La pequeña y humilde iglesia de Michael

La plaza de Saint George se encontraba directamente en frente del local de Michael. A él acudían multitudes. Tampoco se le podría llamar un local grande, ni mucho menos agradable, pero si  tenía algo especial. Era un lugar peculiar. Los cristales imitaban a las de una vieja y humilde iglesia, que coloridas brillaban a todos lados, tanto que al entrar por la puerta, abriéndose en un arco de media punta por entre las paredes, deslumbraban a los visitantes, convenciéndoles a quedarse.  “Michaels Saint George Church» se llamaba su rincón, y a él no acudían curas, ni monjas, ni sacerdotes, ni demás, sino rockeros, vagabundos y vándalos; todos ellos muy majos, alejados de las peleas entre ellos, pacifistas en los bares a los que acudían, y evadidos en sus cervezas. Nunca había problemas en la iglesia de Michael, de vez en cuando discusiones, pero siempre dentro de lo normal.

Todos los días, Michael suministraba periódicos, y por muy extraño que pareciese aquello, los vándalos se paraban a leerlas. —“Los vándalos hemos evolucionado»—Decían entre carcajadas—“La situación se ha vuelto demasiado sería como para pelear sin informarse. Antes solo buscábamos enzarzarnos, tal vez con pocos motivos, y siempre intentábamos meternos en peleas ante cualquier mínimo problema. Ahora hay tantos que ya no sabes ni por lo que te estás peleándo, o quemando un coche, o contenedor, o tirando piedras, o botellas… Por eso leemos, para fijarnos en un asunto de entre tantos muchos que hay presentes, y pelear por ello de una determinada manera.»

A Michael le hacía mucha gracia todo aquello, sobre todo cuando comenzaban a leer, y al fondo cambiaba la música, es decir, pasaba a una más tranquila, y todos ellos, con sus chupas de cuero, sus colgantes, sus gorras y sus lemas comunes, comenzaban a hablar tranquilamente con jazz de fondo.

Había días en los que decidía sentarse en un sillón y relajarse, beberse una cerveza, y escuchar las conversaciones de los vándalos, rockeros y vagabundos, tranquilamente. Era increíble ver como hablaban, tan educados y enterados, sobre temas como el aborto, la educación y demás.

Los vagabundos comenzaban a decir, que por fin no serían minoría, y a ellos se uniría un número elevado del mismo carácter social. Los vándalos estaban de acuerdo, decían que por fin podía haber manifestaciones o levantamientos que servirían para algo. Los rockeros se mantenían alejados. Por muy salvajes que parecían, no querían revoluciones, preferían volverse locos bebiendo litronas, agitando sus cabezas, gritando y bailando. “Nosotros somos apolíticos, nos la suda el gobierno y sus paridas. No creemos ni en Dios ni en Rajoy, creemos en los Rolling y en la cerveza que nos trae Michael.— Michael les miraba y reía con ellos. — Los Rolling y la cerveza son nuestros verdaderos dioses.»

—¡Imbéciles! ¡Sinvergüenzas!-Decían los vándalos.- ¡Sois una panda de desinteresados! ¡Con vuestra filosofía nos iríamos al carajo!- Y mientras tanto, se pasaban el canuto los unos a los otros.
—Vamos troncos, relajaos. No olvidéis quien es el verdadero enemigo. Si en realidad, todos somos conscientes de a quien odiamos.

Y allí estaban, bebiendo de sus litronas, leyendo periódicos y discutiendo sobre política. Y Michael disfrutando del espectáculo. Anda que podía reírse de aquello siempre que comenzaban a discutir, y gritar, y gruñir, mientras se pasaban el porro de mano a mano, con cara de frustración y seriedad, mientras Michael cambiaba la música de fondo a jazz, o tango, o folclore, y ellos no se daban ni cuenta; estaban tan ensimismados y tan interesados, que se les podría llamar políticos de barrio, o algo así. Solo faltaba que se durmiesen todos juntos, los unos con los otros, apoyando sus cabezas a los hombros del de al lado, bebiendo leche caliente y acomodándose en sus mantas de algodón. Todos ellos querían ser listos, intelectuales, cuando aún eran novatos en todo aquello —Unos políticos bebés—, y quien sabe, tal vez lo sean más que aquellos que verdaderamente mandan en este país.

Todos los miércoles llegaba la revista “el jueves», y a ella acudían todas las pandillas del barrio, se peleaban por su dosis semanal más fuerte, y huían del bar, corriendo unos detrás de los otros y gritando críticas sobre los ladrones a los que perseguían. —Los miércoles son como navidad. Cuando llegan y Michael trae “el jueves», es cómo volver a casa de mamá y papá, el día de Navidad, y mirar debajo del árbol. Es genial. — Decían los vagabundos, muchos de ellos desahuciados de sus antiguas casas, o simplemente recientes desempleados.

La hermana de Michael, Susanne, se dedicaba a los gráficos mensuales sobre la situación del bar y de la gente que acudía a él.
—Los vagabundos son el grupo de mayor crecimiento real en la actual participación con nuestro bar. Sobre todo desahuciados, que crecieron un cuatro por ciento en las últimas tres semanas. Los rockeros se mantienen estables. Los vándalos están evolucionando, por lo que no podemos mantener estadísticas estables, pero si fueran todos ellos un grupo, todavía estarían creciendo un cero coma tres por ciento por semana, es decir, una cifra bastante estable, pero a su vez positiva.
—¿Y si se estuvieran separando? – Preguntaban interesados.
—Son solo porcentajes, pero si fuera de verdad la separación en el grupo vándalo, estarían bajando los participantes en un tres por ciento al mes. — Todos acabaron sorprendidos. Y de verdad fue así, que el grupo vándalo se estaba dividiendo. Muchos de ellos pasaban o al grupo ocupa, al grupo vagabundo, o al grupo comunista. Estaban apareciendo grandes minorías, desinteresadas en una coalición, que acabarían por desaparecer entre las grandes potencias predominantes.

