Nació una incoherente filosofada, con apariencia coherente

La mirada se dirige desde la ventana al exterior, y la vista es espléndida; Ella recorre el tejado buscando cazar una golondrina, mientras la familia de cuervos se siente atacada, y en defensa de sus crías sale a asustarla. Y por supuesto, con ella me refiero a Kira, la gata, cuya descripción me resulta innecesaria, ya que es la típica gata común, de rayas. Pero, para ajustarlo al paisaje, dejemoslo en tigresa.

Por lo tanto mi cabeza se asoma por la ventana, en la habitación del tercer piso, justo allí donde se encuentran la cercha, el tejado a dos aguas y la ya destacada y sucia ventana que nadie cuida pues, nadie excepto yo usa esa habitación, bueno, y ella. Y hablando de ella, justo enfrente mía una tigresa medio caza medio huye, y, ¡y el sonido es salvaje, exótico, maravilloso…!

Pero el paisaje es más amplio, por supuesto. Les cuento, al fondo fondísimo del horizonte encontramos unas torres que destacan de un Madrid plano. Ay, y esas torres, esas torres enmarcan el cuadro romántico, pues, sobre ellas se deslizan las nubes grises, ya no negras, pues ya lo han llovido todo.
Y como siempre ocurre cuando ha llovido, y junto al paisaje romántico se encuentra uno renacentista, el sol y la lluvia se unen y recrean un arco de mil colores. Y el arcoiris rodea las cientas de luces de la capital.

Y ella caza e ignora lo demás. Y yo pienso, pobre animal, y pobre Kira no humana, inconsciente, dictada; tan maquinaria y a su vez tan excepcional. ¡Pobres criaturas instintivas, que viven pero no sienten la vida! Y que no pueden amar, ni tan solo pensar.

Y ella caza. Y lentamente la familia de cuervos se ha cansado de sobrevolarla, y tan solo se ha posado, cada una, negra figura, sobre la punta de un pino a gritar. Y del grito aparecen, de la nada, tantas golondrinas que se levantan al vuelo, que la tigresa ya no sabe ni a dónde mirar. Y al levantarse al vuelo, se esconden por las nubes, en dirección a las luces de Madrid, y la tigresa mira al aire asustada, se dirige a la ventana como si nada, y entra en la habitación. Y me pregunto el qué sentirá. Digo, todo lo que acabo de ver, es, cómo los sentidos, una visión tan abstracta… Pero así de abstracta como la naturaleza lo es la mente del hombre, y gracias a ella concluyo mi sinrazón: “mi queja es insípida e injustificada; En verdad, de hombre a animal hay una sola rampa, y de ella sube y baja la razón. Y si quieren contradecirme en mi siguiente razonamiento, diganme un sólo nombre de una sola persona que, en toda su vida, no haya incumplido la razón, y que no haya, excepcionalmente, ignorado la norma moral por su propio bien. Ay, que ya ni sé por qué hablo tanto de animal, si todo es animal, y si el hombre, en verdad, no existe”.

Y así como pienso creo, que la razón no existe. La razón existiría si el hombre hiciese uso de ella. Y de la misma simbiosis animal-razón, nacería el hombre, pero ya que algo así nunca se ha dado del todo, el hombre aún no ha nacido.

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