De distancia y tiempo

Las goteras de mi casa me marcan el tiempo

mientras llenan

el cubo de mis penas

con más penas.

Mi alma está desgarrada,

descosida

y desnutrida.

Le falta una mujer que anda por Viena.

Y desde el Stephansplatz hasta aquí

hay más que puro silencio.

Hay más ritmo en los callejones de su sonrisa

que en la ciudad entera.

«Hasta la saciedad me faltan sus calles»,

me digo,

y ella calla conmigo

—cuando no se la encuentra.

Y me la imagino callada,

no sé porqué.

Pero supongo que contra la distancia

no hay otro remedio

que un cambio de posición.

No existe vacuna en este momento.

Sólo profilaxis.

Sólo medicamentos demasiado precarios.

Y mientras, el cubo se me llena

y el bendito tiempo se me escapa.

Ahora suena alguna melodía roma

en algún lugar de mis partituras

—cuyo final aún desconozco—

bastante alejada del inicio del compás.

Aquel vivace de mi infancia

ya ni me suena.

De alguna manera he aprendido

a desconocerlo,

a no escucharlo,

a desestimarlo.

Por ahora me basta el andante,

aunque me arrastra el larguetto,

y todo se me presenta dilatado

todo se me alarga,

todo me cuesta,

todo me arrastra y me cansa

por redundante y paridas de esas

que ya he contado miles de veces.

Pero el cubo se me llena de algo,

—tampoco sabría deciros de qué.

Algo debe de estar cayendo en él,

porque su jaleo no me deja dormir.

Lo único cierto es que ayer

me dormí en La

y hoy despierto en Si bemol.

Aquellas pesadas gotas caen al cubo

mientras lo llenan

y cambian de tonalidad

mi armonía

y mi rumbo.

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