El cigüeñal

3.-

Mi vida, por así decirlo, pasó de molino en molino. De acarrear sacos pesados de harina y trigo, de cruzar largos caminos y de recoger la paga, que en mi opinión, era más abstracta que existente. Y por mal dios que guió mi vida, el dueño de aquel molino siempre sería un hijo del diablo.

Buena parte de mi vida pasé perdido como el cigüeña, más en Asturias que me nombré Santiago, pero el destino no me lo quiso abrazar. Al molino llegué más cansado que un minero cojo. El dueño del molino, que bajo era, pero cabrón, me vio llegar con una cara de muerto que, así de primer orden, me hizo víctima de su malograda vida, pues pensó seguramente, que así el cambio no se vería tan duro. Aunque el molinero me siguió llamando Santiago, yo más bien era esclavo. Así, como la pala que va hacia el barro para cubrir al difunto y hacerlo desaparecer por siempre entre tierra de gusanos, y como el difunto que muerto va a tierra. Así, como ambos era yo, una parte del molino, que de órdenes, vivo se creía, pero en libertades un muerto más en barro era.

Era enero, por lo que yo recuerdo. Esperaba con todas mis ganas que nevara, simplemente por la curiosidad de ver un paisaje nevado. Por mucho que lo deseaba los nubarrones grises no traían más que monótona lluvia, vientos gélidos y suelos helados, lo que no me ayudaba a la hora de bajar al centro, que así lo llamaba Don Enrique, —un pequeño pueblo de diez habitantes labradores y de buena gente, si la enfermedad no era reina—. Todos los días deseaba mucho bajar a visitar a la familia del señor Peláez, y sobre todo a la hija, Martina, a pesar de que el camino era de hora y media, y más duro aún con el viento de por medio, y el musgo, donde las suelas patinaban. Derrapaba yo con sacos cargados de harina que llevaba a los Peláez, mientras Don Enrique se fumaba la pipa en casa.

—Bien que has venido, niño.
Me decía el señor molinero cuando volvía, más cansado que la aguja de un reloj de convento.
—Queda mucho por hacer -Añadía-. La harina es mucha, y el tiempo es poco.

Así me pasaba, de rueda en rueda, de piedra molar al segundo piso, subiendo la escalera escalinata hacia el trastero donde el señor guardaba sus viejos trastos. Entre ellos encontré, escondido bajo algunos muebles y ropa vieja, una imagen de una mujer y un niño, que poco parecían merecedores de tan esclava vida.
En el último piso miraba por la ventana, mientras la lluvia penetraba por las rendijas, en goteras, del tejado, y golpeaba contra los cristales redondeados. Miraba hacia abajo, donde lejos se veía el río. El cudilleros, con una corriente de mil diablos, que con su fuerza al molino impulsaba, y a mí al trabajo forzaba. Nunca más en mi vida pude llevar más odio a un fenómeno natural, y además de tan sutil hermosura.

A veces recordaba por qué estaba allí. Recordaba que antes de mi llegada, hubo otro trabajando.
—Junto a un río, Cudilleros se llama, hay un molino -Me dijeron meses atrás, en una esquina junto a la playa-. El dueño es un hombre honrado, que por infortunio ha perdido a su compañero. Ve allí y encontrarás trabajo.
Además me contaron también que el compañero había caído desde el segundo piso hacia el río. Ahora comprendía que no pudo ser sin querer. Los cristales eran gruesos, y bien, pues la lluvia incesante. Por mucho que golpearas aquello no se rompía. O eres arrojado, o te arrojas.

Las imágenes de la mujer y el niño me las guardé en la chaqueta y continué trabajando.

Don Enrique seguía fumando de su pipa cuando llegué al piso bajo, tumbado en el colchón donde dormía, con su rostro, una vaguedad insana y tan grande alegría enemiga.

Un día que bajé al centro me encontré a la Martina en el huerto bajo el caudal de la lluvia, en ropa vieja. Ella me ignoró bastante. Romántico no sería, pero con lo flaco que yo estaba por aquel entonces, y el hambre que llevaba dentro, bien hubiera deseado ser yo hortaliza para que la mujer me agarrarse y desprendiese de tierra firme. Pero yo más bien era gusano bajo tierra, flaco, observador, es decir, que sólo puede comer la porción que su señor le atribuye.
La mujer tenía el pelo castaño y las pecas de una santa. En los labios dos carnes fértiles y juveniles, sanos y delicados. Ni la merecía yo.

—Pobre Santiago… -Comentaban en un lugar cercano al huerto, los abuelos de la Martina al verme pasar junto a ella-, mírale la sonrisa. Si su vida ya es tan dura, más lo será si no espabila.
Yo crucé en ese momento la calle.
—¡Hola hijo!
Dijeron, sonrientes, cerca al unísono, escondidos de la lluvia bajo un portón, viéndome pasar.
Volví feliz, créanme o no, a pesar de no haber intercambiado ni palabras ni miradas.

Todo el viaje fue un fastidio, merecido de blasfemar, que pasó rápido en mi pensar.
Pero todo se esfumó cuando entré en el molino.

—¡Todavía queda mucho por hacer! -Me decía con su a veces explosiva espontaneidad-. La harina es mucha, y el tiempo es poco.

Llegó el día en el que Don Enrique, que había cogido un catarro —haciendo nosequé ni nosedónde, pues ya antes no se levantaba del sillón— y yo lo tuve que cuidar. Más ocupado estaba yo entonces, cuando incluso por las mañanas me debía despertar solo. Como ya dije antes, que de cigüeña a Santiago había pasado durante esta época, pues en este momento sería de nuevo animal. Un animal subordinado, fuerte pero débil en su entorno, y aún más sobrecargado.
Estaba yo en la cocina. La chaqueta la había dejado en la entrada al molino. Mientras cocinaba recordé lo encontrado en la guardilla, aquellas fotos de una mujer y un niño, escondidas, al feo Enrique solo en casa, la muerte del anterior trabajador.
Decidido entré en la habitación del señor con las imágenes y la duda.

—Don Enrique.
Dije convencido.
—Don Enrique.
Cerré la puerta a mis espaldas y lo miré. Llevaba una cara horrible, amarillenta, sudorosa. Hacía frío en la habitación. En el piso bajo seguía encendida la chimenea.
—Don Enrique, venía a preguntar una cosa…
Mi convicción había disminuido en los últimos instantes. No respondía. Luego me acerqué y le tomé el pulso, que se aceleraba cada vez más. Mi mente fue a parar a otro lugar.
Rápidamente bajé corriendo, con tanta prisa que se me olvidó vestirme adecuadamente. Cuando salí por la puerta, fuera soplaba un viento frío. Me quedaba un camino de hora y media.

Bajada la colina última llegué al centro. Todavía por las huertas primeras, donde trabajaba un señor con su burro, y por donde cruzaba el río Cudilleros con mayor grosor, vi por el fondo, a través de una neblina cada vez más espesa, la silueta de un hombre anciano.
—¡Señor Peláez!
Grité mientras corría. Medio pueblo me había oído, y todos se dieron la vuelta, pues de todos era el apellido.
El del burro dejó el trabajo a un lado y vino hacia mi.
—¿A dónde con las prisas, muchacho?
—Señor, necesito ayuda.
—¿En qué?
El pulso me temblaba.
—En el molino, señor. Don Enrique está enfermo…
No podía más con mi cansancio. Había corrido la mayor parte del trayecto.
—¿Y…?
—Y…
Me senté en el suelo encharcado, sin más fuerzas. Había llegado un momento de gran duda. Todo aquello que estaba haciendo… ¿Acaso no tenía un odio tremendo al señor Enrique? ¿Y si la carrera había sido para nada? ¿Y si dejarlo morir sería la mejor opción?

Es difícil de entender desde la tercera persona. Yo habría dicho a cualquiera que matar no hace mejor a nadie. No desearía haber matado a nadie en mi vida, pero algo tenía el autor de mi destino en contra de los molineros, que a pesar de la ayuda que podría haber conseguido para Don Enrique, lo dejé ir.

Disimulé, haciendo como que el motivo del recorrido era por leña.
—Pues que como no puede levantarse de la cama y hace mucho frío, y él suele talar los árboles, -Dije-, me ha comentado que os pida un poco de madera a ustedes, lo suficiente hasta que se mejore.
El hombre me miró extrañado.
—¿Y por qué a nosotros?
—Pues porque… -Pensé-, dice que en el último trato nos pagaron menos que lo habitual.
El hombre se volvió a acercar al burro, mientras contestaba enfadado. Me dijo que me acercara al jardín y que llamara a la puerta principal. Me dijo que recibiría la suma que me dijera Martina. Yo le contesté extrañado, habituado a los comentarios de Don Enrique, que cómo es que una mujer decidiría aquel asunto comercial. El señor no me contestó, y lo dejó en el aire. Me gustaba aquella familia.

Me sentí incómodo al comentárselo a Martina. Siempre pensé que la primera conversación con ella sería en un momento perfecto. En aquel instante llevaba una gran mentira a mis espaldas. Tampoco sé si se podría llamar conversación, pero al menos me sonrió.

En conclusión, volví tranquilo. Pero como era habitual, cada vez que volvería de los Peláez al molino, algo inquieto me esperaba.

Comencé a sospechar cuando crucé un riachuelo por la parte del valle y levanté la mirada. Una gran nube negra se levantaba por el cielo. Más tarde, donde el río Cudilleros, subiendo la cuesta al molino, vi las llamas.

