Una noche al vacío

Observo el vuelo de un pequeño mosquito
y me compadezco con él
y con su ceguera.
Me siento minúsculo
tan minúsculo como él mientras choca
y vuelve a chocar
contra el vaso vacío que reposa
en la mesa mugrienta
en el desorden de esta casa
que hace del caos apoteósico un nuevo orden de vida
y las bebidas se vacían
y las miradas se embriagan
y las sonrisas se burlan.

¿De dónde saco yo mis ganas de seguir viviendo?
Veo al resto triunfar en sus planes
respirar milagros
aterrizar inesperadamente en grandes triunfos
mientras doy pasos absurdos en el agua
y en los charcos que nacen de mi pérdida de tiempo.
Tal vez escogí en su día el vaso equivocado
en el que mecerme cual niño
en el que buscar mis laureles
en el que hallar mi podio.
Solo choco contra el cristal
de un vaso vacío
de algo que en su tiempo fue vino blanco
y que fue vaciado por antecesores vacilantes
que dieron sus zancadas con pasos de gigantes.
Tal vez escogí el vaso maldito
el continente equivocado
en el que dar mis futiles revoloteos al aire.
Agito el pánico
y mi mirada se tensa
mientras me asomo al fondo.
Otros escogieron el vaso lleno
y se enriquecerán de ello.
Yo seguiré en mi vestido mendicante
cantando al viento cruel
que el destino que observo
y que se me avecina inevitable
es el de aquel mosquito que contemplo
encerrado en el nuevo orden del desorden
que busca el embriague en vanas bocanadas de aire
y cabezazos de desesperanza;
que ahonda en su deseo de hallar
algún día
el trago del vino dulce
mientras observa la mano del gigante caer
para aplastarlo contra el fondo.

Caen del cielo para no olvidar

Un día te despiertas y hundes tus fauces en la piel de la tierra

y dejas caer el cubo en el pozo

y le buscas la profundidad a una mirada

e investigas en el milagroso ritmo de tu pulsación

y tratas de hallarle el pincelado a los colores

y observas a un niño jugar con la arena y sus juguetes de plástico

hasta que te cierran la puerta en las narices

y tus uñas en la tierra se pudren

y el cubo cae contra el fondo rugoso del pozo

y la profundidad de la mirada que te hipnotiza cierra sus párpados

y el niño que jugaba en la arena se escapa en el Lange Rover de sus padres

y el pincelado de colores cae en oscuridad

y el ritmo de tu pulsación se acelera

y sales de tu casa para tomar el aire

y los nervios te pueden

y las ansias vivas te matan por dentro

porque ya no queda agua en el pozo del que sacas tus ideas

y toda belleza se te niega

pero tú te niegas

y sigues caminando

porque quieres seguir caminando

y porque quieres glaciares

-porque tú

quieres

malditos

glaciares-

o desiertos

o tormentas veraniegas

y tensión en el aire

y electricidad en la madera

y granizo en primavera

y lo quieres todo junto

y lo quieres todo

porque te nutre.

 

Tú sales a dar un paseo ese día

y ya ni escuchas la melodía de los pájaros

ni los cubiertos de las terrazas chocar contra las mesas

y la rima de los verbos de algún profeta te parecen crudos

y burdos

intrínsecamente innecesarios

desvirtuados por tu derrota.

En aquel paseo te dices a tí mismo:

No hay agua en el pozo.

No hay profundidad en la mirada.

Aquí no hay

nada.

Los libros que antes abrías y te llenaban de luces

y te hacían clavar las fauces en la arena

y desear glaciares

desiertos

tormentas veraniegas

te parecen absurdos

más palabrerías

errores nefastos

pérdidas de tiempo

que no nutren

ni nutrirán

porque nada nutre

y nada te nutre.

 

Ese día.

