La belleza en mi salón

Reflexionemos un poco. Saquemos la pluma digital: ¿Qué es la belleza?
Gustavo Adolfo Bécquer no tardaría un segundo y respondería: “Belleza eres tú”, pero no he venido aquí como romántico. Quiero una respuesta. ¿Qué es?

Me imagino a mí, en un salón, rodeado de la élite intelectual de los últimos siglos; poetas, novelistas, políticos, teólogos, pensadores, ganadores del nobel, e incluso líderes mundiales. Pero nadie me sabe responder, es decir, todos me responden, pero al jugar al memory con todas las respuestas dadas y al observar que ninguna de ellas concuerda con ninguna de las otras me doy cuenta: no hay respuesta cierta, tan sólo hipótesis basadas en hipótesis, en opiniones, en experiencias propias: —“¡En pruebas a priori!” Me grita Santo Tomás desde la otra punta del salón, y a la otra San Anselmo refunfuña—. No, es cierto, de nada me sirve apoyarme en conocimientos previos para filosofar. No bastaría en este caso decir: estoy de acuerdo con el filósofo tal cuando dijo tal, puesto que en ese caso vendría otro y diría: estoy de acuerdo con el filósofo cual cuando dijo cual. Es decir, no bastaría quedarnos satisfechos con una idea cuando, ni nosotros mismos hemos tratado de averiguar otra, ni tampoco conocemos otras respuestas dadas.

Entonces Hermann Hesse, desde el sofá en el que reposa tranquilamente, despertaría de su harto sueño y lo confirmaría: “¿Lo dije o no lo dije?”, sacaría su novela Siddhartha y leería, en boca de su sabio protagonista: “El saber se puede contar, la sabiduría es indescriptible”.
Aquellas palabras sonarán insulsas para alguien que no haya leído, o mejor, para alguien que no haya investigado aún en los códigos filosóficos de Hermann Hesse. Sin embargo no derivan de una hipótesis, sino de una alargada búsqueda incansable, desde la ignorancia, desde el desconocer, que atravesaría respuestas antónimas para llegar a una hiperónima. Y esto lo tendré que detallar. La conclusión que obtengo del protagonista es la siguiente: la sabiduría está en el conjunto, en lo opuesto y en lo igualitario, en el todo: en el odio, el amor, la confianza, la desconfianza, lo ominoso, lo hermoso. Bajo mi entender, también la belleza se hallará paralelamente en el todo. Y para justificar mi incapacidad de comunicar el conocimiento de Siddhartha me apoyo de nuevo en su primera parábola: El saber se puede contar a través de palabras; la sabiduría es indescriptible y sólo se puede alcanzar a través de la experiencia, sólo mediante acciones propias y la intencionada búsqueda de ellas desde la objetividad.
John Rawls diría: “con un velo de ignorancia”; Santo Tomás concretaría: “a través de pruebas a posteriori”. Es igual. Lo que importa es que resulta necesario contrastar, investigar, experimentar. Ciertamente, aún así la respuesta no será sabiduría, es decir, la verdadera belleza. Sin embargo será saber, serán palabras, serán opiniones. La cuestión “¿qué es la belleza?” será respondida, pero no habrá respuesta.

La situación que se desarrolla ante mis ojos, y en concreto los intentos de toda la élite reunida en mi salón de dar una respuesta a la pregunta “¿qué es la belleza?” es en cierta medida ridícula. Nadie lo sabe, ¿por qué responden? Incluso algunos de ellos afirman que tiene que provenir de la experiencia, pero nadie lo ha experimentado todo.

Allí va Siddhartha: a la unidad, al total, algo que en el libro es, metafóricamente el río, y religiosamente el ‘om’. Conocemos lo que vemos, pero no lo vemos todo. Si llegamos a conclusiones a través de experiencias propias, no llegaremos nunca a una conclusión global. Es decir, nunca llegaremos a descubrir el total, puesto que siempre seremos incapaces de verlo.
A ello se refiere Hermann Hesse cuando afirma que la respuesta es el todo.
La búsqueda de respuestas —aunque imprescindible— concluirá siempre en intentos fallidos que chocan con la realidad. Para poder definir la belleza habría que conocer lo universal. Y así puedo llegar a entender, en cierta medida, a Platón y sus ideas —aunque no el dualismo— o la esencia de Aristóteles. Aún así, sus conclusiones acaban siendo idealizadas, supersticiosas. Resultan más autores ficticios que constructores intelectuales. Terminan filosofando tanto que se alejan de lo real, construyendo mundos distantes al nuestro, lejanos, irreconocibles. Desde mi punto de vista tienen razón cuando afirman que la respuesta está en lo universal. Sin embargo discrepo en sus maneras de alcanzarlo y otras invenciones artificiosas.