El cigüeñal

2.-

¿Quieren ustedes saber que fue para mí lo más duro durante mis meses de prisión vagabunda? Mi falta de diversión, pues aunque ya bajo el dictado del borrachuzo falta me hacía, de vez en cuando algo había de que reír. En cuanto a eso el viejo Alfredo sabía, y lo practicaba mejor que nadie —según su entendido necio— encerrado en el vidrio del alcohol.

El paisaje no pudo ser mejor elegido, y cambiando fue, durante el tiempo que marcaban mis pasos al norte. Primero fue la llanura de la meseta, más tarde cambiando a las colinas sin nombre de algo que también sería en meseta. Fue entonces cuando la cuesta bajó, y mis pasos a algo más profundo caminaban, que acercándose al nivel del mar parecían. Y en cuanto pensaba que a la costa llegaría: allí estaba; una poderosa cordillera. ¡Y bien fresca, dios santo, que al cruzarla en un país nuevo me creía!

Tiempo pasé por allí hasta llegar aquí.
—¿Qué es aquí?
Guadín.

Pasada la cordillera no tardó mucho en llegar un clima frío. Ni templado ni medias, tan frío que ganas de volverme tenía. Y es como siempre, algo impide algo. En este caso algo abstracto, pero en tente físico. Algo salado pero dulce como el ambiente en el que se envolvía. Algo que me cambió incluso la mía forma de ver la nublada Asturias, e hizo de ella una preciosa costa.  ¡En mi vida antes había visto cosa igual! Que las olas rompen y vuelven, y rompen, y no cansan, pues vuelven y lo intentan, sin ceder. Y todo ocurre de forma tan similar, pues cada ola parece igual, pero a su vez tan distinta…

Me contaron por allí, cerca de Guadín, un pueblo fresco a la costa, que en su playa una vez hubo un hombre como ningún otro; “Todo hombre es especial, pero éste fue seguramente el más destacado de todos ellos“, decía. Pues, al parecer hubo un hombre que se sentó al borde de la playa de Guadín, sobre las rocas que hacen frontera con la arena, a esperar a ver dos olas idénticas. Loco lo llamaron, otros ni lo llamaron y lo dejaron allí.
“Poco tardó en irse por sí solo, vencido por las olas y el viento», me dijo el pobre hombre del bar, con más arrugas que un perro viejo y más canas que un científico estresado, pero a mí ni se me ocurrió preguntar si hablaba en sentido serio o si de metáforas se servía. Quién sabe si, tal vez, el chalado cayó débil y se dejó arrastrar muerto por el oleaje, o si por otro lado supo renunciar con nobleza ante una ley natural, a cambio de asimilar la humillante vida de un vencido.
Dejarse vencer o dejarse perder.

Una ayuda me tuvo saber, por frasecilla de sabio de pueblo, que no existen dos olas iguales. Por lo contrario hubiese sido yo el chalado. ¡La mirada no podía apartar del mar! ¡Me tenía enamorado!

Pero en nada me tuve que ir.

Me fui de Guadín al comienzo de la primavera con lágrimas saladas en los ojos, y me adentré al monte. A alguien había oído decir que en un molino de agua, junto a un riachuelo que llaman Cudilleros —y que dicen del color del vino blanco—, buscaban a un conocedor de su trabajo, pues el anterior había caído del piso segundo al acarrear harina. Como bien se dice, unos van para que otros vengan, por muy cruel que suene, y la sinceridad no es piadosa.

Pues mi orientación me guió al vino blanco, como la del viejo Alfredo, con todo alcohol. Un río dulce cruzaba la montaña entre abedules. Llegué en día de lluvia, y el caudal estaba que desbordaba; el agua cruzaba sobre el puente plano, sin dejarle espacio a mis botas. Más remedio no tuve que quedarme allí, esperando a que el tormento cesara. A falta de tienda improvisé un refugio cerca de una pared rocosa, y no pegué ojo en toda la noche.

En cierto modo, en aquel momento me acordé de Alfredo —en una memoria que yo no recordaba tan cruel como el resto que llevaba guardadas—. Fue en la cabaña de su fallecida esposa, a la que llevaba el borracho un amor incomprensible, y que ahora se encontraba vacía. Se trataba de una cabaña de madera, bastante improvisada en un principio, a la que íbamos cuando la tormenta nos sorprendía en el camino al pueblo. Estaba entera construida al rededor de la chimenea, y de un espacio aproximado a diez pasos de yegua. En ella cabían dos, y multitud de reservas de palas y piñones. Si bien asustaba la cara del viejo, más lo hacía con el constante parpadeo de una luz caliente y apagada, y bajo el sonido del incesante trueno. Yo no le hablaba al Alfredo porque no me apetecía hacerlo. Él tampoco hablaba, por lo que supongo lo mismo. Hablar nunca fue su fuerte, si no era para apedrearme a insultos. Pero, fue en esa noche distinto, pues rompió el silencio, sin que me molestara ni que me tocase un pelo. Yo estaba tumbado a un lado de la cabaña, rodeado de patilargas, que se movían aturdidas y asustadas por el calor de la chimenea. En ese momento un grande escorpión se me subió a la tela del pantalón.
—Niño, mirate los pies -Me dijo sin preocupación.
Yo respondí desconocedor del asunto, en cuanto se me escapó un apelativo que pareció gustarle.
—¿Qué quieres, padre?
—Que llevas un bichejo en el pantalón.
—¿Cómo es?
—Pues cómo va a ser; feo, como cualquier bicho.
—¿Y de grande?
—Pues como tu vagueza.
—Pues vaya un alivio; entonces no lo será como tu barriga.

La conversación siguió. Llegó un punto en el que acerqué el pantalón al fuego y dejé caer al bicho.

A ustedes les parecerá poco, pero para mí, y de Alfredo, el no haberse levantado para pegarme un palizo en aquella ocasión ya era un halago. Tal vez fuese porque le llamé padre, algo que no solía hacer, y porque nunca tuvo un hijo de verdad, y porque se encontraba acogido en el último recuerdo vivo de su mujer. Pero bajo la lluvia, el viento, y escondido en mi refugio improvisado comenzaba a pensar, que tal vez la vagueza de ese hombre era de igual, o incluso mayor tamaño que la mía, pues el viejo Alfredo no tiene sentimientos. Pero es bonito buscar halagos en donde no los hay, y más aún en donde nunca los hubo.

La tormenta duró lo que tarda el sol en ponerse. El pequeño riachuelo se encontraba a la mañana siguiente ancho como un don río, aunque ya permitía su cruce. El restante camino no fue mucho, aunque costoso. El suelo empapado y charcoso dejaba una senda rocosa y resbaladiza.
Gran recuerdo llevo del musgo, que cubría extensas superficies y marcaba el paisaje como único.

Llegué al molino cansado, como en mucho tiempo no lo había estado.

Poetas de barrio

—Lo que me cuentas, Don Camilo, suena verdaderamente increíble.
—¿Verdad? Ya te avisé yo…
—Es usted un hombre muy astuto -Dijo con la sonrisa puesta, preparada para una carcajada-.
—Oh sí. -Respondió con la voz alta y clara, para hacerla audible y cortar las carcajadas de su compañero—. Verás Tito. Yo le conté eso a la señora Carmen y ella me contestó… ¡Qué digo! ¡Tal cual! Me miró con una expresión retorcida, ya sabes, como le pasa a la gente rica muy a menudo. ¡Ja, ja! Ya le decía yo a su marido que no debía enrollarse tanto y que se tragara sus palabras, que por tanta lengua suelta ya no le brota el habla a la pobre -Su compañero permaneció dudoso-. Ya sabes, el hombrezuelo este que siempre va con un bastón francés dando golpes contra el suelo; Carrasco creo que se llama.
—Sí, sí, me suena… Carrasco de apellido… Y una gran gabardina durante día y noche, sombrero de copa y bigote de idiota.
—¡Sí! -Volvieron las risas-. ¡Qué maestro! ¡Ja, ja!
A los dos les entró un ataque de risa incontrolable, que cortaban con frasecillas tales como: “nunca mejor dicho», o “que pillo el carrasquillo», que sólo empeoraban la situación.

Si no se dieron cuenta los lectores por su cuenta, el lenguaje que usaban los dos humoristas se trataba de un lenguaje con rasgos poéticos de vez en cuando, que intentaban tapar con estilo vulgar. Don Camilo trabajaba en una editorial prestigiosa, lanzada un siglo y tantos atrás, un singular cinco de mayo de 1821, día en el que Napoleón, a sus escasos cincuenta y un años falleció, en la isla de Santa Elena. Aquella revista, que se hundió varias veces y que volvió a resurgir una y otra vez, era ahora la propietaria, por decirlo de tal manera, o poseedora de Don Camilo. Aquel humilde hombre manejaba la sinestesia, el símil y la ironía como ningún otro. A sus cincuenta y cinco años de edad no había un nombre más reconocido por su prestigio y reputación en todo Madrid. E incluso a aquellos desinteresados de la poesía les resultaría casi imposible no haber oído o leído su nombre en algún lado. Aparecía en numerosos periódicos; tanto en glamurosos como simplones, en entrevistas, en la radio, e incluso le llamaron una vez de la TF1, la tan aclamada pública francesa, a donde no quiso acudir. Pero a pesar de todo el dinero que el tío podría haber acumulado, despreciaba tanto el glamour, la clase alta y sobre todo el dinero mismo. Para aislarse vivía en humildad, en un piso de la calle Cascabel, en el edificio Santorín, en peligro de derrumbamiento desde que, tres años atrás, detonaran el edificio contiguo.
En cuanto a su camarada, el joven aprendiz Tito, suertudo vecino del tercero derecha, no se podía hablar todavía de un gran reconocimiento urbano ni social como el de su maestro, pero a sus tempranos principios como poeta se podía observar un gran talento, fichado por Don Camilo.

