Relatos de Baviera

Murió en algún lugar una historia. Tal vez se perdió tras demasiadas palabras, o tal vez se esconda tras vistas exageradas, esbeltas por un mármol suave, intrascendente, desenfocado.
Se enfoca a otro lugar, listo para un largo viaje hacia donde el ser no pisó en su vida, para excavar un surco entre arcilla húmeda y dejar su marca, figurada por las curvas de un pie, aún joven, por siempre.
***

Fuera llovía. No lo hacía a cántaros, pero si chispeaba, lo suficiente como para empaparse y no darse cuenta. A lo lejos, extensa por un infinito pliegue de colinas se hacía visible una tormenta aún joven, así como solía ocurrir siempre durante esta época del año. En el corto trayecto que Moritz, un joven de diecisiete años hizo desde el establo hasta la cocina de la abuela, su pelo se había mojado, y golpeaba en forma de gotas diminutas contra la mesa de roble y sobre el suelo baldosado. Antes de cenar se duchó y se cambió de ropa, que mezclaba el olor a establo con el de la humedad de la lluvia. El trabajo estaba siendo duro. Tenían miedo de que el trigo y la paja se mojase, y no querían arriesgarse a transportarlo hasta el almacén, que tenían a unos quince kilómetros. Nada era sencillo; el camino de tierra estaba encharcado, con unos charcos de gran profundidad, que dificultaban el trayecto. Tenían miedo a volcar el tractor en cualquier punto del camino. Podían perder allí toda la cosecha de las últimas semanas. Estaba claro que si no la movían corrían un menor riesgo, pero aún así, había goteras por todo el techo del establo. A todo esto se unía el profundo y silencioso miedo a un derrumbe. Las construcciones eran débiles e improvisadas. Moritz salió de la ducha y entró frustrado a la cocina, dio un beso a la abuela, que estaba preparando su comida preferida, y se sentó en la mesa para hablar con el abuelo. La conversación sería la misma de siempre. Hablaron de las granjas vecinas y de los nuevos avances tecnológicos, es decir, los nuevos modelos de tractores y métodos de cosecha, e incluso discutieron vender, o no, el trigo antes de que se mojara, o directamente, construir un nuevo almacén justo al lado del establo. Toda idea del ingenioso Moritz fue denegada por su abuelo y su actitud conservadora, que no cambiaría nunca. Fuera la tormenta se hacía cada vez más visible. Aún así, Moritz dejó de preocuparse por el mantenimiento de la granja —cosa que solo ocurría los sábados, y de la que se estaba hartando—, y cenó tranquilamente, charlando con la abuela. El abuelo nunca hablaba durante las cenas. Tradicionalmente no se podía hablar mientras se comía, cosa que su padre ya le había enseñado, y el padre de su padre, y así fue, de generación en generación. Esta tradición tampoco cambió cuando el abuelo heredó la granja. “El abuelo nunca cambia» era el tema que siempre generaba discusión entre Moritz y su padre. Moritz defendía al abuelo. Antes no era tan callado. Cuando la abuela le conoció era un charlatán sin cuidado y los entretenía a todos. Pero la tranquilidad llega cuando la muerte se acerca, y al abuelo le afectó mucho la muerte de Manfred, su mejor amigo.

Baviera es un lugar precioso, y el pueblo, alejado a unos cincuenta kilómetros de Múnich, se encuentra rodeado de colinas y pequeños bosques que tapan, humildemente, según el tiempo que haga, la gran pared de los Alpes al fondo. El punto más alto, el pico Zugspitze, es solo visible cuando no llueve, algo que suele ocurrir poco. Aquel verano no llovió tanto y los paisajes fueron espléndidos. Todo bávaro ama al sol, incluso más que a sus vacas, o eso dicen, pero Moritz no era de esos. Él ama lo que más tiene, y en este caso era la tormenta, y Sophie. Y la tormenta, durante la cena de aquella noche, se acercaba cada vez más. Llegaron las primeras fuertes sacudidas de viento, y la lluvia se radicalizó. Moritz miraba por la ventana al manzano que se encontraba, tambaleándose, delante de la casa de los abuelos.
Tras un breve instante desaparecido se giró de nuevo, hacia la silenciosa mesa, para comer un poco de su spätzle.
—¿Y tus padres qué comen hoy, hijo? -Moritz levantó la cabeza y miró a su abuela.
—Pues creo que pasta – El abuelo soltó un suspiro-. ¿Que ocurre abuelo? ¿Algo en contra de la pasta? -. El abuelo no contestó. Seguramente se quejaba de que estuvieran comiendo algo de origen “no bávaro». Deben saber que en las granjas de esta zona de Alemania la mayoría de los ancianos suelen ser bastante tradicionales.
—Joseph, contesta -Dijo la abuela en tono gruñón, bastante harta de la actitud de su esposo, pero la mesa permaneció en silencio por un momento, hasta que Moritz relamió su plato, como si de una vaca se tratase, dio las gracias a la abuela por la comida, dejó el plato junto al lavaplatos y se dirigió a la puerta de la cocina.
—Bueno, me voy. ¿Y tu que haces hoy, abuelo? -La abuela echó una mirada al abuelo, y volvió a mirar a Moritz, que esperaba respuesta -Nada, me lo imaginaba. Pues ya que no me preguntas, hoy voy a coger tu vieja moto para recoger a Sophie; si no te importa, claro -. Como un rayo el abuelo levantó la cabeza, con la intención de soltar un grito, o queja, pero su tradición le obligó a quedarse en silencio. Al abuelo le quedaba aún la mitad del plato por terminar, y hasta que no se lo comiese no podía hablar. Moritz aprovechó el momento para salir, con paso travieso y agitado, atravesando el pasillo del salón hasta el perchero, de donde cogió una chupa de cuero, se puso las botas, se echó la capucha sobre la cabeza y salió de casa. Al pasar por la ventana del comedor pudo ver a la abuela, que le miraba, sonriendo, y por otro lado al abuelo comiendo, como si del último plato de spätzle se tratase en lo que le quedaba de vida. Antes de llegar al garaje pasó por la casa de sus padres, corriendo, y cruzó el comedor donde Stephan y Mareen estaban comiendo pasta. Subió las escaleras hasta llegar a su habitación, y de un cajón sacó una caja de Weißbier. Con la caja de cerveza sujeta, en ambas manos, bajó las escaleras y salió por la puerta trasera, sin despedirse de sus padres. Finalmente llegó al garaje. Al fondo, detrás de montones de bicicletas, cañas de pescar, herramientas de carpintería y multitud de trastos viejos e inútiles de todas las generaciones anteriores posaba, contra la pared, la vieja zündapp naranja. Dejó las botellas en el suelo y apartó todos los trastos de su camino, hasta llegar a la moto, que cogió con nerviosismo y condujo a pie hasta la puerta del garaje. Había prisas, el tiempo corría. Le quedaba justo lo que tardase su abuelo en terminar de cenar y salir “corriendo» para atraparle. -Vamos, aligerando…- Se dijo Moritz a sí mismo mientras ponía la caja de cervezas en la parte trasera de la moto. Aquello pesaba como la hostia. La moto comenzó a tambalearse. Salió definitivamente a la calle, subido, pero sin haberla arrancado. Bajo la lluvia, que en los últimos momentos estaba empeorando considerablemente, se puso el viejo casco de su abuelo. Apenas se podía apreciar la casa donde estaban cenando sus abuelos, pero con un poco de atención Moritz pudo ver la puerta principal abrirse, y de ella a un anciano descalzo salir “corriendo» y gritando. Moritz se dio toda la prisa que pudo, pero la moto no arrancaba. Tan siquiera hacía el amago de estar arrancando. El abuelo se encontraba a pocos pasos de la victoria, pero, por milagro del joven, la vieja zündapp naranja arrancó, y Moritz desapareció por entre la niebla y la creciente tormenta.
—¡Gamberro! ¡Inútil! -Se podía oír al fondo-. ¡Ya verás cuando te atrape! – Pero Moritz se alejó.

