En el blanco de la duda

Al tratarse en esta historia de un experimento simbolista recomiendo atender a cada detalle y buscar significados recónditos. Mi intento es fusionar filosofia, cuento y simbolismo.

—Buenos días.

Aureliano acababa de entrar en el vagón del exprés.
“¿Buenos?”

A sus espaldas aquel forastero de mediana edad llevaba un día repleto de fatalidades; de cafés derramados, trenes perdidos, dedos helados, vientos de lluvia y nieve a 90 por hora, y de un frío que como dendritas de hielo se enraizaba por la nuca. Por eso agotado, Aureliano se sentaba junto a la ventana a observar el paisaje: un predominio del movimiento, las acacias, el hielo, y sobretodo, una lámina de copos y demás geometrías cristalinas.

“Un lugar curioso”, pensó; “un lugar de yeti”.
Y ciertamente, nada más que blanco en aquel plano externo, y de vez en cuando un pico escarpado, laminoso y desnudo. Nada más que frío y mucha suerte de encontrarse resguardado.

El forastero decidió permanecer sentado para no provocarse más males. Por ello su principal tarea sería la meditación. Aquello resultaba, sin embargo, complicado, pues juntó a él un anciano barbudo y gris tosía descosido, y en frente suya un hombre de aspecto pescador, con rostro fruncido y mirada férrea lo desconcertaba únicamente con sus ojeadas.
Aún así Aureliano se veía afortunado; cualquier lugar le resultaba más óptimo para la meditación que aquel infierno invernal de afuera. A fin de cuentas se encontraba en un exprés de los antiguos, de los macizos y resistentes, y se dirigía hacia… ¿Hacia dónde exactamente?

‘TP39380 Las Aludes-El Rosario’, dictaba el panel de luces acompañado por una ruidosa voz megafónica, inefable, incomprensible; envuelta por interferencias.

“Puaj”; tropezaba. “Un destino es un destino y mi viaje no lo tiene, tan sólo próxima parada.”

Aquel mecanicismo en su filosofía derivaba del amor a Descartes, cuyos escritos lo acompañaban con fidelidad, pues existía en su consciente el convencimiento pleno de que el universo es movimiento sin destino: movimiento consecuente y causante de movimiento. Y por ello viajaba, aunque ignoraba procedencias y desembocaduras así como rutas y mapas, y desconfiaba de conocimientos previos, desechando consejos o avisos, tratando siempre de construirse una vía propia a través de un método propio. Así el forastero caminaba hacia la nada y provenía de la nada. Así dudaba de todo aquello menos de la duda.

Sin embargo amaba el presente y la meditación. Allí lo recogía todo con sus diminutos oídos; sonidos, paisajes, emociones, deseos, sensaciones, sensualidades y pensamientos, que por muy pasantes que fueran los apuntaba en un cuadernillo de bolsillo a través de códigos extraños, casi davincianos y cercanos a lo surreal. De esta forma se conformaban, a lo largo de sus viajes, cuadernos y cuadernos, casi libros enteros rellenos de onomatopeyas, terminologías abstractas, garabatos y colores.
Qué bello le resultaba aquello: el chirriar de los raíles, el silbar del viento, el roncar del anciano que ahora dormía, así como el calor proveniente del pasillo que se deslizaba por las rendijas de la puerta… El todo. Y aún así, y nunca satisfecho con nada, los cientos de cuadernos quedaban en vano, sin dar nunca sus frutos, ni resultar productivos, ni culminar su propio método cartesiano.

Y precisamente por eso, encerrado en la duda metódica como en un vagón congelado, Aureliano meditaba:

—La duda… -susurraba-, la duda -repetía-, no me lleva a nada más que a la nada: al próximo exprés vacío, o al horror vacui de un blanco aglomerado… Al sueño.

Y cerraba los ojos, somnoliento, entre tierra, mar y cielo, al borde del éter, al borde del crasis entre lo real y lo místico, en la catarsis inteligible.