Los dos hombres seguían al borde del infarto. A cada puño que daba Tito contra la mesa baja; donde posaban las tazas de café vacías y el cenicero lleno, grandes nubes de polvo se esparcían por la habitación, llegando hasta la doble ventana, a la estantería llena de libros de Don Camilo, a su radio, a su escritorio, y cómo no, volviendo al sofá rojo de terciopelo y de baja altura, habiendo acabado su vuelta entera por la habitación.
—Te lo repito y te lo podría repetir mil y una veces -Decía secándose las lágrimas con la camisa-.
—Dime, hombre, Tito.
—Siempre es agradable visitarte. Es como si te diese igual todo.
—¡Hombre! Y si no me diese igual, pues no estaría aquí, mira. La vida es demasiado hermosa como para ir limpiándola todo el rato, ¿sabes?
Un silencio se mantuvo, porque el joven Tito no había estado escuchando. Pero estaba cansado, muy cansado de consejos, y prefería callar.
—Bueno, ya vale de cotilleos y enseñanzas.
—No me importaría, la verdad. Tengo la cabeza a punto de estallar.
—Pues un cigarrillo ahora.
—Me vendría cojonudo, maestro.
Don Camilo levantó la caja de cigarrillos y el cenicero y lo trajo hacia su regazo. Sus cigarrillos todavía eran de los antiguos alargados, de filtro delgado y tabaco negro. Ambos se llevaron uno a la boca y se lo encendieron. Casi simultáneamente Don Camilo puso los pies sobre la mesilla, y una mezcla de nube de humo y de polvo se levantó.
—Dios, Tito, podría asesinar al maldito jefe y su obsesión por los horóscopos -Dijo arrastrando una nube de humo tras de sí-.
—Bueno, yo ni miro esas cosas.
—Yo tampoco, yo tampoco…
Permaneció un silencio efímero
—No suelo hacerlo, Tito.
—¿No sueles?
—Bueno, tal vez de vez en cuando…
El joven se partió de risa, dio una chupada al cigarrillo y echó las cenizas en el cenicero, que mantenía Don Camilo sobre su regazo mientras seguía hablando.
—Es curioso, porque hay veces en las que ni me apetece leer lo que escribo para el diario. Y eso que soy un fiel seguidor de mí mismo. Entonces, cuando evito leer lo mío tropiezo con horóscopos y tal y cual. Por ejemplo, el otro día me levanté tarde, tal y como me suele ocurrir en verano, ya sabes.
—Lo sé.
—Sí, no suelo madrugar nunca para ser sincero -Don Camilo se rascó la nuca para recuperar el hilo-. Y… Lo que iba diciendo, me busqué un sitio tranquilo en la cafetería del hostal, leí un poco el periódico por encima, evitando mi entrada, y al pasar de página me encontré con el horóscopo.
—No te enrolles mucho.
—No lo hago, solo explico un poco la situación -Dijo, ocultando su sonrisa-. Debes saber que nadie tiene nunca la intención de leer el horóscopo al despertar. -El poeta dio varias caladas seguidas al cigarrillo, buscando algo para explicarse—. Bueno, lo vi y me dije, “de nuevo», así con voz malvada, y sin la menor intención de leerlo. Pero sabiendo que no tenía nada que hacer, y con la seguridad de que, como las veces anteriores, las noticias irían a ser malas pues lo leí por encima, con pasividad y humor. No quise leerlo entero, pero por la mitad tropecé con la palabra “tranquilidad». Y dije: ¡Hostias!
Tito comenzó a sonreír levemente.
—Bueno, y qué más.
—No hay más, eso es todo.
Ya, sin poder aguantarlo más, el joven comenzó a despegar sus carcajadas. Se tiró encima del maestro y se tapó los ojos con el brazo.
—¿Qué pasa hombre? ¡Que me tiras el cenicero!
—Nada, viejo, nada -El chico se recuperó y dejó el cigarrillo en el cenicero derramado. Seguía con un hilo de risa que trataba de ocultar con escaso humor-. La verdad es que, tranquilidad no te falta.

Santiago

Santiago es un hombre bastante impaciente, de unos treinta años aproximadamente, que siempre tiene la sensación de que se le escapa la vida. Aquel día, en el que quería llegar a la capital lo antes posible pero llevaba muchas prisas para coger el autobús, salió corriendo de su casa y entró el último, con los pulmones fatigados y el corazón dando vuelcos. Normalmente solía buscar con la mirada una fila vacía para sentarse tranquilamente, pero como llevaba la vista borrosa del sudor que le caía de la frente, y el vehículo comenzaba a moverse se sentó, sin pensarlo dos veces, en el lugar más cercano, junto a una hermosa mujer de cabello rubio y extravagante que no reconoció en un principio.

El hombre no era muy deportista, y se llamaba a sí mismo poeta. Así, escribía sonetos para su madre y su abuela, pero no se los enseñaba a nadie. La vergüenza hacía de sus andadas con la vida del pobre poeta. La vergüenza ante todo. Físicamente no era de lo destacado, sobre todo por su bigote descuidado, que a sus treinta años todavía se basaba en pelillos sueltos. En un positivismo, una gran intelectualidad oculta tal vez le proporcionara un débil atractivo. Pero todo su atractivo intelectual desvanecía con su vestimenta; usualmente zapatillas de suelas desgastadas, un chándal mañanero, una camiseta blanca, ancha, cubierta de una camisa dominguera. En su brazo derecho llevaba un reloj, roto hace poco, del que todavía tenía la costumbre de mirarlo. Y eso fue lo que hizo en el autobús, rumbo a Madrid.

La rubia vio como Santiago levantaba el brazo para mirar la hora. A ella también le interesaba saberlo. Venía nueva de Praga, y el poco castellano que había aprendido se basaba en frasecillas de ese estilo. Lo que se aprende en un curso principiante, vamos.
—Perdone, ¿podría decirme la hora?
Dijo la mujer con un acento marcado. El pobre Santiago, tan vergonzoso como era, comenzó a hablar, o tropezar con la lengua para explicar el estado actual de su reloj. Estaba inquieto, todavía un poco fatigado de su carrera para llegar al vehículo a tiempo. Claro está que el poeta, perdido, sorprendido y medio dormido, comenzó a explicarse, enrollándose de tal forma innecesaria, contando historias de como se le había roto y tal, que la mujer no entendió ni una sola palabra y quedó plasmada, pensando en si el hombre le había dicho la hora entre tantos rodeos o no. Por lo tanto, contestó con un —Vale, gracias— más bien por educación que por gratitud, todavía un poco atolondrada.
Santiago se dio cuenta de su vergüenza y permaneció callado, en un incómodo silencio, hasta el final del trayecto. La mujer salió con una, digamos un tanto equívoca y extraña impresión de los madrileños de su edad.

En el trayecto al metro estuvo reventándose la cabeza con estúpidas imaginaciones. Si hubiera dicho tal, si hubiera dicho lo otro. Un simple “tú no eres de aquí, ¿verdad?», para comenzar una conversación. “¡Estúpido reloj!». —Lo último se le escapó sin querer en voz alta, y la gente lo comenzó a observar un poco confusa—. Siguió pensando en que hacer con su vida, en su futuro, en su persona, y de tantos rodeos y rompecabezas, acabó perdido; tanto en su imaginación como en la realidad, pues cogió dos veces las líneas equívocas y acabó perdido por Parla, llegando tarde a su destino.

Sarcasmo

—Una risa sarcástica. Dios, no hay nada peor que una risa sarcástica.
—¿Una risa diabólica?
—No. Bueno, supongo que no.

En el café sonó un estruendo. De una de las mesas, una taza cargada de Espresso se derrumbó, y unos gritos de regaño con ella. Por un momento todos miraron al niño culpable del desastre, después, Fúser, que es así como le llamaba su amigo, siguió hablando.

—Nunca he visto una risa diabólica, excepto en horrendas películas americanas, pero de las sarcásticas; dios mío, a puñados. De mil en mil. Mira, fíjate en el camarero.

Su compañero levantó la mirada de la mesa de mármol. El camarero era un tipo estrecho, con un bigote cuidado, a diferencia de sus pelos, que se enzarzaban tanto que incluso, si buscabas un poco, tal vez encontraras alguna que otra mora pocha. Incluso su vestimenta lucía manchada, e incluso la leche que servía a aquel gordo empresario lo estaba, de café. Aún así, mientras pasaba la servilleta por el suelo mojado, su risa falsa, sarcástica, brillaba aún más cuidada que nada en aquel local.
—Te comprendo -Contestó entre risas.

Casper levantó el cigarrillo y lo dejó posado en sus labios. Antes de encenderlo bajó la cabeza para rascarse la nuca. Al rascarse se dio cuenta de lo largas que llevaba las uñas, y al mirarlas de lo sucias que estaban. Debía cortárselas, antes de hacer daño a nadie, como en el colegio. Allí le llamaban Manostijeras, después de clavarle sus desproporcionadas uñas a un compañero, en una pelea de patio.

