En el Café Bilderbuch, donde todo comienza y nada acaba

-¿Recuerdas la primera vez que vinimos a este sitio?

Celia dio una larga calada a su cigarrillo y se reacomodó en el sillón. El café Bilderbuch nos encantaba por sus amplios sofás y sus cómodos colchones, a menudo frecuentados por autoproclamados y ridículos literatos, escritorcillos financiados por sus padres, pseudo-intelectuales y artistas de toda clase, y aquello nos gustaba. Podíamos reírnos un rato sobre el aspecto de fiambre de muchos de ellos, y alegrarnos de nuestra forma de ser. Y nos encantaba, también, nuestro sitio, a la esquina del salón, desde el cual percibíamos el ambiente completo de la estancia: La máquina de café, los murmullos al fondo, algún que otro vagabundo merodeando para vender periódicos y revistas, y la camarera, Szasza, la hermosísima Szasza, a quien conocíamos desde hace mucho. Ah, la joven Szasza; búlgara, con un apellido de aquellos muy complicados de pronunciar y de leer, de cabello castaño, con unas trenzas muy largas y tan perfectamente arregladas que se podrían haber subastado en Moodys por más de una fortuna. Resulta incluso innecesario añadir que ella y su afable sonrisa formaban parte del local. Sin duda. Formaba parte de su esencia, como una masa homogénea, sólida e inquebrable. Ni las estanterías de libros, ni las mesitas de roble, ni las alfombras de seda, ni el alto techo de relieves barrocos tenían tanta importancia como aquella joven búlgara, que ahora se paseaba junto a nosotros, por los pasillos, como lo solía hacer cada cierto tiempo, para investigar el nivel del café en las tazas, y de esa forma calcular cuantos sorbos podrían quedar o cuanto tiempo podría pasar para el siguiente pedido. Nuestras tacitas de porcelana seguían vírgenes –incluso la espuma permanecía intacta- por lo que no se preocupó en preguntarnos si deseábamos algo más. Pero Celia era una inconformista:

 

-Perdóname un segundo, Félix, –me dijo, girando el cuello y volviendo a erguir la espalda- ¡Szasza! ¡Sí! Un vasito de agua por favor. De grifo.

-Dos.

-¡Dos!

Celia volvió a mirarme.

-¿Qué decías?

-Nada. Solo te preguntaba si recuerdas la primera vez que…

-¡Ah sí! Claro. Claro que sí. ¿Crees que tengo amnesia?

-No.

-Pues eso -esbozó una fugaz sonrisa, apagó el cigarrillo y se reacomodó, de nuevo-. Recuerdo, además, que tú llevabas la camisa de tu abuelo. Ya sabes, la camisa gris. Creo recordar que la heredaste unos meses antes…

-Así es.

-Y que no dejabas de sollozar. Me ponía nerviosa, pero te aguanté. Eras como eres ahora. No has cambiado en nada.

-Había muerto mi abuelo…

-Lo sé. Tampoco quiero sonar grosera, pero me hizo gracia, en cierto modo. No eras de los clásicos. Llevabas esa camisa -que te quedaba demasiado grande, obviamente, como toda tu ropa-, y un chándal feúcho, y no dejabas de hablar de tu infancia. Que hablabas mucho, decías, cuando tenías nueve años. Que habías visto un vídeo, de ti, de pequeño. Pero tú estabas allí, hundido en el sillón, con la vista perdida y la mente en blanco, hurgando con el dedo meñique en la nariz y sin decir mucho.

-¿Hurgando en la nariz?

-Si. Bueno, tal vez no. Al menos lo parecía.

-Puede ser.

-Y cuando habían pasado unas dos o tres horas, y la tercera o cuarta taza estaba por llegar, conseguiste levantar el trasero y mantener una conversación normal. No sé lo que tuvo que haber pasado en tu cabeza de membrillo, pero de pronto estabas vivo. Y recuerdo, de verdad que la recuerdo, tu sonrisa. Entonces te pusiste de pie, me dijiste: “vuelvo a ser un bípedo” (algo que me hizo mucha gracia, aunque no lo mostrara) y te fuiste hacia la estantería para sacar un libro. No llegas a hacer algo así y mis ojos, que a pesar de tanto café estaban cansados de ver a un vegetal en su asiento haciendo dibujitos sobre un pañuelo -porque creo recordar que hubo un momento en el que te callaste por completo, tal vez durante media hora, y estuviste haciendo pequeños dibujos a lápiz…

-Sí. Estaba dibujando.