—Pero no olvidemos quien es nuestro verdadero enemigo.- Se decían los unos a los otros.- Todos tenemos uno, lo tenemos claro. Uno muy grande, tan grande como su estupidez. – Todos reían, y acababan animándose- ¡Larga vida a Michael! – Gritaban todos juntos. – ¡Larga vida a su iglesia! ¡Y larga vida a su cerveza!

Y así acababan todos los días en la pequeña iglesia de Michael. Todos gritaban desde que los cristales coloridos pasaban a la oscuridad, hasta que, a la mañana siguiente, volvían a brillar con fuerza, e iluminaban aquel triste rincón, tan lleno de creatividad y resistencia, para mantener vivo al barrio entero, por siempre.

El artista de barrio.

Se dirigió hacia la salida del parque, llevaba su guitarra en una mano, el sombrero de paja en la otra, y las llaves por el cuello. Iba silbando, melodías de verano, canciones folk (a horse with no name) y sonidos propios que tenía en mente. Llegó hasta la puerta, puso el sombrero de paja en el suelo, sacó la guitarra de su funda, tumbó la funda en el suelo, se sentó en las escaleras de la entrada, justo debajo de la estatua de algún héroe medieval, y comenzó a improvisar en la guitarra. Faltaba una paja para masticarla con estilo, así que dejó de tocar, arrancó un hilito de su sombrero, se lo puso entre los labios y comenzó de nuevo. La menor, re menor, mi menor, sol, un ritmo suave, abajo, abajo, dos veces arriba, abajo, arriba, repetía el mismo esquema, añadiendo arreglos, punteos, silbidos, murmullos. “Salí del parque a tocar la guitarra, estatua medieval me tapa la cara, un ritmo sencillo su atención acapara, ojalá tocara como dios manda. La, la lalalala… » la gente que pasaba miraba a través de su rostro como si no existiera, como aire, o como vagabundo. Calló, soltó la mano de sus acordes, permaneció en silencio. Él mismo sabía que no era algo profundo, algo simple y vulgar, así que buscó algo nuevo. La, la, la, la, mi, mi, mi, re. “No hay dios para tanto paleto suelto, no hay sobre para tanto corrupto absuelto, no hay pan para tanto chorizo. Come más chorizo o acabaremos muertos. Dímelo tú… «. Una nueva melodía y un par de silbidos hicieron que más gente mirara. El tema interesaba a algunos de los paseantes, pero la mayoría seguía desinteresada. “Dímelo tú… » Re, arreglos en la cuerda aguda de mi. “O nadie lo dirá» La canción acabó.

El artista terminó su día con 20 euros, la mayoría monedas de 20, 50 y 1 Euro. Desde que comenzó la crisis su negocio fue a mejor. Parece ser que la gente toma verdaderamente en serio a los necesitados cuando aparece el término crisis, como si antes no hubiera existido. 20 euros, le valía para comer algo caliente, comprar un bolígrafo o rotulador para la pancarta que iba hacer, y para ahorrar un poco por si le iba mal al día siguiente.

Durmió a la salida del parque, a los pies de algún caballero medieval, en unas escaleras, apoyado y tapado por una caja de cartón, la cual usaría para la pancarta del día siguiente. “No hay dios para tanto paleto suelto.»

Y al día siguiente fue a Sol, con la guitarra en la mano, la pancarta en la otra, y el sombrero de paja puesto. Llegó a la plaza, llena de gente de todas las edades, sencilla, pobre y perdida, como él, todos ellos liberando cantos de moda. Sacó su guitarra, se subió a un banco lo suficientemente alto y se puso a cantar. “No hay dios para tanto paleto suelto. No hay sobre para tanto corrupto absuelto» los manifestantes elevaron las miradas, le observaron, perdidos, miradas perdidas como la vida del artista vagabundo, el cantante y creador de una canción que ahora muchos escuchaban con atención, y solo con interés la gente que se encontraba en su situación, o en una situación parecida. “No hay pan para tanto chorizo. Come más chorizo o acabaremos muertos. Dímelo tú… » la melodía, pegadiza, llegó al seno de la gente, al corazón del manifestante y a su mente, abierta, que comenzó a silbar, silbidos como los hacía él, y antes de que el artista pronunciara las palabras siguientes, diez, veinte, treinta, o incluso cincuenta personas pronunciaron sus letras con corazón y sentimiento. “Dímelo tú… » en coro. No tardó mucho tiempo hasta que la plaza entera cantaba las melodías pegadizas del artista de barrio, las melodías que habían sido escuchadas anteriormente, a la salida del parque, bajo la sombra de algún caballero medieval, y las miradas pasivas de los paseantes, que veían en él aire, tal vez sonido, pero solo un pitido. Y ese pitido, se fortaleció, cuando llegó a la plaza y vio en las caras de los manifestantes miles de más pitidos, vagabundos, perdidos en su mente, en busca de trabajo para liberar su descanso, comprensivos, compasivos, activos. Y ellos fueron los que comenzaron a cantar, solo ellos, los que apreciaron su obra. No los de la pijolandia a la salida del parque, creída, que dice ser normal, cuando normal en este país cambia de un momento a otro.

“O nadie lo dirá. » La canción acabó.

Buenos Aires y la puerta maciza de roble.

“Que amargura de día» Pensó, soltó una mano de su libro y dejó el cigarrillo apurado caer en el cenicero de loza que posaba junto a él, en el sofá de terciopelo. De sus mejillas caían lágrimas cargadas de tristeza. Llevaba semanas pensando en lo mismo, y el transcurso de su día, no muy corriente, no lo había podido impedir, los sucesos que recorrían su mente, con justificación, no querían salir de ella. Al fondo, en la radio estéreo, sonaba vivaldi, en sus cuatro estaciones, Invierno. La hoguera prendía en la chimenea en leves llamas ahogadas. Inclinó su cabeza hacia atrás, soltó suspiros y murmullos, que intentaron inclinar su mente hacia otro lado. “Qué más me podría haber pasado. Mi trabajo. Necesito algo que me recupere la confianza, antes de que me inunde la droga.» Quedó callado por un instante“¿Atraco? ¿Accidente?. Nada, no sirve» Su cabeza seguía dando vueltas, repitiendo una y otra vez las palabras que acompañaban los días en su última semana, hasta el actual viernes agotador. Mierda, desastre, fatalidad y faena. Y volvió al negativismo con el que había comenzado. “Nadie me dijo que necesitaría justificante, acaso es necesario… Nadie me dijo que cambiaron los horarios.» Volvió a levantar la cabeza, observó unos segundos la hoguera y las llamas que se encogían en frente suya, miró por encima de la hoguera, y bajo el cuadro de su hermano colgaban las fotos de Sofía, su esposa, Marta su hija, y Marco, su hijo.

