De apáticos y tiranos

—Me cuesta pensar una cosa…

—Dime.

Yo levanté la taza y le di un sorbo.

Francamente me estaba interesando una mierda la conversación, y desde que entramos al Café, e incluso desde que me desperté junto a ella aquel día, no me interesaba nada. Y si digo nada, digo nada, —valga la redundancia—, pues hay días en lo que solo me apetece mirar por la ventana y disfrutar del café en mi garganta, por mucho cabello castaño que me pongan delante.

—Es de esos días, ¿verdad? -Se pronunció ella, algo tímida, dejándome ojiplático al instante.
—Justo -A lo tonto la había ignorado de nuevo, de modo que dejé la taza sobre la mesa, me repantingué en el sillón de terciopelo y dejé caer mis ojos en su cristalino- Justo de esos.

Ella alzó la mirada y apuntó con la barbilla a otro lado.

—¿Así que me callo?

—No. No tienes porqué. Simplemente no esperes respuestas.

Volvió a mirarme, esta vez mas indignada:

—Me voy al baño.

Asimilé mi derrota encendiendome un cigarrillo. Fuera hacia fresco, aunque no frío. Uno de esos típicos días de jaqueca colectiva, en el que las calles recuerdan a cuadros impresionistas —por los colores y el vacío de extravertidos, digo. Algunos pocos grupos de gente se encontraban sentados en los bancos de la plaza; había niños entre los arbustos, adolescentes en el estanco y adultos con los carritos de bebé, pero a pesar de la cantidad de personas, apenas habia movimiento. Unas pocas palomas picaban de las migas de pan que algunos filántropos les tiraban; algunas hojas se dejaban bailar por el viento, y pocas almas vaciar por la atmósfera eutanásica. Pero en especial, un detalle de aquel museo vivo me llamó la atención, y no estaba en el café.

—La cuenta, por favor.

Giré la cabeza al modo del mochuelo. Almudena había vuelto sin que me diese cuenta, y estaba allí, en la barra, hablando con aquel camarero que desde tiempos inmemoriables detesto más que el tango —al cual también detesto— entre otras cosas por ser su ex. Y pueden llamarme loco, si quieren, pero a pesar de haberse tratado de una conversación de lo mas trivial, de poco mas que dos o tres segundos, se lo repudié a Almudena por las siguientes dos horas.

Ella se sentó:

—¿Quien es ese anciano? -me dijo, señalando al vejestorio del parque que me había llamado tanto la atención pocos instantes antes.

—No lo sé, pero es muy curioso.

—Y que lo digas. Parece un personaje de tus poemas.

No estaba de acuerdo, pero asentí en honor de la paz y el acuerdo.

Lo habitual es que, durante uno de mis días apáticos, mi ánimo decaído se sincronice con el ánimo tirano de Almudena. Ella me pregunta algo, yo respondo cortante, y ella manipula, mueve las cartas para ganar una batalla que no debe precisamente ser la actual. Puede —y suele— estar rebuscada de algún cajón del pasado. O se va al baño, o habla con su ex, o me introduce a su profesor de pilates. Y en cuanto a lo que deduzco de mis análisis, todo aquello son estrategias deliberadas suyas, pullas maquiavélicas y microvenganzas, que yo suelo ignorar en cuanto se me presenta la ocasión. Sin embargo, he de añadir, que la persistencia de mi querida Valeriana Weyler me irrita, me excita y me provoca, por lo que todo suele desembocar en una intervención virulenta de mi parte. Me conoce. Soy demasiado americano y previsible. Ella es muy facunda en el habla, y yo por otro lado muy quisquilloso cuando ella habla. Y de entre toda aquella zozobra mi única vía de escape es el silencio. Y así hice. Así hice bien en quedarme callado, mirando por la ventana, degustando el paisaje de sueño muerto en la plaza, tras el cristal, acurrucándome en mi sillón de terciopelo gangoso, y ante todo, evitando cualquier contacto visual con mi Valeriana Weyler.

Por supuesto, durante mi introspección el café seguía repleto de los mismos necios, y sobre todo de uno. Aquel camarero con sus pequeñas shorts de florecillas. Aquel atleta perfumado. Aquel flequillo de adolescente. Aquella sonrisa de político, y que digo… ¡aquel camarero de los cojones!