—La duda es mi sueño y mi sustento. Es la base de mi viaje… ¡Pero no me lleva a ningún lado!

Casi por instinto la mano se dirigió al bolsillo, del bolsillo a la petaca, de la petaca al cigarrillo, de las manos a los labios y del fuego al humo. Y fumaba malhumorado, entre rabia, ira y cólera.

—Viajo por conocer, por llegar a la solución universal…
Ipso facto, el chirriar del exprés comenzó a multiplicarse y el paisaje se ralentizaba, cambiando ahora más lentamente. El tren se paraba y salían las primeras señales por entre la niebla y la nieve. Del blanco nacía un bordillo, elevado como un podio, como el fuste de un mármol clásico, y las compuertas se abrían.

—Esta será mi estación

La decisión de salir lo atravesó como un rayo.
Ahora Aureliano, el cual seguía fumando, se levantaba y recogía el equipaje. El viejo aún dormía y el pescador, que antes alzaba una mirada férrea y marmórea, de pronto llevaba la vista trasformada, perdida, nublada, como si el humo del tabaco de Aureliano lo hubiese ensoñecido. Al forastero le costaba respirar, y tal lastre y tan pesado era el aire, que se sentía cargado de toneladas de pesadumbre.

Aureliano continuaba su camino al exterior. Escuchaba y guardaba todos los sonidos en la memoria para luego poder recogerlos en el cuadernillo. Sonaba entonces un algo, como el tictaqueo ensordecido de un reloj de bolsillo envuelto en un pañuelo, como en un ahogo eterno. Explotaba luego un cucú, e inundaban campanadas el pasillo del exprés. Daban las doce, las trece, las catorce, y continuaban sin parar, sin destino alguno, en innumerables y agudos metales, en armonías infinitas, en dulzuras y atrocidades, en sonidos cándidos y puros, armonías celestiales y campanadas angelicales.

Nacían de la duda indefinida sensaciones indefinibles que no pudo recoger en tinta y papel por mucho que lo intentara. Trataba de escribirlo, de expresarlo, pero no podía, pues eran sensaciones y no cuentos; no eran hadas, ni troles, ni dioses narrables; ni había aspecto en aquello, ni figuras, ni contornos, ni tampoco colores. Tan solo percepciones, inundadas de emociones y deseos retorcidos. Tan solo rayos de ámbar y luz en el pensamiento.
En aquel trance caminaba por el pasillo, temblando, lleno de miedo e inseguridad. Era la incertidumbre un espectro invisible con el que la duda resultaba irreal.

Sus pasos se acercaban a la salida, ya lejanos del viejo barbudo y del pescador de mirada férrea, y sobretodo del calor, pues llegaban suspiros gélidos del exterior, como el pulso de un glaciar. Los naranjas se volvían azulados, casi blanquecinos, transformados en neblina e inseguridad.
Ya aparecían las compuertas abiertas.

Aureliano pisaba los escalones de salida pero… ¿Qué era aquello? ¿Qué decía la señal?

Percibía, proveniente del interior del exprés como un silbido en la lejanía, o un velero al horizonte del más lejano mar, una voz megafónica, cansada, que comenzaba a desvanecerse y a deshacerse en ahogos constantes, sumiéndose en un trance inalcanzable.
Aureliano, al fin, había logrado salir de aquel episodio místico; de aquella extraña sensación; de aquella meditación surrealista.

Aún de lejos provenía una voz. “Próxima estación”, decía. Y volvió a girar la cabeza, y lo vio definidamente; una señal colosal oculta entre lo blanquecino, de hierro, bien elevada, a más de diez cabezas, que dictaba el nombre de la estación:

‘FFCC TP004: Nada’
Nada. Sin más.

—Nada -se repetía- ¿Es aquel el destino al que el instinto me guía? ¿Es aquella la estación final de mi duda?