Quedó en silencio. Solo la hoguera seguía soltando ruido, y calor, chispeante, y bajo su calor, despertó.

Diego volvió a la actualidad, apartó la mirada de las imágenes de su familia e intentó concentrarse en el libro que estaba leyendo. Cuentos cortos, de Julio Cortázar, con un prólogo de Jorge Luis Borges que se había terminado hace un largo instante, pero del que no se podía acordar con claridad. Era incapaz de concentrarse, de leer atentamente y releer su evasión. Leía, eso sí, pero una y otra vez las mismas líneas, tratando de sacar conclusiones fluidas. Imposible. Comenzó a leer en voz alta para enterarse mejor, tal vez para tapar sus pensamientos reales. “El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada. Solo un pasillo, con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño». Era una simple distribución, una narración simple, como las escribía él muy a menudo, no con el mismo arte que Cortázar, pero igualmente, por muy parecido que fuera no podía imaginárselo, estaba perdido en las hojas viejas de su libro, en las delicadas líneas, párrafos, descripciones y diálogos. La casa parecía un laberinto para él, un lugar lejano; y eso, en su lectura, no era nada habitual.

Se agobió, dejó el libro de lado. Casi lo tiró por los aires pero se acordó del delicado envoltorio que lo rodeaba, de la capa tejida, con cariño, de seda, y su extraño y desgastado color verde. A él le gustaban las cosas viejas, así que lo dejó simplemente a su lado, cerca del cenicero de loza que estaba a punto de volcarse. Podría haberlo dejado en las estanterías de su biblioteca, o haber posado el cenicero en la mesa que estaba enfrente suya, junto a sus ambientados pies, calzados, que se estiraban de vez en cuando, a golpes, agitados, de un lado al otro, lo que reaccionaba en las colchas de su sofá, tambaleándose de un lado al otro. El sofá colchado de terciopelo no era el lugar más estable, pero en sus pensamientos tampoco había equilibrio alguno, lo que hizo agitar a Diego, quien se levantó, cruzó el pasillo dejando de lado los dos dormitorios vacíos, el comedor, el baño de mármol y los muros de piedra, hasta llegar a la habitación de matrimonio. Salió al balcón, sacó de sus bolsillos el resto de documentos del trabajo, el tiquet desgastado del autobús, su cartera, y de ellas las fotos de su esposa, de los niños, las fotos de su boda, de su décimo aniversario, y las tiró todas desde el segundo piso hacia el exterior.

Las luces brillaban en Buenos Aires a las 12 de la noche, y en las calles de su ciudad natal multitudes de parejas, a veces con sus hijos, con los perros, con la familia, o jóvenes con sus amigos, queridos, o solitarios vagabundos, paseaban bajo la mirada constante de Diego, el revoloteo de las palomas, los murciélagos, las golondrinas, y entre ellas, los documentos de su vida. Bajo el ruido de las calles y de sus habitantes tapó una serie de palabras pronunciadas en voz baja, y  susurradas en silencio.

“Sofía» Y Sofía caía. “Marco» Y marco caía también. “Ay, mi pequeña Martita» Y Martita calló, tambaleándose, vista por los lagrimosos ojos de su padre, cayendo los tres bajo los pasos de los vagabundos paseantes de las calles de Buenos Aires. Diego apoyó las manos en la fría barandilla que rodeaba su balcón, perdió la mirada en los bares, las terrazas, más tarde en las calles, en las personas, en las familias, en las luces y en los charcos relucientes, hasta que el metal oxidado de la barandilla, fría, congelada, despertó de nuevo a Diego, que medio dormido metió las manos en los bolsillos de su pullover, y continuó con un paso ligero hacia el interior de su hogar. Cruzó la habitación de matrimonio, salió al pasillo, dejando de lado la puerta maciza de roble, tres dormitorios grandes, la biblioteca, una sala con gobelinos y el comedor. Dio la vuelta y entró en la biblioteca, removió un poco con su barra de acero las llamas de su hoguera, la que recuperó su fuerza vivaz, y brilló de nuevo, e iluminó el lugar con fuerza. Diego dio media vuelta, sacó un cigarrillo del bote de metal en una estantería, fue con paso firme hasta el sofá de terciopelo, agarró con fuerza el libro de Cortázar, leyó, leyó y leyó, y en su ensimismada lectura levantó sus piernas, las posó sobre la mesilla, dio una calada a su cigarrillo, y prosiguió leyendo, concentrado, atento, con toda capacidad de entendimiento ante las descripciones delicadas, los diálogos, los párrafos, las letras y todo su mundo literario. Nadie podía arrebatarle de allí. ¿Atraco? ¿Accidente?, nada serviría. Ahora su mundo era Cortázar, sus cuentos cortos, el cigarrillo que gastaba en su mano, del que daba una y otra vez caladas ansiosas, su salón, su biblioteca, su hogar, el pasillo, las tres grandes habitaciones, la puerta maciza de roble que separaba una de otra parte, y que permitía en Diego, una cierta estabilidad.

Prosiguió leyendo en voz baja, soltando leves susurros delicados. “Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta maciza de roble.» Su voz iba callándose más y más, ocultándose bajo las parrafadas de Cortázar. “Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes, no a otra cosa» Y seguía bajando…“Lo recordaré siempre con claridad»

Un frío inocente.

