Tres imágenes, tres realidades.

Persianas cerradas y pestillos echados.

Siempre lo mismo.

Al lobo se le eriza el cuello ante un adversario nuevo.

La serpiente muda de piel ante una temporada nueva.

El castaño deja caer sus frutos para abrirse y nacer de nuevo,

pero quién sabe si podrán ser degustados.

Al fondo se acercan algunas tempestades.

Como en aquel cuadro de Giorgione huele a humedad traída desde la lejanía,

a lluvia veraniega

cuyo aroma recorre distancias para aterrizar en nuestras narices.

Pero yo, contemplativo, no le temo ni a la serpiente ni al trueno.

Le temo

al miedo,

al lobo de cuello encrispado

mientras me encuentro

sentado

aquí,

bajo la sombra del castaño

y junto a sus frutos

abandonados

en el suelo.

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