Volvió a levantar la cabeza, y su pelo castaño, rizado, y descuidado —pero con intención—, reflejó la luz templada del rincón, entre piano y pared. Por fin se encendió el cigarrillo. Delante suya, Fúser inhalaba hierba mate, con un gesto puro. El lugar no requería específicamente hierba mate, pero sí la persona, y daba igual que si en Madrid o si en Buenos Aires, el acento argentino se mantenía vivo en un acto joven. Fúser, un poco molesto, siguió hablando por su compañero.

—¿Sabes lo que haría con gente como ese camarero de ahí? -Se paró a pensar, con la vista pegada en su corbata dorada, y en su frac-. Le haría como al jóker, ché. Le pondría a cada extremo de su sonrisa un cuchillo tao jin, si acaso existe, y se la abriría hasta las orejas, ché.

No lo hacía por presumir. Aquel ché se encontraba allí porque lo quería así. Después de diez años en el extranjero, casi lo único que le quedaba, además de la hierba mate que compraba en el súper de la esquina, era el gran suspiro ché. Y lo mantenía vivo como si se tratara de su hijo. Lo llevaba entre sus labios, donde de vez en cuando un puro sostenía, a cada lugar donde iba. Al teatro, al museo, al fútbol, e incluso a aquel Café Grossignon del Barrio de la Plata.
—Venga hombre, Fúser. Puede que tengas razón, pero si la ira es fuerte, lo será más la razón, ¿no? Déjale al pobre ser cómo es. Déjale al pobre gastarse su sonrisa en paridas; el mismo se dará cuenta de que en su gesto ya nada es real.

En un par de caladas el cigarrillo de Casper acabó en el suelo, y el reloj dio las ocho. En ese momento, caminaron, sin pagar, —una forma propia de crucificar al camarero—, y cruzaron las puertas doradas del local, hacia las calles invernales, la densa niebla y la luz fría. Las manos de los dos jóvenes se alzaron en la calle y se separaron hasta pronto.

El Barrio de la Plata alza sus viejas fachadas al estilo postmoderno, y enmarca las amplias calles, y estrechas callejuelas al brillo de un similar Buenos Aires. Aquel día no tanto como siempre, pero sí existente, el barrio mostraba una belleza descuidada. Fúser, argentino de corazón y de aspecto, no pudo haber elegido mejor sitio donde vivir. No simplemente por su nombre, recuerdo de La Plata, sino también por sus gentes. Aquel día el único paseante en la Calle Cornabel era él. Su amigo Casper vivía lejos, en un barrio, —Salamanca—, del que no estaba demasiado orgulloso. Los dos se habían separado a la salida del Café, y quedarían de nuevo el siguiente martes, para quejarse y discutir todo aquello que habían vivido durante la semana.

Abrió la puerta del portal con su mano izquierda. En la derecha mantenía un habano, consumido por la mitad. Cruzó el portal y revisó los correos. Después, un buzón vacío sacó de sus cuerdas vocales un: “Y para qué lo abro»; con tono irónico. Acercándose a los escalones de roble creció su sentido de estupidez. “De quién iba a tener correos yo, si después de diez años en estas calles madrileñas al único que conozco bien es al pajero de Casper». Conservando una risa sarcástica subió las escaleras torcidas del portal veintitrés para esconderse en su rincón. Tal vez leer un poco, encender la chimenea, preparar los papeles para la edición semanal de su periódico casero. Sabía perfectamente de lo que iba a hablar en la edición de aquel miércoles. Saber también sabía que nadie más que su amigo lo iría a leer.
Sosteniendo el habano entre los dedos de su mano izquierda comenzó a tipear en la máquina de escribir, con ambas manos. —Sarcasmo—, acabó escribiendo como título, y lo subrayó con la tinta de su pluma.
Antes de comenzar con la columna quedó dormido sobre las teclas de su máquina, y el puro cayó, medio consumido sobre la alfombra, dejando una mancha de ceniza para la posteridad.

Comentario:

Se trata de una ironía del autor. Simplemente al observar el título de éste texto y por compararlo con el del personaje ficticio se puede averiguar.
El protagonista por lo tanto es el propio escritor; un hombre capaz de quejarse de actuaciones ajenas, de las que, verdaderamente, él también es partícipe; un hombre sencillo, soñador, que mantiene una vida humilde, donde cuida un lugar de lecturas que comparte cuidadosamente, pero que, como él mismo sabe, solo leen sus ojos y los de su amigo. Al quedarse dormido y al dejar caer el puro en el suelo señaliza que, aquel sueño que siempre busca y cuida mucho más que una imagen, un indeterminado material, o un aspecto físico, no se irá a cumplir nunca. Aún así, el honrado hombrezuelo seguirá trabajando por un fin inalcanzable.
Su amigo Casper deja claro, por su actuación en pocas frases y cortas, que es un hombre sabio, encerrado en un mundo lujoso: barrio Salamanca; del que no quiere ser real partícipe, pero está obligado, por atadura de algo que el autor no deja claro.
Quién sabe, tal vez le dedique un relato propio.

Utopía I

Hacía mucho frío fuera. No exagero si digo que una enorme manta me envolvía, desde los pies hasta la cabeza, y que el único rincón donde verdaderamente seguía entrando frío era por donde se asomaban los brazos, cerca de las rodillas, para sujetar un libro que estaba leyendo atentamente. Llevaba semanas leyendo Walden, un libro de párrafos muy largos, liosos y complicados, por lo tanto los releía muy de vez en cuando, repitiendo palabras desconocidas, lejanas a mi vocabulario, buscando un significado coherente para ellas. Desde que Claire me recomendó las largas parrafadas de Thoreau mi vida cambió. Y fuera estaba, congelándome, helándome los sesos, innecesariamente, pudiendo entrar al interior del salón, que aguardaba el calor, que desprendía la chimenea, donde, en una silla de nogal descansaba Claire. Una fina puerta de pino me separaba del interior, de las melancolías de Coleman Hawkins; pero en mi terraza me encontraba a gusto, tal vez tiritando, a su vez contento de agarrar el libro que agarraba, de respirar y consumir el humo de mi puro. Tres días antes una anciana pasó a visitarnos por el refugio. Traía mandarinas, un gesto bastante curioso. Seguramente sabía algo sobre mí y sobre Claire, de donde veníamos y qué hacíamos perdidos por la Peña de Francia. Esas mandarinas posaban junto a mí. No llegué a comprender por qué, pero me inundó una extraña sensación de disconformidad. No sé si fue por el mero hecho de que esas mandarinas fueron el regalo de alguien a quien no conocía, de un gesto de falsedad cordial. Odiaba las falsedades, y esas mandarinas, tal vez unidas a mi creciente locura, me recordaban a ello. Decidí entrar a la cabaña y acurrucarme al calor de la chimenea, junto a Claire, dejar el libro a un lado por un rato y seguir fumando mi prestigioso puro al son de Coleman Hawkins. Ella despertó al oír el crujido de la puerta. Siguió haciéndose la dormida hasta que llegué a sentarme junto a ella. Abrió los ojos con esfuerzo, soltó un bostezo y se apartó el pelo de la cara.

—¿Qué te parece el libro? -Me decía con voz dulce, esoñecida.
—Me parece genial. A veces un poco utópico, pero bastante reflexivo.
—¿Utópico por qué? ¿No te parece auténtica armonía y serenidad vivir como lo hizo él?
—Quizá. Pero estar unido a la naturaleza no requiere permanecer virgen hasta morir. Una cosa es vivir sereno, otra sentirse sagrado.

Por supuesto que del libro se podían obtener muchas más conclusiones además de aquellas. El libro me había transformado de alguna manera, había cambiado mi forma de ver el mundo. En muchas otras cosas estaba en desacuerdo, como en un cierto egocentrismo, tal vez poco manifestado pero existente. En ese instante respiraba aire de puro, oyente de música jazz. Estas dos cosas eran ejemplo de que no sería capaz de vivir en la naturaleza salvaje, en Alaska, en Walden. Para mí, un ejemplo de que la comodidad es otra característica de la naturaleza humana. El jazz es como ir al bosque y abrir los ojos, escuchar atentamente o dormir allí mismo. Los puros son un milagro aún mayor, un símbolo de una libertad plena de elección, que aún así depende de los demás. Y hablando de comodidad, la cabaña tan solo respiraba cólera, paz y calor y humedad. Al llover las gotas caían contra el tejado y dejaban un ruido seco, que a la vez prolongado humedecía las paredes. La chimenea permanecía encendida casi todo el rato, y pegada a ella también Claire, que no se desprendía del calor ni aunque las nubes desaparecían del cielo. Estaba obsesa por Jean Paul Sartre y del existencialismo. No me extrañaba mucho la verdad, ya que ambos nacieron en París. Siempre que desarrollaba su punto de vista existencialista, el acento francés se engrandecía aún más, y el castellano palidecía.