Era invierno, creo, pero no recuerdo bien. Pero eso sí, hacía un frío que mata putas. No siempre iba por el pueblo con la misma pandilla, pero si me juntaba de vez en cuando, sobre todo por Simón, a hacer algunas payasadas con ellos, como vacilar a conductores, a los coches que paraban en los pasos de cebra, a ancianos inocentes, y todas esas cosas. Y qué mal me siento por ello. No era un día muy especial, hacíamos lo de siempre, que era atarnos los cordones cuando paraba algún coche. Conseguimos hacerlo un par de veces, pero comenzó a aburrirnos, y tal vez el horario no fuera el más apropiado, sábado, por la noche, muy cerca de las dos y media, y lo recuerdo bien porque yo ya debía de estar en la cama a esa hora. Escogimos un paso de cebra en frente de una casa de piedra, donde ahora hay señales de advertencia, un bache y algún que otro semáforo, a pesar de que no solía pasar mucha gente por allí, al igual que ahora. Pero las quejas de los vecinos llegaron al ayuntamiento, y seis meses después comenzaron las obras. Esa mía Castilla la Mancha, además de abandonada, tiene muchas carreteras rectas en tramos largos, donde cualquiera puede pillar la velocidad que le apetece, y entre ellos me incluyo a mi mismo. Y dios, que frío hacia aquel día, los chicos íbamos en manga larga, sudadera, chaqueta y pantalones que abrigaban mucho, aunque igualmente teníamos frío. En cambio las chicas, mostrando piel, iban en pantalones cortos, tan cortos que les tapaban las sudaderas militares pareciendo que no llevaban ningunos. Ellas nos observaban desde un pilar en el que estaban sentadas mientras nosotros hacíamos las payasadas para entretenerlas e impresionarlas. Siempre había uno que quería ser más gracioso que el otro, gritando, tirándose al suelo, saltando encima de las chicas, y recuerdo bien que esa noche, Elisabeth, la hermana de Isa, se fumó su primer cigarrillo. Dios mío teníamos 13 años, y nos creíamos los más chulos del pueblo. Mientras Pablo le quemaba el pelo a Isa, y otros tres se reían descaradamente hasta oler el quemado, Simón y yo estábamos haciendo coñas, cruzando el paso de cebra una y otra vez, algunas haciendo la croqueta, otras imitando a un viejo lento, y otras atándonos los cordones. Y todo iba como siempre. Nos llevábamos insultos de muchos de los conductores, aunque otros se reían, quién sabe si con nosotros o de nosotros. Atrás se oían los gritos de Isa y las risas de los demás chicos. Las chicas se habían enfadado bastante, pero aún así les parecería gracioso.

Mi amigo y yo cruzamos el paso de cebra por sexta vez consecutiva, mientras se oían los gritos de Isa.

Y ese vocabulario, diccionario manchego, muy de pueblo, y de lo más normal, se oía en gritos por todo el pueblo.

—¡Joder, que me has chustao hijoperra!- Ellas se indignaron, como siempre, no lo suficiente, y al fondo se seguían oyendo risas descaradas. De entre ellas surgió la voz de Alfredo, la más fuerte de todas.
—¡Es pa que aprendas, guarra!-Los chicos se reían- ¿No ves que hace frío? , tápate esas piernas tía.

Sus amigas se bajaron del pilar y persiguieron a los cuatro graciosillos, y hasta que no volvieron, Isa se volvió a casa indignada, dejando a su hermana sola.

Simón y yo volvimos a cruzar. Él hizo la croqueta, con lo frío que estaba el suelo, mientras que yo me encontraba riendo en la acera de en frente: “Ya verás, este coche tiene pinta de cabrón.»

Y muy cabrón.

Acababan de volver las niñas, a los hombros de los chicos, riendo y ligando. Vieron que Isa ya no estaba, así que se quedaron mirándonos por un rato. Ellas se volvieron a sentar en el pilar, y los demás se quedaron de pie, hablando entre ellos, riendo y vacilándose.

“Ya verás cuando pare este, les va a hostiar pero bien.»

Simón seguía haciendo la croqueta. Recuerdo que se descontroló un poco, se le fue un poco de las manos la dirección, así que giro un poco más de la cuenta hacia la derecha.

Las farolas parpadeaban. Yo no me enteraba bien de lo que estaba pasando, tenía las manos en los bolsillos del abrigo, apretando fuerte en la tripa para evitar las risas. Me estaba congelando.

Pensé en aquel momento en avisar a Simón. El seguía a su bola, rodando por el paso de cebra descontroladamente. El coche se acercaba a toda prisa, que así no quise detenerle. No se lo que se me pasaría por la cabeza en aquel momento, pero que aguafiestas sería, si detuviera toda esa guasa.

Guasa.

El coche se aproximaba, sábado noche, el conductor medio borracho, y Simón por el suelo de la carretera haciendo el ganso.

Tenía que avisarle, pero mi voz estaba muy débil. El tiempo era justo, así que me lo tomé en serio. Estaba asustado, evitando las risas, e intenté avisarle con un par de gritos desesperados.

– ¡Simón!…- Preparé mi voz, tosí un par de veces, sin la menor intención. Me costaba mucho gritar en aquel momento. Pasé un instante en un silencio afónico para inciar otro aviso. – ¡Simón joder! ¡Que no para joder! ¡Simón! Tuu.

En las caras de los demás se hizo el silencio, en rostros perplejos e inocentes, cansados, jodidos y atónitos, surgió una necesidad de no mirar. Pero siguieron mirando, callados.

—¡Me cago en la puta Simón! ¡¿Esque estás sordo o qué?!- El coche seguía acercándose. Yo estaba desesperado, tratando de que me entendiera de alguna manera, buscando la solución correcta de avisarle. Simón estaba sordo, no me entendía, ni me oía, ni quería hacerlo. Estaba en su mundo como solía estarlo, y justo aquel, en el peor momento.

—¡QUÉ NO PARA COÑO!

Y el coche seguía avanzando, las farolas parpadeando y el silencio permanente. Pero no por siempre.

Y pienso.

