Utopía I

Hacía mucho frío fuera. No exagero si digo que una enorme manta me envolvía, desde los pies hasta la cabeza, y que el único rincón donde verdaderamente seguía entrando frío era por donde se asomaban los brazos, cerca de las rodillas, para sujetar un libro que estaba leyendo atentamente. Llevaba semanas leyendo Walden, un libro de párrafos muy largos, liosos y complicados, por lo tanto los releía muy de vez en cuando, repitiendo palabras desconocidas, lejanas a mi vocabulario, buscando un significado coherente para ellas. Desde que Claire me recomendó las largas parrafadas de Thoreau mi vida cambió. Y fuera estaba, congelándome, helándome los sesos, innecesariamente, pudiendo entrar al interior del salón, que aguardaba el calor, que desprendía la chimenea, donde, en una silla de nogal descansaba Claire. Una fina puerta de pino me separaba del interior, de las melancolías de Coleman Hawkins; pero en mi terraza me encontraba a gusto, tal vez tiritando, a su vez contento de agarrar el libro que agarraba, de respirar y consumir el humo de mi puro. Tres días antes una anciana pasó a visitarnos por el refugio. Traía mandarinas, un gesto bastante curioso. Seguramente sabía algo sobre mí y sobre Claire, de donde veníamos y qué hacíamos perdidos por la Peña de Francia. Esas mandarinas posaban junto a mí. No llegué a comprender por qué, pero me inundó una extraña sensación de disconformidad. No sé si fue por el mero hecho de que esas mandarinas fueron el regalo de alguien a quien no conocía, de un gesto de falsedad cordial. Odiaba las falsedades, y esas mandarinas, tal vez unidas a mi creciente locura, me recordaban a ello. Decidí entrar a la cabaña y acurrucarme al calor de la chimenea, junto a Claire, dejar el libro a un lado por un rato y seguir fumando mi prestigioso puro al son de Coleman Hawkins. Ella despertó al oír el crujido de la puerta. Siguió haciéndose la dormida hasta que llegué a sentarme junto a ella. Abrió los ojos con esfuerzo, soltó un bostezo y se apartó el pelo de la cara.

—¿Qué te parece el libro? -Me decía con voz dulce, esoñecida.
—Me parece genial. A veces un poco utópico, pero bastante reflexivo.
—¿Utópico por qué? ¿No te parece auténtica armonía y serenidad vivir como lo hizo él?
—Quizá. Pero estar unido a la naturaleza no requiere permanecer virgen hasta morir. Una cosa es vivir sereno, otra sentirse sagrado.

Por supuesto que del libro se podían obtener muchas más conclusiones además de aquellas. El libro me había transformado de alguna manera, había cambiado mi forma de ver el mundo. En muchas otras cosas estaba en desacuerdo, como en un cierto egocentrismo, tal vez poco manifestado pero existente. En ese instante respiraba aire de puro, oyente de música jazz. Estas dos cosas eran ejemplo de que no sería capaz de vivir en la naturaleza salvaje, en Alaska, en Walden. Para mí, un ejemplo de que la comodidad es otra característica de la naturaleza humana. El jazz es como ir al bosque y abrir los ojos, escuchar atentamente o dormir allí mismo. Los puros son un milagro aún mayor, un símbolo de una libertad plena de elección, que aún así depende de los demás. Y hablando de comodidad, la cabaña tan solo respiraba cólera, paz y calor y humedad. Al llover las gotas caían contra el tejado y dejaban un ruido seco, que a la vez prolongado humedecía las paredes. La chimenea permanecía encendida casi todo el rato, y pegada a ella también Claire, que no se desprendía del calor ni aunque las nubes desaparecían del cielo. Estaba obsesa por Jean Paul Sartre y del existencialismo. No me extrañaba mucho la verdad, ya que ambos nacieron en París. Siempre que desarrollaba su punto de vista existencialista, el acento francés se engrandecía aún más, y el castellano palidecía.

