6 días Marruecos – Bereberes de norte a sur

Ésta misma Semana Santa realicé, por vez primera, un viaje por Marruecos, y por lo tanto mi primera visita a África y mi primera escapada del continente europeo. A contraluz de cada viaje “normal”, decidí hacerlo por parámetros perdidos, lejos de la vida habitual de la que, por suerte, soy conocedor; aunque crítico. El viaje, de norte a sur, llevaba el objetivo de captar las personalidades perdidas de éste país, que en crecimiento se encuentra, evitando el norte; no por rencor, sino por encontrarme con una situación distinta. Me llevo una impresión muy mixta de allí; en cuanto arriba los marroquíes combinan cochazos de lujo con chozas de paja, en el sur todo son burros y hogares de adobe. Sobre todo me sorprende, y me anima mucho más a un nuevo viaje solidario, que tengan que ser algunos europeos los que busquen ayudar y que no sean los propios compatriotas los que lo hagan.

Pasé la mayor parte del trayecto cruzando el Atlas hacia el sur, incluso llegando a los comienzos del Sahara y sus dunas rojas. Ésta zona es habitualmente bereber, lo que aumenta aún más su distinción en las normas y costumbres cotidianas. Sobretodo salta a la vista la situación de la mujer. Por una parte son esclavas; además de no poder salir cuando ellas quieren, ni tener el permiso de montar en bicicleta ni a burro, son ellas las que realizan el trabajo duro. En sus espaldas acarrean kilos de alfalfa, y a cuclillas cortan las hierbas durante horas, siempre con la atenta mirada del adulto, que las “cuida” con vigilo. Pregunté a un hombre bereber que opinaba sobre aquello y su respuesta me sorprende aún más de lo imaginado: “Que la mujer realice el trabajo, ésto le viene bien. Se nota en las mujeres al parir antes de trabajar, es decir aún jóvenes, que les duele mucho más”, afirma. “Por eso deben trabajar el campo, para que en el próximo embarazo no les sea tan doloroso”. A pesar de la falta de lógica, el hombre permaneció sonriendo con gesto afirmativo, y yo permanecí callado. A su vez y contrastando con lo anterior, en algunas zonas las mujeres son más libres. Diría yo, a primera vista, que los bereber son más liberales, pues incluso en muchos lugares sus mujeres no llevaban velo, montaban en burro y podían incluso realizar muchas acciones ellas solas. El símbolo bereber también lo expone, pues representa a un hombre con los dos brazos abiertos, simbolizando al “hombre libre”.

Aprovechando una parada improvisada del viaje realicé una excursión a través de un cañón cercano todavía al Atlas. Al salir de allí me encontré con una choza y un personaje, Hassan, que me dejó alucinado. Tanto que incluso me recordaría a un profeta, sabio y moralizador. Imagínese no tener comida de sobra, y a ello me refiero a tener poco, y con tan poco mantenerse, tomar y dar. Llevaba las sobras de un tajine del día anterior. Lo cocinó en una hoguera y luego lo puso en la mesa. Me dio vergüenza comer, pues quería yo que comiese mucho. Sin embargo, el personaje que tenía delante mía se mantuvo con un trozo de pan en la mano y dos o tres bocados durante toda la conversación. Dejamos el plato en su mayoría vaciado por mí, pero con algunos restos. En vez de guardar estos restos, se fue hacia la parte trasera de su jardín con el tajine, y volvió sin nada. Pregunté que había hecho: “Tengo la parte delantera de mi jardín para los nómadas, la parte trasera para los gatos y la parte derecha para los perros”. Y es verdad que muchas veces le visitaban los nómadas; su propia madre fue una.