Ese mismo día en el que tus uñas quedaron clavadas en la arena para pudrirse

y tú te fuiste indignado

un pájaro sale de su nido

canta una rima

rima un canto

y despacio muere

cayendo de la rama en la que posaba

al suelo

en frente de tus narices

mientras tú dabas tu paseo

y sin soltar sonido alguno te habla desde el silencio

para que no olvides

y escuches

las únicas palabras que aún te podían hacer ver

(las del silencio)

que todo es absurdo

y todo cae de una rama

y todo acaba en el pozo sin agua;

que todo es bello

precisamente porque tú estás allí para respirarlo todo

desde el aire de una montaña victoriosa

o desde una apoteósica colina

o desde el fondo del pozo derrotado en el que tú mismo te cavaste;

que la belleza no existe por si misma

sino que se filtra a través de los ojos

de tus ojos

y vive en todo lugar en el que la coloques

sea en lo feo

o en la desesperación

o en el aburrimiento

o en los ojos cerrados

o en el pozo sin agua

o en el canto de algún pájaro

o en la rama de algún árbol silenciado.

 

Y ese día regresas a tu casa

y regresas con hambre y sed

hambre y pura sed

puro hambre y sed

a sabiendas

de que siempre habrá algo que te nutra.

 

Zigzag

El cigarrillo hace un dibujo sobre el diafragma abierto

mientras dialoga el brazo a la italiana cerrando el puño

y sigo preguntándome cuanto quedará para los pies descalzos

 

Camina delante de mí

y zigzaguean los mofletes del culo

y la puerta se cierra

y la luz deja de caer de arriba

y se desliza blanquecina desde abajo

y el móvil se apaga

 

Bebimos café por la mañana

en el de la esquina

en el austriaco aquel

recuerdo por el sabor de la saliva

 

Joder

ese café tenía sentido

incluso una vez olvidado

y cuando acabe esta noche vendrá otro café a hipnotizarme

junto al sonido del soplador de hojas y su absurdo empleo

haciendo de la selva unos matojos

y de los matojos una selva

Al país derruído

Coger un avión

luego otro

saltar la valla de Melilla

nadar hasta Tarifa

correr hasta un puerto en la Normandía

zarpar hasta Islandia

cruzar el ártico en avioneta

y Canadá en tándem

Alaska en helicóptero

Kamchatka y Rusia en globo aerostático

un buen trecho en autobús hasta la última estación

en taxi hasta el estadio

recoger la bicicleta

pedalear por el carril bici

hasta la siguiente rotonda

y a no ser que hayan cambiado los horarios

esperar más o menos

tres, putas, horas

hasta el siguiente tren

para ir en autostop hasta la urbanización

hasta casa andando

abrir la puerta del portal (con las llaves, nos indican)

y la del ascensor

a la quinta planta

de un piso en derrumbamiento

.

Solo quedaría entonces

abrir

.

Vamos a ver

se supone que es un atajo

y lo venden de esa forma

pero oye

algo me dice a mí que nuestro regreso a la normalidad se nos va a alargar más de lo previsto