-Si. Pero déjame terminar. Mis párpados habrían dejado de sí. Mis ojos se habrían cerrado. Toda nuestra conversación había sido un bodrio hasta aquel momento, en el que tú, tu trasero o quién sea el capitán de tu cuerpo decidió revivirnos a los dos. Te habría abandonado, si no hubiese sido por eso. Me iba, en serio. Me estaba aburriendo. De verdad, pocos minutos antes mis párpados estaban decayéndose. Pero tu volviste, con un librito entre las manos y me dijiste: “Toma”.

 

Tuve que sonreír en ese momento. Celia también sonrió. Incluso Szasza sonrió, la cual había llegado por detrás de una de las columnas con los vasos de agua.

-¿Toma? –Preguntó ella.

-Si, toma. Me había traído uno de los libros de la estantería, y me lo regaló, sin cortarse un pelo, porque aún tenías pelo, Félix.

-Muy ingeniosa –le dije, y ella siguió hablando, ahora dirigiéndose a Szasza, quién escuchaba atenta, muy curiosa, con los oídos muy abiertos:

-Era un pequeño librito, de tapa dura, un poco roñoso, gris, casi marrón, con un pez en la portada. ¿Tú te acuerdas, Szasza, de la primera vez que vinimos al Bilderbuch?

-Hmm. Déjame pensar –Szasza dejó la tableta en la mesita, giró la cabeza ligeramente a ambos lados, para controlar la situación de la clientela y volvió a dirigirse hacia nosotros, esta vez mirándome fijamente a los ojos-. Bueno, yo ya conocía a Félix de antes. De hecho, le conocía bastante bien. Solía venir aquí muy a menudo, y se sentaba en una de las mesas mirando a la gente con cara de memo. Y muchas veces se le acercaban chicas, o se le quedaban mirando, pero él nunca se daba cuenta de ello. Aquello me hizo mucha gracia. Podría haber salido del café con una chica distinta cada día, pero nunca se percataba de aquello. Pero, después de que hubiese ocurrido aquello varias veces, aún recuerdo de que, cierto día, apareció con compañía. Y esa eras tú. Pensé, además, que no duraríais mucho.

-No duramos mucho.

-Y tuve razón. Pero seguisteis viniendo aquí, y eso me gustó mucho. Seguisteis fieles al local, por así decirlo, incluso cuando os habíais separado.

-Solía ser para no perder el contacto. Ya sabes, una vez cada semana, un café con leche y una pequeña conversación.

-Si. Me encanta veros. Siempre me gusta tener clientes habituales, hablar con ellos de vez en cuando y preguntarles por sus vidas. Vosotros sois de los más habituales, pero a la vez, de los más extraños.

-¿A qué te refieres?

-Bueno, solo tenéis que mirar a vuestro alrededor. No veo a nadie como vosotros. Son todos, bueno, distintos. Dejémoslo en distintos. Ahora tengo que seguir con el resto de mesas, lo siento. Podremos hablar más tarde, cuando haya menos.

-De acuerdo. Gracias Szasza, un placer.

-Gracias Szasza –volví a despertar.

 

Szasza ya se había ido a otra mesa, y yo me quedé observando a Celia. Siempre la había contemplado con una mezcla de intriga, respeto y erotismo. Su mirada se perdía entre las estanterías. Estaba leyendo, ahora, los títulos de los libros, pensando tal vez en aquel “toma” que dio comienzo a todo, en aquella primera vez en el café Bilderbuch, en mi rostro hundido –igual de hundido que siempre. Sonreía, bebía y fumaba igual que hace diez años. Brillaba de la misma manera. Fruncía las cejas de la misma manera cuando pensaba con intensidad en algo. Y seguía la misma rutina. No podía pensar con intensidad sin un cigarrillo entre las manos. Por eso, no tardó en encenderse otro cigarro y en beber varios sorbos seguidos de su taza de café. Y a mí me gustó el silencio. Me gustó observarla en silencio durante un cierto tiempo. Siempre me había gustado. El silencio, en el Bilderbuch, y la mirada perdida de Celia, y los cigarrillos manchados de pintalabios, y la luz amarilla de las lámparas junto a su pelo rubio. No hacía falta hablar. A veces, las palabras se tropiezan, se atascan o se escapan, porque hay demasiadas de ellas. Siempre hay demasiadas de ellas. Y cuando llega el silencio, y junto a él la mirada apacible de Celia, las palabras se tranquilizan. Todas las palabras se acomodan, así como yo en mi sillón, para disfrutar del silencio. Y de la misma forma en la que me deleitaba con el desaparecer del ruido, me encantaba el ambiente cuando volvían las palabras, siempre en forma de suaves susurros, como después de una siesta, o como el viento en las callejuelas de algún pueblo perdido de la sierra, o como en una iglesia en misa, o como en el café Bilderbuch después de un largo y letargoso silencio.