«Me voy a dar una vuelta», la escuché suspirar. Cogió una revista y se fue, ”al parque o yo que sé», y allí apareció.

El paisaje oscureció. Algunas gotas comenzaban a dejarse caer por los aleros. Los niños corrieron a los soportales. Las palomas intentaban rescatar los ultimos pedazos de pan seco. Las familias de los carritos cerraban el descapotable protegiendo a sus hijos. Todo aquel paisaje se llenaba de un grisáceo poético. Pero por alguna razón muy obvia dejó de seducirme como antes. Era por aquel elemento nuevo, que se paseaba en leggings junto a la fuente, en la que chapoteaba la lluvia. Aquel contorno que lo desmistificaba todo, y que dolía, dolía mucho en lo más fondo del alma. Aquella hechicera que, por no perder la rutina, de nuevo ganaba la batalla, sentándose en el banco del vejestorio, cruzando las piernas con delicadeza, pasándose las manos por el cabello mojado… Había secuestrado el ocultismo. Mi ocultismo. Pero para que engañarnos. Mi Almudena lo hacía todo mucho más sexy.

Junto a ella, el anciano, que no se había movido en todo momento, se vió claramente más cómodo. Arregló su apariencia, colocándose la chaqueta de pana con soltura sobre los hombros. Lanzó las páginas mojadas del periódico a la basura y volvió a encenderse la pipa, para dar caladas de deleite, y lanzar humo y vaho al aire. Los parches de sus pantalones dejaron de verse pobres, y mucho menos. Todo su carisma emitía ondas de empaque y majestuosidad. Expelía experiencia. Y mi Almudena lo miraba de reojo, algo severa, y mas que consciente de que mi atención estaba puesta en ella, en un rincón de un parque —ahora— vacío, en el paralelo de mi visión. De modo que comenzó a charlar con él, sobre Dios sabe qué, tan solo para culminar su magistral ataque. Y jaque mate.

Recogí mis cosas, es decir, mi paquete de cigarrillos, mi cuaderno, mi bolígrafo y mis cojones, y me fui hacia ella algo enfurecido, pero a la vez, muy cachondo. Que no hubiese pagado me importaba lo mismo que los gritos del camarero, la lluvia y mi vergüenza juntas. Iba deprisa. Muy deprisa. Los charcos temían a mis botas. El suelo temblaba. Por el aire se olía el conflicto. Y bueno, a pesar de que en mi cabeza veía las cortinas de los lares bajar como en un western, por medio camino me di cuenta, por suerte, de una cosa. El elefante se balanceaba sobre una tela de araña. Había vuelto a caer en la trampa.

Muy, muy avergonzado me volví a metarmofosear en mi yo anterior, contuve mi irascibilidad en el silencio, y me senté junto a ellos sin decir nada. Y allí estábamos, los tres, sentados en un banco en pleno diluvio, viendo las horas pasar. Mi Almudena se veía satisfecha, el vejestorio muy agradecido por la compañía, y yo escondiendo mi cabeza bajo la tierra.
—Te acuerdas de lo que te dije, allí dentro -me dijo la señorita Weyler.

—¿Como?

La sonrisa sarcástica se apoderó de su cara.

—¿No estabas? Creí haberte visto, allí dentro, a mi lado. Hoy, si no me equivoco.

—Deja de decir tonterías.

—¿Tonterías? Ya, ya. Eso es lo que te parecen, tonterías. Ya veo, ya.

—Pero vamos a ver, si yo solo quería silencio.

—¿No ves que no todo gira a tu alrededor?

—¿Puedo intervenir? -Sonó la voz grave e inesperada de una tercera persona- Ya que han decidido ustedes mantener su coloquio en mi compañía, me agradaría poder añadir algunas… -dejó el final en el aire un segundo para dar una caladita- algunas… Comosellamen.

Nos callamos, está vez los dos. Nos habíamos olvidado por completo de que compartíamos aquel banco con alguien. Aún más nos sorprendía, que ese alguien supiese hablar. Prosiguió:

—Hombre, no se crean ustedes que la cosa está fácil. Ciertamente tiene su intríngulis. -volvió a degustar de su pipa- Yo solo les puedo ayudar en lo que conozco. Reconozco su pequeño feudo conyugal. Usted, señor…

—Weir -dije, con tembleque en los labios.