Ya que yo no fui capaz de alejarme de España y Claire seguía con su obsesión de volver a Francia conmigo, hicimos un trato, y le sorprendí con un viaje a la Peña de Francia, simplemente por el nombre que llevaba. Primero se enfadó conmigo, más tarde llegamos y vio lo bonito que era. Nunca más me volvió a hablar de la verdadera Francia, muy lejana a Salamanca, ni de visitar a sus padres, Pierre y Marie, ni a su hermana Linda. En cambio comenzó a hablar mejor español, leyendo a Cortázar, García Márquez, o sentándose con los ancianos de Pinedas a charlar un rato. Comenzó a sonreír como nunca lo había hecho antes. Me convencía de ir a ver el anochecer en el río, y bajo los rayos dorados del sol tardío, la frescura del río Alagón y el viento suave con olor a pino, comenzaba a leer, en voz alta, poemas de Machado y Rubén Darío. ¿Qué fue lo que tanto le gustaba de estos dos? Quién sabe, puede incluso que influenciara en ella, al igual que con Sartre, que todos ellos estuvieron, al menos durante un tiempo, en Francia; además del talento, parnasianismo y del simbolismo en los dos primeros, por supuesto. Tal vez fue por comenzar a conocer dos culturas, cercanas pero a la vez distintas.

Coleman Hawkins seguía soñando al fondo. Se me acabó el puro y lo tiré a la chimenea. Fue entonces cuando de su boca volvieron a salir recuerdos franceses, y me di cuenta, en ese breve y silencioso momento, del por qué de su profunda melancolía durante las últimas semanas.

—Pierre solía escuchar jazz -Decía, y yo buscaba persuadir la situación.
—Mucha gente escucha jazz además de Pierre. -Afuera comenzaron a salir, bajo las montañas al fondo, nubes negras, de lluvia y tormenta. Tardaría poco en sonar el primer trueno. Todo podía escandalizarse muy rápido-. Pero mi jazz es aún mejor, más auténtico.
—No comiences a comparar. No me apetece.-Sonó el primer trueno, y la silueta del primer rayo se dibujó en el cielo oscuro-. Cierra la puerta, Luis, por favor, antes de que nos trague el oscuro -La puerta llevaba cerrada un rato. No dije nada, y le traje un vaso de vino blanco y un cigarrillo. Al parecer le leí la mente, ambos desaparecieron de un momento a otro. No dije nada más. Fuera el caos comenzó a desatarse, y nosotros, cubiertos, en nuestro refugio, nos adentramos en las sábanas blancas y las colchas blandas para desaparecer una larga noche de tormenta.

Cuando llegó la mañana siguiente Claire se levantó temprano, se sirvió una tostada, un café y un cigarrillo. Fue al baño con el cigarrillo encendido. Mientras el humo del cigarrillo se esparcía lentamente por el cuarto de baño, el frío comenzaba a entrar por una rendija de la ventana que daba al exterior. La tormenta había pasado, pero fuera seguía chispeando con suavidad. Una llovizna débil y fría. Tras terminar se dirigió a la habitación de las letras, como la llamaba yo, donde permanecían todos sus cuentos cortos, escritos antisociales y melódicas partituras de jazz que usaba yo para tocar el piano. Alguna rama caída había roto la ventana de la habitación y los trozos de cristal seguían repartidos por el suelo alfombrado; un suelo que antes pudo significar calidez, pero que ahora no era nada más que un trapo húmedo e insoportable. No le importó la ventana rota. Sin dudarlo dos veces salió a la terraza a por leña y encendió la chimenea. Dentro hacía un frío insoportable.

Cuando yo desperté me di cuenta de que me encontraba solo en la habitación. Un sentimiento extraño, diferente. Me levanté para colocar a Hawkins en el tocadisco y fui a ducharme. En el cuarto de baño todavía olía a cigarrillo, pero el restante humo desaparecía por una pequeña rendija de la ventana que daba al exterior. Fui a por un puro, lo encendí y lo dejé junto a la ducha. Mientras el agua caliente masajeaba mi espalda me estiraba, de vez en cuando para agarrar el puro, con mis manos mojadas, y dar una calada. Por alguna razón, cuando salí de la ducha, Hawkins dejó de sonar, y fue reemplazado por Brassens. Con el pelo mojado me dirigí a buscar a Claire. La cabaña no era muy grande, pero ella muy silenciosa, y de vez en cuando un poco extraña. Nadie contestó, tampoco cuando subí al cuarto de las letras y me la encontré sentada, frente al escritorio y a la ventana rota, leyendo las letras de Brassens. Por los huecos de la ventana caían leves gotas de lluvia que empapaban el suelo alfombrado. En esa misma habitación hacía más frío que en ninguna otra, pero a ella no parecía importarle. Me acerqué a ella, la rodeé con los brazos. Siguió sin contestar. Lo tomé como señal de dejarla en paz. Estaba leyendo L’Orage, La Tormenta, en castellano; canción que sonaba al fondo. Algo preocupado me di la vuelta en dirección a las escaleras y bajé a la cocina. Abajo me preparé el desayuno y, al terminar, me puse a leer Walden.

