Niño milagro

Octavio venía a visitarme muy a menudo en la antigua casa del Pilar, donde mis padres me cuidaban como a su propia vida; “pues la vida es muy cara”, decían. Por aquel entonces él rondaría los dieciocho años; yo llegaba a los escasos doce. 

La casa, por sí sola, era agradable y fresca, acogedora en los largos días de verano, con sus muros de piedra, la hiedra en la fachada delantera, frente a la puerta verde que pintamos con nuestras propias manos. Bastante brillante por el exterior, pero no más que un canal subterráneo por dentro, oculto y frío, sin apenas ventanas que lo iluminaran. Pero si ya era acogedora por sí sola, lo era aún más cuando, en verano, llegaba Octavio de vuelta de sus viajes por la Pampa. La oscuridad interior se iluminaba como lo haría Apolo en un cajón viejo en el trastero, y los ocultos espejos saldrían de sus escondites y lo reflejaban, trayendo a cada persona un aspecto más feliz y orgulloso.

A pesar de la gran consideración que me tenía mi familia, no lo fue nunca mía, y nunca lo será. Nunca hubo sentimiento familiar, ni cariño sincero, sino más bien la obligación de cuidar a un niño distinto, escogido por su dolorosa infancia, y por el gran anuncio que pusieron en el tablón del convento que me vendió.

Me llamaron milagro en casa. Dijeron que nunca habría nacido, ni que tuviese madre, ni que ninguna mujer hubiese estado nunca embarazada de mí. Claro que por entonces yo me sentía contento y especial, en cuanto que ahora me encuentro falso por dentro. No es por no tener madre, ni padre, ni hermanos siquiera, pero sí más bien por no haber hecho a una mujer y a su marido feliz, no haber formado parte del comienzo de una nueva etapa de su vida, de la búsqueda de un nuevo hogar, y del establecimiento como alma sedentaria.

Dicen que nunca tuve hermanos. Yo creo que sí los tuve, y Octavio es uno de ellos, pero Octavio se fue para arriba antes de que cantase el cuco, y me quedé tan triste como la casa sin su regreso.

Siempre quise investigar las paparruchas que mis viejos me contaban, o las mentiras que les debieron de meter a ellos. “Un niño milagro”, “un profeta oculto en los Buenos Aires”. Nada me creía, así que busqué, y encontré una dirección.

Me acerqué al convento de la Razón Santa, y me presenté como niño milagro, y las monjas pusieron ojos de disco, y me cerraron las puertas en las narices.

Sigo creyendo que tuve padre, así como madre, y hermano, y seguramente muchas hermanas detrás.

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