Ya que yo no fui capaz de alejarme de España y Claire seguía con su obsesión de volver a Francia conmigo, hicimos un trato, y le sorprendí con un viaje a la Peña de Francia, simplemente por el nombre que llevaba. Primero se enfadó conmigo, más tarde llegamos y vio lo bonito que era. Nunca más me volvió a hablar de la verdadera Francia, muy lejana a Salamanca, ni de visitar a sus padres, Pierre y Marie, ni a su hermana Linda. En cambio comenzó a hablar mejor español, leyendo a Cortázar, García Márquez, o sentándose con los ancianos de Pinedas a charlar un rato. Comenzó a sonreír como nunca lo había hecho antes. Me convencía de ir a ver el anochecer en el río, y bajo los rayos dorados del sol tardío, la frescura del río Alagón y el viento suave con olor a pino, comenzaba a leer, en voz alta, poemas de Machado y Rubén Darío. ¿Qué fue lo que tanto le gustaba de estos dos? Quién sabe, puede incluso que influenciara en ella, al igual que con Sartre, que todos ellos estuvieron, al menos durante un tiempo, en Francia; además del talento, parnasianismo y del simbolismo en los dos primeros, por supuesto. Tal vez fue por comenzar a conocer dos culturas, cercanas pero a la vez distintas.

Coleman Hawkins seguía soñando al fondo. Se me acabó el puro y lo tiré a la chimenea. Fue entonces cuando de su boca volvieron a salir recuerdos franceses, y me di cuenta, en ese breve y silencioso momento, del por qué de su profunda melancolía durante las últimas semanas.

—Pierre solía escuchar jazz -Decía, y yo buscaba persuadir la situación.
—Mucha gente escucha jazz además de Pierre. -Afuera comenzaron a salir, bajo las montañas al fondo, nubes negras, de lluvia y tormenta. Tardaría poco en sonar el primer trueno. Todo podía escandalizarse muy rápido-. Pero mi jazz es aún mejor, más auténtico.
—No comiences a comparar. No me apetece.-Sonó el primer trueno, y la silueta del primer rayo se dibujó en el cielo oscuro-. Cierra la puerta, Luis, por favor, antes de que nos trague el oscuro -La puerta llevaba cerrada un rato. No dije nada, y le traje un vaso de vino blanco y un cigarrillo. Al parecer le leí la mente, ambos desaparecieron de un momento a otro. No dije nada más. Fuera el caos comenzó a desatarse, y nosotros, cubiertos, en nuestro refugio, nos adentramos en las sábanas blancas y las colchas blandas para desaparecer una larga noche de tormenta.

Cuando llegó la mañana siguiente Claire se levantó temprano, se sirvió una tostada, un café y un cigarrillo. Fue al baño con el cigarrillo encendido. Mientras el humo del cigarrillo se esparcía lentamente por el cuarto de baño, el frío comenzaba a entrar por una rendija de la ventana que daba al exterior. La tormenta había pasado, pero fuera seguía chispeando con suavidad. Una llovizna débil y fría. Tras terminar se dirigió a la habitación de las letras, como la llamaba yo, donde permanecían todos sus cuentos cortos, escritos antisociales y melódicas partituras de jazz que usaba yo para tocar el piano. Alguna rama caída había roto la ventana de la habitación y los trozos de cristal seguían repartidos por el suelo alfombrado; un suelo que antes pudo significar calidez, pero que ahora no era nada más que un trapo húmedo e insoportable. No le importó la ventana rota. Sin dudarlo dos veces salió a la terraza a por leña y encendió la chimenea. Dentro hacía un frío insoportable.

Cuando yo desperté me di cuenta de que me encontraba solo en la habitación. Un sentimiento extraño, diferente. Me levanté para colocar a Hawkins en el tocadisco y fui a ducharme. En el cuarto de baño todavía olía a cigarrillo, pero el restante humo desaparecía por una pequeña rendija de la ventana que daba al exterior. Fui a por un puro, lo encendí y lo dejé junto a la ducha. Mientras el agua caliente masajeaba mi espalda me estiraba, de vez en cuando para agarrar el puro, con mis manos mojadas, y dar una calada. Por alguna razón, cuando salí de la ducha, Hawkins dejó de sonar, y fue reemplazado por Brassens. Con el pelo mojado me dirigí a buscar a Claire. La cabaña no era muy grande, pero ella muy silenciosa, y de vez en cuando un poco extraña. Nadie contestó, tampoco cuando subí al cuarto de las letras y me la encontré sentada, frente al escritorio y a la ventana rota, leyendo las letras de Brassens. Por los huecos de la ventana caían leves gotas de lluvia que empapaban el suelo alfombrado. En esa misma habitación hacía más frío que en ninguna otra, pero a ella no parecía importarle. Me acerqué a ella, la rodeé con los brazos. Siguió sin contestar. Lo tomé como señal de dejarla en paz. Estaba leyendo L’Orage, La Tormenta, en castellano; canción que sonaba al fondo. Algo preocupado me di la vuelta en dirección a las escaleras y bajé a la cocina. Abajo me preparé el desayuno y, al terminar, me puse a leer Walden.

Pasaron dos horas y media. Claire bajó, algo despeinada y agotada, y fue a comprar pan al pueblo. Con un poco de esfuerzo ante mis ideales y mucho hambre cogí una de las mandarinas del cesto que había en la terraza y dejé a un lado el libro. Quise encenderme un cigarrillo pero no me quedaban. Sabía que en la habitación de las letras había una caja de cigarrillos, de Claire. Subí al cuarto. Había dos velas encendidas en cada esquina más oscura de la habitación, donde no llegaba la lluvia. La lluvia se había intensificado, cayendo con una furia sobrenatural sobre el suelo alfombrado, dejando en paz solamente al escritorio, que se encontraba en el centro, iluminado por la fría luz azul que entraba desde la ventana rota. En el segundo cajón solían estar los cigarrillos, pero cuando fui a cogerlos ya no estaban. En el escritorio permanecían escritos de Claire. En especial uno me llamó la atención. Claire solía escribir con tinta azul, pero aquel escrito estaba en tinta negra, bastante sucia y corrida. Tan sólo el título fue suficiente como para captar el contenido fuertemente crítico y cargado. Escrito al individuo libre y al colectivo esclavo. Comencé a leer, cuanto pude. Para leer mejor me acerqué a una de las velas que permanecían a la izquierda de la habitación.

Maldita sociedad; ¿Cómo lo haces? ¿Cómo haces que algo tan natural se convierta en inhumano? Vivir entre troncos de pino y sonidos naturales, búhos, cucos, o el ulular del viento. ¿Cómo haces para excluir a la razón, para humillar al sabio, para hipnotizar al diferente? ¿Crece en tu interior la ira del deseo, de querer crecer y de querer más, sin tener en cuenta ni al hombre ni a lo que le rodea? ¿De vivir en una pompa falsa que no tardará en explotar?

Dejé de leer. Suficiente como para saber que algo andaba mal.

El baile del desorden

“Una persona cree vivir en perfecta serenidad, y en un desorden solo comprensible por el autor mismo, hasta que llega un viento frío que conduce ese mismo desorden hacia uno mayor, incluso irreconocible por su autor»

Una fuerte sacudida de viento frío irrumpió, por la ventana, en la habitación del artista. Volaron hojas; folios en blanco, folios escritos. Todos ellos, en su mayoría sucios, sin el estricto cuidado de sus márgenes. Sin espacios libres, conformaba un asfixiante horror vacui; compuesto por suciedad y el relleno de garabatos, esquemas incomprensibles y una grafía que no merecía ser tan odiosamente fea. Solo los cuadros se mantuvieron en las paredes, mientras que a su alrededor, un caótico tornado, bailaba y agarraba todo aquello que encontraba por su paso. Si uno se metía en el papel del tornado debía ser maravilloso. Bailar un tango en el cuarto de su creador. Imagínese que su vida consiste en destrozar cosas, lugares, personas; nada mejor que el hogar de Javier.

¿Qué se le pasó por la cabeza a Javier cuando entró en la habitación? En primer lugar, unos nervios tremendos. Tras un breve razonamiento y la prudente reacción de cerrar la ventana, el frío ya no provenía del exterior sino del mismo interior de Javier, de su mente y de unos escalofríos consecuentes. Se sentó en el umbral del escritorio, sobre una recopilación de hojas mal ordenadas, o desordenadas, y se encendió un pitillo. De nuevo el calor inundó el cuerpo de Javier, a pesar de que su mente seguía igual de gélida y perdida que antes. No se le ocurrió otra cosa, así que comenzó a recoger algunos de los folios esparcidos por el suelo y agruparlos en pilas irregulares, mientras el cigarrillo seguía posado en sus secos labios. Pocos minutos después Javier hizo una pausa, soltó un hilillo de humo sucio por la nariz y se sentó sobre uno de esos pilares de hojas sueltas, con la mayor desesperación y locura posible. Ya harto de recoger partes sueltas de un puzle y cadenas perdidas, dejó chustado el cigarrillo en una grafía a bolígrafo de un paisaje castellano. ¡Y el sueño inundó la sala! ¿A dónde fue el vivo color de la habitación del pintor? Tal vez se voló por la ventana, pero de aquello ya no quedaba nada. Y, como si de un día a otro se hubiese pasado de verano a otoño, la niebla y un incoloro gris pintaron las paredes, los cuadros, los papeles, el escritorio, y la mente de Javier. Tal vez fue el humo del cigarrillo, que ya se enfriaba lentamente sobre los garabatos del artista, aquel que inundó de sueño y melancolía gris la habitación.

En una esquina, cerca de una escultura de mimbre y a la izquierda de la ventana, posaba una carta de sobre amarillo, entreabierto. La vio desde su rincón, y con gesto reflexivo se levantó a recogerla. Sujeta entre sus manos extrajo las letras de su sobre y comenzó a leer. La mantuvo sujeta débilmente, y pocos segundos después de terminar la dejó caer, separando las letras de su cáscara amarilla, y escondiéndolas por un desierto de papel. “Lucía», pronunció. “¿Quién es Lucía?».