El pueblo; si se puede llamar así, consistía en tres casas: la de los abuelos, la de los padres y la de la hermana de Moritz. Las tres casas las cruzó a toda velocidad con su zündapp. La lluvia chocaba contra la visera de su casco negro y el frío congelaba sus manos desnudas. Mientras conducía revisó si llevaba su caja de tabaco y la caja de cerillas. Por supuesto que las tenía, siempre las llevaba en el bolsillo interior de su chupa de cuero. Le encantaba esa chupa, incluso le daba pena que se mojara. Tal vez sea la única vestimenta que de verdad le importaba. Moritz solía pasar de modas, y de ropa. Si pudiese, lo haría todo desnudo, como si de woodstock se tratase, pero la tradición y la cultura bávara exigían unas normas de vestimenta claras, exigentes, rígidas, firmes. Moritz discrepaba de todo tipo de normas, y lo mismo hacía con la vestimenta.

Llevaba la moto a cuarenta por hora, el máximo. Cruzó por Kronau, el pueblo vecino, y llegó hasta Aßling, donde vivía Sophie. —¡Ay Sophie!— No pudo hacer otra cosa que pensar en ella mientras conducía la vieja zündapp. —¡Ay Sophie! Italia será perfecto para nosotros—. Llegó hasta la puerta y llamó al timbre. La madre abrió la puerta, y cuándo lo hizo miró con ojo crítico al joven que tenía ante sus ojos.
—Así que tú eres Moritz.
—Así es -Dijo mirando el suelo, no tímidamente, sino más bien cool, con rebeldía.
—Pasa, pasa, que te estarás congelando -Y así era. La tormenta ya había llegado a Aßling.
—No, tranquila, la espero aquí.

A veces, a Moritz le daban ataques de rebeldía como esos, que controlaba su subconsciente. Como reacciones que se meten en la cabeza y no salen, como melodías revolucionarias, como la marsellesa, por ejemplo. Sin saber por qué, Moritz pensó en el bolsillo interior de su chupa de cuero mientras hablaba con la madre de Sophie, que seguía observando atentamente a lo que el joven hacía. Basado en ese pensamiento metió la mano en el bolsillo y sacó la caja de cigarrillos. La madre de Sophie seguía mirando, asombrada. Cuando se encendió el cigarro, un rostro joven, de tez blanca y cabello rubio natural, se asomó por detrás de la madre y vio, con cara de locura lo que Moritz estaba haciendo. La madre giró la cabeza y miró a su hija.
—No sabía que tu novio fuma -Lo dijo ciertamente asustada, y en esa expresión, en ese momento fue cuando Moritz se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y despertó. La madre de Sophie volvió la cabeza y le miró. Moritz intentó escapar, o disimular, verbalmente.
—Ah bueno, pero mis padres lo saben, del todo, y están totalmente de acuerdo. Incluso ellos fumaban a mi edad, o quizá antes, incluso -La madre echó una mirada despectiva a la moto que estaba aparcada en frente de su casa, y miró de nuevo a Moritz, que sonreía falsamente. Sin decir nada más, se dio la vuelta, con una expresión demacrada, y entró al salón de su casa. Cuando Sophie y Moritz se subieron a la moto, sin apenas despedirse de sus padres, mantuvieron una breve discusión.
—¿Cómo se te ocurre? – Decía ella.
—Y qué más da.
—Mucho. Da mucho. ¿Es mi madre vale? Tienes diecisiete años, y yo dieciséis, no somos los amos del mundo -La moto arrancó.
—¿No lo somos? Lo seremos -Sophie sonrió-. Permanecieron en silencio mientras la lluvia caía en forma de caos contra los cascos de los dos jóvenes. Ella lo agarró por la cintura, mientras él conducía tranquilamente, y apoyó la cabeza sobre sus hombros. Luego, Sophie giró la cabeza y miró la parte trasera de la moto.
—¿Y qué llevas atrás? -Al girarse todo el peso fue a un lado. Sobre la carretera mojada y resbaladiza la moto comenzó a dar seseos. Por poco volcaron, pero todo se equilibró y siguió con su normal trayecto. Moritz no dijo nada, y tampoco regañó a Sophie. Simplemente respondió lo que le habían preguntado.
—¿Atrás? Cerveza
Y ella no se pudo contener y comenzó a reír.
—¿Cerveza? -Moritz no contestó dejando clara la respuesta- ¿Me estás diciendo que, nuestro futuro, todo nuestro futuro, se basa en una caja de cerveza, es decir, que la cerveza es nuestro comienzo? -Dijo ella, atónita, mientras Moritz seguía sin contestar, como al estilo de su abuelo-. Tienes suerte de que me encante la cerveza porque, si no, me bajaría de la moto en seguida -Moritz soltó una leve carcajada y continuó sonriendo, lanzando un mensaje de tranquilidad. Sophie volvió a hablar:
—Bueno, ¿Y a dónde vamos?
—No se, ¿Te gusta la pasta?
—Me encanta.
—Pues vamos a Italia.

En el momento en el que Moritz pronunció estas palabras pensó en lo que echaría de menos. Pensó en la tormenta, en los Alpes, en los bosques, en la cerveza, y cuando siguió pensando recordó a su abuela, sonriendo desde la ventana del comedor, y un repentino sentimiento de tristeza le ahogó los pulmones. Y si no hubiera sido por Sophie -¡Ay, Sophie!- Moritz hubiese dado la vuelta.

Uno entró con prisas y salió sin nada

Al entrar en la tienda una ola de calor, comparada con el temporal helado que sacudía afuera, inundó al joven, que irrumpió en la tranquilidad de la dependienta anciana para soltar, en un tono susurrado y melódico un par de murmullos malhumorados. La mujer saludó con una sonrisa agradable. El hombre ni se inmutó y siguió andando hasta llegar a un perchero, donde dejó posada una chaqueta negra, un gorro del mismo color, y así lo hizo también, con amargura y desdén, con sus guantes, que cayeron al suelo. Se dio la vuelta y siguió caminando hasta la dependienta, recorriendo todos los decorados por los pasillos y llegando hasta el final, a la caja, junto a la puerta por la que había entrado, y a la que llegaban, de vez en cuando, leves sacudidas del frío viento exterior. El hombre miró a la señora bajo un silencio inquieto, que se rompió cuando la señora pronunció sus palabras.
—Perdone, se le han caído los guantes.-Su voz sonó frágil. El hombre sonrió.
—No -Dijo, con un gesto intelectual. Cualquiera diría que venía de la biblioteca, y que los libros le habían comido la cabeza, como estaban acostumbrados a hacerlo, y le habían convertido en un sabelotodo impertinente. Aún así, su expresión solo dijo de él que se trataba de un hombre sabio, aunque también cansado. – No se me han caído, los he dejado allí donde no se pueden caer.
—Ah -La mujer giró la cabeza. Por un momento pareció joven, pero solo en la forma en la que buscó un lugar al que mirar, y en la forma en la que encontró la ventana y miró hacia el exterior, fijándose en unos pocos que paseaban por el pueblo vacío, en las amarillentas hojas sobre los viejos adoquines mojados que relucían bajo la poca luz que había. Pudo haber mirado por el decorado de su tienda de fotografía pero la costumbre hace mirar al paseante hacia el calor del interior, y al cobijado buscar el frío de las aceras.

La mujer giró de nuevo la cabeza. Lo hizo con lentitud, sin prisa. Y así es. En un hogar el tiempo siempre transcurre más lento. El silencio se apagó cuando el hombre desprendió con nerviosismo sus labios para hablar a la mujer.