Si por lo menos aquel chico hubiese sido sensato, hubiese oído frenazos, o avisos de los demás. Si por lo menos se hubiesen quedado encendidas las luces de las farolas por un solo momento. Si me hubiese ido a casa a la hora que me era debido. Si no hubiésemos sido tan gilipollas los dos, y tan creídos. Pero no hubo frenazos, tampoco gritos, ni luz, ni silencio… Y en el último momento, Simón levantó la cabeza, asustado, incrédulo y perplejo. Se quedó quieto sin saber qué hacer. Su mente, paralizada, se encontraba tan mareada como la del conductor, y el conductor, tan borracho como iba, no le vio hasta golpear en él.

Lo sabíamos todos, fue insensato, por mi parte y la de todos. Por el silencio, por el frío y por el crudo en sí. Por el conductor y su víctima, joven y culpable. Por las dos mentes mareadas, y de esas dos mentes, solo una consiguió permanecer. Y la restante, quedó apagada.

El sonido de la melancolía.

Como animales, en manada, la gente tropezaba sobre el resto de personas que habían caído accidentalmente al lujoso suelo de mármol, donde era pisada y pateada. Solo el listo saltaba en busca de refugio, tal vez al baño o al balcón, al retrete o al cigarrillo, mientras que el resto seguía caminando hacia el lugar al que la manada les llevaba, por aquellas escaleras de caracol doradas del hotel París, hacia la gloriosa cena de navidad del 63. Y ese ruido, alarmante: las personas chimpancé, como las llamo yo, gritando de un lado de la selva al otro, en búsqueda de comunicación interrumpida por el ruido de miles otras.

Y allí me encontraba yo. Tal vez encontrar no sea el término adecuado, yo no sabía donde estaba, ni de donde venía, ni quienes eran las personas que me rodeaban, solo jóvenes, como yo, que me veían a mí siguiendo los pasos del resto, pisando tanto escaleras como cuerpos de personas, que, al igual que yo, seguían los pasos como muchos otros.

No había quedado, y tampoco tenía plan alguno, solo comer. Iría al restaurante del hotel, buscaría un lugar para sentarme y pedir para dos, comer por dos y finalmente sentirme mejor mientras veo como aumenta mi panza a tamaño completo. Después, iría sobrado a mi habitación, a dormir.

“La ciudad del amor», así la llaman, y es verdad, ésta tan hermosa ciudad no hizo más que destacar mi amor por la comida.

Aún así, el ruido y la tensión me sacaban de quicio, a pesar de verme obligado a seguir caminando tras la gente desconocida, que ni se interesaba por mi ni por nadie, solo de ellos mismos.

Pero cambió.

Que pasó, nada, solo la agudeza de un sonido natural, solo el silencio y la evasión de un momento a otro. Solo mi mente, en negro, que cogió un respiro, descansó, y aprovechó su oportunidad para largarse.

¿Por qué? Por mis memorias y recuerdos, por el cambio del ruido a la armonía.

De entre ese ruido salvaje, un sonido, un trazo de simplicidad, un recuerdo musical, mis oídos agudizados, y mis pelos de punta, viajando entre notas, armonías y partituras, bien reconocibles para un corazón solitario y cansado como yo. Y bien reconocibles, sonaron las solitarias cuerdas de un violín.

Y mi instinto cambió de rumbo.

Conocía aquella melodía, era Bach, sin duda; tantas veces que mi padre la practicaba, libre de penas, cuando yo era pequeño, tan pequeño que la despreciaba, tanto por inmadurez como por la frecuencia con la que tenía que soportarla. Pero ahora ya, tan cambiado, crecía una diferente reacción ante un sonido así. Tan diferente el sonido dulce del frotar de las cuerdas, la vibración de su melancolía, recuerdo y reflexión, y de tanto sentimiento: evasión. Ya no oía el ruido de las multitudes, solo los finos trazos de una sonata dulce y triste a la vez, y más aún, contagiosa de tristeza.

Sonata para violín número 1, ll. Fuga, Allegro. J. S. Bach.

Fueron mis oídos los que guiaron mis pasos hacia un pequeño pasillo, escondido y apartado, cada vez más estrecho, donde, a cada paso que daba silenciaba el contexto, hasta verlo desaparecer por completo. Solo permanecía aquella melodía. Y yo seguía caminando, sin saber a donde. De vez en cuando recordaba donde estaba, mi cita a solas con mi corazón, que ya, sin capacidad de retorno, con un instinto infantil me llevó hasta una pequeña sala central del hotel, donde se encontraba un pequeño auditorio, con escasas butacas y ningún oyente excepto yo. Y sobre un pequeño escenario, una mujer y su violín desprendían deliciosas las notas de aquel Bach.

Ella se parecía a mi madre.

Al fondo se encontraba, joven, de figura esbelta, cabello rubio, mirada cerrada, y tan sutil, que con un movimiento de muñeca delicado y la simplicidad del trazo del arco sobre las cuerdas del violín, me transportó a un lugar, tan cálido y acogedor como despreciable.

Un recuerdo.

Era invierno, mi padre ensayaba aquella melodía para un concierto en el segundo piso, y, bajando las escaleras alfombradas, nos encontrábamos mi madre y yo, sentados en las baldosas del salón, observando el árbol de Navidad. Oyentes del chispear de la chimenea y su mezcla con las partituras de Bach, mi madre me leía historias tradicionales, mis preferidas, sacadas de un pequeño libro de Navidad. Mis ojos se cerraban con el acogedor calor del lugar, y la historia, y la música, pero de repente, la música dejó de sonar. En su lugar, un fuerte tumbo proveniente del piso de arriba.

El libro se cerró de golpe.

Desperté.

Volvía a ver el escenario actual, aquella mujer tocando el violín, mi melodía preferida. Y, ¿Dónde estaba yo?

Mis ojos, adormecidos, se encontraban observando, bajo el arco de la puerta, como presentes inevitables.

Y, del ensueño de la melodía hacia la sorpresa, surgió el silencio. Ella se quedó mirándome a la cara, no a los ojos, sino a la cara, por un buen rato. Paraplégica enmudeció la sala, hasta que vi el mover de sus labios.

—¿Quien eres? Esto es una sala privada, ¿Lo sabes?

Todo venía de imprevisto. Tanto que al moverse mis labios, golpearon torpemente en forma de trabalenguas, hasta salir las palabras deseadas, tras varios intentos, ya capaces de formular.