Tanto humo en la habitación comenzó a resultar molesto. Javier se levantó a abrir la ventana y salió del cuarto dejando la puerta abierta. Un loco tango comenzó a bailar por la habitación. Una fuerte sacudida de viento frío irrumpió por la ventana en la habitación del artista. Volaron hojas; folios en blanco, folios escritos. Todos ellos, en su mayoría, sucios.

Con un brillo de libertad

Joaquín, apoyado contra el muro y con una pierna flexionada se fumaba un grandioso puro. Yo no. Sentada en frente suya, en una de las rocas de granito, mantenía la vista perdida en el campo, donde un pequeño surco, sin flores ni hierba alguna, y rodeado de pequeñas piedras curvas marcaba mi lugar de interés. Cualquiera pensaría que es una chorrada visitar a un pobre gato cada domingo por la tarde, pero aquel gato significaba mucho, tanto para mí como para los dos.

—Alicia, ¿me escuchas? -Regresé a la realidad. ¡Qué decepcionante realidad! Y que pocas ganas de volver. Joaquín me hablaba a mí, pero mantenía la vista perdida en el campo-. ¿Me oyes?
—¿Qué pasa? Yo no tengo tus cerillas.
—No Alicia, que ya he acabado, si quieres nos vamos. -Chustó el puro en el viejo muro decaído, donde estaba apoyado. Ya había metido las manos en los bolsillos de su chaqueta, listo para irse. Siempre lo hacía, no porque desconociese qué hacer con sus manos, sino por someterme a su prisa, estrés, o como se quiera llamar. Una suave forma de enmarcar que estaba listo.
—Espérate un momento. -Crucé el campito corriendo y dejé las flores en el único rincón sin hierba. Me di la vuelta y nos fuimos. Cruzamos aquello que antiguamente podría ser una casa tradicional, pero que con el paso de los años quedó en irreconocibles ruinas. Llegamos al camino. Sus botas marrones chocaban en pasos violentos contra el barro. Había llovido esa semana, y el campo mantenía un color magnético, atractivo, casi sagrado. No mentiría si dijese que no recuerdo precisamente de lo que hablamos. Solo sé que repetía muchas veces temas de cantautores franceses. Incluso me cantó alguna cancioncilla de Brassens, ¡ya me sorprendió que le gustara aquello! Resultaba demasiado inculto como para escuchar música francesa, pero tampoco se lo dije, sino me quedé mirándole, fascinada con lo que me contaba, y sobre las muchas cosas que sabía, de un momento a otro, sobre distintas fiestas en pueblos de la zona de La Provence, La Bretaña y más zonas que yo desconocía. Pero, gracias a los libros de Cortázar, que ya me habían dado suficientes clases sobre la sociedad y la cultura francesa, yo sabía lo que prefería de Francia, sin lugar a dudas; París, una ciudad hermosa, que sólo con la lectura descriptiva, en los libros de Cortázar, de sus calles, bares, tiendas, hogares y barrios me dejaba con la plena convicción de que les beaux arts siguen existiendo. Llegó un momento que la conversación perdió su camino.

“Fumar es cagar», me decía, y esto es lo último que recuerdo oírle decir antes de entrar a la casa; “es como cagar donde y cuando quieras, las veces que quieras. Es la puta libertad, un puro indeterminismo, la libertad existencialista». La verdad es que a veces se le iba la pinza.

Cruzamos el poco camino que quedaba y llegamos al muro de piedra que protegía el jardín. Entramos al frío del hogar, yo para respirar un poco de tranquilidad, mientras él salía a la terraza para respirar un poco de sucia libertad en forma de humo. Desde la terraza se veía casi toda Las Hurdes, o aquella que nosotros conocíamos mejor. Decidí salir a la terraza y charlamos un rato. Fuera hacía notablemente más calor que dentro, pero las nubes de tormenta ya se acercaban a lo lejos.

—¿No te entra curiosidad en conocer mundo? -Me decía él, y yo le respondía con voz sincera.
—No me hace falta. Leer es viajar, ¿sabes?
—No me refiero a eso -Su puro ya llegaba a la mitad. Sólo el nerviosismo le hacía fumar más rápido, ya lo conocía de ocasiones anteriores-. Me refiero a conocer gente, cultura y eso. No me hace falta leer, es lo de menos. – Bajo la presión de la incomodidad del asunto, decidí cambiarlo disimuladamente, tras un breve silencio, en el que él seguía fumando y mirando la sierra.
—A propósito, me ha dicho Marisa que esta semana viene su primo, el alemán, podríamos invitarles a cenar, así conoces a gente diferente. -Cambié de tema drásticamente, y él se dio cuenta. Permaneció en silencio, fumando.
—No trato de convencerte de nada. Solo lo diré de una vez por todas. -Quitó la vista de la Sierra y se centró en mí-. En Francia dicen que la miel de la vida reside en el camino. ¿Y qué dulzura tendrá caminar siempre por las mismas sendas? -Dejó el puro en el cenicero- ¿Acaso tendrá alguna?
—Puede que no. Pero no es sólo uno el camino de la felicidad, sino varios. ¿No es así?
—Serán dos en todo caso. El camino del nómada y aquel del sedentario.

De nuevo se perdió con la vista por la sierra. Más tarde entraríamos los dos y seguiríamos charlando. Por supuesto que esos dos segundos de la charla anterior quedaron en mi mente para toda la noche. Al anochecer llegó la tormenta, y con ella el calor de las sábanas, que nos recogieron en ríos de sudor. Y a la mañana siguiente solo un cuerpo permanecía en la habitación. ¿Que si me lo esperaba? Seguramente, no tengo por qué mentirles.

El trece de noviembre de ese mismo año dejó el trabajo y se fue a algún lugar de Francia. Dijo, en una carta que dejó posada en la cocina, que volvería cuando se hubiese hartado de Baguettes; una forma delicada de decir “volveré cuando me dé la gana», o algo parecido. Pero nunca volvió. No le llamé, ni tampoco tuvo que explicarme el motivo de su partida repetidamente, pero sí que lo hubiese deseado; tantas veces, hasta que las lágrimas desaparecieran de mis mejillas, y con ellas, Joaquín, a hablar francés, a algún bar típico, escondido, entre callejuelas, si posible con música de Brassens en directo. Dios, no le pegaba nada. ¿Conocen Amelie? Me lo imagino con la música de fondo vagando por París, resolviendo misterios extraños. Me lo imagino en la ópera. Madre mía, esa ciudad hace a cualquiera un poquitín más culto.

