Entre Irlanda y Australia

—Busca en tu alma, Judith, encuentra tu propio viaje, tu cultura, tu arte, y dime si lo que ves es bueno o malo. Y dime, si lo que verdaderamente necesitas se encuentra reflejado en monedas y billetes. Y dime, si lo que quieres de verdad, es un sueño o realidad. Y si lo encuentras, ven conmigo, cruzaremos juntos los mares, y llegaremos hasta Sidney. No tendrás por qué trabajar en el partido, solo vivirás conmigo.—

No puedo…

1920

Resaltaron sus bien pronunciadas palabras, reservadas con sinceridad en mi mente y en mis labios color carne, que se deshicieron en miles de luces y estrellas.

—Escúchame Judith, luces como la luna, pero tu familia arde como el sol.—

Jones abarcó a las nueve en punto de esa misma mañana. Sabias palabras fueron las de su despedida, las que dejaron el amplio silencio por años capaces de prender en mí la luz de la mente. Tardé meses en comprender lo que me quiso decir con aquello, y por aquel entonces, yo describía en un amplio resumen, con voz vulgar y poco lectora, lo que pude entender de aquel complejo anagrama. Algo así como; brillas por fuera, pero dueles por dentro. Como las monedas en sí, reluciste a tu alrededor, hasta que te transformaron en algo duro como el mármol. Y si pudieran moldearte como al barro o a la arcilla, endurecerte en un alto horno y hacer de ti algo estable, amaestrarte con delicadas manos artesanas, sería por tu bien propio, así como por el bien común, pasada la avaricia.

Me despedí de él con un abrazo, arrancando de él su gorro irlandés, y con un poco de suerte, algo de cabello para recordar su olor. Yo le vi alejarse, pensando a la vez en lo que me dijo antes de desaparecer, desprendiendo todo aquello que se pudría en mi interior. Cuando el barco se difumó entre la niebla del por aquel entonces llamado Queenstown, me giré con duras penas, y volví caminando hasta el hogar donde me esperaba ansiosa mi madre, pasando por las comunidades pobres de las que nació su origen, de los viejos vagabundos, de los niños mendigos, de los pobres ladrones y estafadores con causa, y de sus miradas celosas capaces de arrancar con el brillo de sus ojos el alma de mi vestido. Por aquel entonces llevaba el cabello largo, tapado por mi sombrero, y mi piel pálida tapada por el vestido blanco con lazos verdes de mamá, y los tacones de nuestra boda a escondidas con Jones, del suyo párroco York. ¿Y cómo pudo un comunista obrero casarse con una mujerzuela material, gobernada por el poder de su familia? Eso me preguntaba yo, pero el amor y la belleza reina en nuestro interior sobre la mente.

“¿Cómo llevas eso?» me decía madre unos meses después. ¿Pues como le llevaría? Arrastrando. Aquel gorro pesaba más que mi alma, y lo llevaba conmigo en los paseos por el puerto, y observaba a mi lado descargar las quinientas toneladas de los barcos de mercancías, con grúas, camiones y trabajadores ajetreados, desde que el sol salía difuso entre la densa neblina, hasta que se escondía del todo bajo la lejana costa y su horizonte.

Busqué, pero no volvía. Meses, y años,hasta que las tropas hitlerianas marchaban por Francia. Y mientras tanto, mi padre, el rico Lanchester, me quiso juntar con el hijo de su socio. Yo ya no buscaba a Jones, me cansé tras tanto tiempo. Pero sí, pasé mucho tiempo en la costa, pasó demasiado tiempo mi mente al otro lado del mundo, desde que Jones se fue en aquel barco, y no regresó nunca. Y mi padre, “¡Por favor, padre!» aquel sucio corroído por sus negocios, “¡No busco el amor en el dinero!» me quiso juntar con el bastardo de Colin Waldmeister. “¡Solo busco el amor verdadero!»

—¡Por favor hija mía, suelta ya el amor verdadero, te manipularon con barro las manos de un obrero! ¡No encontrarás el amor verdadero en un sucio comunista como el bastardo de Jones! ¡Bastante rompiste nuestro prestigio por un buen tiempo! ¡No volverá, ni podrá volver! —

—¿¡Prestigio, padre!? ¿¡Es eso lo que buscas!? ¡El prestigio no se busca, sino se encuentra con el tiempo! ¡Con la sinceridad y humanidad! ¡Sinceridad!

