El cigüeñal

3.-

Mi vida, por así decirlo, pasó de molino en molino. De acarrear sacos pesados de harina y trigo, de cruzar largos caminos y de recoger la paga, que en mi opinión, era más abstracta que existente. Y por mal dios que guió mi vida, el dueño de aquel molino siempre sería un hijo del diablo.

Buena parte de mi vida pasé perdido como el cigüeña, más en Asturias que me nombré Santiago, pero el destino no me lo quiso abrazar. Al molino llegué más cansado que un minero cojo. El dueño del molino, que bajo era, pero cabrón, me vio llegar con una cara de muerto que, así de primer orden, me hizo víctima de su malograda vida, pues pensó seguramente, que así el cambio no se vería tan duro. Aunque el molinero me siguió llamando Santiago, yo más bien era esclavo. Así, como la pala que va hacia el barro para cubrir al difunto y hacerlo desaparecer por siempre entre tierra de gusanos, y como el difunto que muerto va a tierra. Así, como ambos era yo, una parte del molino, que de órdenes, vivo se creía, pero en libertades un muerto más en barro era.

Era enero, por lo que yo recuerdo. Esperaba con todas mis ganas que nevara, simplemente por la curiosidad de ver un paisaje nevado. Por mucho que lo deseaba los nubarrones grises no traían más que monótona lluvia, vientos gélidos y suelos helados, lo que no me ayudaba a la hora de bajar al centro, que así lo llamaba Don Enrique, —un pequeño pueblo de diez habitantes labradores y de buena gente, si la enfermedad no era reina—. Todos los días deseaba mucho bajar a visitar a la familia del señor Peláez, y sobre todo a la hija, Martina, a pesar de que el camino era de hora y media, y más duro aún con el viento de por medio, y el musgo, donde las suelas patinaban. Derrapaba yo con sacos cargados de harina que llevaba a los Peláez, mientras Don Enrique se fumaba la pipa en casa.

—Bien que has venido, niño.
Me decía el señor molinero cuando volvía, más cansado que la aguja de un reloj de convento.
—Queda mucho por hacer -Añadía-. La harina es mucha, y el tiempo es poco.

Así me pasaba, de rueda en rueda, de piedra molar al segundo piso, subiendo la escalera escalinata hacia el trastero donde el señor guardaba sus viejos trastos. Entre ellos encontré, escondido bajo algunos muebles y ropa vieja, una imagen de una mujer y un niño, que poco parecían merecedores de tan esclava vida.
En el último piso miraba por la ventana, mientras la lluvia penetraba por las rendijas, en goteras, del tejado, y golpeaba contra los cristales redondeados. Miraba hacia abajo, donde lejos se veía el río. El cudilleros, con una corriente de mil diablos, que con su fuerza al molino impulsaba, y a mí al trabajo forzaba. Nunca más en mi vida pude llevar más odio a un fenómeno natural, y además de tan sutil hermosura.

A veces recordaba por qué estaba allí. Recordaba que antes de mi llegada, hubo otro trabajando.
—Junto a un río, Cudilleros se llama, hay un molino -Me dijeron meses atrás, en una esquina junto a la playa-. El dueño es un hombre honrado, que por infortunio ha perdido a su compañero. Ve allí y encontrarás trabajo.
Además me contaron también que el compañero había caído desde el segundo piso hacia el río. Ahora comprendía que no pudo ser sin querer. Los cristales eran gruesos, y bien, pues la lluvia incesante. Por mucho que golpearas aquello no se rompía. O eres arrojado, o te arrojas.

Las imágenes de la mujer y el niño me las guardé en la chaqueta y continué trabajando.

Don Enrique seguía fumando de su pipa cuando llegué al piso bajo, tumbado en el colchón donde dormía, con su rostro, una vaguedad insana y tan grande alegría enemiga.

Un día que bajé al centro me encontré a la Martina en el huerto bajo el caudal de la lluvia, en ropa vieja. Ella me ignoró bastante. Romántico no sería, pero con lo flaco que yo estaba por aquel entonces, y el hambre que llevaba dentro, bien hubiera deseado ser yo hortaliza para que la mujer me agarrarse y desprendiese de tierra firme. Pero yo más bien era gusano bajo tierra, flaco, observador, es decir, que sólo puede comer la porción que su señor le atribuye.
La mujer tenía el pelo castaño y las pecas de una santa. En los labios dos carnes fértiles y juveniles, sanos y delicados. Ni la merecía yo.

—Pobre Santiago… -Comentaban en un lugar cercano al huerto, los abuelos de la Martina al verme pasar junto a ella-, mírale la sonrisa. Si su vida ya es tan dura, más lo será si no espabila.
Yo crucé en ese momento la calle.
—¡Hola hijo!
Dijeron, sonrientes, cerca al unísono, escondidos de la lluvia bajo un portón, viéndome pasar.
Volví feliz, créanme o no, a pesar de no haber intercambiado ni palabras ni miradas.