En el río siempre llegan los gusanos

Fue horrible ver morir al gato. Pobre gato. Allí, aplastado contra el suelo, como una parte íntegra de aquel hormigón armado. Fue horrible, pero tuvo que pasar. ¿Cómo sino podría haberme vengado yo, tan inocente que soy, de las pullas de mi hermano? Mi asqueroso hermano. No lo comprendo. De verdad. No entiendo por qué me vuelvo tan irascible en esos momentos -aborrecibles momentos- en los que pienso en él y vislumbro su cara, como una sombra tétrica, como una figura encorvada en un parco bosque, como un perfil bordeado por la luna llena; o cuando veo temblar su cicatriz debajo del ojo izquierdo mientras mastica el tabaco, y produce aquel chirriante sonido de sus dientes amarillentos al colisionar, como el acero de unos raíles de tren en invierno, como clarinetes desafinados. Peor aún, me duele la cabeza y me entra jaqueca cuando le miro a los ojos y no hallo fondo en ellos. Entonces es cuando recuerdo el chillido silencioso de mamá al caer al río, y la lúgubre mirada de aquel quien fue su asesino; de quien se dio  la vuelta y sonrió; de quien me impidió que saltara al agua, al agua indómita y cruel de aquel río invernal y cómplice que ahogaba a una enclenque madre. Lo más ominoso en esta vida: Una mirada descompasada; la mirada de un hermano enfermizo; el rostro de un enemigo que dice ser familia. Aquella mirada chapucera, aquella sonrisa indeseada y maleante pulula por mi vida y se apodera de mis bienes, de mis deseos, de mi espacio. Le deseo lo peor. Que se pudra. Sí. Que se pudra. O que lo siga haciendo, pues en mi imaginación él ya se pudre, como un trozo de madera vieja al fondo de este río bruto que nos encierra. Se pudre como lo hacen los lugares solitarios y húmedos como este. Se pudre porque me gusta verle pudrir, porque me relaja, porque me devuelve a la vida, al placer… Pero fue horrible ver morir al gato, igual de inocente que yo, igual de afable y cariñoso: Una víctima más; un oprimido más. Pobre. Inocente. Murió. Y aunque no fuese agradable he de admitir que tampoco me hirió demasiado en aquel primer momento. Algo en aquel acto terrorífico me liberó. Algo en mi cuerpo pesaba menos. Yo solo había obedecido. Había obedecido a mi instinto. No había sido yo, antes, aquel que era ahora. Ahora podía caminar tranquilamente. No hubo caricias. Solo sangre. Sangre por todos lados. ¡Por todos! Y a la pobre criatura se le salían los ojos como dos sucias burbujas, como a una rana de las del pantano pero engangrenada de sangre. Mucha sangre. Demasiada. Y la dentadura quedó destrozada, así como su cráneo, como las patitas, como el hocico, como mi alma. Pero tuvo que pasar y no pasó en vano. Aquel maldito asqueroso de mi hermano me había quitado lo último que me quedaba, lo único que me importaba en este mundo opaco y gris, en este universo inmundo, en este aborrecible lugar. Lo único. Él, con su poder, con su fuerza innata de hijo primogénito, con su potencia de Caín, con su maquiavélica e incorruptible sonrisa. Él, con toda la maldad, con todo el asco que habita en su sustancia, más desagradable que un saco de pulgas lo hizo. Él lo hizo. Él lo empezó todo. Él lanzó la foto de mi madre, de nuestra madre -¡De mamá!- a la hoguera aquel día, bajo la luna llena, junto al río, junto al bosque, junto a nuestro refugio de gélido hormigón; él, que levantaba la botella de cerveza del suelo para beber un último sorbo de aquel pis, de aquel brebaje de calor fermentado mientras sonreía cual hiena. Al despertar todo estaba lleno de escupitajos. Toda mi cara. Toda mi cara llena de babas, manchada de barro y rebosante de sangre. Y su sonrisa tan poderosa, tan lejana, se asfixiaba por su mera presencia y arrastraba consigo al desastre a su propia alcoholizada alma, desencantada con todo, trillada en pedazos y desechada por todos lados. Pero es verdad. Fue horrible ver al gato morir, en aquel lugar, habitáculo de recuerdos; en aquella estancia en la que solían jugar, mi hermano y aquel tímido animalillo; murió allí, el pobre, en su rincón preferido mientras descansaba, echado de un lado, soñando con algo, tal vez con cazar ratones, o pájaros y seguir viviendo; en su tierno descanso murió, aplastado por una cama irresistente, por un lecho viejo mientras dormía apaciblemente debajo de él, sin molestar a nadie, sin infligir penas a ningún ser, sin llevar la culpa de nada. Y el asesino, fui yo. Su amo. Su compañero. ¡Y tan horrible que soy! Lo traicioné. Ahora las lágrimas… ¡Si! ¿Pero antes? Ególatra y ruin. Sí. Lo soy. Porque… Yo lo maté. Y lo vi morir por aquel espejo al otro lado de la habitación. Lo vi morir y no me importó una mierda. Lo maté de un salto. Un salto sobre aquella cama que sabía débil. Un salto que duró un solo segundo. Un momento efímero. Bastó un breve impulso sanguinario y dejó de respirar. No hubo chillido. No hubo nada. Niente. No lo hubo. Solo se escuchó el ruido de aquella madera roñosa al romperse; aquella madera de la que mamá siempre nos alejaba. Aquella madera húmeda, podrida y rancia, como la expresión de mi hermano el mismísimo día anterior. Y ojala llore hoy como lloré yo ayer. Ojala se retire de este campo de batalla sin decir ni una sola palabra; sin vengarse si quiera con su puño de hierro; sin aplastarme a mí, contra el suelo, como suele hacer siempre. Ojala se vaya, y acepte su derrota, y acepte que ahora el poder esta en mis manos, en las manos de su victorioso hermano. ¡Que digo de hermano! ¿Hermano? Ni de broma. ¡En todo caso amo! Pero aquel bichejo ya no es de mi familia. Aquel ser no forma parte de mí. Nunca lo ha hecho. Siempre ha estado lejos, y siempre lo he alejado de mi existencia. Él siempre ha sido muy… gris. Todo a su alrededor se tiñe de aquella pintura incolora ante su mera presencia… Y el mundo, ya de por sí muy gris no necesita a más pintores monocromáticos como él, torturador, inseguro, endeble, crudo y romo maltratador de almas caritativas, maléfico y todopoderoso. ¡Ojalá se muera! Y si no se muere por sí solo lo tendré que hacer yo. Lo tendré que dejar tendido sobre este suelo templado con sus poderosísimas grisallas. Con sus uñas de fiera… De fiera derrotada. Joder. Pero fue horrible ver morir al gato, allí donde solían jugar con una cuerda; allí donde mi hermano le había construido una guarida a su criaturilla preferida. Pero la venganza fue justa. Sí. Lo fue. Tuvo que serlo. Él destruyó lo último que quedaba de mamá. Yo aplasté la última pieza, el último ente caluroso, el último resquicio de humanidad que quedaba en su vida, que vivía en su alma, tan fría e inerte, tan deshumanizada y bruta, tan primitiva. Y se fue. No sé si al cielo o a algún otro lado. Pero al suelo, seguro. Aplastado, con los ojos salientes, las costillas destrozadas, y sangre en todos lados: Roja, negra, oscura, plateada, intensa. Pronto llegarán los gusanos. Pronto. Aquí, junto al río, siempre llegan los gusanos. Le llegaron a mamá, le llegarán al gato, y ojala le lleguen pronto a mi hermano, tal vez por la nuca a causa de algún bastón, o en la espalda a causa de algún cuchillo, o en algún otro lado por algún otro arma. Siempre llegan los gusanos. Siempre. Llegan a este paraje gris, a este rincón indomable, a este refugio aburrido y tedioso. Llegan coloreados de verde y malolientes para traer color a esta casa. Para sacarme del gris. Para relajarme. Tranquilizarme. Expulsar mi ansiedad. Para darme un respiro y devolverme al placer de mi existencia. Fue horrible verlo morir. Fue horrible. Pero por fin puedo respirar. ¡Puedo respirar! Inspirar y expirar. Inspirar y expirar. Inspirar y expirar. Inspirar y… ¿Pero qué más podía hacer yo?