-¿Qué dibujaste aquel día? –me susurró, acariciándome con su mirada.

-Un pez.

-¿Un pez?

-Si.

-¿Por qué? ¿Porque lo viste en la portada?

-No. El libro lo descubrí después. Después de dibujarlo.

-¿Y por qué lo dibujaste?

-No sé. Un pez. ¿Por qué no?

 

No dije nada. Ella tampoco. Tuvo que pasar bastante tiempo para que volviera a empezar a hablar. Aún tenía que organizar mis pensamientos.

 

-Un año sin ir al Bilderbuch. Se me ha hecho muy largo.

-Un año sin vernos –dijo ella, soplando el humo hacia el amarillo incandescente de una vela-, un año entero.

-Y Szasza sigue igual.

-Y Szasza sigue igual.

-Deja de morderte las uñas, por favor, que me pone nerviosa.

-Vale.

-¿Por qué un pez? Quiero decir, podrías haber dibujado cualquier otra cosa, más cercana; cualquier objeto más al alcance de la mano. ¿Por qué te fuiste al océano, al agua, a buscar el objeto de tu inspiración? ¿Por qué despertaste con él? ¿Por qué no te quedaste callado, para dejarme ir y escapar de ti de una vez por todas? Y por eso, todos los años juntos, por eso. ¿Por un pez? ¿Un libro?

-Tú sabes que a mi me encanta observar a la gente.

-Claro.

-Bueno, pues escucha y cierra la boca. Piensa en los versos de Neruda: Me gustas cuando callas, bla, bla. Al mirar a mi alrededor, en este café, siempre pienso en lo mismo. Pienso en peces. Mírales. ¿Qué otros animales podrían ser? Son peces. Peces gordos, con apellidos gordos y acaudalados. Peces de alta cuna, trajeados y vestidos de gala. Algunos parecen salmones, otros parecen truchas. Pero todos ellos, peces, y gordos. Y fíjate en ellos, ahora. ¿De qué hablan? En que se esfuerzan. Qué buscan. ¿Y por qué hablan sobre ello? Hablan de moda, atravesando todas las épocas. Y de perfumes. También hablan de perfumes. ¿En qué piensan cuando hablan sobre ello? ¿En qué piensan? Bueno, yo no se responderte a eso. Primero, solo sé que no sé nada, y segundo, sólo intuyo lo que yo pienso. Y en este caso, yo automáticamente pienso en lo palaciego, en lo cortesano. Pienso en la clase alta, aristocrática, noble o altoburguesa. Pienso en lo pomposo, en el rococó, en la frustrada Madamme Bovary, en la sociedad de diletantes, en los retratos de personajes relevantes que apuntan con sus narices al techo. No puedo quitarme eso de la cabeza: Lo altivo, lo orgulloso. Miro a mi alrededor, y lo veo: Hombres trajeados y mujeres con abrigos de pieles discutiendo sobre cuadros, muebles y objetos de siglos pasados. Escucho, a mi alrededor, constantes “yo pienso que” o “yo opino que”. Tantos que me canso. Me sorprende, de verdad, que haya tantos expertos en esta habitación. Expertos de vasijas japonesas, de estatuillas de bronce al estilo oriental, de, yo qué sé, de todo y de nada a la vez. ¿Me entiendes?

-Te entiendo perfectamente, pero no tengo ni idea de adónde quieres llegar con todo esto.

-Ahora te lo digo. Ya sabes que cuando yo hablo, no me callo. Y ya he empezado a explicar algo. No voy a poder parar hasta que no te haya contado cualquier detalle. Volvamos al grano. Aquel día, como podrás recordar, no era de mis mejores, y yo estaba hundido en mi miseria. La muerte de mi abuelo fue una muerte dura. Muy dura. Cómo decirlo… Mi abuelo siempre había sido un enorme ejemplo para mí. Un ejemplo de valentía, de esfuerzo, de resistencia. Se había criado en una granja, al sur de Alemania. Nunca había tenido suficiente dinero como para comprarse una estantería repleta de libros, o una lámpara de cerámica china, o un armario Art Déco, o un reloj de pared del estilo alfonsino, o unos cubiertos “Bauhaus”, o una lámpara del Art Nouveau, o como sea que se digan aquellas cosas. No. Es más, no le importaba una mierda. Para ser más precisos, él no supo, ni siquiera, lo que era un plátano o una mandarina, hasta la llegada de los americanos al final de la guerra. Él tenía problemas de espalda, de rodillas, de cuerpo en general. Sus preocupaciones no eran tan simples. Al decir “estoy preocupado” él no se refería a que estaba indeciso en cuanto a qué color elegir para la pared de la cocina. No. Al decir “estoy preocupado” su problemática giraba en torno a las cosechas, y por tanto a la alimentación, y por tanto al hambre. Una mala racha, una mala cosecha, una sequía, una inundación. Decir “estoy preocupado” era un equivalente a pronunciar las temibles y mortales sentencias del “tal vez no tengamos suficientes cosechas como para alimentarnos a todos”.