¿Habrán dejado de leer ya, lectores? Espero que no, puesto que ahora llega la hipótesis:

Existen algunas certezas, y entre ellas que el ser humano es el único ser con un cerebro plástico tan desarrollado que ha sido capaz de crear una cultura aún más compleja que su propio ser: una cultura que lo ha desplazado de lo salvaje y ha reemplazado lo último. Sin embargo no debemos olvidar de donde provenimos; grandes rascacielos no nos deben tapar la vista y ocultarnos de aquel lejano origen. Por mucho que hayamos creado lo artificial seguimos siendo naturales, y desde el punto de vista científico somos masa, somos animal.
La compleja capacidad cerebral que poseemos no debería centrarse en buscar decorar nuestro origen y adaptarlo a la realidad actual. Seguimos siendo un compuesto animal, y como tal, seguimos actuando inconscientemente en base de instintos. La belleza podría ser, por tanto, un puro instinto. Y así, como animales, buscaríamos la continuidad y la seguridad, y en mi opinión, ésta se encuentra en la unidad, en lo firme, en el reflejo del todo. La belleza es lo total, aquello que más asemeja a lo universal y lo esencial.
Entonces, influenciados por el entorno encontramos en diversos periodos diversas definiciones de belleza. ¿No querrá esto más bien decir que no hay definición concreta? ¿No nos indica más bien que siempre se intenta de nuevo, que siempre se trata de simplificar una y otra vez el todo, para finalmente llegar a conclusiones distintas estando influenciados por diversas situaciones en el entorno, es decir, al haber vivido diversas experiencias? ¿No nos acaba derivando aquello una y otra vez en que conocemos lo que vemos pero no lo vemos todo? ¿Qué es la belleza? Ojalá fuese tan simple reducir algo tan complejo en unas pocas palabras. El simple intento de definirlo nos define a nosotros mismos, como estructuralistas que buscan ordenar y archivar complejidades en simplicidades. Y es cierto, el orden forma parte de nuestras vidas, pues las facilita, sin embargo esto no es igual para lo concreto como para lo abstracto.

Platón mira al suelo mientras oye esto y admite: es cierto, el mundo de las ideas, el dualismo: aquello no es real. Aquello es la demostración de la actitud simplificadora, incluso obsesiva del ser humano. Aquello es un simple ejemplo de nuestra incapacidad para definir lo indefinible. La realidad es que la belleza es lo total; la unidad del conjunto, de la naturaleza y lo artificial, del orden y el desastre, de lo simétrico y asimétrico, de figuras geométricas, reglas matemáticas, líneas rectas, triángulos, curvas y figuras caóticas. La belleza no es ninguna de estas cosas por sí solas —no es bipolar, es unipolar o multipolar— sino todas ellas juntas. La verdad es que para la belleza no hay definición por mucho que la busquemos. Tal vez sus únicas definiciones posibles sean: “la belleza es abstracta”, “la belleza es sabiduría y no saber”, o incluso, “la belleza está en el mismo hecho de que no podamos alcanzarla”.

De allí, para alargar un poco las cosas, no es de extrañar que surgiesen divinidades a causa de la incapacidad del ser humano de describir lo abstracto con lo concreto que tiene como ejemplo. Somos incapaces, nos resulta inimaginable que algo pueda existir sin estar, sin tener forma. No quiero decir con ello que haya otra realidad, otro mundo que contenga lo indefinido. No lo hay. Lo que quiero decir es que, no hay simplificación posible para algo tan amplio como la belleza, que se encuentra en la tranquilidad de las llanuras, la ferocidad de los mares, la simetría de paisajes, en el orden de las cosas, en rostros ejemplares, en todo, incluso en lo artificial que nosotros como seres humanos creamos; en poemas con rimas serenas, en cuadros de realidades y ficciones, en libros, escrituras, etc. La belleza no es caos, ni tranquilidad, ni matemáticas. No es nada pero lo es todo.

Recogiendo todo lo anteriormente dicho podría definir lo que es la belleza para mí:
La belleza es un concepto variable. Sin embargo, aún así se mantiene en una base fija: la unidad. Algo que es bello es algo unitario, pues lo que está unido es estable y seguro. Así lo es la propia naturaleza, tan variable, aunque tan segura. Sin embargo la definición de belleza para un individuo se define en base de su entorno, pero siempre con el mismo objetivo de mantener su continuidad como especie; una reacción puramente instintiva. Esta continuidad se puede alcanzar, ya sea a través del orden o del desorden, es decir, en el todo. La belleza va unida al instinto de perdurabilidad, y por tanto se define a través del entorno. Es decir, aún así no habrá definición global de ‘belleza’.

Maldita sea, de nuevo. He acabado sentándome en el sofá con mis colegas los genios intelectuales. Ellos me abrazan, se me encariñan. Uno de ellos se acerca y me lo susurra al oído:
—De nuevo han respondido, pero aún no hay respuesta.
Me giro y es Hermann Hesse. Le respondo:
—Tal vez nunca la haya.

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