La guerra había terminado. Y meses después, me casé por segunda vez. Waldmeister poseía tierras y bosques en el sur de Inglaterra, al sur de Suecia, Finlandia y en la mayor parte de Rumanía. Por suerte solo le veía cuando volvía de sus negocios. Por suerte su rostro cicatrizado se mantenía lejos de mi cabello sedoso, capaz de pudrirse con sólo verle de lejos.

Ello me daba tiempo a pasear por la costa, por el puerto, visitar la familia de Jones, a escondidas por supuesto, y buscar nueva información sobre su vida. Llevaban años sin escuchar de él. Y tantos años pasaron rápido, y sin darnos cuenta, cumplí los cincuenta, y pasé el día de mi cumpleaños junto a la cama de la madre de Jones. La guerra había pasado hace ya tiempo, pero su rostro seguía pálido, agrietado, mudo; apunto de ensordecer por siempre.

1950

Y si de algo sirvió ver desaparecer a su madre, fue para hundir mis esperanzas y sacar de mi mente un posible regreso. Olvidar a Jones por siempre.

¿Por siempre? Nunca se podría decir aquello. Sí fueron por siempre sus palabras, que acapararon mi mente. Y ojalá no las hubiera escuchado en mi vida, ni hubiera visto a Jones venir, despedirse y desaparecer. Pero llegará el momento, en el cual no podremos ocultar más la verdad, pues el sombrero estará sobrecargado, el bastón rehusado y la mente paralizada. Y llegará la verdad corriendo sobre la injusticia, trayendo sinceridad para la humanidad.

El viejo

Ahora tengo recuerdos, anécdotas, enseñanzas, experiencia y una vida feliz. Es duro ver como el motivo de ellas desaparece por completo de un momento a otro.

Vivía tranquilo y sobre todo solo. Una noche cualquiera decidí salir a la terraza, acompañado por un vaso de vino tinto, y de la nada me vino un pensamiento peculiar. Me imaginé la vida desde los ojos de un viejo y humilde anciano de la zona. Pensé en la rutina de una vida diferente, de alguien que obtuvo conclusiones de sus experiencias y que finalmente decidió vivir a su manera. La gente solía contarme mucho de un viejo de por ahí, quizás con las mismas características, pero por aquel entonces no me interesaba lo suficiente.

—Y camina descalzo ¿Por qué?— Me comencé a preguntar unos días más tarde. —¿Por qué caminar en astillas, piedras, o incluso por cemento en pleno verano, si tienes zapatos para ponerte?—. Cuando se lo pregunté su respuesta fue clara y sencilla, le duelen más los zapatos. Él sentía las astillas y piedras como un masaje y el asfalto como la expresión de felicidad y suerte por tener una casa cómoda a la que finalmente ir, un objetivo y un sinónimo de libertad tras la obligación de llevar zapatos en una sociedad que no pudo elegir. ¿Es locura o razón?

—El viejo tiene una biblioteca llena de libros, y no ha leído ninguno de ellos.— Resulta amargo, con tanto tiempo libre y poco ocio, pensaba. —Casi nunca se le ve por las calles, tiene un jardín enorme, un casón de piedra y un gran castaño a la entrada. Sale a dar paseos, pensativo, pero no suele alejarse de su finca—

Me contaron numerosas historias sobre él, algunas de miedo, otras tristes y otras verdaderamente horribles. Ni la mitad de ellas resultaron ser así, pero todas despertaban mi curiosidad, y me sacaba de quicio no conocer la verdad. Algunos pasantes me contaron que de pequeño tenía un trastorno, por lo que sus padres le llevaron al psiquiatra. Quedaron secuelas importantes e incurables, sobre todo en el comportamiento. Decían que se construyó su propio mundo en el jardín. Existen testigos que dicen haberle visto mantener charlas consigo mismo. Yo hago igual, muy a menudo, y me ayuda a relajarme, eso no me convierte en loco, y tampoco quiere decir que viva en mi propio mundo.

Esa misma tarde me puse las botas y me dirigí hacia su casa. Al llegar ya había anochecido. Vivía más apartado de lo que creí recordar. La última vez que yo pasé por aquel muro de piedra vivía enamorado, en otro mundo, y tal vez un poco loco.

