Ahora tengo recuerdos, anécdotas, enseñanzas, experiencia y una vida feliz. Es duro ver como el motivo de ellas desaparece por completo de un momento a otro.

Vivía tranquilo y sobre todo solo. Una noche cualquiera decidí salir a la terraza, acompañado por un vaso de vino tinto, y de la nada me vino un pensamiento peculiar. Me imaginé la vida desde los ojos de un viejo y humilde anciano de la zona. Pensé en la rutina de una vida diferente, de alguien que obtuvo conclusiones de sus experiencias y que finalmente decidió vivir a su manera. La gente solía contarme mucho de un viejo de por ahí, quizás con las mismas características, pero por aquel entonces no me interesaba lo suficiente.

—Y camina descalzo ¿Por qué?— Me comencé a preguntar unos días más tarde. —¿Por qué caminar en astillas, piedras, o incluso por cemento en pleno verano, si tienes zapatos para ponerte?—. Cuando se lo pregunté su respuesta fue clara y sencilla, le duelen más los zapatos. Él sentía las astillas y piedras como un masaje y el asfalto como la expresión de felicidad y suerte por tener una casa cómoda a la que finalmente ir, un objetivo y un sinónimo de libertad tras la obligación de llevar zapatos en una sociedad que no pudo elegir. ¿Es locura o razón?

—El viejo tiene una biblioteca llena de libros, y no ha leído ninguno de ellos.— Resulta amargo, con tanto tiempo libre y poco ocio, pensaba. —Casi nunca se le ve por las calles, tiene un jardín enorme, un casón de piedra y un gran castaño a la entrada. Sale a dar paseos, pensativo, pero no suele alejarse de su finca—

Me contaron numerosas historias sobre él, algunas de miedo, otras tristes y otras verdaderamente horribles. Ni la mitad de ellas resultaron ser así, pero todas despertaban mi curiosidad, y me sacaba de quicio no conocer la verdad. Algunos pasantes me contaron que de pequeño tenía un trastorno, por lo que sus padres le llevaron al psiquiatra. Quedaron secuelas importantes e incurables, sobre todo en el comportamiento. Decían que se construyó su propio mundo en el jardín. Existen testigos que dicen haberle visto mantener charlas consigo mismo. Yo hago igual, muy a menudo, y me ayuda a relajarme, eso no me convierte en loco, y tampoco quiere decir que viva en mi propio mundo.

Esa misma tarde me puse las botas y me dirigí hacia su casa. Al llegar ya había anochecido. Vivía más apartado de lo que creí recordar. La última vez que yo pasé por aquel muro de piedra vivía enamorado, en otro mundo, y tal vez un poco loco.

Me atraía su casa a pesar de que era de noche, y en medio del campo no se veía por dónde andar. Finalmente localicé la puerta, pero no el timbre. Tuve que gritar, demasiado, me quedé sin voz al poco tiempo, pero el viejo tenía buen oído y me abrió la puerta inmediatamente. Fue en el momento justo, comenzaba a llover y yo estaba algo fastidiado por la poca voz que me quedaba. El anciano era estupendo, ni me preguntó cual era el motivo por el que estaba allí ni por qué quería dormir en su casa. Simplemente me llevó al salón, colocó mis botas en el pasillo principal, me invitó a una infusión y no paraba de preguntarme cómo se me ocurría alejarme del pueblo a esas horas. —Hay lobos en el bosque hijo, manadas enteras, deberías tener más cuidado. En su tiempo, cuando murieron mis padres y recibí esta casa, yo lo tuve. Me crucé con algunos de ellos, pero los asusté con el humo de mi hoguera y escupitajo.—¿Escupitajo? De vez en cuando parecía estar loco.

Pero simplemente resultó ser diferente. Me contaba historias, sobre todo de sus largos viajes, recuerdo bien, la primera que me contó fue desde Nepal a Mongolia, y de vez en cuando introducía lo que pensaba de los sedentarios que vivían por el pueblo.—Amigo mío, la locura reside ahí abajo, no me acerco a ellos porque me dan pena, no entiendo tanta estupidez—.

Al día siguiente me disculpé mucho por haberme quedado dormido en el sillón, ya que era donde solía dormir él. Me contó lo duro que fue para él cambiar de sillón, me dijo que se lo había tomado como un objetivo, e hizo un cambio en sus costumbres. Igualmente se veía que había dormido fatal.

Obtuve muchas conclusiones del viejo, y fui a visitarle muy a menudo. Los del pueblo me comenzaron a llamar satánico y chatarras como esas, en fin, yo seguía yendo a su casa. Su forma de hablar me ayudaba a olvidarme de la muerte de Laurence. Me contaba historias de su vida y de su dura infancia. Si de vez en cuando paraba de hablar, era para pensar en una posible moraleja, ya que, de vez en cuando, se le olvidaba al poco tiempo lo que me había contado. A veces su moraleja no tenía nada que ver con su relato, pero decidí callármelo.

Resucité, y así lo hizo él en sus cuentos. Yo era un hijo para él, así como él mi nuevo padre.

Pasaron varios años y su muerte vino de sorpresa, había ido a visitarle muy de vez en cuando y seguía tan sano como su orgullo. Ocurrió tres meses atrás, de un tumor cerebral, y no tenía a nadie a quien contarle excepto a mi, pero no lo hizo. Durante su último mes de vida me encontraba cerca de Katmandú, esquiando, tal y como lo hizo él, con un vino caliente en la base y un baño frío en el camino de vuelta. Me entregaron su última carta al salir de un autobús, en algún lugar de la India. Pudo ser la única que envió, y en ella explicaba todo.

—Hasta nunca maestro— Me ponía en letra cursiva y bien cuidada. Hasta pronto, pensé yo.