Cientas de luces son demasiadas

Hace frío. Ella no deja de mirarme. Me dice que no quiere más, que está harta. ¿Harta de qué? ¿Del frío? ¿Del Caribe? ¿De mí?
Decido ignorarlo y no preguntar más.

Hace ya unas semanas que llegamos a Puerto Príncipe. El mar es como ambos lo imaginamos. Ella no ha dejado de sacar fotos con la vieja Konica, a cada ola, a cada flor, a cada puesta de sol, a cada paisano, pescador, a cada puesto de frutas caribeñas del mercadillo; pero que yo recuerde, pocas fotos habrá tomado de mí, y es horrible, horriblemente paradójico, y frustrante, como algo tan bello puede causar tanto dolor.
Y yo no dejo de fumar y de estar de mal humor. Desde el principio. Sí, desde que llegamos. Desde que dejamos nuestras mochilas en la pequeña habitación del barrio Chacal. Desde que salimos a dar un primer paseo. Desde entonces, ella ya estaba como ausente, y yo, como fumador compulsivo.

Y cuando no estamos en la playa, estamos en la habitación. Yo salgo a la terraza a fumar, y ella se queda dentro, tumbada en la cama, leyendo un libro extraño, del que no ha querido hablarme. Algún escritor alemán, de esos de posguerra, de esos pesimistas llenos de inconformidades.
Recuerdo una vez que entré a la habitación. Ella se había quedado dormida, y junto a ella, en la mesita de noche, yacía una pequeña nota con un poema de un poeta romántico, inglés, de esos que hablan sobre la lluvia, la niebla, castillos con armaduras y cuentos de miedo, de fantasmas que de noche se quejan en el bosque y gritan. De miedo. ¿Desde cuando lee ella historias de miedo?

Y bueno, tampoco me preocupaba aquello en exceso. Todo seguía su ritmo, o mejor dicho, todo habría seguido su ritmo —llamemoslo— normal, si ese mismo día no hubiese comenzado a llover;

Era ya de noche. Seguía dormida, así que me tumbé junto a ella, la abracé delicadamente, rozando sus huesos débiles, su piel suave, oyéndola respirar junto a mí, cazando respiros de su presencia. Y cautivado, me inundó el sueño, y quedé dormido.

A la mañana siguiente ella no estaba. Me extrañaba que no estuviese allí, junto a mí, con una sonrisa en la cara, y con un desayuno en la cama, como en Madrid. Me extrañaba que no hubiese nadie que me llenase de besos y roces que me alegrasen la mañana. Me extrañaba; así que me levanté confuso, y en pijama salí a la cocina a preguntar a la anciana que nos alquilaba la habitación.
—Dijo que quería dar un paseo.
Asentí con la cabeza, callado, tragándome los puzles mentales de mi cabeza.
—¿Ocurre algo?
—No, señora, no debe por qué preocuparse. Es simplemente que… Desde que llegamos aquí… Bueno, ella está leyendo una novela depresiva de esas. Desde entonces no es la misma.

La anciana me dijo que la buscase en el chiringuito de la playa, y eso fue lo que hice. Me vestí lentamente, como perdido, distraido, y me encaminé despeinado, y deshecho hacia la playa. Seguía lloviendo. Y allí estaba. Sonriendo. Con el pelo mojado, hablando con un haitiano como si el frío no existiese. Decidí no acercarme.
Decidí esperar a ver lo que pasaba. Si volvía contenta o, o no, o simplemente confusa y callada.
Decidí esperar. Esperé. Dos días y tres noches. Y volvió, confusa y callada.

Como siempre, decidí ignorarlo, y simplemente no preguntar. No hubo caricias, ni besos, ni roces, ni palabras. Pero tampoco hubo peleas ni discusiones. No hubo nada, sólo silencio. Hasta ahora.

Está harta. ¿Harta de qué?
—¿No vas a preguntar?
La miro.
—Pues contestaré yo misma.
Bajo la mirada. Me concentro en la luz que entra por la puerta entreabierta a la habitación.
—Mírame.
No la miro. En vez de eso, me levanto, me dirijo al balcón, extraigo, pensativo, un fino cigarrillo de su caja, lo enciendo con sutileza, mientras observo como la lluvia choca en las baldosas rojas del balcón, y cómo sus chispas llegan hasta mí. Y refrescan. Y cómo refrescan.
Ella acaba saliendo al balcón, me mira callada. Sin romper el silencio acerca su mano a mi bolsillo, se sirve de él, y fuma uno de mis cigarrillos.

—Nunca fue mi intención escapar, ¿escuchas? Es solo que… Me distrae todo.
—Ahá. —Asiento.
—Nunca en mi vida huiría. Huir es de cobardes. Nunca hay que huir del miedo, ¿verdad?
—¿Así que doy miedo?
—No.
—¿De qué demonios tienes miedo entonces?

No responde. Y la lluvia cae, el viento respira, la neblina se desliza por las calles, y todo sigue vivo. Todo sigue normal, el silencio se mantiene. Mentira, sí responde. Gracias a dios.

—El miedo a volver, a regresar a lo de antes, a vivir una vida rutinaria. A volver a Madrid.

¿Qué? Eso me extraña, bastante.

—Eso me extraña bastante. ¿Acaso no amabas las luces de Madrid?
—Eso es diferente. —Ella se rasca el cuello, mira dubitativa al suelo, inhala y exhala el humo de mis cigarrillos, y continúa—. Todo el mundo ama las luces de Madrid. Tal vez ese sea el problema.

Pero, ¿acaso no deseamos todos ser diferentes, ser únicos; destacar?

No la entiendo… o sí, espera, ¿A qué se refiere?
—Cientas de luces son demasiadas. —Dice ella, pero…
¡¿A qué se refiere?!

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