Relatos del Guarayaná

Cerca del anochecer llegué a un pueblucho, entre dos montañas, de nombre Guarayaná. Allí había un hombre de frente medio calva y camisa sudada que me veía cruzar el pueblo con la intención de adentrarme en la montaña, ciertamente a dormir. El viejo murmuraba a sus adentros y gesticulaba con gesto nervioso. Llevaba un machete poco afilado que parecía que tenía escasa costumbre de usar, lo que resultaba raro para un hombre de la selva. Lo que más extraño resultaba eran sus gafas. El cristal izquierdo, rasgado, con una rajada de caída accidental, tenía un grosor considerable, incluso más acentuado que el derecho. Bajo el cristal derecho se ocultaba un ojo de cristal, guardado por una pestaña medio caída. A medida que me alejaba, el viejo me advertía del frío que podía hacer por las noches en la selva. Yo tan solo llevaba un saco y poco más, un Pullover, la tienda, las cerillas de Quito, y dinero, por supuesto, aunque poco.

Como el típico joven intrépido, o arrogante, hice caso omiso de las palabras del viejo, y a éste pareció molestarle.
—¡Adónde vas! -me decía- ¡Ven acá! ¡al albergue!

Oí gritar al viejo a la vez que me alejaba, mientras me adentraba en la montaña, perdido por mi mente. Pensé, y rebusqué en la silueta del viejo, para averiguar lo que podía ser aquel extraño individuo de camisa sudada en la vida del Guarayaná. La media calva hacía cierta referencia, aunque también por genética podría ser, al estrés; por lo tanto concluí que debía ser empresario, o tal vez el propietario del albergue al que quería enviarme, o tal vez un hombre del gobierno, en busca de turismo. La camisa sudada volvía indicarme lo mismo. Sin embargo me olvidé de la fisura en sus gafas, del ojo de cristal y de la pestaña medio caída, cuando me adentraba cada vez más en la montaña, y me perdía a mi mismo por la oscuridad.

A cada paso que daba crecía la selva. Seguí el camino río arriba, que emitía estruendos de su caudal; de esta manera podría acordarme del recorrido. Recordé los consejos de mi abuelo, que en paz descanse, a la hora de montar la tienda: encendí la hoguera, con llamas de baja intensidad —para ser visto pero no poder ver lo que a uno le está viendo—; me alejé del río, para no pillar la humedad, pero sin perder nunca el ruido que entronaban sus aguas. De alguna manera la selva resultó una droga auditiva que ayudaba a relajarme y que inundaba mi mente con su ruido.

Al principio la hoguera me valía para mantenerme a temperatura. Sin embargo, a medida que la noche crecía y junto a ella el frío, la hoguera me sirvió cada vez de menos, y tiritaba arrepentido hacia mis adentros. “¡Ay si hubiese escuchado al viejo!” Me decía.

Me puse el pullover, esperando poder dormir. Desdichado de mí. Cuando comprendí que el frío no me permitía dormir, y que si me dormía no volvería a despertar, me levanté decidido, recogí la tienda y todas mis posesiones, y muerto de hambre y frío me encaminé al río. Desde allí caminé junto al rumbo de sus aguas hasta llegar al hermoso Guarayaná.

Cierto es que cuando yo volví al hermoso valle y a sus casas de madera el viejo hombre ya me estaba esperando. Él sabía que regresaría. Al verme llegar, se levantó de una silla de mimbre en la terraza, apagó la vela que llevaba para leer y entró en casa dejando la puerta abierta. Sin más, esa noche no lo hablé, por arrepentido. Sin embargo aquel hombre tampoco, ya que si diría algo sería aquel típico “ya te lo dije yo…” que hiere a todo el mundo.
En el sofá me colocó una manta, me dejó una deliciosa cena; asado de cordero, y sobre la mesa baja un libro. No lo conocía, pero parecía interesante.

Terminé la cena e intenté dormir. El salón estaba repleto de dichosos mosquitos, sin embargo cerré los ojos y me adentré en mis sueños.
A la mañana siguiente desperté. El viejo me había dejado de nuevo la cena sobre la mesa baja. Me levanté sin tocarla y busqué al viejo para darle las gracias, sin embargo, no estaba en casa.
Pasaron unos días hasta que lo llegué  a conocer. Me equivoqué en cuanto a empresario, u hombre del gobierno, o propietario del albergue: aquel hombre era poeta. Al menos, eso decía que era su profesión, sin embargo se ganaba la vida pescando, y además de toda vida furtiva, se dedicaba de manera muy entusiasta a la farmacología.
Una cierta mañana que desayunabamos juntos el viejo comenzó a llorar. Cuando pregunté qué le pasaba, levantó la vista. En ese momento conocí el verdadero rostro del Guarayaná; una expresión sincera, melancólica y dura.

Santiago, se llamaba. Pescador, farmacéutico, lector entusiasta, y supuestamente un gran poeta desconocido. Un breve poema en concreto decía que nada ni nadie era capaz de vencerlo. Cierto, si había algo en lo que no se le podía vencer ni rezando a los doce vientos, —además del permanecer callado durante mayor tiempo—, era a la hora de criticar. Entonces, y solo entonces, Santiago recaía en un mar de comprensión, aunque sólo de la suya propia. Entonces y solo entonces sentía a Dios caer sobre él, y darle golpecitos en la espalda; “Bien hecho”- le diría-, “muy bien hecho”.

Santiago seguía llorando, cargado de pena, pena encerrada en lágrimas, cayendo de sus ojos. Aquel viejo era un misterioso hombre solitario. En su expresión de cada día se podía observar; sentía una gran atracción por lo melancólico, lo intacto y lo virgen de la vida. Todo aquello que sentía lo dejaba escrito en papel, en aquellas hojas que no llegarían nunca a ningún lugar, aquellas hojas que solo verían su rostro arrugado, de mirada cansada, de gafas rajadas, de pestañas caídas, de ojo muerto y ojo de cristal lacrimoso. Aquellas hojas que comenzaban con tinta, y acababan pues con gotas de pena, gotas del amazonas. La selva, su impedimento; un grande y hermoso laberinto, aunque sofocador. El enredo de un lector.

Para el viejo amante de la lectura, la mente anhelaba una percepción triste y melancólica de la vida.

Cuando le volví a repetir la pregunta el viejo me contestó de la sencilla manera en la que un poeta lo haría: “De dónde sino crecen los árboles -decía-, sino del llanto de sus padres”.

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