A lo largo del trayecto uno se encuentra con ruinas de kasbahs, lo que son antiguos palacios de adobe, y ksares, edificaciones de adobe con un antiguo uso comunitario, es decir, un poblado amurallado. Existen pocos ksares en uso, y uno de ellos está en Goulmima. Sorprendentemente alejado del turismo -pues no se encuentra de camino directo al Sahara- hay un ksar, del siglo XIV, con calles estrechas, inclinadas, secas, y edificios que llegan incluso a los cuatro pisos, totalmente empobrecido. Tuve la suerte de conocer al alcalde del ksar y a una familia de allí. Entré en la casa de la familia. Nunca había visto nada igual. En el piso bajo estaban los animales; burros y gallinas, y a la entrada la abuela, una mujercita enferma, siempre sentada a la puerta haciendo cestas. En el segundo piso estaba la cocina, el baño; un agujero que llevaba al establo; y un salón estrecho. En el salón me invitaron a un té, y al andar temblaba el suelo. En el tercer piso guardaban el adobe, y dejaban secar el cuero. Desde el cuarto piso, totalmente desusado por su peligrosidad, se tenían unas vistas increíbles sobre la comunidad. Hablé algo con el alcalde. Éste año fue uno de muchas lluvias, y muchas casas y puentes se derrumbaron. Muchas familias perdieron sus hogares. Él me contó sobre su situación y la de los demás. Sorprendente me pareció lo siguiente que me dijo: “Evita las ONG´s de ayuda humanitaria”, afirmaba. Yo escuchaba atentamente. “Ellas se embolsan el dinero. Si quieres dar algo, debes ser tú el que lo dé, y no un intermediario. En toda pobreza hay uno corrupto y con mucha suerte”. Pensé en España.

Luego, con tanta pobreza, cada gesto les alegra y les estira aún más una sonrisa que llevan siempre puesta. Llevé objetos que ya no usaba y comida extra para dársela a aquellas personas que pensaba justas. Llegó el momento en un poblado perdido, hacia el que me llevó un guía y unos amigos, y al que no llevaba siquiera luz. Se encontraba junto a un río ancho y pocos palmerales. Pensé que sería adecuado sacar mis posesiones allí, y lo fue. Muchas cosas no sabían lo que eran, por ejemplo con las pajitas de los zumos, y tuve que explicárselo, y más aún con mi cámara. Quedaron alucinados al verse ellos mismos en las pantallas.

Un momento me dejó pasmado, y fue que, a falta de electricidad en la mezquita, un hombre anciano y encorvado salió de allí y comenzó a cantar el rezo. Como esto, cada día, siete veces, a grito pelado.

Ya acercándome más y más al Sahara, paré junto a unas edificaciones curiosas. A la derecha se veían las primeras dunas bajas. A mi izquierda apareció un hombre flaco y moreno, de tez casi negra. Él estaba muy alegre de ver a alguien. Tenía dos compañeros que trabajaban con él, y hacían lo siguiente: Excavaban un túnel de unos siete metros de profundidad para llegar al agua, y desde allí lo que tenían que hacer era cavar hacia delante, para canalizar el agua que llevaba a los poblados cercanos. El viejo me decía muy orgulloso que había cavado siete kilómetros con sus propias manos. Tal vez estaba un poco loco. Sus compañeros reían al oírle intentar hablar inglés. Al despedirme me dio la mano. Estaba cantando, e incluso se había puesto un traje especial para bailarme algo. Le di la mano, y de repente, sin esperármelo para nada, pegó un salto, en el aire abrió las piernas, y con las piernas abiertas cayó al suelo. Su cara seguía sonriente, los compañeros reían, y yo me encontraba, si acaso me encontraba en ese momento, boquiabierto. Impensable. Su medio de transporte era la bicicleta: El sillín estaba totalmente desgastado. Uno de los trabajadores iba descalzo; yo también lo iba, pero siempre buscaba la sombra para evitar quemarme la suela. A él le daba igual, y se dio cuenta de que le miraba los pies. Me enseñaron la suela, y la piel de sus manos. Imagínese un cayo enorme y ya saben como eran.