—Perdón, no quería interrumpirla, de veras, solo me atrajeron mis oídos a esta sala, y la melodía proveniente de ella. Soy un ser muy curioso, fue una acción inevitable.—Callé por un momento, pensando en algo que decirle, segundos largos e incómodos, pero finalmente se me ocurrió algo. — Para decirle la verdad, me habría sorprendido mucho que fuera público, el concierto digo, las butacas están demasiado vacías como para no visitar una obra tan deseable.

Sonrió, pero volvió a encoger su sonrisa.

—Es usted muy amable, pero deseo practicar en silencio.
—Yo me mantengo en silencio.
—Pero nunca podrá imitar el de la sala antes de que entrase usted.

Me quedé pensando. Esa mujer me atraía, su forma de ser y de usar el vocabulario. Me gustan las mujeres inteligentes.

—Usted no me conoce, soy el silencio en persona. No saldrá un sonido de mí, lo prometo, señora ¿…? —Alargué mis últimas palabras para oírla decir su nombre.
—Alicia Lindhauser, pero por favor, puede llamarme Alicia.
—De acuerdo, Alicia. Mi nombre es Thorsten… Por favor, llevaba años sin escuchar esta melodía. Déjeme escuchar, solo hasta que acabe.

Alicia bajó la cabeza de un suspiro, parecía disgustada, pero cuando volvió a mostrarse, su cuello la sacudió levemente de arriba a abajo, después de pestañear una o dos veces.

En mi cara se dibujó una sonrisa.

Su arco se colocó sobre las cuatro cuerdas del violín. Primero sonó el sonido del posar, con un irritante desgarre agudo, pero cuando el arco comenzó a frotar suavemente, volvió lo que yo deseaba, tanto el tema como el silencio que volvió a mi mente.

Así que sentado estaba, en las últimas butacas, con la cabeza apoyada contra el asiento, una húmeda sonrisa plasmada en mi cara, los ojos medio cerrados, y saliendo de ellos, una pequeña lágrima que corría por mis mejillas, una diminuta lágrima, y dentro de ella, una vida entera, y la alegría de haberla reencontrado, tras tantos años separados.

Mi familia y yo.

Pared fina

Temblaban las paredes, el edificio entero. Yo me acababa de preparar el expresso, cuando comenzaron los gritos.

Nada especial, pensaba, serían los mismos gritos de siempre. Quien sabe, tal vez se haya cortado la mujer al cocinar.

Los gritos se iban intensificando. Ahora se oía también al marido. Aquello no era nada agradable. Sobre todo viniendo de la casa de ese hijoputa.

—Esa familia siempre te trae problemas – Me trataba de tranquilizar a mí mismo, lo que solo resultaba más desesperante. – Acuérdate del año pasado, cuando dejaron a su hijo, de 17, solo en casa.

Pero volví a la realidad, éste no era el caso, ésto era aún más serio. Algo había sido golpeado contra la pared. ¿Tal vez la cabeza de la mujer, una silla, o una mesa, o la pequeña Josie?

Ahora, a los otros dos gritos se unían los de la pequeña, pobre hija, lo que debía soportar. Cuando el hijo de 17 tenía la casa para sí solo, olvidó totalmente a Josie. Ella se quedó un día entero sin comer. Solo a la mañana siguiente, cuando la casa se encontraba sola y Jacque despertó de su incómodo sofá, oyó los gritos de su hermanita.

Y yo lo oía todo por estas finas paredes. Yo mismo avisé a la policía, pero ellos lo ignoraron, ya habían pasado suficiente por este bloque. Yo mismo rompí la puerta cuando olía a animal muerto en su apartamento y ellos no hacían nada. Ratas, montones de ellas. En su casa te podías encontrar con todo tipo de plagas; garrapatas, pulgas, cucarachas…

Pero el servicio social no se ocupa de la familia Gustave, esos cabrones. Totalmente desinteresados e ignorantes los pasan por desapercibidos, y ahora estoy yo aquí, sin ayuda, ante mi decisión.

Temblaba.

No quería más policía en este apartamento, acabarían por derrumbar el edificio entero si esto siguiese así. Así que, con un último trago de expresso recogí, temblando, todas mis fuerzas, y derrumbé la puerta.

Tarde.

En la pared había manchas de sangre. Jolie, encerrada en su camilla en el pasillo, gritaba aterrorizada, mientras al fondo de la escena, su madre, con la cabeza sangrando y respirando con mucho esfuerzo, trataba de decirme algo. Estaba sentada en el suelo de su cocina, y yo podía reconocer en ella, con duras penas, una lágrima caer de su mejilla. Pero seguía viva.

Trataba de decirme algo, mi instinto me dijo que debía tener cuidado, así que agarré un cuchillo. Junto al pasillo de la cocina, se podían ver más manchas de sangre. Había una persona herida.

Mi primera reacción fue cambiar de cuchillo, a uno más grande, con toda la calma del mundo y dirigirme a esa habitación.

Abrí la puerta, con mucho miedo, pero la adrenalina y valentía ya corrían por mis venas. Al fondo de la habitación estaba el padre. Me vio entrar. No dijo nada, dio por supuesto lo que iría a hacer. Años de odio había entre nuestras familias. Grandes etapas de inquietud y cansancio entre ambos. Mi querida mujer, si ella estuviera aquí, nada sería igual. Si las llaves del asqueroso y sucio coche de Gustave hubiesen tardado más en abrir. Si la cantidad de alcohol en su sangre no hubiese sido tan elevada. Si el señor Gustave, por el motivo que fuera, hubiese esperado unos segundos o hubiese tardado un poco más en salir de aquel garaje, en vez de salir como un loco, nada sería igual, ni tampoco estaría aquí.

Solo yo tenía un cuchillo. Él no paraba de repetirme lo mismo, – Me lo merezco, me lo merezco-. Su frase entró como un parásito en mi mente, que repetía al unísono cada repetición del mantra del señor Gustave.

En aquel momento, su hijo Jacque entró en la habitación.

Pero se lo merecía.

Y no para todo hay solución coherente

Nacimos para algo, ¿verdad?