Tras un largo tiempo boquiabierto el frío se aferraba a cada partícula de su cuerpo y lo carcomía, sin sentimiento alguno, sin compasión, adentrándose en cada uno de los poros de la piel: haciendo hielo, haciendo nieve, haciendo frío; congelando el cigarrillo y destruyendo el humo. Y lanzando sollozos ahogados por la nada, desoídos, aislados, parsimoniosos como el tictaqueo de un reloj de bolsillo envuelto por un pañuelo, llegaba una luz espectral a modo de respuesta, y de repente Aureliano, en proceso de congelamiento, atacado por la inexistencia, por el blanco inexpresable y encarcelado por lo sólido, se veía lejano de todo movimiento, cansado de todo viaje, adelantado por todas las sensaciones vividas y repentinamente cogido, por sorpresa, como un rayo de sol o como la más confusa iluminación, por la solución.
Sonaba monótona y constante, y ondeaba cíclica y repentina, pronunciando palabras y términos solitarios en orden ilógico. Llegaban, por tanto, como pulsos del éter u olas de alta mar, oraciones incomprensibles sin suelo ni cielo.

Flemáticamente lo comprendía. No debía ser él, Aureliano, el viajero envuelto de hielo; el sólido, inamovible, aislado y abandonado; el habitante de la nada. No. No debía ser él sino su pensamiento el que pensase, alejado de sentidos, medio hielo y medio hombre: un ser de razón pura. Debía ser aquel ser el que consiguiese unir, con lógica, aquellos términos inconexos.

‘No’, susurraba el viento mientras del diestro provenía una melodía lírica, alzada como un velero, brillante como la llama de una vela, aguda como el canto de un gallo: ‘Nunca’, decía, ‘duda’, y ‘nada’. Como un rayo, del verde más luminoso, entraba con lamentos, gritaba y sollozaba; ‘destino’, ‘experiencia’, ‘viajero’…

Era aquel ser de hierro el que recogía el desorden en el orden, y que envuelto en una especie de iluminación divina agustiniana se acercaba lentamente a una solución dolorosa que llegaba por los railes, envuelta en un pañuelo, con un tictaqueo mecánico. Llegaba un mecanicismo complejo: un exprés experimentado.
Envuelto en la meditación más gélida se encendió una luz lejana. Era una acacia, una naturaleza incomprensible. El tren atropellaba la acacia, la destruía y la partía, como lo sagrado el pan. Llegó de repente la solución definitiva con los railes; con un susurro del chirriar experto y del camino transitado; de la monotonía patagónica. Hablaban y agudizaban en voz de la experiencia, salivando, derritiendo el hielo y alcanzando al viajero en sollozos.

—La duda, joven principiante -decían los raíles en quejidos sordos, oídos únicamente en la nada por aquel extraño individuo-, la duda es el hecho de desconocer, y cuando la duda es el primer paso, la incertidumbre no está en el camino, sino en el destino. Pero el destino no es el final, sino el principio de un nuevo ciclo. Amigo, la duda posee a aquel que desconoce; por tanto, posee tanto a aquel que cree conocer pero no conoce, como a aquel que conoce con certeza la suma pero ignora el resto. La duda lo posee todo.
—¿Por qué? -sollozaba.
—Pues conocemos lo que vemos pero no lo vemos todo.

Y antes de que llegara ninguna otra respuesta, y de que el viajero llegase a comprender aquellas extrañas palabras, el exprés había desaparecido, dejando únicamente el rastro de humo atrás, y a un viajero congelado, individuo de razón inmaterial, individuo pensante, solidificado: un ser que creía poder conocerlo todo. Pero el conocimiento pleno —ahora lo sabía—, es inalcanzable, pues aquellos raíles férreos eran sabiduría, y atropellando sensaciones formularon el saber en aquella única parábola, compleja y firme como el acero de los raíles.

Ahora llegaba un nuevo tren que descongeló al viajero, el cual, transformado, se subía a él y veía la realidad con otros ojos.

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