Todo el viaje fue un fastidio, merecido de blasfemar, que pasó rápido en mi pensar.
Pero todo se esfumó cuando entré en el molino.

—¡Todavía queda mucho por hacer! -Me decía con su a veces explosiva espontaneidad-. La harina es mucha, y el tiempo es poco.

Llegó el día en el que Don Enrique, que había cogido un catarro —haciendo nosequé ni nosedónde, pues ya antes no se levantaba del sillón— y yo lo tuve que cuidar. Más ocupado estaba yo entonces, cuando incluso por las mañanas me debía despertar solo. Como ya dije antes, que de cigüeña a Santiago había pasado durante esta época, pues en este momento sería de nuevo animal. Un animal subordinado, fuerte pero débil en su entorno, y aún más sobrecargado.
Estaba yo en la cocina. La chaqueta la había dejado en la entrada al molino. Mientras cocinaba recordé lo encontrado en la guardilla, aquellas fotos de una mujer y un niño, escondidas, al feo Enrique solo en casa, la muerte del anterior trabajador.
Decidido entré en la habitación del señor con las imágenes y la duda.

—Don Enrique.
Dije convencido.
—Don Enrique.
Cerré la puerta a mis espaldas y lo miré. Llevaba una cara horrible, amarillenta, sudorosa. Hacía frío en la habitación. En el piso bajo seguía encendida la chimenea.
—Don Enrique, venía a preguntar una cosa…
Mi convicción había disminuido en los últimos instantes. No respondía. Luego me acerqué y le tomé el pulso, que se aceleraba cada vez más. Mi mente fue a parar a otro lugar.
Rápidamente bajé corriendo, con tanta prisa que se me olvidó vestirme adecuadamente. Cuando salí por la puerta, fuera soplaba un viento frío. Me quedaba un camino de hora y media.

Bajada la colina última llegué al centro. Todavía por las huertas primeras, donde trabajaba un señor con su burro, y por donde cruzaba el río Cudilleros con mayor grosor, vi por el fondo, a través de una neblina cada vez más espesa, la silueta de un hombre anciano.
—¡Señor Peláez!
Grité mientras corría. Medio pueblo me había oído, y todos se dieron la vuelta, pues de todos era el apellido.
El del burro dejó el trabajo a un lado y vino hacia mi.
—¿A dónde con las prisas, muchacho?
—Señor, necesito ayuda.
—¿En qué?
El pulso me temblaba.
—En el molino, señor. Don Enrique está enfermo…
No podía más con mi cansancio. Había corrido la mayor parte del trayecto.
—¿Y…?
—Y…
Me senté en el suelo encharcado, sin más fuerzas. Había llegado un momento de gran duda. Todo aquello que estaba haciendo… ¿Acaso no tenía un odio tremendo al señor Enrique? ¿Y si la carrera había sido para nada? ¿Y si dejarlo morir sería la mejor opción?

Es difícil de entender desde la tercera persona. Yo habría dicho a cualquiera que matar no hace mejor a nadie. No desearía haber matado a nadie en mi vida, pero algo tenía el autor de mi destino en contra de los molineros, que a pesar de la ayuda que podría haber conseguido para Don Enrique, lo dejé ir.

Disimulé, haciendo como que el motivo del recorrido era por leña.
—Pues que como no puede levantarse de la cama y hace mucho frío, y él suele talar los árboles, -Dije-, me ha comentado que os pida un poco de madera a ustedes, lo suficiente hasta que se mejore.
El hombre me miró extrañado.
—¿Y por qué a nosotros?
—Pues porque… -Pensé-, dice que en el último trato nos pagaron menos que lo habitual.
El hombre se volvió a acercar al burro, mientras contestaba enfadado. Me dijo que me acercara al jardín y que llamara a la puerta principal. Me dijo que recibiría la suma que me dijera Martina. Yo le contesté extrañado, habituado a los comentarios de Don Enrique, que cómo es que una mujer decidiría aquel asunto comercial. El señor no me contestó, y lo dejó en el aire. Me gustaba aquella familia.

Me sentí incómodo al comentárselo a Martina. Siempre pensé que la primera conversación con ella sería en un momento perfecto. En aquel instante llevaba una gran mentira a mis espaldas. Tampoco sé si se podría llamar conversación, pero al menos me sonrió.

En conclusión, volví tranquilo. Pero como era habitual, cada vez que volvería de los Peláez al molino, algo inquieto me esperaba.

Comencé a sospechar cuando crucé un riachuelo por la parte del valle y levanté la mirada. Una gran nube negra se levantaba por el cielo. Más tarde, donde el río Cudilleros, subiendo la cuesta al molino, vi las llamas.

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