-Bueno, vale, pero, ¿Por qué me lo cuentas?

-No consigo llegar al meollo del asunto, vaya. Seguiré intentándolo. En definitiva, así acabé fijándome aquel día en las gentes de mi alrededor. Me daban asco. Verdadero asco. Me repelían aquellos viciosos y amargados peces gordos, con sus preocupaciones nimias y sus discusiones absurdas. Aborrecía aquellos rostros, ignorantes y despreocupados y sus apellidos abominables. Todo aquel lugar olía a peste, a mugre, a suciedad. Les veía tan arreglados, tan limpios, tan perfumados hablando sobre sus tópicos preferidos y discutiendo sobre sus peinados, sus relojes, sus coches y sus mujeres que me entraban arcadas. Asco. Me daban asco. Pero luego la vi a ella, Szasza, caminando tranquilamente entre ellos, con la bandeja en la mano y los extravagantes pedidos de sus clientes sobre ella. Palidecí al observarla sonreír y pasearse con soltura entre los peces gordos, con la seguridad de una heroína y la valentía de un escalador en pleno Everest. Al observarla, no pude más que pensar en el concierto para piano no. 21 de Mozart, en aquel andante, en el que aparece el piano y mueve y guía la melodía de un lado al otro. Pues aquella era ella. Ella era la melodía del piano, ligera y sencilla, bailando entre una orquesta de peces gordos. Y vaya. De un momento a otro, ya no veía tan sólo peces gordos, y seres malvados, almas manipulativas y espíritus malhechores, sino también a criaturillas inseguras, pececillos temerosos y asustados, animalillos desorientados y agotados. Habían desaparecido las agrias y las voces romas de los señores trajeados y las mujeres maquilladas. Ahora, veía a gentes perdidas entre la suntuosidad, maquilladas de un falso empaque, asustadizas e inseguras como todos los demás. No veía a humanos bípedos y conscientes como era el caso de Szasza, cuya melodía del piano brillaba más que cualquier reloj Tiffany. Veía a renacuajos, peces simples, disfrazados de humanos, vagabundos y descuidados, infelices e ignorantes. No buceaban en el agua con branquias, no. Buceaban por el sinsentido de la existencia mediante aleteos instintivos y actuaciones automáticas. Y además, al igual que todos los demás, temían la realidad, y la ocultaban con sus vestimentas anticuadas. Y para no sucumbir ante el temor, decidían hablar únicamente sobre sus vestimentas, y no considerar temas inapropiados. Allí estaba yo, un pequeño ser humano, bípedo y consciente de la absurdez de su existencia, proveniente de la familia de algún “insignificante” granjero del sur de Alemania, rodeado de autoproclamados peces gordos y “significantes”, provenientes de algún palacio de su excelentísima autoridad Von- und Zu Pezgordo. Todas las identidades se estaban emborronando. Hombres perdidos.

-Peces gordos en el agua.

-No. Precisamente era eso lo que quería corregir. No les veía como peces gordos en el agua, sino más bien peces gordos fuera de ella, dando espasmos contra el suelo, aleteando y saltando aleatoriamente de un lado al otro, buscando aire, buscando vida, buscando sentido, sin lograr encontrarlo. Y eso fue lo que dibujé: Un pez fuera del agua. En ese momento te miré a ti, y me dí cuenta de mi suerte. Proveniente del sur de Alemania, y frente a una de las mujeres más hermosas de la nación. Un bípedo suertudo. Me levanté, diciendo “vuelvo a ser un bípedo”, lo cual al parecer te hizo mucha gracia pero que iba totalmente en serio, cogí aquel libro que poco antes había descubierto en la estantería y te lo regalé, porque, al fin y al cabo había deducido, que nunca querría perderte.

-Interesante.

-Sí. Interesante.

 

Szasza apareció de uno de los vértices de la habitación. Nuestras tazas estaban vacías. Se acercó con disimulo y añadió:
-¿Lo mismo de siempre?

 

A lo cual respondimos que sí, para permanecer en silencio durante un largo rato, en aquel Café Bilderbuch en el que todo había comenzado y nada iría a terminar.

 

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