—Verá señora, llevo días buscando unas alcalinas para mi analógica, y no las he encontrado en ningún sitio. Incluso fui a Madrid a buscarlas, pero nunca se me ocurrió pasarme por aquí.
—Bueno, no es usted el único.
—Sí… Lo siento- Sacó del bolsillo la cartera, que abrió delicadamente, y del cuero de su interior cogió dos pequeñas baterías-. Todos me dijeron que se tratan de unas baterías de un modelo antiguo. Son únicas, me dijeron. – Estrechó la mano y las dejó sobre la mesa. La mujer se fijó en ellas, y con manos temblorosas las cogió y las miró de cerca. El momento no exigía una sonrisa, pero aun así sonrió brevemente.
—Y así es – Dijo ella. El hombre levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—Son preciosas -Ella las miraba como si se tratara de un joyero, observando sus piedras preciosas recién llegadas. Y digo joyero, no mujer ricachona, porque un joyero las observaría atentamente, sabiendo del asunto, sobre la calidad, la dureza, el brillo. En cambio el cliente de un joyero, es o suele ser, un hombre que compra joyas porque su dinero se lo exige.
—¿Por qué? ¿Por qué lo dice?
—Oh joven, te ofrezco lo que quieras por estas baterías.
—Sí, bueno… Pero están gastadas.
—Da igual. ¿Sabes chico?-Tragó saliva. – Este es el modelo de pilas de mi primera cámara analógica- El hombre las miraba con cara de extraño. No lo comprendía. ¿Y qué?, pensaba. Era un hombre relativamente joven y las miraba como lo haría cualquier niño con otra cosa antigua, ya saben, con mucho valor solamente porque lo dicen los padres, pero, en cambio, con poco valor sentimental. En este caso la anciana solo sentía valor sentimental, y lo expresaba. Hace unos segundos sus ojos parpadeaban cansados. Cansados bajo la niebla densa de las calles que observaba con melancolía. Pero de un momento a otro sus ojos, relucientes, incluso inundados de alguna que otra lágrima que no caía, sino permanecía pegada a sus ojos, buscaban agradecer al muchacho de la manera que fuera. Comenzó a abrazarle, a darle besos, a sujetarle de los hombros para darle las gracias, con lentitud, pero con seguridad. El muchacho decidió dejar las pilas en la tienda porque sabía que ya no las necesitaría más. El hombre intentó huir, pero la mujer ya no le dejaba. Consiguió llegar hasta la percha para coger su abrigo y recoger los guantes del suelo. Al darse la vuelta y al caminar por la tienda, que estaba inundada de artefactos antiguos, la mujer se acercó a él.

—Hijo, puedo hacerte una pregunta – Dijo con sinceridad, y él aceptó—. Por dónde se perdió tu sonrisa -. La voz de la anciana sonó comprensiva y dulce, en cambio el hombre no lo tomó así y su expresión cambió. ¿Cómo pudo preguntar algo tan inapropiado? Pensó sin saber qué contestar. Al final habló ella-. ¿Quieres saber por qué te pregunto?
—Dígame señora-. De encontraba ante la puerta, preparado para salir de la tienda sin haber conseguido lo que quería.
—Te lo digo, hijo, porque en tu vida solo veo prisas, y frío, e inquietud-. El seguía en silencio-. ¿Dónde quedó la tranquilidad, la soledad y la paciencia? ¡Y tan dulce que me pareciste al entrar por la puerta, hasta que hablaste! Y tan inquieto que te veo salir. ¿Y no será, tal vez, que las pilas que buscas no son aquellas de las que se pueden comprar?- El joven, harto de escuchar, se dio la vuelta decidido a salir. Cerró la puerta y desapareció. Y la mujer susurró—Las pilas que buscas no están en mi tienda, ni en Madrid, ni en ningún lugar sino en tu hogar… – Y sin saber por qué, sonrió-. Solo uno ha conseguido hoy lo que quería. Uno entró con prisas y salió sin nada. Otro no buscaba nada, y encontró algo que llevaba buscando casi media vida.
La anciana giró la cabeza con tranquilidad, apoyó los codos contra la madera de su puesto y miró atentamente a las nuevas pilas que posaban delante suya pensando todo lo que pudo hacer un día con ellas.

En la casa de los Johnson

*Transcurrieron los años, y la casa no volvió a ser la misma. El tejado… ¿Qué fue del tejado que construyeron todos juntos? Un pobre anciano, con pulmones de fumador, no podía arreglarlo, y menos su mujer, que apenas salía de la cocina. Siempre preparaba bizcochos, y los repartía por el vecindario. De chocolate, manzana, pera, limón. Y bueno, esperaba a que llegasen los fines de semana y dárselos de probar a su hija. Solo ella podía dar un opinión severo, en cambio su hijo, un joven jugador de fútbol de la universidad de Dubuque, se zampaba los bollos como si no hubiese mañana. —Está muy bueno mamá. — Decía tras zampárselo y después esconderse en su habitación, bajo un tejado medio roto, y pensar en la antigua casa de los Johnson, en las tardes encerrado, en el viejo Willis y en la aún joven familia.*

Ladrillo a ladrillo la casa fue creciendo. Comenzaron con el garaje, con el trastero, los suelos, las paredes, el jardín. Nadie recuerda bien como acabó la casa en pie, cuando en realidad ninguno de los constructores tenía la mínima idea de arquitectura. A pesar de todo las paredes se mantenían, tres pisos a lo alto, y la familia Johnson podía dormir segura. También fue, el garaje, lo último en acabar, ya que allí se pasaron horas y horas intentando avanzar pero sin hacer nada. Una vieja estantería de pino maciza fue el último mueble en colocar en toda la casa, y fue al garaje, que al cabo de los años acabaría a rebosar de botes de pintura, gasolina, aceite, alcohol, y unas pocas cajas de puros que escondía el padre sin que se mujer se percatara. Bajaba al garaje los días de lluvia, esos días en que cada uno se encierra en su habitación y comienza con sus asuntos personales, creativos y emotivos, y se fumaba un puro, como mínimo, con un vaso de scotch, música country y un ligero toque de dedos sobre la silla de pesca donde estaba sentado. Mientras tanto la madre Johnson hacia aquello que más le gustaba. Muchos acusarían de machista la actitud del padre por dejar cocinar sola a la madre, y dejarla en la cocina durante horas, hasta que el señor subía del garaje, se lavaba las manos con el fin de quitarse el olor del puro, e iba a la cocina con la comida ya servida, pero en el caso de la familia Johnson solo cocinaba la madre porque no permitía a su marido que tocara nada. Muchas veces el marido iba a la cocina y preparaba alguna sorpresa que solía terminar en catástrofe, ya que no tenía la menor idea de cocinar. Y cuando llegaba la señora, soltaba un largo discurso con gritos de bronca, y el señor se refugiaba asustado y enfadado en los puros y el scotch de su garaje. Y mientras tanto, en el piso de arriba, la joven Annie hablaba durante horas por un teléfono cubierto de tela rosa, con su mejor amiga del instituto. Nadie podía hablar cuando lo hacía ella, que solía ser siempre, excepto cuando llegaban las once de la noche y ambas amigas se cansaban, y comenzaban a despedirse. La despedida duraba otra media hora, hasta que, al final, alguna de las dos tomaba la iniciativa de colgar el teléfono y dormir, o escuchar música, o descansar. Muchas veces había bronca en casa de los Johnson por el asunto del teléfono. En la opinión del padre, Annie no debería tener el teléfono en su habitación, ya que dañaba el sueño, aumentaba los gastos de la casa y no permitía escuchar las llamadas al resto, pero Annie no quería soltar su humilde teléfono de piel rosa y de soporte al estilo antiguo, ya que se lo había regalado su mejor amiga Lindsey. Lindsey antes solía visitar la casa en vez de hablar por teléfono, pero no desde que había estado liada con el último de los Johnson, Scotty. Scotty cerraba la cadena de familiares en la casa, además del perro Wallis. Tenía un año más que Annie, 17, y por lo tanto también un año más que la mejor amiga de su hermana. Era un chico problemático, al que nadie quería tener en casa, incluso su familia. Era un patriota con rasgos de nerviosismo, y de muy mala leche. Estaba enganchado a los videojuegos de combate, y coleccionaba réplicas de armas de la primera guerra mundial a escondidas. La mejor amiga de su hermana, Lindsey, y él, se conocieron en el instituto cuando iban castigados a la sala de castigos, o como la llamaban ellos, la sala de torturas. Dios que mal sonaba aquello, cuando en realidad en esa sala podían hacer lo que querían, ya que por falta de profesores en el instituto, no había nadie que les vigilara. Allí comenzaron a hablar, y tras conocerse mejor, ambos se metían en líos del instituto a propósito, queriendo ser castigados para reunirse en la sala de castigos. Acabó saliendo a la luz todo el rollo cuando una profesora entró, junto a Annie, a la sala de castigos, para avisar a Scotty de que debían ir a casa. La triste causa por la que debían irse escondió un poco el rollo entre Lindsey y Scotty, pero no cuando consiguieron superar la trágica muerte de la abuela y volvieron a hablar sobre todo el asunto. Ambos no pudieron verse durante días; ni en los desayunos, ni en las cenas, ni en las comidas, tampoco en el autobús camino al instituto, y en el autobús de vuelta, hasta que al final la situación se calmó y se decidió que Scotty no podía hablar nunca más con Lindsey. En fin, a Scotty tampoco debía importarle mucho, ya que ocupaba un puesto importante en el equipo de fútbol del instituto. Le quedaba un año para la universidad, y su sueño era llegar al Dubuque, donde, si llegaba a ser titular, podría ligarse a todas las tías buenas del campus,—Incluso más buenas que Lindsey.— le oía decir Annie, y se enfadaba.