Un dictador temporal

—Dicen que la suerte se encuentra en el camino que escoja tu destino, yo diría que no, que la suerte no está en un destino, sino en un orden de sucesos interminables, insufribles hasta cierto punto, ¿me entiendes? -Javier cogió un zippo, que llevaba siempre a mano, y se encendió el cigarrillo. Levantó el cenicero y se lo puso en el regazo-. Nadie te dice el camino que debes escoger. Eso me asfixia, de verdad, me asfixia la mente, me deprime. Lucía, tú sabes mejor que nadie lo inútil que soy, y más aún lo inútil que me siento.
—La verdad es que llevas unos días con un nerviosismo inaguantable -Ella intentó cambiar de tema. El término suerte llevaba en el vocabulario de Javier desde hace unos meses interminables-.  Y ahora, ¿me dejas un cigarrillo? Dios, llevo semanas sin darle un calo.
—No seas impaciente -Cogió el cenicero y lo dejó en el suelo para levantarse a por los cigarrillos que posaban en una especie de altar de mármol, en frente de la puerta de que daba al exterior, rodeado de espejos, fotos antiguas y discos de los Rolling Stones- Tampoco es que quiera dártelo, es inútil en realidad, estás muy bien sin fumar. No quiero guiarte por la mala suerte de un fumador, cómo yo -Permaneció en silencio.
—Si morirás pronto, pues será porque escogiste mal tu camino -Javier se paró, delante del altar. Debió de elegir mejor el orden de palabras y la forma de pronunciación. El tono sarcástico y desinteresado no fue el más apropiado, ni mucho menos. Solo obtuvo la respuesta imaginable, y Javier se dio la vuelta, agitado.
—¿Verdad que es así? ¡Llevo diciéndolo durante días!
—Y mira que lo sé yo. Vamos Javier, ya basta de estupideces y dame el maldito cigarrillo, que lo llevo pidiendo desde hace un buen rato.
—No, espera -Dijo, y le dio una larga calada a su cigarrillo, que llegaba, lentamente, a su fin-. ¿Pero no será que tu camino, distinto al mío, está guiado por Dios? ¿No será, tal vez que yo no tenga ni si quiera a un Dios que me aguante y que me escuche? Mira, si el destino no quiere que fumes, puede que yo no tenga que cambiarlo
Sentada en su sillón, Lucía se pasó las dos manos por la frente y se sacudió el pelo, cansada.
—Estoy harta de escuchar siempre lo mismo. Si quieres que te diga la verdad, no me creo las estupideces de dios, y del camino y todas esas absurdas afirmaciones tuyas que han estado brotando de tu mente en los últimos días. Yo, sinceramente, me mantengo al margen, y eso es lo que llevo haciendo desde que empecé a escucharte, pero no lo aguanto más. Ahora mismo, mi dios es un cigarrillo, al que sería capaz de rezar continuamente como no me lo des. Quiero que ese maldito cigarro se consuma entre mis dientes, lentamente, mientras tu mente sigue dando vueltas y consumiéndose, al mismo tiempo, lento, insufrible. Estoy cansada, por dios, déjame en paz.
—Ya te llegará la paz, Lucía. Tu paz no reside en un cigarrillo, créeme. Yo empecé igual, creyendo que mi único dios era yo, pero, ¿de verdad crees que unos malditos niñatos postadolescentes son capaces de ser su propio dios? ¡Ni de coña! ¡No! ¡Somos unos creídos, inmaduros, catastróficos al momento de elegir! Ni tú, ni nadie es Dios. Ni sé si existe, en serio. Sólo sé que necesito uno, que me escuche y me conteste, no como tú, joder -Javier se dejó caer al suelo alfombrado, apoyando sus espaldas contra el radiador, que emitía un calor luminiscente. El calor logró calmar, al menos un poco, al joven, que siguió hablando en un tono más tranquilo, pero aún así cargado de angustia – Y mira que te lo digo, que ni yo mismo me aguanto. Lo siento, de verdad, no sé qué me pasa últimamente, simplemente necesito a alguien que me ordene la vida, un dictador temporal, y ya está – Se quitó el sudor de la frente y dejó la mano allí, mientras buscaba algo en el suelo, y cuando lo vio, lo recogió. Con el zippo ya entre sus manos encendió de nuevo el cigarrillo, al que quedaban ya los últimos calos de su corta vida, pero aún así lo quiso terminar, ansiosamente.
Lucía ya ni quería escucharle. En las últimas horas la visión de un futuro junto a Javier se había esfumado completamente, y junto a ella las ganas de seguir allí, en el salón, apoyada contra el sillón de terciopelo, al que acariciaba lentamente, sutilmente, como forma de evasión. Levantó la cabeza y miró de nuevo a Javier, que, por no ser del calor del radiador, pudo estar llorando. No era de esas personas capaces de cambiar lágrimas por sonrisas, cómo otra gente, nacida para esa buena causa. En vez de levantarse e ir con Javier, fue directamente al altar de los Rolling, a sacar un cigarrillo de su caja, y en ese mismo momento, Javier, levantó la cabeza, con una mezcla de furia y tristeza.
—¿Qué te crees que haces, acaso te he dado permiso, o es que dios te ha dado señas, eh, niña? -Asustada y perpleja dejó de hacer lo que estaba haciendo
—¿Cómo?
—Buah… No sé, es que tampoco te entiendo, dices que no fumas pero después vas recaneando por ahí, cogiendo de gente que -Se paró y siguió hablando- Dios, ¿Acaso no ves que estoy a punto de llorar? -Lentamente se levantó.
—Ah, es que, no se… -Interrumpió.
—¿Qué no sabes? -Ya levantado del todo le quitó la caja de cigarrillos de las manos, con un movimiento agitado-. ¿No sabes comprar tabaco? ¿No sabes ayudar, hablar, discutir? Maldita sea, eres incluso más inútil que yo.
—No es así… Madre mía, nunca te he visto así, de ésa manera. Quién lo hubiera dicho…
—Pues lo digo yo, chica.
—Déjame en paz.
—¡No! ¿Ves? Ya lo estás diciendo otra vez. La paz ya te llegará, no soy tu puto dios, ni tú la tuya propia, como para regalarte la paz, o no quitártela -Bruscamente cogió a Lucía de los hombros, y la sacudió, suavemente-. Lucía, ¿Tú crees que estoy loco, verdad? -Lucía no quiso contestar. En el breve silencio que tuvo para pensar y construir sus palabras, visionar su futuro y recoger su pasado, quedó callada. Nada más, no contestó. Perpleja ante la situación, y ante el dilema entre verdad o mentira, prefirió la abstención, que resultó ser fatal-. Ya está. ¿Tu crees que estoy loco? ¿Mi hogar es un manicomio? -Siguió sin contestar, y en el rostro de Javier comenzaron a deslizarse diminutas lágrimas, y en plena desesperación comenzó a llorar-. Lucía, si crees que estoy loco pero no quieres contestar, sal de mi casa -Y en las mejillas de Lucía comenzaron a deslizarse también pequeñas lágrimas, y a tambalearse los labios, y a entrecerrarse los ojos con una visión difuminada del rostro de su novio. Javier volvió a insistir- Por favor, no quiero que me mientas, o que te quedes conmigo por compasión. Si no quieres estar con un loco, sal, te lo ordeno -Y Lucía se separó de él, y comenzó a caminar por el salón, cogió el abrigo que posaba al rededor del sillón mientras lloraba silenciosamente. Pasó por el pasillo, llegó hasta la puerta y se dio la vuelta. Miró a Javier que estaba de espaldas, ante el altar, metiéndose un cigarrillo entre los labios, levantando el zippo y dando leves caladas de aire sucio. Lucía abrió la puerta. Una pared de aire frío inundó el hogar. Ella, sin más, salió al jardín, y cerró la puerta. Sonó a portazo, pero solo fue el aire. Ella no quiso que sonara a portazo, pero ya no pudo retroceder y disculparse. Siguió caminando, y cuando llegó a la puerta del jardín pensó en lo que acababa de pasar. “Será lo mejor, Javier ya se recuperará» Pensó, y cuando salió a la calle, unas inmensas ganas de fumar invadieron su cuerpo, nada más, ya no había angustia, tristeza, soledad. Simplemente unas tremendas ganas de fumar.

Relatos de Baviera

Murió en algún lugar una historia. Tal vez se perdió tras demasiadas palabras, o tal vez se esconda tras vistas exageradas, esbeltas por un mármol suave, intrascendente, desenfocado.
Se enfoca a otro lugar, listo para un largo viaje hacia donde el ser no pisó en su vida, para excavar un surco entre arcilla húmeda y dejar su marca, figurada por las curvas de un pie, aún joven, por siempre.
***

Fuera llovía. No lo hacía a cántaros, pero si chispeaba, lo suficiente como para empaparse y no darse cuenta. A lo lejos, extensa por un infinito pliegue de colinas se hacía visible una tormenta aún joven, así como solía ocurrir siempre durante esta época del año. En el corto trayecto que Moritz, un joven de diecisiete años hizo desde el establo hasta la cocina de la abuela, su pelo se había mojado, y golpeaba en forma de gotas diminutas contra la mesa de roble y sobre el suelo baldosado. Antes de cenar se duchó y se cambió de ropa, que mezclaba el olor a establo con el de la humedad de la lluvia. El trabajo estaba siendo duro. Tenían miedo de que el trigo y la paja se mojase, y no querían arriesgarse a transportarlo hasta el almacén, que tenían a unos quince kilómetros. Nada era sencillo; el camino de tierra estaba encharcado, con unos charcos de gran profundidad, que dificultaban el trayecto. Tenían miedo a volcar el tractor en cualquier punto del camino. Podían perder allí toda la cosecha de las últimas semanas. Estaba claro que si no la movían corrían un menor riesgo, pero aún así, había goteras por todo el techo del establo. A todo esto se unía el profundo y silencioso miedo a un derrumbe. Las construcciones eran débiles e improvisadas. Moritz salió de la ducha y entró frustrado a la cocina, dio un beso a la abuela, que estaba preparando su comida preferida, y se sentó en la mesa para hablar con el abuelo. La conversación sería la misma de siempre. Hablaron de las granjas vecinas y de los nuevos avances tecnológicos, es decir, los nuevos modelos de tractores y métodos de cosecha, e incluso discutieron vender, o no, el trigo antes de que se mojara, o directamente, construir un nuevo almacén justo al lado del establo. Toda idea del ingenioso Moritz fue denegada por su abuelo y su actitud conservadora, que no cambiaría nunca. Fuera la tormenta se hacía cada vez más visible. Aún así, Moritz dejó de preocuparse por el mantenimiento de la granja —cosa que solo ocurría los sábados, y de la que se estaba hartando—, y cenó tranquilamente, charlando con la abuela. El abuelo nunca hablaba durante las cenas. Tradicionalmente no se podía hablar mientras se comía, cosa que su padre ya le había enseñado, y el padre de su padre, y así fue, de generación en generación. Esta tradición tampoco cambió cuando el abuelo heredó la granja. “El abuelo nunca cambia» era el tema que siempre generaba discusión entre Moritz y su padre. Moritz defendía al abuelo. Antes no era tan callado. Cuando la abuela le conoció era un charlatán sin cuidado y los entretenía a todos. Pero la tranquilidad llega cuando la muerte se acerca, y al abuelo le afectó mucho la muerte de Manfred, su mejor amigo.