Pasaron dos horas y media. Claire bajó, algo despeinada y agotada, y fue a comprar pan al pueblo. Con un poco de esfuerzo ante mis ideales y mucho hambre cogí una de las mandarinas del cesto que había en la terraza y dejé a un lado el libro. Quise encenderme un cigarrillo pero no me quedaban. Sabía que en la habitación de las letras había una caja de cigarrillos, de Claire. Subí al cuarto. Había dos velas encendidas en cada esquina más oscura de la habitación, donde no llegaba la lluvia. La lluvia se había intensificado, cayendo con una furia sobrenatural sobre el suelo alfombrado, dejando en paz solamente al escritorio, que se encontraba en el centro, iluminado por la fría luz azul que entraba desde la ventana rota. En el segundo cajón solían estar los cigarrillos, pero cuando fui a cogerlos ya no estaban. En el escritorio permanecían escritos de Claire. En especial uno me llamó la atención. Claire solía escribir con tinta azul, pero aquel escrito estaba en tinta negra, bastante sucia y corrida. Tan sólo el título fue suficiente como para captar el contenido fuertemente crítico y cargado. Escrito al individuo libre y al colectivo esclavo. Comencé a leer, cuanto pude. Para leer mejor me acerqué a una de las velas que permanecían a la izquierda de la habitación.

Maldita sociedad; ¿Cómo lo haces? ¿Cómo haces que algo tan natural se convierta en inhumano? Vivir entre troncos de pino y sonidos naturales, búhos, cucos, o el ulular del viento. ¿Cómo haces para excluir a la razón, para humillar al sabio, para hipnotizar al diferente? ¿Crece en tu interior la ira del deseo, de querer crecer y de querer más, sin tener en cuenta ni al hombre ni a lo que le rodea? ¿De vivir en una pompa falsa que no tardará en explotar?

Dejé de leer. Suficiente como para saber que algo andaba mal.

Con un brillo de libertad

Joaquín, apoyado contra el muro y con una pierna flexionada se fumaba un grandioso puro. Yo no. Sentada en frente suya, en una de las rocas de granito, mantenía la vista perdida en el campo, donde un pequeño surco, sin flores ni hierba alguna, y rodeado de pequeñas piedras curvas marcaba mi lugar de interés. Cualquiera pensaría que es una chorrada visitar a un pobre gato cada domingo por la tarde, pero aquel gato significaba mucho, tanto para mí como para los dos.

—Alicia, ¿me escuchas? -Regresé a la realidad. ¡Qué decepcionante realidad! Y que pocas ganas de volver. Joaquín me hablaba a mí, pero mantenía la vista perdida en el campo-. ¿Me oyes?
—¿Qué pasa? Yo no tengo tus cerillas.
—No Alicia, que ya he acabado, si quieres nos vamos. -Chustó el puro en el viejo muro decaído, donde estaba apoyado. Ya había metido las manos en los bolsillos de su chaqueta, listo para irse. Siempre lo hacía, no porque desconociese qué hacer con sus manos, sino por someterme a su prisa, estrés, o como se quiera llamar. Una suave forma de enmarcar que estaba listo.
—Espérate un momento. -Crucé el campito corriendo y dejé las flores en el único rincón sin hierba. Me di la vuelta y nos fuimos. Cruzamos aquello que antiguamente podría ser una casa tradicional, pero que con el paso de los años quedó en irreconocibles ruinas. Llegamos al camino. Sus botas marrones chocaban en pasos violentos contra el barro. Había llovido esa semana, y el campo mantenía un color magnético, atractivo, casi sagrado. No mentiría si dijese que no recuerdo precisamente de lo que hablamos. Solo sé que repetía muchas veces temas de cantautores franceses. Incluso me cantó alguna cancioncilla de Brassens, ¡ya me sorprendió que le gustara aquello! Resultaba demasiado inculto como para escuchar música francesa, pero tampoco se lo dije, sino me quedé mirándole, fascinada con lo que me contaba, y sobre las muchas cosas que sabía, de un momento a otro, sobre distintas fiestas en pueblos de la zona de La Provence, La Bretaña y más zonas que yo desconocía. Pero, gracias a los libros de Cortázar, que ya me habían dado suficientes clases sobre la sociedad y la cultura francesa, yo sabía lo que prefería de Francia, sin lugar a dudas; París, una ciudad hermosa, que sólo con la lectura descriptiva, en los libros de Cortázar, de sus calles, bares, tiendas, hogares y barrios me dejaba con la plena convicción de que les beaux arts siguen existiendo. Llegó un momento que la conversación perdió su camino.