—Eres un maldito superficial. – Le gritaba a la cara.
—Pero solo porque por dentro sois todas muy feas.
—Eres asqueroso.

La discusión acababa cada vez que la madre oía los gritos, y subía a separar la pelea. Lo mejor para Scotty era bajar al garaje y robar un puro de la caja de su padre. Qué suerte tuvo de que no le pillaran nunca, por no ser así hubiese acabado cojeando, o tuerto, o muerto, o algo así, y no hubiese podido jugar al fútbol nunca más. Lo único que le quedaría hacer entonces sería hablar con su familia, o peor aún, jugar con el pesado de Willis, el perro baboso, el peludo que podría quedarse calvo en menos de dos días si siguiese perdiendo tanto pelo. —¡Quítate de encima sucio perro!— Gritaba Scott con mala leche cuando Willis se acercaba a él. La verdad es que no sé como pudieron aguantar a Scotty en la casa durante tanto tiempo.

Todo pasó en un día de lluvia.

El padre estaba en el garaje, la madre en la cocina y su hermana en la habitación, hablando con Lindsey. Primero cayeron truenos, y la casa se silenció. Por un momento la familia Johnson se paró, pero tras otro corto instante volvieron a la normalidad. Nadie lo tomó muy en serio, la verdad. La madre siguió cocinando, el padre fumando y moviendo el dedo al son de la música country, y Annie, tras un breve momento de silencio siguió hablando.

—¿Hola? ¿Annie? ¿Sigues allí?- Se oía al otro lado de la línea.
—Eh… Sí, claro, dime.
—¿Qué pasa Annie?
—Eh nada, solo había oído un ruido.

La casa siguió al corriente. En la habitación de su hermano el perro volvió a acercarse a Scotty. Él se ponía nervioso cuando el perro se acercaba. —Maldita sea, Willis, apártate de mí. — Y fuera llovía, y las gotas caían contra un tercer piso, donde estaba la habitación de Scott, llena de carteles, pósteres de jugadores de fútbol americano, de tías buenas, armas de fuego y una bandera de los Estados Unidos. Volvió el silencio. Scott abrió la ventana, en plena tormenta. Era alérgico a los pelos de Willis, quería tomar un poco el aire.

De repente ocurrió.

Cayó un rayo. Sonó un ruido seco bajo el fondo húmedo del tintineo de la lluvia. Provenía del tejado. Scotty vio caer trozos por la ventana. El joven, asustado, fue a esconderse bajo las sábanas de su cama. Mientras tanto una joven colgó su teléfono y bajó las escaleras, insegura, hasta encontrarse con su madre, que juntas abrieron la puerta del jardín, y se encontraron con el padre, con un puro en la mano, saliendo del garaje, y mirando fijamente a un trozo de tejado caído en el césped del jardín. Y seguían cayendo las gotas, mientras que del vacío espacio del garaje sonaba una música country, difuminada, bajo las gotas de una tormenta y una familia aterrorizada.

Ya nada volvería a ser igual.

El domingo del Farolillo

Sus pasos marcaban el tiempo en un orden lento. “Si mi vida fuese partitura, todo estaría en piano», pensó, y siguió andando. Su sentido le llevó al parque del Farolillo, donde iba siempre, todos los domingos, con su libro en la mano derecha y su camisa de cuadros, medio rota. No la llevaba porque fuese católico ni nada de eso, la llevaba porque en su bolsillo superior izquierdo se encontraba el tabaco de liar. Normalmente fumaba normal, de liar era algo especial, y su domingo era una ocasión muy especial. En el mismo bolsillo llevaba las papelas, los filtros, y el mechero.

Las botas chocaban contra los charcos que había cerca de los bordillos al bajarlos y al subirlos. Le encantaba el sonido del salpicar, y le daba bastante igual que se mancharan las botas, si total, las llevaba por llevar algo, y porque la sociedad se lo decía. Si no, el iría descalzo con total seguridad, lloviendo, nevando o lo que fuera. Más sucias no podían estar. Pero aún más le gustaba ver desaparecer el reflejo de las luces amarillentas de las farolas, y el suyo, en los charcos, al pisarlos. Además de la estética, le parecía su puro estilo propio. Le recordaba al mito de Narciso, aquel que se enamoró de su propio reflejo en un lago. Él odiaba el narcisismo. Por eso se pisaba con fuerza, marcando un ritmo fuerte entre el habitual tempo lento.

Llegó al Farolillo a la hora habitual. Ni tarde ni temprano. Se sentó en la oscuridad, bajo un tobogán del vacío parque, observando las grises nubes y la agradable soledad. Metió los dedos pulgar y corazón en el bolsillo de su camisa y se lió un pitillo. No tardó en liárselo, tampoco en encendérselo. Mientras se lo fumaba leía un poco de su libro. Rilke era uno de sus poetas preferidos, y lo leía con entusiasmo, sobre todo esas cartas a un joven poeta. De ellas aprendía mucho. Él mismo llevaba días sin escribir, y no encontraba motivos por qué hacerlo. Cuando leía a Rilke volvía a encontrarlos. Y cuando llegaban los domingos y se sentaba bajo el tobogán del Farolillo también.

Algunos se visten de camisa los domingos, para ir a misa, y rezan. Otros se visten de camisa para ir al Farolillo, y fuman, y leen, y piensan, y observan, para luego poder escribir, leer, pensar y fumar, y para trabajar el resto de días y estar ansioso por que lleguen los domingos, vestirse de camisa, e ir al Farolillo, a fumar, leer, pensar, observar y escuchar. ¿Escuchar el qué? Nada. Solo melodías en tiempo lento, leídas de unas habituales partituras vacías.

La pequeña y humilde iglesia de Michael

La plaza de Saint George se encontraba directamente en frente del local de Michael. A él acudían multitudes. Tampoco se le podría llamar un local grande, ni mucho menos agradable, pero si  tenía algo especial. Era un lugar peculiar. Los cristales imitaban a las de una vieja y humilde iglesia, que coloridas brillaban a todos lados, tanto que al entrar por la puerta, abriéndose en un arco de media punta por entre las paredes, deslumbraban a los visitantes, convenciéndoles a quedarse.  “Michaels Saint George Church» se llamaba su rincón, y a él no acudían curas, ni monjas, ni sacerdotes, ni demás, sino rockeros, vagabundos y vándalos; todos ellos muy majos, alejados de las peleas entre ellos, pacifistas en los bares a los que acudían, y evadidos en sus cervezas. Nunca había problemas en la iglesia de Michael, de vez en cuando discusiones, pero siempre dentro de lo normal.