Me atraía su casa a pesar de que era de noche, y en medio del campo no se veía por dónde andar. Finalmente localicé la puerta, pero no el timbre. Tuve que gritar, demasiado, me quedé sin voz al poco tiempo, pero el viejo tenía buen oído y me abrió la puerta inmediatamente. Fue en el momento justo, comenzaba a llover y yo estaba algo fastidiado por la poca voz que me quedaba. El anciano era estupendo, ni me preguntó cual era el motivo por el que estaba allí ni por qué quería dormir en su casa. Simplemente me llevó al salón, colocó mis botas en el pasillo principal, me invitó a una infusión y no paraba de preguntarme cómo se me ocurría alejarme del pueblo a esas horas. —Hay lobos en el bosque hijo, manadas enteras, deberías tener más cuidado. En su tiempo, cuando murieron mis padres y recibí esta casa, yo lo tuve. Me crucé con algunos de ellos, pero los asusté con el humo de mi hoguera y escupitajo.—¿Escupitajo? De vez en cuando parecía estar loco.

Pero simplemente resultó ser diferente. Me contaba historias, sobre todo de sus largos viajes, recuerdo bien, la primera que me contó fue desde Nepal a Mongolia, y de vez en cuando introducía lo que pensaba de los sedentarios que vivían por el pueblo.—Amigo mío, la locura reside ahí abajo, no me acerco a ellos porque me dan pena, no entiendo tanta estupidez—.

Al día siguiente me disculpé mucho por haberme quedado dormido en el sillón, ya que era donde solía dormir él. Me contó lo duro que fue para él cambiar de sillón, me dijo que se lo había tomado como un objetivo, e hizo un cambio en sus costumbres. Igualmente se veía que había dormido fatal.

Obtuve muchas conclusiones del viejo, y fui a visitarle muy a menudo. Los del pueblo me comenzaron a llamar satánico y chatarras como esas, en fin, yo seguía yendo a su casa. Su forma de hablar me ayudaba a olvidarme de la muerte de Laurence. Me contaba historias de su vida y de su dura infancia. Si de vez en cuando paraba de hablar, era para pensar en una posible moraleja, ya que, de vez en cuando, se le olvidaba al poco tiempo lo que me había contado. A veces su moraleja no tenía nada que ver con su relato, pero decidí callármelo.

Resucité, y así lo hizo él en sus cuentos. Yo era un hijo para él, así como él mi nuevo padre.

Pasaron varios años y su muerte vino de sorpresa, había ido a visitarle muy de vez en cuando y seguía tan sano como su orgullo. Ocurrió tres meses atrás, de un tumor cerebral, y no tenía a nadie a quien contarle excepto a mi, pero no lo hizo. Durante su último mes de vida me encontraba cerca de Katmandú, esquiando, tal y como lo hizo él, con un vino caliente en la base y un baño frío en el camino de vuelta. Me entregaron su última carta al salir de un autobús, en algún lugar de la India. Pudo ser la única que envió, y en ella explicaba todo.

—Hasta nunca maestro— Me ponía en letra cursiva y bien cuidada. Hasta pronto, pensé yo.

Sobre el tiempo, el recuerdo y el poetismo en el sueño.

—No hay tal maestro como el tiempo— Me digo y pienso.

En las montañas oscurece.

Me encuentro tumbado en mi viejo saco, entre rocas y hierba seca. Es incómodo, si, pero tranquilo. Y sin ningún ruido puedo pensar sin ser interrumpido.

Y cuántos recuerdos de mi familia me vinieron a la cabeza al sacar aquel viejo saco azul.—¿Me quedará pequeño?— Pensé en su momento. —Igual dará—. Y continué con mi trabajo. Pero ahora me encuentro solo, sin padre que me cuente historias de miedo, sin madre que me tranquilice segundos después y sin hermano que me tome el pelo aprovechando la confusión. En cambio esta soledad es menor de lo que parece.

Arriba en el cielo parpadea el universo, en su reflejo, en las estrellas, ilustres iluminadas por el sol, sabias ancianas que caminan sin fin.

Lentamente me acobijo en mi pequeño saco de dormir, y siento el calor de mi cuerpo sobre el frío suelo. Inspiro y aspiro, en parte el aroma a polvo y antiguo del suave acompañante que me envuelve, por otra el húmedo entorno que me rodea. Y continúo, cierro los ojos y sueño…

—Arriba os veo, vivaces, pensadoras, que me observáis en la nada como yo a vosotras, pero el equilibrio solo es vuestro. Recuerdo que tantas veces os miro y pienso lo mismo, relojes del universo, ancianas y maestras del equilibrio del tiempo.— Y siempre pensé lo mismo, sin idea de mi poetismo, tal vez el silencio en su momento.