“Fumar es cagar», me decía, y esto es lo último que recuerdo oírle decir antes de entrar a la casa; “es como cagar donde y cuando quieras, las veces que quieras. Es la puta libertad, un puro indeterminismo, la libertad existencialista». La verdad es que a veces se le iba la pinza.

Cruzamos el poco camino que quedaba y llegamos al muro de piedra que protegía el jardín. Entramos al frío del hogar, yo para respirar un poco de tranquilidad, mientras él salía a la terraza para respirar un poco de sucia libertad en forma de humo. Desde la terraza se veía casi toda Las Hurdes, o aquella que nosotros conocíamos mejor. Decidí salir a la terraza y charlamos un rato. Fuera hacía notablemente más calor que dentro, pero las nubes de tormenta ya se acercaban a lo lejos.

—¿No te entra curiosidad en conocer mundo? -Me decía él, y yo le respondía con voz sincera.
—No me hace falta. Leer es viajar, ¿sabes?
—No me refiero a eso -Su puro ya llegaba a la mitad. Sólo el nerviosismo le hacía fumar más rápido, ya lo conocía de ocasiones anteriores-. Me refiero a conocer gente, cultura y eso. No me hace falta leer, es lo de menos. – Bajo la presión de la incomodidad del asunto, decidí cambiarlo disimuladamente, tras un breve silencio, en el que él seguía fumando y mirando la sierra.
—A propósito, me ha dicho Marisa que esta semana viene su primo, el alemán, podríamos invitarles a cenar, así conoces a gente diferente. -Cambié de tema drásticamente, y él se dio cuenta. Permaneció en silencio, fumando.
—No trato de convencerte de nada. Solo lo diré de una vez por todas. -Quitó la vista de la Sierra y se centró en mí-. En Francia dicen que la miel de la vida reside en el camino. ¿Y qué dulzura tendrá caminar siempre por las mismas sendas? -Dejó el puro en el cenicero- ¿Acaso tendrá alguna?
—Puede que no. Pero no es sólo uno el camino de la felicidad, sino varios. ¿No es así?
—Serán dos en todo caso. El camino del nómada y aquel del sedentario.

De nuevo se perdió con la vista por la sierra. Más tarde entraríamos los dos y seguiríamos charlando. Por supuesto que esos dos segundos de la charla anterior quedaron en mi mente para toda la noche. Al anochecer llegó la tormenta, y con ella el calor de las sábanas, que nos recogieron en ríos de sudor. Y a la mañana siguiente solo un cuerpo permanecía en la habitación. ¿Que si me lo esperaba? Seguramente, no tengo por qué mentirles.

El trece de noviembre de ese mismo año dejó el trabajo y se fue a algún lugar de Francia. Dijo, en una carta que dejó posada en la cocina, que volvería cuando se hubiese hartado de Baguettes; una forma delicada de decir “volveré cuando me dé la gana», o algo parecido. Pero nunca volvió. No le llamé, ni tampoco tuvo que explicarme el motivo de su partida repetidamente, pero sí que lo hubiese deseado; tantas veces, hasta que las lágrimas desaparecieran de mis mejillas, y con ellas, Joaquín, a hablar francés, a algún bar típico, escondido, entre callejuelas, si posible con música de Brassens en directo. Dios, no le pegaba nada. ¿Conocen Amelie? Me lo imagino con la música de fondo vagando por París, resolviendo misterios extraños. Me lo imagino en la ópera. Madre mía, esa ciudad hace a cualquiera un poquitín más culto.