Todos los días, Michael suministraba periódicos, y por muy extraño que pareciese aquello, los vándalos se paraban a leerlas. —“Los vándalos hemos evolucionado»—Decían entre carcajadas—“La situación se ha vuelto demasiado sería como para pelear sin informarse. Antes solo buscábamos enzarzarnos, tal vez con pocos motivos, y siempre intentábamos meternos en peleas ante cualquier mínimo problema. Ahora hay tantos que ya no sabes ni por lo que te estás peleándo, o quemando un coche, o contenedor, o tirando piedras, o botellas… Por eso leemos, para fijarnos en un asunto de entre tantos muchos que hay presentes, y pelear por ello de una determinada manera.»

A Michael le hacía mucha gracia todo aquello, sobre todo cuando comenzaban a leer, y al fondo cambiaba la música, es decir, pasaba a una más tranquila, y todos ellos, con sus chupas de cuero, sus colgantes, sus gorras y sus lemas comunes, comenzaban a hablar tranquilamente con jazz de fondo.

Había días en los que decidía sentarse en un sillón y relajarse, beberse una cerveza, y escuchar las conversaciones de los vándalos, rockeros y vagabundos, tranquilamente. Era increíble ver como hablaban, tan educados y enterados, sobre temas como el aborto, la educación y demás.

Los vagabundos comenzaban a decir, que por fin no serían minoría, y a ellos se uniría un número elevado del mismo carácter social. Los vándalos estaban de acuerdo, decían que por fin podía haber manifestaciones o levantamientos que servirían para algo. Los rockeros se mantenían alejados. Por muy salvajes que parecían, no querían revoluciones, preferían volverse locos bebiendo litronas, agitando sus cabezas, gritando y bailando. “Nosotros somos apolíticos, nos la suda el gobierno y sus paridas. No creemos ni en Dios ni en Rajoy, creemos en los Rolling y en la cerveza que nos trae Michael.— Michael les miraba y reía con ellos. — Los Rolling y la cerveza son nuestros verdaderos dioses.»

—¡Imbéciles! ¡Sinvergüenzas!-Decían los vándalos.- ¡Sois una panda de desinteresados! ¡Con vuestra filosofía nos iríamos al carajo!- Y mientras tanto, se pasaban el canuto los unos a los otros.
—Vamos troncos, relajaos. No olvidéis quien es el verdadero enemigo. Si en realidad, todos somos conscientes de a quien odiamos.

Y allí estaban, bebiendo de sus litronas, leyendo periódicos y discutiendo sobre política. Y Michael disfrutando del espectáculo. Anda que podía reírse de aquello siempre que comenzaban a discutir, y gritar, y gruñir, mientras se pasaban el porro de mano a mano, con cara de frustración y seriedad, mientras Michael cambiaba la música de fondo a jazz, o tango, o folclore, y ellos no se daban ni cuenta; estaban tan ensimismados y tan interesados, que se les podría llamar políticos de barrio, o algo así. Solo faltaba que se durmiesen todos juntos, los unos con los otros, apoyando sus cabezas a los hombros del de al lado, bebiendo leche caliente y acomodándose en sus mantas de algodón. Todos ellos querían ser listos, intelectuales, cuando aún eran novatos en todo aquello —Unos políticos bebés—, y quien sabe, tal vez lo sean más que aquellos que verdaderamente mandan en este país.

Todos los miércoles llegaba la revista “el jueves», y a ella acudían todas las pandillas del barrio, se peleaban por su dosis semanal más fuerte, y huían del bar, corriendo unos detrás de los otros y gritando críticas sobre los ladrones a los que perseguían. —Los miércoles son como navidad. Cuando llegan y Michael trae “el jueves», es cómo volver a casa de mamá y papá, el día de Navidad, y mirar debajo del árbol. Es genial. — Decían los vagabundos, muchos de ellos desahuciados de sus antiguas casas, o simplemente recientes desempleados.

La hermana de Michael, Susanne, se dedicaba a los gráficos mensuales sobre la situación del bar y de la gente que acudía a él.
—Los vagabundos son el grupo de mayor crecimiento real en la actual participación con nuestro bar. Sobre todo desahuciados, que crecieron un cuatro por ciento en las últimas tres semanas. Los rockeros se mantienen estables. Los vándalos están evolucionando, por lo que no podemos mantener estadísticas estables, pero si fueran todos ellos un grupo, todavía estarían creciendo un cero coma tres por ciento por semana, es decir, una cifra bastante estable, pero a su vez positiva.
—¿Y si se estuvieran separando? – Preguntaban interesados.
—Son solo porcentajes, pero si fuera de verdad la separación en el grupo vándalo, estarían bajando los participantes en un tres por ciento al mes. — Todos acabaron sorprendidos. Y de verdad fue así, que el grupo vándalo se estaba dividiendo. Muchos de ellos pasaban o al grupo ocupa, al grupo vagabundo, o al grupo comunista. Estaban apareciendo grandes minorías, desinteresadas en una coalición, que acabarían por desaparecer entre las grandes potencias predominantes.

—Pero no olvidemos quien es nuestro verdadero enemigo.- Se decían los unos a los otros.- Todos tenemos uno, lo tenemos claro. Uno muy grande, tan grande como su estupidez. – Todos reían, y acababan animándose- ¡Larga vida a Michael! – Gritaban todos juntos. – ¡Larga vida a su iglesia! ¡Y larga vida a su cerveza!

Y así acababan todos los días en la pequeña iglesia de Michael. Todos gritaban desde que los cristales coloridos pasaban a la oscuridad, hasta que, a la mañana siguiente, volvían a brillar con fuerza, e iluminaban aquel triste rincón, tan lleno de creatividad y resistencia, para mantener vivo al barrio entero, por siempre.

El artista de barrio.

Se dirigió hacia la salida del parque, llevaba su guitarra en una mano, el sombrero de paja en la otra, y las llaves por el cuello. Iba silbando, melodías de verano, canciones folk (a horse with no name) y sonidos propios que tenía en mente. Llegó hasta la puerta, puso el sombrero de paja en el suelo, sacó la guitarra de su funda, tumbó la funda en el suelo, se sentó en las escaleras de la entrada, justo debajo de la estatua de algún héroe medieval, y comenzó a improvisar en la guitarra. Faltaba una paja para masticarla con estilo, así que dejó de tocar, arrancó un hilito de su sombrero, se lo puso entre los labios y comenzó de nuevo. La menor, re menor, mi menor, sol, un ritmo suave, abajo, abajo, dos veces arriba, abajo, arriba, repetía el mismo esquema, añadiendo arreglos, punteos, silbidos, murmullos. “Salí del parque a tocar la guitarra, estatua medieval me tapa la cara, un ritmo sencillo su atención acapara, ojalá tocara como dios manda. La, la lalalala… » la gente que pasaba miraba a través de su rostro como si no existiera, como aire, o como vagabundo. Calló, soltó la mano de sus acordes, permaneció en silencio. Él mismo sabía que no era algo profundo, algo simple y vulgar, así que buscó algo nuevo. La, la, la, la, mi, mi, mi, re. “No hay dios para tanto paleto suelto, no hay sobre para tanto corrupto absuelto, no hay pan para tanto chorizo. Come más chorizo o acabaremos muertos. Dímelo tú… «. Una nueva melodía y un par de silbidos hicieron que más gente mirara. El tema interesaba a algunos de los paseantes, pero la mayoría seguía desinteresada. “Dímelo tú… » Re, arreglos en la cuerda aguda de mi. “O nadie lo dirá» La canción acabó.

El artista terminó su día con 20 euros, la mayoría monedas de 20, 50 y 1 Euro. Desde que comenzó la crisis su negocio fue a mejor. Parece ser que la gente toma verdaderamente en serio a los necesitados cuando aparece el término crisis, como si antes no hubiera existido. 20 euros, le valía para comer algo caliente, comprar un bolígrafo o rotulador para la pancarta que iba hacer, y para ahorrar un poco por si le iba mal al día siguiente.

Durmió a la salida del parque, a los pies de algún caballero medieval, en unas escaleras, apoyado y tapado por una caja de cartón, la cual usaría para la pancarta del día siguiente. “No hay dios para tanto paleto suelto.»