Siempre pensé que ese algo sería un fin empático, coherente y sencillo; pero no parece serlo. Camino en calles llenas de gente irrespetuosa e incoherente, y mi filosofía rompe cual ola en playa. Nunca pensé que fuese nuestro corazón el culpable de la frivolidad humana. Me dí cuenta tarde de que es nuestra sangre la que se congela por el camino al cerebro, no nuestra mente atrofiada, y por ello la causante de provocar una reacción en cadena, masificada, de gente irrespetuosa sin cerebro y conciencia alguna.

Por ello llegué a una solución sencilla, el arreglo coherente a la mala gente en el mundo donde actualmente vivimos: un calentador. Suena extraño, pero ya tengo patente desde hace mucho tiempo. El calentador calienta y rejuvenece tanto venas, capilares y arterias, y contiene un motor ecológico que refuerza nuestro impulso de hormonas y demás.

Así que esto es lo que llevo realizando por las calles de Madrid los últimos diez días. Tengo una clínica en Lavapiés, ya saben, la terapia y su medicina dosificada, y los sábados y domingos salimos a lugares donde la gente acude muy a menudo: Cines, teatros, supermercados, prostíbulos, comida rápida, metro, y por supuesto hospitales.

¿Qué si estoy de acuerdo con los resultados? Claramente no. Fue un resultado inesperado. Queríamos que la gente se calentara de una manera diferente, ahora Madrid está llena de gente cachonda y de folleteos incontrolados y la situación torna seria. Antes la moncloa era el prostíbulo de España, ahora lo es Madrid.

Y yo, que sólo buscaba encender en las personas verdaderos sentimientos, y la conciencia tanto como la razón, solo he encendido la pasión del caos descontrolado. Quizás no haya siempre solución coherente a problemas cotidianos. Nos vamos al carajo.

La vida de un soñador más

Mis padres me dicen que soy un loco, cuando soy un soñador, y por eso vivo en mi mundo, en una sociedad sincera y cercana a lo real. Vagueando en mi pensamiento sumo años como experiencias, y buenas enseñanzas.

Y hablando de sumar, nunca se me dio bien el cálculo mental, de pequeño ya odiaba las clases de matemáticas, sobre todo cuando mi profesora, la señora Castillos, me sacaba a la pizarra para sus cálculos diarios. Pero bueno, eso iba siendo mi rutina, al igual que cuando llegaban los fines de semana y yo me ponía a escribir en mis cuadernos de matemáticas historias larguísimas. Y cuando volvía al colegio, ¡Esas broncas que me llevaba!: —El cuaderno es de matemáticas. Está para calcular y hacer ejercicios y no para escribir esas historietas absurdas y dibujar estúpidos peluches— decía ella. Pero tanto hablar no le servía de nada. En tres días creé un mundo nuevo en veinte hojas de papel cuadriculado, y una parte de mí pasó a vivir en ellas.

En mi mundo no había matemáticas, solo artistas y soñadores, como yo, y me lo pasaba de maravilla jugando con mis peluches, capaces de hablar en cualquier idioma, e inventarme cuentos e historietas suyas. Incluso me inventé cosas nuevas, idiomas, un globo terráqueo, continentes, países y personas. Mi peluche, Leopoldo, un leopardo del tamaño de mis actuales dedos índice, corazón y anular juntos, reinaba en el país junto a mí.

Pero no se preocupen, esto fue hace mucho tiempo, ya no juego con peluches, pero sí con mi imaginación.

Y también puedo decir que a mí me vino la madurez más temprana que a otros niños de mi edad, y por lo tanto mis filosofías comenzaron a ser adaptadas a la vida real. Comencé a observar, tal y como lo hacía antes, pero obteniendo conclusiones maravillosas. Y así me borré de la cabeza el maravilloso mundo de peluches fantásticos. Comencé a evolucionar en mi pensamiento diciéndome a mí mismo que viviendo en un mundo nuevo, el verdadero quedaría igual, y eso me asqueaba mucho. Comencé a realizar la estúpida ignorancia que se encontraba detrás de mi evasión. Pensaba en las calles de las ciudades, tan sucias como las solía ver, y comprendía que sin hacer nada en contra, todo podía quedarse así por siempre. Y así cambié radicalmente.

Me convertí en viajero, una pasión que me cubría ya de pequeño. Busqué el lugar donde me podía sentir más cómodo. Viajé por Mongolia con una cámara barata, aunque muy buena, que se me rompió rumbo a Kirguistán. Conocí a mucha, gente a pesar de no hablar el mismo idioma. Y en momentos como esos, pensaba en mis peluches, capaces de hablar en cualquier idioma, e inventarse uno propio. Hubo momentos en Kirguistán, que a pesar de no haber sido captados por una cámara, siguen en mi memoria. Kirguistán fue el mejor sitio en el que estuve. Había un lago enorme al que iban los habitantes del pequeño poblado nómada con el que vivía y documentaba con mi pluma y papel. Iban allí a celebrar un festival. Conocí a una joven de una edad cercana a la mía, y me llevó en caballo a una pequeña laguna cercana al festival. Que mona la recuerdo. Y gracias a mi conocimiento del dibujo, por las horas pasadas en mi infancia calcando peluches, conservo un dibujo perfecto de ella.

La despedida fue dura, estuve pensando en ella todo el viaje de vuelta. Pero finalmente llegue a la rutina y a la casa de mis padres.

Como odiaba el estrés de mis padres. ¿Recoge tu habitación? ¡Por dios si soy un hombre adulto, déjame ser libre! Pero mis padres si que tenían razón en la cuestión del trabajo. Y les hice caso, buscaba y buscaba en periódicos trabajos relacionados con periodismo pero no había nada.

La ironía de la vida me ha llevado a ser camarero, con lo que yo odiaba el cálculo mental. Y mi, creo yo, notable talento, tanto periodístico como artístico, se ha quedado en nada. Al menos una cosa me gusta de mi trabajo, y es el trato con las personas. Conozco gente todos los días.

