Borradores: Dimitris, 2018

Cuando llegué al pueblo de Dimitris, después de caminar cerca de ocho kilómetros, ya había comenzado a anochecer, y el sol se escondía entre las dos montañas. No sabía donde estaba, porque no sabía adónde iba. Nunca. Pero a mis pies tenía unas vistas hermosas a la delgada línea del mar y al lejano monte Parnaso, así como a un lago en el que pocas horas antes me había estado deleitando con El tambor de hojalata de Günther Grass. El viaje estaba siendo una gozada. Transcurría tal y como lo quería: Caminando solo durante horas. Caminando. Solo. Cantando y fotografiando curiosidades, detalles elementales, rostros, miradas, escenas que saltan a la vista. Apuntando pensamientos y ocurrencias en mi diario. Dibujando, rimando poemas, debatiendo conmigo mismo, y riéndome de mis chistes.

Llevaba todo el viaje caminando. Tanto, que incluso los habitantes del poblado se, de verdad, asustaban. El mismísimo día anterior una mujer anciana (en este lugar solo hay ancianos) quiso prohibirme el seguir andando, porque según ella el siguiente poblado estaba a dos días, e ir andando hasta el siguiente pueblo no tenía sentido, ya que, como su hijo lo había bautizado, aquel lugar era un Far-Away-Land. Pero fui andando, porque quería llegar al lago, y llegué, afortunadamente, sin antes dejarme invitar a una jarra de vino y a unas aceitunas por unos locales en un bar aislado. Y después del lago, llegué a otro pueblo, y me senté en la barra de un local decorado horriblemente y que chirriaba por sus adornos a la moderna, como hipster-desmanotado, como intentando ser chic mediante la plastificación de las paredes con colores acuchillantes. Allí, en la barra, un borracho me invitó a un café griego. Tenía el rostro agrietado y la nariz bukowskiana, y hablaba como habla un sapo. Al despedirnos, recuperó un poco de fuerzas para levantarse, aún tambaleándose, y darme un abrazo. Chapurreó unas últimas palabras en griego, irreconocibles.

Y desde entonces había estado caminando, aún sin rumbo, de un poblado a otro, con las piernas romas y jóvenes, con ilusiones y ganas de ver más y conocer más, sintiendo el calor del sol esconderse a mis espaldas y mi sombra crecer paso a paso. Y cuando llegué al pueblo de Dimitris ya había comenzado a anochecer. ¿Y quién es ese Dimitris? ¿Quién es?

Pues la verdad es que yo aún no conocía a ningún Dimitris. Había llegado a este lugar con la promesa de una cena caliente, sopa, «cocido» y membrillo de postre; promesa dada por una anciana con las siguientes palabras: «Si llegas a mi pueblo, ve a la casa que hay junto a la iglesia y grita María varias veces». No tenía timbre. Y en el pueblo no había una iglesia, sino dos, y además un monasterio. Vivirían allí más o menos veinte personas. Redondeando hacia arriba. Y no supe donde gritar María, por ello, dejé mi mochila a un lado para fumarme un cigarrillo y tomar un descanso para apuntar algo en mi cuadernillo.

Hacía un viento cojonudo. Las ramas a mi alrededor se agitaban turbulentas, y las fachadas de los edificios se pintaban de oscuro segundo a segundo que pasaba. Segundo a segundo. ¿Y el cigarrillo? Qué cojones. Yo no había fumado. El cigarrillo se había es-fumado. El viento se había fumado mi cigarrillo, y el cabrón, de pasó, me dejó un regalillo: frío en las manos. Pero nada de aquello me preocupaba. El pueblo fantasmal animaba mis ánimos por su belleza indefinible. Eliminaba mis preocupaciones. ¡Qué digo! ¿Preocupaciones? Llevaba varios días sin esa enfermedad, sin ese virus, sin esa cosa que llaman preocupaciones, y eso que no tenía un lugar donde dormir y las nubes gritaban «¡lluvia va!». Lo mío era caminar y dejar la marca en mi camino. «Y hoy» -estaba decidido-, «dejaré mi marca en este pueblo». Y da la cosa que, por cosas del destino, a veces las cosas vienen inesperadamente para iluminar los huecos de sombra en nuestra vida. Y aquel día la luz se llamaba Dimitris.

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