Y al día siguiente fue a Sol, con la guitarra en la mano, la pancarta en la otra, y el sombrero de paja puesto. Llegó a la plaza, llena de gente de todas las edades, sencilla, pobre y perdida, como él, todos ellos liberando cantos de moda. Sacó su guitarra, se subió a un banco lo suficientemente alto y se puso a cantar. “No hay dios para tanto paleto suelto. No hay sobre para tanto corrupto absuelto» los manifestantes elevaron las miradas, le observaron, perdidos, miradas perdidas como la vida del artista vagabundo, el cantante y creador de una canción que ahora muchos escuchaban con atención, y solo con interés la gente que se encontraba en su situación, o en una situación parecida. “No hay pan para tanto chorizo. Come más chorizo o acabaremos muertos. Dímelo tú… » la melodía, pegadiza, llegó al seno de la gente, al corazón del manifestante y a su mente, abierta, que comenzó a silbar, silbidos como los hacía él, y antes de que el artista pronunciara las palabras siguientes, diez, veinte, treinta, o incluso cincuenta personas pronunciaron sus letras con corazón y sentimiento. “Dímelo tú… » en coro. No tardó mucho tiempo hasta que la plaza entera cantaba las melodías pegadizas del artista de barrio, las melodías que habían sido escuchadas anteriormente, a la salida del parque, bajo la sombra de algún caballero medieval, y las miradas pasivas de los paseantes, que veían en él aire, tal vez sonido, pero solo un pitido. Y ese pitido, se fortaleció, cuando llegó a la plaza y vio en las caras de los manifestantes miles de más pitidos, vagabundos, perdidos en su mente, en busca de trabajo para liberar su descanso, comprensivos, compasivos, activos. Y ellos fueron los que comenzaron a cantar, solo ellos, los que apreciaron su obra. No los de la pijolandia a la salida del parque, creída, que dice ser normal, cuando normal en este país cambia de un momento a otro.

“O nadie lo dirá. » La canción acabó.

Buenos Aires y la puerta maciza de roble.

“Que amargura de día» Pensó, soltó una mano de su libro y dejó el cigarrillo apurado caer en el cenicero de loza que posaba junto a él, en el sofá de terciopelo. De sus mejillas caían lágrimas cargadas de tristeza. Llevaba semanas pensando en lo mismo, y el transcurso de su día, no muy corriente, no lo había podido impedir, los sucesos que recorrían su mente, con justificación, no querían salir de ella. Al fondo, en la radio estéreo, sonaba vivaldi, en sus cuatro estaciones, Invierno. La hoguera prendía en la chimenea en leves llamas ahogadas. Inclinó su cabeza hacia atrás, soltó suspiros y murmullos, que intentaron inclinar su mente hacia otro lado. “Qué más me podría haber pasado. Mi trabajo. Necesito algo que me recupere la confianza, antes de que me inunde la droga.» Quedó callado por un instante“¿Atraco? ¿Accidente?. Nada, no sirve» Su cabeza seguía dando vueltas, repitiendo una y otra vez las palabras que acompañaban los días en su última semana, hasta el actual viernes agotador. Mierda, desastre, fatalidad y faena. Y volvió al negativismo con el que había comenzado. “Nadie me dijo que necesitaría justificante, acaso es necesario… Nadie me dijo que cambiaron los horarios.» Volvió a levantar la cabeza, observó unos segundos la hoguera y las llamas que se encogían en frente suya, miró por encima de la hoguera, y bajo el cuadro de su hermano colgaban las fotos de Sofía, su esposa, Marta su hija, y Marco, su hijo.

Quedó en silencio. Solo la hoguera seguía soltando ruido, y calor, chispeante, y bajo su calor, despertó.

Diego volvió a la actualidad, apartó la mirada de las imágenes de su familia e intentó concentrarse en el libro que estaba leyendo. Cuentos cortos, de Julio Cortázar, con un prólogo de Jorge Luis Borges que se había terminado hace un largo instante, pero del que no se podía acordar con claridad. Era incapaz de concentrarse, de leer atentamente y releer su evasión. Leía, eso sí, pero una y otra vez las mismas líneas, tratando de sacar conclusiones fluidas. Imposible. Comenzó a leer en voz alta para enterarse mejor, tal vez para tapar sus pensamientos reales. “El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada. Solo un pasillo, con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño». Era una simple distribución, una narración simple, como las escribía él muy a menudo, no con el mismo arte que Cortázar, pero igualmente, por muy parecido que fuera no podía imaginárselo, estaba perdido en las hojas viejas de su libro, en las delicadas líneas, párrafos, descripciones y diálogos. La casa parecía un laberinto para él, un lugar lejano; y eso, en su lectura, no era nada habitual.

Se agobió, dejó el libro de lado. Casi lo tiró por los aires pero se acordó del delicado envoltorio que lo rodeaba, de la capa tejida, con cariño, de seda, y su extraño y desgastado color verde. A él le gustaban las cosas viejas, así que lo dejó simplemente a su lado, cerca del cenicero de loza que estaba a punto de volcarse. Podría haberlo dejado en las estanterías de su biblioteca, o haber posado el cenicero en la mesa que estaba enfrente suya, junto a sus ambientados pies, calzados, que se estiraban de vez en cuando, a golpes, agitados, de un lado al otro, lo que reaccionaba en las colchas de su sofá, tambaleándose de un lado al otro. El sofá colchado de terciopelo no era el lugar más estable, pero en sus pensamientos tampoco había equilibrio alguno, lo que hizo agitar a Diego, quien se levantó, cruzó el pasillo dejando de lado los dos dormitorios vacíos, el comedor, el baño de mármol y los muros de piedra, hasta llegar a la habitación de matrimonio. Salió al balcón, sacó de sus bolsillos el resto de documentos del trabajo, el tiquet desgastado del autobús, su cartera, y de ellas las fotos de su esposa, de los niños, las fotos de su boda, de su décimo aniversario, y las tiró todas desde el segundo piso hacia el exterior.

Las luces brillaban en Buenos Aires a las 12 de la noche, y en las calles de su ciudad natal multitudes de parejas, a veces con sus hijos, con los perros, con la familia, o jóvenes con sus amigos, queridos, o solitarios vagabundos, paseaban bajo la mirada constante de Diego, el revoloteo de las palomas, los murciélagos, las golondrinas, y entre ellas, los documentos de su vida. Bajo el ruido de las calles y de sus habitantes tapó una serie de palabras pronunciadas en voz baja, y  susurradas en silencio.

“Sofía» Y Sofía caía. “Marco» Y marco caía también. “Ay, mi pequeña Martita» Y Martita calló, tambaleándose, vista por los lagrimosos ojos de su padre, cayendo los tres bajo los pasos de los vagabundos paseantes de las calles de Buenos Aires. Diego apoyó las manos en la fría barandilla que rodeaba su balcón, perdió la mirada en los bares, las terrazas, más tarde en las calles, en las personas, en las familias, en las luces y en los charcos relucientes, hasta que el metal oxidado de la barandilla, fría, congelada, despertó de nuevo a Diego, que medio dormido metió las manos en los bolsillos de su pullover, y continuó con un paso ligero hacia el interior de su hogar. Cruzó la habitación de matrimonio, salió al pasillo, dejando de lado la puerta maciza de roble, tres dormitorios grandes, la biblioteca, una sala con gobelinos y el comedor. Dio la vuelta y entró en la biblioteca, removió un poco con su barra de acero las llamas de su hoguera, la que recuperó su fuerza vivaz, y brilló de nuevo, e iluminó el lugar con fuerza. Diego dio media vuelta, sacó un cigarrillo del bote de metal en una estantería, fue con paso firme hasta el sofá de terciopelo, agarró con fuerza el libro de Cortázar, leyó, leyó y leyó, y en su ensimismada lectura levantó sus piernas, las posó sobre la mesilla, dio una calada a su cigarrillo, y prosiguió leyendo, concentrado, atento, con toda capacidad de entendimiento ante las descripciones delicadas, los diálogos, los párrafos, las letras y todo su mundo literario. Nadie podía arrebatarle de allí. ¿Atraco? ¿Accidente?, nada serviría. Ahora su mundo era Cortázar, sus cuentos cortos, el cigarrillo que gastaba en su mano, del que daba una y otra vez caladas ansiosas, su salón, su biblioteca, su hogar, el pasillo, las tres grandes habitaciones, la puerta maciza de roble que separaba una de otra parte, y que permitía en Diego, una cierta estabilidad.