Mi dinero me ha permitido salir de la casa de mis padres, pero he tenido que volver los últimos días para cuidar de ellos. Mi padre, que sufre de alzheimer, no para de recordarme el sitio de los peluches, lo que me ha hecho buscarlos y jugar con ellos. Mis padres siguen llamándome loco, pero sigo creyendo que soy soñador, un soñador que no cabe en un mundo que no le toma en serio. Un soñador más, malgastado en un mundo que no permite más soñadores, perdido en un mundo que busca a la ciencia más que a la humanidad.

El viejo

Ahora tengo recuerdos, anécdotas, enseñanzas, experiencia y una vida feliz. Es duro ver como el motivo de ellas desaparece por completo de un momento a otro.

Vivía tranquilo y sobre todo solo. Una noche cualquiera decidí salir a la terraza, acompañado por un vaso de vino tinto, y de la nada me vino un pensamiento peculiar. Me imaginé la vida desde los ojos de un viejo y humilde anciano de la zona. Pensé en la rutina de una vida diferente, de alguien que obtuvo conclusiones de sus experiencias y que finalmente decidió vivir a su manera. La gente solía contarme mucho de un viejo de por ahí, quizás con las mismas características, pero por aquel entonces no me interesaba lo suficiente.

—Y camina descalzo ¿Por qué?— Me comencé a preguntar unos días más tarde. —¿Por qué caminar en astillas, piedras, o incluso por cemento en pleno verano, si tienes zapatos para ponerte?—. Cuando se lo pregunté su respuesta fue clara y sencilla, le duelen más los zapatos. Él sentía las astillas y piedras como un masaje y el asfalto como la expresión de felicidad y suerte por tener una casa cómoda a la que finalmente ir, un objetivo y un sinónimo de libertad tras la obligación de llevar zapatos en una sociedad que no pudo elegir. ¿Es locura o razón?

—El viejo tiene una biblioteca llena de libros, y no ha leído ninguno de ellos.— Resulta amargo, con tanto tiempo libre y poco ocio, pensaba. —Casi nunca se le ve por las calles, tiene un jardín enorme, un casón de piedra y un gran castaño a la entrada. Sale a dar paseos, pensativo, pero no suele alejarse de su finca—

Me contaron numerosas historias sobre él, algunas de miedo, otras tristes y otras verdaderamente horribles. Ni la mitad de ellas resultaron ser así, pero todas despertaban mi curiosidad, y me sacaba de quicio no conocer la verdad. Algunos pasantes me contaron que de pequeño tenía un trastorno, por lo que sus padres le llevaron al psiquiatra. Quedaron secuelas importantes e incurables, sobre todo en el comportamiento. Decían que se construyó su propio mundo en el jardín. Existen testigos que dicen haberle visto mantener charlas consigo mismo. Yo hago igual, muy a menudo, y me ayuda a relajarme, eso no me convierte en loco, y tampoco quiere decir que viva en mi propio mundo.

Esa misma tarde me puse las botas y me dirigí hacia su casa. Al llegar ya había anochecido. Vivía más apartado de lo que creí recordar. La última vez que yo pasé por aquel muro de piedra vivía enamorado, en otro mundo, y tal vez un poco loco.

Me atraía su casa a pesar de que era de noche, y en medio del campo no se veía por dónde andar. Finalmente localicé la puerta, pero no el timbre. Tuve que gritar, demasiado, me quedé sin voz al poco tiempo, pero el viejo tenía buen oído y me abrió la puerta inmediatamente. Fue en el momento justo, comenzaba a llover y yo estaba algo fastidiado por la poca voz que me quedaba. El anciano era estupendo, ni me preguntó cual era el motivo por el que estaba allí ni por qué quería dormir en su casa. Simplemente me llevó al salón, colocó mis botas en el pasillo principal, me invitó a una infusión y no paraba de preguntarme cómo se me ocurría alejarme del pueblo a esas horas. —Hay lobos en el bosque hijo, manadas enteras, deberías tener más cuidado. En su tiempo, cuando murieron mis padres y recibí esta casa, yo lo tuve. Me crucé con algunos de ellos, pero los asusté con el humo de mi hoguera y escupitajo.—¿Escupitajo? De vez en cuando parecía estar loco.

Pero simplemente resultó ser diferente. Me contaba historias, sobre todo de sus largos viajes, recuerdo bien, la primera que me contó fue desde Nepal a Mongolia, y de vez en cuando introducía lo que pensaba de los sedentarios que vivían por el pueblo.—Amigo mío, la locura reside ahí abajo, no me acerco a ellos porque me dan pena, no entiendo tanta estupidez—.

Al día siguiente me disculpé mucho por haberme quedado dormido en el sillón, ya que era donde solía dormir él. Me contó lo duro que fue para él cambiar de sillón, me dijo que se lo había tomado como un objetivo, e hizo un cambio en sus costumbres. Igualmente se veía que había dormido fatal.

Obtuve muchas conclusiones del viejo, y fui a visitarle muy a menudo. Los del pueblo me comenzaron a llamar satánico y chatarras como esas, en fin, yo seguía yendo a su casa. Su forma de hablar me ayudaba a olvidarme de la muerte de Laurence. Me contaba historias de su vida y de su dura infancia. Si de vez en cuando paraba de hablar, era para pensar en una posible moraleja, ya que, de vez en cuando, se le olvidaba al poco tiempo lo que me había contado. A veces su moraleja no tenía nada que ver con su relato, pero decidí callármelo.

Resucité, y así lo hizo él en sus cuentos. Yo era un hijo para él, así como él mi nuevo padre.

Pasaron varios años y su muerte vino de sorpresa, había ido a visitarle muy de vez en cuando y seguía tan sano como su orgullo. Ocurrió tres meses atrás, de un tumor cerebral, y no tenía a nadie a quien contarle excepto a mi, pero no lo hizo. Durante su último mes de vida me encontraba cerca de Katmandú, esquiando, tal y como lo hizo él, con un vino caliente en la base y un baño frío en el camino de vuelta. Me entregaron su última carta al salir de un autobús, en algún lugar de la India. Pudo ser la única que envió, y en ella explicaba todo.

—Hasta nunca maestro— Me ponía en letra cursiva y bien cuidada. Hasta pronto, pensé yo.