Baviera es un lugar precioso, y el pueblo, alejado a unos cincuenta kilómetros de Múnich, se encuentra rodeado de colinas y pequeños bosques que tapan, humildemente, según el tiempo que haga, la gran pared de los Alpes al fondo. El punto más alto, el pico Zugspitze, es solo visible cuando no llueve, algo que suele ocurrir poco. Aquel verano no llovió tanto y los paisajes fueron espléndidos. Todo bávaro ama al sol, incluso más que a sus vacas, o eso dicen, pero Moritz no era de esos. Él ama lo que más tiene, y en este caso era la tormenta, y Sophie. Y la tormenta, durante la cena de aquella noche, se acercaba cada vez más. Llegaron las primeras fuertes sacudidas de viento, y la lluvia se radicalizó. Moritz miraba por la ventana al manzano que se encontraba, tambaleándose, delante de la casa de los abuelos.
Tras un breve instante desaparecido se giró de nuevo, hacia la silenciosa mesa, para comer un poco de su spätzle.
—¿Y tus padres qué comen hoy, hijo? -Moritz levantó la cabeza y miró a su abuela.
—Pues creo que pasta – El abuelo soltó un suspiro-. ¿Que ocurre abuelo? ¿Algo en contra de la pasta? -. El abuelo no contestó. Seguramente se quejaba de que estuvieran comiendo algo de origen “no bávaro». Deben saber que en las granjas de esta zona de Alemania la mayoría de los ancianos suelen ser bastante tradicionales.
—Joseph, contesta -Dijo la abuela en tono gruñón, bastante harta de la actitud de su esposo, pero la mesa permaneció en silencio por un momento, hasta que Moritz relamió su plato, como si de una vaca se tratase, dio las gracias a la abuela por la comida, dejó el plato junto al lavaplatos y se dirigió a la puerta de la cocina.
—Bueno, me voy. ¿Y tu que haces hoy, abuelo? -La abuela echó una mirada al abuelo, y volvió a mirar a Moritz, que esperaba respuesta -Nada, me lo imaginaba. Pues ya que no me preguntas, hoy voy a coger tu vieja moto para recoger a Sophie; si no te importa, claro -. Como un rayo el abuelo levantó la cabeza, con la intención de soltar un grito, o queja, pero su tradición le obligó a quedarse en silencio. Al abuelo le quedaba aún la mitad del plato por terminar, y hasta que no se lo comiese no podía hablar. Moritz aprovechó el momento para salir, con paso travieso y agitado, atravesando el pasillo del salón hasta el perchero, de donde cogió una chupa de cuero, se puso las botas, se echó la capucha sobre la cabeza y salió de casa. Al pasar por la ventana del comedor pudo ver a la abuela, que le miraba, sonriendo, y por otro lado al abuelo comiendo, como si del último plato de spätzle se tratase en lo que le quedaba de vida. Antes de llegar al garaje pasó por la casa de sus padres, corriendo, y cruzó el comedor donde Stephan y Mareen estaban comiendo pasta. Subió las escaleras hasta llegar a su habitación, y de un cajón sacó una caja de Weißbier. Con la caja de cerveza sujeta, en ambas manos, bajó las escaleras y salió por la puerta trasera, sin despedirse de sus padres. Finalmente llegó al garaje. Al fondo, detrás de montones de bicicletas, cañas de pescar, herramientas de carpintería y multitud de trastos viejos e inútiles de todas las generaciones anteriores posaba, contra la pared, la vieja zündapp naranja. Dejó las botellas en el suelo y apartó todos los trastos de su camino, hasta llegar a la moto, que cogió con nerviosismo y condujo a pie hasta la puerta del garaje. Había prisas, el tiempo corría. Le quedaba justo lo que tardase su abuelo en terminar de cenar y salir “corriendo» para atraparle. -Vamos, aligerando…- Se dijo Moritz a sí mismo mientras ponía la caja de cervezas en la parte trasera de la moto. Aquello pesaba como la hostia. La moto comenzó a tambalearse. Salió definitivamente a la calle, subido, pero sin haberla arrancado. Bajo la lluvia, que en los últimos momentos estaba empeorando considerablemente, se puso el viejo casco de su abuelo. Apenas se podía apreciar la casa donde estaban cenando sus abuelos, pero con un poco de atención Moritz pudo ver la puerta principal abrirse, y de ella a un anciano descalzo salir “corriendo» y gritando. Moritz se dio toda la prisa que pudo, pero la moto no arrancaba. Tan siquiera hacía el amago de estar arrancando. El abuelo se encontraba a pocos pasos de la victoria, pero, por milagro del joven, la vieja zündapp naranja arrancó, y Moritz desapareció por entre la niebla y la creciente tormenta.
—¡Gamberro! ¡Inútil! -Se podía oír al fondo-. ¡Ya verás cuando te atrape! – Pero Moritz se alejó.

El pueblo; si se puede llamar así, consistía en tres casas: la de los abuelos, la de los padres y la de la hermana de Moritz. Las tres casas las cruzó a toda velocidad con su zündapp. La lluvia chocaba contra la visera de su casco negro y el frío congelaba sus manos desnudas. Mientras conducía revisó si llevaba su caja de tabaco y la caja de cerillas. Por supuesto que las tenía, siempre las llevaba en el bolsillo interior de su chupa de cuero. Le encantaba esa chupa, incluso le daba pena que se mojara. Tal vez sea la única vestimenta que de verdad le importaba. Moritz solía pasar de modas, y de ropa. Si pudiese, lo haría todo desnudo, como si de woodstock se tratase, pero la tradición y la cultura bávara exigían unas normas de vestimenta claras, exigentes, rígidas, firmes. Moritz discrepaba de todo tipo de normas, y lo mismo hacía con la vestimenta.

Llevaba la moto a cuarenta por hora, el máximo. Cruzó por Kronau, el pueblo vecino, y llegó hasta Aßling, donde vivía Sophie. —¡Ay Sophie!— No pudo hacer otra cosa que pensar en ella mientras conducía la vieja zündapp. —¡Ay Sophie! Italia será perfecto para nosotros—. Llegó hasta la puerta y llamó al timbre. La madre abrió la puerta, y cuándo lo hizo miró con ojo crítico al joven que tenía ante sus ojos.
—Así que tú eres Moritz.
—Así es -Dijo mirando el suelo, no tímidamente, sino más bien cool, con rebeldía.
—Pasa, pasa, que te estarás congelando -Y así era. La tormenta ya había llegado a Aßling.
—No, tranquila, la espero aquí.

A veces, a Moritz le daban ataques de rebeldía como esos, que controlaba su subconsciente. Como reacciones que se meten en la cabeza y no salen, como melodías revolucionarias, como la marsellesa, por ejemplo. Sin saber por qué, Moritz pensó en el bolsillo interior de su chupa de cuero mientras hablaba con la madre de Sophie, que seguía observando atentamente a lo que el joven hacía. Basado en ese pensamiento metió la mano en el bolsillo y sacó la caja de cigarrillos. La madre de Sophie seguía mirando, asombrada. Cuando se encendió el cigarro, un rostro joven, de tez blanca y cabello rubio natural, se asomó por detrás de la madre y vio, con cara de locura lo que Moritz estaba haciendo. La madre giró la cabeza y miró a su hija.
—No sabía que tu novio fuma -Lo dijo ciertamente asustada, y en esa expresión, en ese momento fue cuando Moritz se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y despertó. La madre de Sophie volvió la cabeza y le miró. Moritz intentó escapar, o disimular, verbalmente.
—Ah bueno, pero mis padres lo saben, del todo, y están totalmente de acuerdo. Incluso ellos fumaban a mi edad, o quizá antes, incluso -La madre echó una mirada despectiva a la moto que estaba aparcada en frente de su casa, y miró de nuevo a Moritz, que sonreía falsamente. Sin decir nada más, se dio la vuelta, con una expresión demacrada, y entró al salón de su casa. Cuando Sophie y Moritz se subieron a la moto, sin apenas despedirse de sus padres, mantuvieron una breve discusión.
—¿Cómo se te ocurre? – Decía ella.
—Y qué más da.
—Mucho. Da mucho. ¿Es mi madre vale? Tienes diecisiete años, y yo dieciséis, no somos los amos del mundo -La moto arrancó.
—¿No lo somos? Lo seremos -Sophie sonrió-. Permanecieron en silencio mientras la lluvia caía en forma de caos contra los cascos de los dos jóvenes. Ella lo agarró por la cintura, mientras él conducía tranquilamente, y apoyó la cabeza sobre sus hombros. Luego, Sophie giró la cabeza y miró la parte trasera de la moto.
—¿Y qué llevas atrás? -Al girarse todo el peso fue a un lado. Sobre la carretera mojada y resbaladiza la moto comenzó a dar seseos. Por poco volcaron, pero todo se equilibró y siguió con su normal trayecto. Moritz no dijo nada, y tampoco regañó a Sophie. Simplemente respondió lo que le habían preguntado.
—¿Atrás? Cerveza
Y ella no se pudo contener y comenzó a reír.
—¿Cerveza? -Moritz no contestó dejando clara la respuesta- ¿Me estás diciendo que, nuestro futuro, todo nuestro futuro, se basa en una caja de cerveza, es decir, que la cerveza es nuestro comienzo? -Dijo ella, atónita, mientras Moritz seguía sin contestar, como al estilo de su abuelo-. Tienes suerte de que me encante la cerveza porque, si no, me bajaría de la moto en seguida -Moritz soltó una leve carcajada y continuó sonriendo, lanzando un mensaje de tranquilidad. Sophie volvió a hablar:
—Bueno, ¿Y a dónde vamos?
—No se, ¿Te gusta la pasta?
—Me encanta.
—Pues vamos a Italia.

En el momento en el que Moritz pronunció estas palabras pensó en lo que echaría de menos. Pensó en la tormenta, en los Alpes, en los bosques, en la cerveza, y cuando siguió pensando recordó a su abuela, sonriendo desde la ventana del comedor, y un repentino sentimiento de tristeza le ahogó los pulmones. Y si no hubiera sido por Sophie -¡Ay, Sophie!- Moritz hubiese dado la vuelta.