Prosiguió leyendo en voz baja, soltando leves susurros delicados. “Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta maciza de roble.» Su voz iba callándose más y más, ocultándose bajo las parrafadas de Cortázar. “Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes, no a otra cosa» Y seguía bajando…“Lo recordaré siempre con claridad»

Valores perdidos.

Entró en la habitación. En cierto modo le recordó a su vieja casa del bajo Quenouille: el suelo tapizado, las ventanas de color, y las paredes rellenas de pegatinas, recuerdos, cartas, pósteres de músicos de los sesenta, e instrumentos, tanto habituales como exóticos. Levitaban objetos mediante tornillos viejos y cuerdas de marinero por las paredes de color ocre. A su izquierda, una vieja guitarra folk, quiso ser tocada, callada, pero no pudo ser. A su derecha, incrustada, rebosaba una antigua estantería de madera, que de manera abusiva, llenaba de congas, xilófonos y armónicas de todos los tipos y precios, los pocos espacios vacíos que quedaban. Le recordó, en cierto modo, al mercadillo del viejo barrio quenouille, al estilo horror vacui.

Y en la parte posterior de la puerta, opuesta a la ventana, rellenaban sobre todo señales de tráfico de las calles de Arles los pocos huecos libres, crecidas del espíritu salvaje de Frédéric, implácido, pegadas con un pegamento goloso, que sobresalía presionado por los bordes. Carteles de alta tensión, de callejón sin salida, de conductor principiante y mayoritariamente de pasos de cebra, pintados con spray y rotulador, decorados con dibujos novatos, bonitos a la vez, originales. Claude le envidiaba. Fuera lo que fuera, lo tenía porque lo podía tener.

Desde el momento en el que entraron en la habitación fue creciendo un inquietante silencio del que ni se dieron cuenta. Su amigo, Frédéric, se puso a separar la ropa sucia de la limpia en montones que crecían como pilares del suelo tapizado. Claude cortó el silencio.

—Bueno, Fredi-Preguntó interesado, pero de manera vulgar y despreciable- Y toda esta mierda… ¿De donde tienes toda esta mierda?- Su amigo levantó la cabeza, ocupado, y, cansado de ordenar la ropa, lanzó todos los montones debajo de la cama. Continuó con las sábanas, y mientras las estiraba, contestó a Claude.
—¿A qué te refieres?
—Pues a esto, todo esto, los pósteres, los instrumentos, las tiras de los periódicos, las cámaras viejas, ya sabes ¿De lo que hay en la habitación? Pues todo.-Esbozó una leve sonrisa y maniobró sarcástico.
—¿Toda esta basura dices?

«—Si, y por favor, no sigas preguntando, prepárame la cama, contesta, y déjame solo. – Pensó, pero no lo dijo.- Suficiente me ha ocurrido en los últimos días como para estar vacilándome.»

—Pues, amigo, del rastro, de dónde va a ser sino. Un amigo de mi padre, el moro al que saludamos al venir hacia aquí, tiene un puesto de trueque en el barrio quenouille.
—¿El viejo?
—Sí.-Meditó- Bueno, depende de lo que sea para ti viejo, rondará los 50.
—No, me refiero al barrio. Quenouille viejo o nuevo. Ya sabes, alto o bajo.
—Bajo, el viejo. Me regaló lo que no lograba vender en su puesto. Es muy majo el tío.

Se quedó pensando. Intentó relacionar la trama, cerrar un caso perdido, unir los puntos flojos que le trajeron hasta allí. Recordar su habitación, punto a punto, detalle a detalle, cada esquina, cada señal y pista, cada huella que le pudiera devolver al pasado cerrado, perdido. Para recuperar lo prestado, y de un momento a otro, se vio a si mismo entrar en la ducha de su viejo hogar, respirar el dulce vapor, secarse el pelo con su toalla de escorpión, y salir con el pelo húmedo, a las calles de Arles. Se vio vestirse, y poder elegir entre botas, camiseta, pantalón, y bajar vestido a las calles de piedra, ver pasar bicicletas, paseantes solitarios y parejas agarrarse entre besos del calor las manos y la ropa, vio colocarse la capucha en el cabello húmedo y dudar entre pasear, como el resto de ciudadanos amantes del sol, o entrar al café le monsieur du les couleurs. Se vio a si mismo cruzar la calle y entrar en aquel extraño café al estilo parisino de los años 20, sentarse en un sofá magenta de terciopelo, escuchar el golpeo de las tazas en los posavasos, el sonido de las teteras, cacerolas, y de los demás clientes conversar y hacerse interesantes. Se vio contemplar a una mujer de apariencia interesante, lectora como él, del diario libération. Se vio imitar a la mujer, coger otra revista, y leerla bajo la constante apertura de Wagner al fondo, o bajo los ritmos extasiados de Django Reinhardt. Se vio pedir un café, leer, y escuchar, fumar, acabar de hacer todo aquello, acercarse a hablar con la mujer intelectual, pedir un té en la constante charla de la mujer, mientras, a profundos sorbos, se lo acababa rápidamente, con ganas de más. Se vio oír a la mujer conversar, y cambiar su opinión sobre ella. Se vio decidirse entre te verde, negro, rojo, o lo que fuera, para pedírselo a su vieja amiga, la camarera. Se vio retroceder de la mujer, desinteresado, ver brillar el sol por los cristales del les couleurs, y pensar en Monique.

Y luego, se vio en la habitación oscura de Frédéric.

—Bueno, la cama está lista. Te explico, debido a tu situación, he decidido regalarte una mochila y un par de abrigos. Mañana, cuando partas hacia el norte, tómate tu tiempo, te enseño donde están, te invito a un té verde, negro, rojo o lo que quieras, charlamos un rato y te digo un par de amigos y lugares donde dormir.
—Muchas gracias Frédéric, de veras, no se lo que haría sin ti en estos instantes.
—Pues lo mismo que ahora, querer dormir. Te dejo descansar. El despertador suena a las 7. A esa hora me voy a trabajar. He mandado una carta a los correos de Chaumont. Lleva sorpresa. Supongo que llegará el 14, o 15 de Abril, más o menos, como tú.
—Ese es el plan.
—Vale… Inténtalo. Cuando lo leas, respóndeme, si puedes… – Se quedó pensativo-Te veo cansado, me voy al salón. Duerme bien.

Frédéric salió comprensivo de la habitación, con un paso ligero, tranquilo y quieto. Ojalá pudiera dormir bien. Claude se quedó callado. Se cerró la habitación bajo los pasos y el polvo de Frédéric, y Claude quedó solo, inundado por la oscuridad de la habitación al estilo horror vacui, rodeado de los espilfarros inútiles y decorados del rastro del viejo Quenouille, similares a los que llegó a tener una vez; y en esa oscuridad ennoblecedora, cerró los ojos y buscó adentrarse en el ensueño.

Mañana cogería la bici de Frédéric, “prestada», visitaría la cafetería de la rue des cortes, y se quedaría observando, anhelando, pensando, mirando y buscando lo que había perdido, buscar el enlace entre Quenouille nuevo y viejo, y quedarse cabizbajo, en busca de los viejos valores perdidos. Y entre el desaparecido tintineo de las tazas sobre el posavasos, la música de Wagner, o las extasiadas melodías de Django Reinhardt, los colores de los paseantes, los sofás, las tazas, la moda y las calles, se vería posar triste su taza de cartón en el suelo, e irse vacío, hacia su ruta, y su deseo anhelante de inflexion.

