Al fin y al cabo seguimos siendo animales.

Habrá continuación

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Al fin y al cabo seguimos siendo animales, los mismos árboles siguen dejando caer sus hojas en otoño e invierno, las flores viejas siguen soltando sus pétalos, como resignación. La ignorancia hace de sus andadas por la civilización y el poder cae sobre sus hombros. El camino lo hace el caminante con cabeza caída y las cumbres nevadas dejan el placer donde más elevadas. Nadie dirá que algún día cambiará, pues las personas somos las mismas, y con nosotros arrastramos el paisaje.

Gaugan, con su mayor gesto de humildad, abrió la tienda a la hora habitual, observando el paisaje a su alrededor. Calles vacías, hierbas mojadas y nutridas, chimeneas que sueltan el humo por sus altares, y en los lares las mentes duermen; duermen la noche y el día, y arrastran sus pasos por el camino más desierto, escaso de humanidad. Vacías las mentes y las tiendas. Gaugan las abre el primero y consigo trae el sol a horas tempranas. La cerradura persiste, pero con toda naturaleza renuncia, y humildemente las persianas se abren, las luces se encienden y las cortinas caen.

Habla el narrador, que vive por suerte en una etapa mejor, donde la vida se vive con vaguedad, pues la vida avanzó: los transportes, más rápidos; los carros se fueron por los coches y las cartas se cambiaron por las llamadas. Se tiene el placer de ver el arte y la cultura sin grandes lujurias —dependiendo, por cierto—. La etapa del personaje será humillante, pobre y despreciable, pero los hombres serán los mismos, por moral y por los actos actos que realizan, ni buenos ni malos, sino cobardes.
Diferenciemos entre servir y ser siervo, como lo dijo Roberto Benigni. Nos servimos a nosotros mismos por pacto; somos siervos por ignorancia, por el poder de unos pocos que creen hacer las leyes.

Gaugan se sienta en una mesa baja junto al horno de leña, los sacos de harina, los tarros de perejil, y especias, y la masa fresca. Se enciende un cigarrillo con las brasas y apoya la espalda contra la pared.

—Pronto canta el gallo, y tarde la luna para hacer callar el sol.

Gaugan es un hombre fornido, con aspecto palurdo, pero inteligente; mal vestido, de pocas mujeres. Es mejor, una mujer en su vida, de igual tamaño o mayor, de cicatrices y arrugas, canas y alcohol. El pobre hombre es su muñeca cuando vuelve de trabajar, y se esconde en las colchas por no escuchar a la moza. Sus gritos revientan cristales y tímpanos, y llegan hasta Versalles, donde algún día el rey se habrá de quejar. La calva de Gaugan se esparce de oreja en oreja, pero deja hueco para algún pelillo suelto, en corona y nuca; pero no es suficiente para tapar la tez blanca y pálida como la harina, su mayor herramienta, acompañante de ternura en días en los que no quiere volver. Si bien se han dado cuenta, el hombre es panadero, pero trabaja solo. ¿Conversación? Gaugan detesta el hablar, ¿para qué tanto hablar si todos hombres son iguales, y dirán lo mismo en cada igual e incoherente situación?

—Al fin y al cabo seguimos siendo animales.

Gaugan se repite una y otra vez una misma idea, de bohemia, neoclasicismo y vanguardia. ¡Un hombre anterior a su momento, al tiempo y a la sociedad que lo rodea! El dinero manda, y mandará; el hombre lo busca y lo buscará; la suerte no cambia ni cambiará. De algo nos sirve la historia, y es por ver que por mucho que avancen las herramientas, las mentes no lo harán.

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