Negro como Krasinski

Él es pianista, su madre, Georgieva, desempleada, su padre Gogol, viejo y cansado, propietario de una vinoteca en el centro de Moscú. Apedrear las teclas le resulta fácil, sobretodo si no hay nadie cerca, entonces se inspira. Influyen en sus obras Liszt y Rachmaninov, quienes son sus preferidos. Ambos oscuros, como la piel de su perro, Krasinski, pastor alemán, siempre enfurecido y depredador. ¿Qué más decir de Manischiev? Pobre, su pelo un mar de caspa, sus pulmones gaseados, desgastados, descosidos, negros como la piel de Krasinski de tanto fumar y fumar, puros y cigarrillos, habanos o tabaco de enrollar. Todo lo fumable acaba en sus manos, al igual que todo alcohol acaba en los labios de su padre. “Alcohólico de mierda” es lo que acostumbra a decir, pero con palabras no acaba diciéndolo todo. En sus pentagramas llena de puntillos, ligaduras, calderones, las blancas desordenadas y las negras, negras como la piel de Krasinski, para desahogarse de un pleno, lo que nunca suele acabar bien. Miren sus partituras, apenas finalizó una. Siempre llenas de manchones de tinta y puntos blancos; ¿puntos blancos? Más que puntos acaba engurruñada la caspa que le cae de la cabeza al rascarse, para dejar las partituras casi tan blancas como en un principio. Pero ciertamente habrá que decirlo, él es un genio. Ya compuso a los pocos trece. Compuso, lo que serían, los primeros indicios de una mente extraordinaria, tanto extra y tanto orden que de ese ciclo no salió.

“Si mi vida es un milagro” dice Manischiev, “mi muerte será un infierno”.

¿Acaso no les repudia su actitud? ¿No les da asco su pesimismo? Y encima perfeccionista. Vean ustedes como tiene los cubiertos de limpios en su cajón. Tan perfeccionista llega a ser, que no se atreve ni a sacarlos de allí, pues “¿para qué usarlos? ¿para que se vuelvan a ensuciar?”.

A su vez él, como todo genio, lleva en la mente un planteamiento resumen para no tener que darle más vueltas a su catastróficamente negra vida, negra como el pelo de Krasinski. En su caso sería algo parecido a: “Mi vida es una catarsis constante”. Y Manischiev dice lo que piensa enorgullecido de su análisis. “Mi mente busca la purificación constante para seguir igual, pero la purificación se disparó a lo irreal. Ya no soy capaz de limpiar la verdad, sino pulir la mentira”.

La mentira la pule con un trapo sucio; negro como Krasinski, y como todos sabemos, pulir con un trapo sucio no limpia, ni mucho menos.

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