Conversación Unidireccional

En el bar del pueblo había dos barras, una para borrachos y otra para gente un poco menos borracha, más bien contentilla. A la izquierda se situaban los borrachos. Recuerdo entrar y mirar hacia la izquierda y ver sillas volcadas, barbudos dormidos, y si seguían despiertos, entreteniendo al barman. Una situación muy curiosa. En cambio, a la derecha, que en un cercano futuro acabarían por la izquierda, seguían de buen humor, bromeando, hablando o cantando. Nosotros estábamos en medio, sentados en una mesita redonda, discutiendo un tema que me molestaba mucho, el debate. Y es que debatir con Phil siempre era escuchar y escuchar, sin poder decir nada, sin interrumpir, empezar ni acabar. Simplemente oír y hacerse el interesado. Y eso mismo, es lo que quería cambiar esa noche. El por qué sería justamente esa noche supongo que por el alcohol que llevaría en sangre. Sin alcohol, no habría logrado expresarme así como llevaba semanas preparándome.

—No me entiendas mal, pero es que no te callas.

Paradójico. Se quedó callado por un momento, y tartamudeó hasta pronunciar sus palabras.

—C.. C.. ¿Como?
—Nada Phil, lo que te estaba diciendo, que no te callas. ¿Crees estar debatiendo algo? ¿En serio?, tío esto no es un debate sino un discurso. Pero, nunca lo entiendes, es que la mejor conversación es de emisión bidireccional.
—¿Bidireccional?- Pregunta tonta. Afirmé con la cabeza.
—Así es. En cambio, si uno se pasa hora y media soltando un discurso, por muy interesante que sea, nunca habrá comentario, y por lo tanto no habrá crítica ni conversación compleja. – Su amigo le interrumpió.
—No te creas aquí el maestro del discurso. Es más, nunca dices nada.
—No me dejas. Y tampoco te escucho, porque no es de mi interés, es más, si fuera el otro caso no me dormiría. Me cuentas cotilleos. Cotilleos de esos que te puedes encontrar a cada esquina, pero que igualmente siguen siendo el mayor tema de conversación de la gente manipulada.
—Que dices de manipulada tío, te estás yendo.
—Sí, manipulada. Y esa gente manipulada de la que te hablo, no es más que gente que busca ser mejor por hablar de gente de mayor importancia, y popularidad, y bueno, riqueza exterior.

La conversación comenzaba a ser más interesante. Phil se había remangado la camisa, indignado, con una expresión severa. Estaba callado, escuchando.

Al fondo se oyó un golpe. Un gordo barbudo calló al suelo. Del lado derecho trajeron refuerzo, un hombre de unos 50 años de edad, calvo, con gafas de los 60, traje y corbata. Seguramente con un largo día a sus espaldas.

La verdad, no se que haríamos allí, supongo que observar el ciclo del cliente fiel, o en mi caso, buscar historias con las que entretenerme mientras Phil me hablaba, lo que ya no era el caso.

Pensé que al fin iría a hablar con él de algo serio, pero no hubo conversación. Él se levantó, se acabó la cerveza de un sorbo, se puso la chaqueta, salió al pasillo y cerró la puerta de un portazo.

—Bueno, por lo menos tu boca se va contigo. Por lo menos se cierra de una vez por todas. Por lo menos se abrió junto a la huella de tu portazo, polvo, nada más que polvo.

Y siguió pensando. Pobre manipulado. No es el único, ni tampoco un solitario en estos tiempos que corren. Tiempos que huyen para el hombre corriente, que tiende a creerse rumores e inventarse historias de gente popular. ¿Por ejemplo?

¿Que es de los mitos, de las leyendas y de los héroes; o de los actores, de los futbolistas y los cantantes; o de los príncipes y la monarquía en su conjunto? Nada más que distracciones para el pueblo.

¿Por qué?

Porque no hay nada más bonito que ver, además de polvo y cenizas, y gente manipulada.

Las ratas del siglo XXI

—Si no sabes distinguir entre rata y político, es que no lees los periódicos.- Me dijo Arley- Aunque no es tan complicado, la única diferencia: el lugar donde habitan. Te digo que si sacas a una rata de la alcantarilla y la pones a hablar delante de todos los periodistas en el palacio presidencial nadie se daría ni cuenta.

Tuve que reírme, era inevitable. De nuevo me sorprendía con su crítica rauda, avispada, cruda, que se retuerce a sí misma con crueldad y realismo. Pensé en la situación que supondría aquello en la moncloa, y me reí tanto que olvidé por un rato que me encontraba en medio de un debate.

—No se de que te ríes, te lo digo en serio- Me decía con una sonrisilla apuesta.

Traté de concentrarme de nuevo y comencé a dialogar con él.

—Pues verás, estoy de acuerdo en lo de las ratas. Son plagas infecciosas que expanden sus enfermedades, o más bien ideologías en este caso, por el pueblo. Pero mira tío, siempre hablas tanto y nunca haces nada.
—Anda que no, si estoy afiliado.
—¿A si?- Sarcasmo- Pues dime, que haces para apoyar al partido además de votarlo en las próximas elecciones.
—Me informo.
—Eso está muy bien, más que bien. Pero te he oído muchas veces quejarte de tu propio partido.
—Esos hijosdeputa estaban a favor del toro de la vega, era inevitable. No pude soportar oír hablar con tanto patriotismo sobre una salvajada tan medieval e inmoral.
—Medieval, inmoral en este caso es subjetivo.
—¡Joder, sí! -Dio un puño en el canto de la mesa que por poco vuelca el café. La cuchara cayó al suelo.-¡Inmoral que te cagas! Eso de llamarle tradición clavarle lanzas a un toro es como enseñar a tus hijos a clavarle astillas al gato- Recogió su cuchara y trató de tranquilizarse, apoyó el codo en la mesa y se rascó la frente, medio calva.
—Coño pues empieza a clavarle astillas a los de tu partido, que para algo estás. Y mira, si no te gusta como actúan créate uno propio. Puedes llamarlo Partido Antirrata o algo así.

Cambió su expresión por un momento, se rió con sarcasmo, pero volvió a poner cara de cabreo. Arley, siempre enfadado, no hay día que no le veas de mala hostia. Por una parte bien, por la otra una pesadilla. Es como tener que ver todos los días a un hombre dándose cabezazos contra las paredes.

—Siglo XXI, Alfred, ya no se crean partidos, o si eso, los que se consolidan quedan hechos añicos por el bipartidismo en cuanto ganen un poco de popularidad.

Que pesadilla. Odio a la gente que comienza a quejarse y después se caga en los pantalones. Es decir, no los odio, Arley es mi colega, tampoco voy a odiarle por ser así.

Ninguno de los dos quería decir nada más. Arley se levantó y se quedó mirando un rato por el balcón. Así, los dos nos callamos por un rato. Yo usé el silencio para pensar. Pero pensar es muy fácil, demasiado fácil, lo difícil es maniobrar. A veces pienso lo difícil que es ser de letras. Yo, que no me veo obligado a las tareas de aquellos, ya que me visto de bata blanca todos los días, los admiro firmemente. No es lo mismo observar por un microscopio a un órgano diminuto que por tamaño real a una convivencia en su conjunto, en dimensiones actuales. Debe ser duro confrontarse con la realidad y oponerse a sus problemas. Una frustración más y más sólida ante la defensa de los más poderosos. Los guerreros del siglo actual, con impresora, Word, y tinta, con la obligación de afiliarse a un partido con el que no están plenamente de acuerdo, ya que todo se trata de conseguir votos. Esto ya no es el Antiguo Régimen, el pueblo llano ya no es el 95% de la población, sino más o menos la mitad. Ante los ojos de muchos, vemos conformidad ante todo, demasiada. Y que más queremos, tenemos televisores, radiadores, neveras, móviles, etc, y resulta por ello más complicado quejarse de detalles, por muy importantes que sean. Arley es uno de esos, inconformistas, como hacen falta en muchos casos. Él es capaz de verlo todo objetivo, pero es un pesado.

Conseguí salir de mi mente, en la mesa reinaba el silencio. Arley se había terminado el café, se levantó de la mesa, metió la silla dentro de casa y encendió la televisión. Mientras tanto yo seguía en el balcón. Dios mio, cuánto tiempo llevaba sin escuchar silencio. Que poder tan fuerte, y que indicio tan aterrador.