—Weir. Vaya sorpresa de nombre. Usted, americano, tiene cara de poeta.

—Así es… ¿Como reconoce…?

—Todos los poetas son tontos. -Se colocó el sombrero- Yo también soy uno. Le he visto mirando por la ventana con cara de bobo. Vea usted que tiene una mujer preciosa, y muy atenta.

—Si, bueno pero…

—No interrumpa. Está de acuerdo, sino no habría venido hasta aquí.

Vislumbré una sonrisa en el rincón de Almudena.

—Por supuesto, la idolatro.

—Pues bien, le aconsejo que deje de pensar las cosas únicamente. Debe hacerlas más. Deje de ser poeta mirando por la ventana, y mójese, salga al parque, visite las cajellas, descubra aquello de lo que escribe. Aquí, aquí huele bien. Huele a fresno, huele a castaño. Aquí no huele ni a tabaco ni a café, al menos no lo hacía antes de que vinieran ustedes. Por ahora obviaré que… está usted de acuerdo conmigo.

Medité mi respuesta.

—Si.

—Aprecie pues la infinita sabiduría de su mujer. Usted lameculos la ha seguido hasta aquí. Usted lameculos no habría llegado hasta aquí por su cuenta. Habría escrito sobre ello, punto final.

—Si.

—Ella es muy consciente de aquello. Sabe que usted es un lameculos. Que vive de ella.

—Si.

—Hasta aquí mi parte. Que tengan una dulce velada.

El vejestorio se levantó con elegancia e hizo uso de su bastón, decidido a abandonar, y algo mosqueado por dentro.

—¿Cómo, eso es todo?- Dijimos al unísono.

—Ya que lo dicen, no del todo. Hay otra cosa más -añadió, dándose la vuelta, y aprovechando para ajustarse la chaqueta-. ¡Dejen de despreciar lo que tienen, y comiencen a avasallar lo que aún conservan! Principiantes…

Y así desapareció lentamente, a paso de tortuga, pasando por la fuente, llegando hasta el café, girando por la esquina. Y allí nos quedamos.

En todo ese tiempo había dejado de diluviar. El sol se peleó un camino por entre las nubes. Alguna que otra gota kamikaze caía, desmotivada, del cielo, para impactar en el parque y perderse en el torrente que llevaba al desagüe. El silencio se apoderó de nuestras almas, porque sí, olía a castaño, olía a fresno. Incluso olía a otoño, a hoja a la deriva; a frío, frío potente, frío intruso; se sentía en cada poro de nuestras pieles. El viento susurraba por los árboles hasta llegar a las dendritas de nuestros dedos.

Giré mi cabeza para verla mejor. Un pequeño halo de luz se apoderaba del perfil de su cara. El contorno de su cabello castaño se veía rubio y dislumbrado. Sus labios encarnecidos expiraban calor.

—Y… ¿que opinas?

Como no respondió, aproveché para extraer un cigarrillo de la cajetilla, y por supuesto, para depositar uno de ellos sobre los labios de Almudena, la cual ni se inmutó. Tampoco lo hizo cuando encendí el mechero y se lo acerqué a la cara. Seguía de perfil, mirando a Babia, con las mejillas enternecidas y las pupilas perdidas.

Encendí el mío, para después agregar:

—Menudo personaje.

Pero no respondió.

—Me gustaría saber su nombre. Seguro que, con esa jerga que usa, el catálogo de poemas a su nombre debe de estar repleto de piezas extraordinarias.

No respondió.

—Y bueno, por supuesto que tiene razón.

No respondió.

—¿Verdad?

No respondió.

—A ver, habrá que asimilarlo. No nos ha respondido del todo, pero nos ha dado una lección.

No respondió.

—Hay muchas veces en las que no te escucho. Hoy mismo me quisiste contar una cosa y no te hice ni caso. Pero es que tenía ganas de ver lo que había afuera. Y perdona, si no te lo dije. Podríamos haber dado un paseo.

No contestó

—Y revisándolo ahora, ¡tiene absolutamente toda la razón! Que maldito genio de las…

—¿Me puedes hacer un favor? -Interrumpió ella, cortante- ¡Haz un esfuerzo e intenta, por una vez en tu vida, mantener la boca cerrada!

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