Homenaje a Dylan

Si algun dia te diriges al borde del abismo

Donde el viento azota frío ante el mar tan fronterizo

Saluda de mi parte a alguien, si aún vive dónde vivía antes,

A una mujer, una memoria, una antigua de mis amantes.

 

Y bueno, si vas cuando caen las tormentas de nieve,

Cuando el río se enfría y el verano se muere,

Mira por mí si aún lleva su viejo abrigo de pieles

Y si se refugia en él de los blancos aullidos que llueven.

 

Y sí, mira por mí si su pelo aún baila con el viento

O si aún cae cual cascadas y aún fluye por su pecho.

Y sí, mira por mí si su cabello aún baila con el viento

Pues aquello es lo más tierno que hay de ella en mi recuerdo.

 

Y me rompo la cabeza, porque tal vez ni se acuerde de mí

Y eso que muchas veces recé por evitarlo, tal vez diez, cien o mil

Veces, en lo tétrico de mi noche más febril

O en lo más ecléctico, en mis cielos claros, en mis lentos despejos de abril.

 

Así que si algún día te diriges a aquella feria que hay en el norte,

Donde el viento romo azota fuerte contra la frontera y ante el borde

Salúdala tú, de mi parte, si esque aún vive donde vivía antes

A aquella mujer, aquel pasado, aquel reflejo de una vieja amante.