No pensar

Conrad se dirigía, sin saber exactamente por qué, a un lugar en el que pocos piensan. No sabría con certeza cual sería aquel lugar. ¿Tal vez un gimnasio? Ni de broma. El físico del joven causaría carcajadas en aquellos tetudos vigoréxicos que pueblan el terreno, y la aparición repentina de un fideo no tendría el menor sentido, y mucho menos considerando que ni él mismo sabría qué andaba buscando.
De camino a donde no se piensa, cruzó parlamentos, dudando en entrar o no, e incluso iglesias. Sin embargo ninguno de estos lugares le parecieron a Conrad la sede óptima del no pensador, y ese mismo día acabó volviendo a casa, encendiendo el televisor, zapeando por ciertos canales, y quedándose dormido en el mismísimo sofá con una lata de sardinas —su comida preferida— y una cerveza a medias.
No dejaba de recordar las palabras de su madre: “ya va siendo hora de que encuentres un trabajo”, y entre unas y otras, viéndose obligado a pensar de vez en cuando, acabó alistándose al ejército.

Pasaron dos meses, y el joven se levantó del sofá, y se encaminó hacia la academia de militares, donde al llegar un hombre elefante de dos metros y medio le cogió de la cintura, lo arrastró hacia él, sacó la maquinilla y dijo: ¿Tú?

Vergonzoso, atragantándose con sus propios miedos y sin pensarlo mucho respondió un “¿yo?” tembloroso, y la ridícula voz aguda de Conrad sorprendió e hizo dibujar una sonrisa burlona en el rostro del elefante, el cual berreó, haciendo vibrar las paredes del cuartel.
—¿Tu?¿Militar? Mas te vale…
—Yo no…
—Tu no, tu no. Pero bueno, como dios quiera, perdamos esta guerra. Aún quedarán bastantes.
—¿Guerra?

A pesar de que Conrad esperaba respuesta, la respuesta no llegó, puesto que la maquinilla ya se paseaba por el cuero cabelludo salpicando el suelo con caspa y suciedad. Y el pobre hombre se encogió en brazos del elefante, tal vez buscando refugio huyendo de su propia inutilidad.

Tras escuchar, concluyente: “ya no pareces un fraile muchacho, ya tienes una calva completa”, el fideo fue arrastrado a una habitación oscura con literas, en donde se escondió, viéndose de nuevo obligado a meditar. Y recordó; recordó aquel sofá del salón, la lata abierta de sardinas, el televisor encendido. Recordó como buscaba un lugar donde no pensar. Recordó cuando excluyó el gimnasio por miedo a los vigoréxicos, el parlamento por tener asientos incómodos, y la iglesia por ser demasiado oscura, y lanzó un sollozo hacia su almohada, acariciándose la calva, y ante todo, soñando con no despertar allí.
Y recuperó aquellas palabras que el elefante había pronunciado anteriormente: “¿Guerra? ¿Cómo que guerra? ¿A dónde me enviarán? ¡Ay, si en vez de dormirme frente al televisor hubiese visto las noticias!”

Como de costumbre, Conrad despertó con un candelabro entre los pantalones, y recordando que se encontraba en un lugar hostil tuvo que apaciguarlo de alguna manera, por lo que decidió volver a dormirse, esperando que el propio inconsciente se encargase del asunto. Sin embargo no trascurrieron diez minutos de sueño, y las puertas de la habitación de literas se abrieron, de par en par, de una estruendosa patada, y un hombre cuadrado acompañado por su séquito de segundones vociferó por la habitación entera. A ello, en un abrir y cerrar de ojos, el resto de militares presentes en la habitación ya se había puesto firmes. Pero los ojos de Conrad tardaron un poco más en abrirse, y cuando se abrieron se encontraron con una situación completamente diferente a aquella que habían podido observar hacia unos diez minutos. Así, viendo como el resto de militares se llevaban, mecanizados, las manos en tabla a la frente y gritaban: ¡Señor, si, señor!, Conrad, quien no quería aún levantarse por el candelabro que llevaba entre los pantalones, respondió aquello mismo que habían respondido los demás, aunque tímidamente desde su cama.

—¿Y este quien es? -se preguntaban los segundones del general entre ellos.
—¡Cállense! -ordenaba el cuadrado-. ¡¿Quién eres tú?!
—Yo, eh…
—¡Tú, si, tú!
—Yo, eh… Sí, yo soy… ¡Conrad Ovenstädt!
—¡Y qué más!
—Nada más señor…
—¡¡Y qué más!!
—Ehm… Ah, si: ¡Señor, si, señor!
—¡Eso es! Y ahora, ¡firmes! -decía el general, ya más calmado, girándose hacia su séquito.
El flacucho Conrad ya se había puesto en pie, aunque aun temblaba del susto.

Inmediatamente después los segundones salieron en fila de la habitación en busca de datos sobre Conrad, y el general alzó de nuevo el pecho orgulloso y la barbilla al techo. Ordenó, sin paliativos, que todos los militares saliesen de la habitación y se dirigiesen fuera, a una furgoneta que había allí preparada, que entrasen en ella como ovejas al establo y que esperasen allí hasta la llegada del conductor. Conrad sería el ultimo del grupo en salir de la habitación, bastante separado del resto de militares puesto que aún tenia que vestirse y prepararse. Sin embargo, como por costumbre, el joven no pensaba en lo que se le venía encima sino que más bien se encontraba calmado de que aquel candelabro que cinco minutos antes llevaba entre los pantalones se había apaciguado del susto, y que ya podría actuar con total normalidad.

Conrad acababa de entrar en la furgoneta militar y el coche arrancó. Habrían avanzado unos trescientos metros cuando de pronto observó cómo el general cuadrado que anteriormente le había despertado de un susto salía corriendo detrás del vehículo. Parecía que nadie, además de Conrad, había visto aquello, pero como aún era tímido no se atrevió a avisar al resto de compañeros. Una pena, sin duda, puesto que el mismo joven no sabia de lo que iba el asunto.

Unos instantes antes de que Conrad entrase en el vehículo el séquito de segundones había entregado al general la información sobre aquel extraño individuo, perezoso y tan lento, que respondía un “señor, si, señor” desde la cama. El general lo había repasado, había abierto el documento y leído Conrad Ovenstädt. Sin embargo, la foto de identificación era una de un individuo totalmente diferente, más corpulento y robusto.

No es de extrañar que su reacción fuese inmediata: “¡Volved!”, gritaba, “¡Ese no es! ¡Volved!”, berreaba desesperanzado, lanzando gritos al aire:
—¡Pero, Dios Mío! ¡¿Cuantos Conrad Ovenstädt existen en este mundo?!

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