Llegué por fin al Sahara, mi destino tanto deseado. Sin embargo me encontré con un escenario totalmente turístico. Pisé las dunas, dormí en ellas, y me fui. Una gran decepción me llevé de los turistas españoles que viajaban en sus 4×4, subían y bajaban las dunas. Me encontré con un grupo al dirigirme a algún sitio donde dormir en la arena con mi saco y una manta. Dormí fatal, pues éstos armaban un ruido increíble. El ruido cesó por fin por la mañana, cuando sus coches dieron la vuelta, descolocando más y más de esas preciosas dunas rojizas. En mi camino de vuelta, totalmente cansado, pasé por el lugar donde habían estado los españoles. No habían recogida ni una basura y habían dejado todo tipo de mierda tirada por la arena. No quiero ser pesado, pero no soy capaz de entender como alguien puede irse al Sahara para montar una fiesta. Desearía más que se fuesen al siguiente parque cercano con suelo arenoso, a montarse su propia fiesta Sahara, rodeados de columpios. Tanto viajar para al final hacer lo mismo que en el parking de una disco.

Mi siguiente camino fue el de vuelta. Pasé por un oasis hermoso, más que ningún otro, en el valle del Ziz. Allí comí mi último tajine y fotografié a una última familia.

También pasé por un bosque de cedros, donde se podían ver muchos monos. Fotografié a muchos de ellos, pero lo publicaré en una próxima entrada.

Para despedirme de todos los personajes que he ido conociendo a lo largo del viaje, he decidido concederles un relato a cada uno de ellos. Ojalá lo pudieran leer.

Hassan

Hassan vive cerca del Atlas, pero observa. Él es omnipresente. Se construyó, como Buddah, profeta, su propio hogar junto al río, su propio jardín y huerto, con almendros, naranjos, limoneros, y su propia plantación de hierbas, tanto para uso farmacéutico como para consumo propio. Él, que estudió el Corán en la escuela, y luego se especializó en la religión musulmana en la universidad, no es creyente. Es austero, privado, muy hospitalario y abierto. Es un hombre astuto e inteligente, e intenta aprender tanto de la vida como de las personas; entiende que los vendedores del atlas se comportan como urracas, son infelices. Él es feliz.
Ante la pregunta: “¿Por qué no estás casado?”, él responde: “Porque casarse ya no es amor, sino dinero”. Preguntamos: ¿pero por qué vives solo?, y contesta; “pues sólo cuando estoy solo sirvo y soy siervo de una misma persona”.
Su madre es nómada, o fue, pues murió. Pero sigue vivo su padre, a quien va a afeitar todas las mañanas, porque es mesonero y debe lucir limpio.

Un rico diría que es pobre. Los turistas que cruzan el puerto lo dirían. Él, antes, se lo decía. Es difícil encontrar trabajo, y mucho más viniendo del campo a la ciudad, a estudiar. Comprendió pronto que el verdadero trabajo sería mantenerse con vida, y lo haría pronto, de por vida.

Si algo le salta a los ojos al pobre, es el dinero. Cierto es que en cada esquina del Atlas corren cuervos con pies de gato, buscando algo voluminoso y reluciente para sus bolsillos de saco. No olvidemos que su pesadez se debe a una simple causa; la pobreza. Y es la pobreza la que hace del deseo dinero, pero no como material, sino como herramienta para lograr un fin.

Por todo lo largo del trayecto montañoso se colocan, en puntos geoestratégicos, los vecinos de la comunidad, contemplando a los turistas pasar en sus carros modernos, con sus móviles y cámaras. Si somos sinceros, éstos marroquíes venden en cada puesto grandes farsas, pero con un objetivo igual al de todo el mundo, buscar ser feliz por cualquier medio. Entonces son los pobres vendedores ambulantes y estafadores, muchas veces, los que se sienten mal, por pesados, por estafadores y por pobres, ¡se sienten mal por pobres! Concluyo que a quien ésto ocurre es porque vio a un rico alguna vez, y la comparación es un crimen.

El próximo relato será publicado en breve.

Familia en un Ksar habitado de Goulmima

Niños en un pueblo perdido

Excavadores de un canal de agua en el desierto

En el oasis del Ziz

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