El baile del Farolillo

Algunos se visten de camisa los domingos, para ir a misa, y rezan. Otros se visten de camisa para ir al Farolillo, y fuman, y leen, y piensan, y observan, para luego poder escribir, leer, pensar y fumar, y para trabajar el resto de días y estar ansiosos por que lleguen los domingos, vestirse de camisa, e ir al Farolillo, a fumar, leer, pensar, observar y escuchar. ¿Escuchar el qué? Nada. Solo melodías en tiempo lento, leídas de unas habituales partituras vacías e inciertas, aunque deseables.

Algunos piensan: “Qué bien suena eso de ser farolillero, y volar en mi nube gris, y llover encima de todas las cosas, e ignorar y tapar el sol que me persigue por detrás, y que me quema las espaldas”, pero nada es tan hedónico.

Para los farolilleros la inspiración sólo llega cuando se oyen sinfonías, de viento, lluvia y niebla; de contrabajos de trueno; de violines de catarsis; de gritos; de graves y agudos grises y naturales. De poetas muertos y poemas vivos. De cataratas de canas, pelos, nervios y café. De nada trascendente.

Algunos piensan: “Qué hermoso sería vaguear yo solo por el mundo con mi puro, mi café, y mi poema, y escuchar las melodías de la vida en mi cabeza sin necesidad de tener que ir al concierto de Brahms del viernes, ni pagar dinero para la entrada a la novena, ni hacer nada, solo dejarme mojar por la lluvia mientras pienso en mi propia sinfonía”, mientras, al mismo tiempo, los truenos les ensordecen.

Y ya que éstos poetas misántropos sólo acuden a la llamada de las musas cuando el tiempo es negro, lo habitual es encontrarles mojados y refunfuñones, con sus mojados cigarrillos sujetados por dedos tiritones, desgastados en la parte interior de tanto filtro, humo y tabaco negro. Y aquellas hermosas y cuidadas camisas de entre semana, se convierten los domingos en trajes de humo y de apestosa mugre. Por lo tanto, no es complicado distinguirlos, aunque hay que advertir que no es nada habitual encontrarse con uno de ellos, ya que, la mayoría de las veces, los farolilleros ni se encuentran a sí mismos.

Y para aquellos que se preguntan qué diantres es el Farolillo, no hay respuesta. Nadie conoce el Farolillo excepto los farolilleros. Tal vez se trate de un parque, de una cabaña de leñador, de una torre de cazador, de un refugio perdido en una montaña lejana, o tal vez sea en la mismísima plaza del pueblo de tus abuelos. Y quizás todo aquello de los farolilleros sea un farol, e incluso, aunque no lo sepas, tu puedes ser uno de ellos. Y es verdad. Tal vez seas de aquellos farolilleros que aún no se han encontrado a sí mismos y que se han perdido por el bosque de la inconsciencia, pero cierto es, que hagas lo que hagas, no camines por la vida sin rumbo fingiendo ser uno de ellos. No vayas los domingos al Farolillo. No vayas. Ve al café de la esquina o al bar de enfrente, y bebe, fuma, piensa, rima, observa, lee, escribe, y haz lo que desees allí; lo real y lo irreal. Ve de negro, de blanco, de rosa o lo que quieras, pero nunca vayas de farolillero.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s