El cigüeñal

2.-

¿Quieren ustedes saber que fue para mí lo más duro durante mis meses de prisión vagabunda? Mi falta de diversión, pues aunque ya bajo el dictado del borrachuzo falta me hacía, de vez en cuando algo había de que reír. En cuanto a eso el viejo Alfredo sabía, y lo practicaba mejor que nadie —según su entendido necio— encerrado en el vidrio del alcohol.

El paisaje no pudo ser mejor elegido, y cambiando fue, durante el tiempo que marcaban mis pasos al norte. Primero fue la llanura de la meseta, más tarde cambiando a las colinas sin nombre de algo que también sería en meseta. Fue entonces cuando la cuesta bajó, y mis pasos a algo más profundo caminaban, que acercándose al nivel del mar parecían. Y en cuanto pensaba que a la costa llegaría: allí estaba; una poderosa cordillera. ¡Y bien fresca, dios santo, que al cruzarla en un país nuevo me creía!

Tiempo pasé por allí hasta llegar aquí.
—¿Qué es aquí?
Guadín.

Pasada la cordillera no tardó mucho en llegar un clima frío. Ni templado ni medias, tan frío que ganas de volverme tenía. Y es como siempre, algo impide algo. En este caso algo abstracto, pero en tente físico. Algo salado pero dulce como el ambiente en el que se envolvía. Algo que me cambió incluso la mía forma de ver la nublada Asturias, e hizo de ella una preciosa costa.  ¡En mi vida antes había visto cosa igual! Que las olas rompen y vuelven, y rompen, y no cansan, pues vuelven y lo intentan, sin ceder. Y todo ocurre de forma tan similar, pues cada ola parece igual, pero a su vez tan distinta…

Me contaron por allí, cerca de Guadín, un pueblo fresco a la costa, que en su playa una vez hubo un hombre como ningún otro; “Todo hombre es especial, pero éste fue seguramente el más destacado de todos ellos“, decía. Pues, al parecer hubo un hombre que se sentó al borde de la playa de Guadín, sobre las rocas que hacen frontera con la arena, a esperar a ver dos olas idénticas. Loco lo llamaron, otros ni lo llamaron y lo dejaron allí.
“Poco tardó en irse por sí solo, vencido por las olas y el viento”, me dijo el pobre hombre del bar, con más arrugas que un perro viejo y más canas que un científico estresado, pero a mí ni se me ocurrió preguntar si hablaba en sentido serio o si de metáforas se servía. Quién sabe si, tal vez, el chalado cayó débil y se dejó arrastrar muerto por el oleaje, o si por otro lado supo renunciar con nobleza ante una ley natural, a cambio de asimilar la humillante vida de un vencido.
Dejarse vencer o dejarse perder.

Una ayuda me tuvo saber, por frasecilla de sabio de pueblo, que no existen dos olas iguales. Por lo contrario hubiese sido yo el chalado. ¡La mirada no podía apartar del mar! ¡Me tenía enamorado!

Pero en nada me tuve que ir.

Me fui de Guadín al comienzo de la primavera con lágrimas saladas en los ojos, y me adentré al monte. A alguien había oído decir que en un molino de agua, junto a un riachuelo que llaman Cudilleros —y que dicen del color del vino blanco—, buscaban a un conocedor de su trabajo, pues el anterior había caído del piso segundo al acarrear harina. Como bien se dice, unos van para que otros vengan, por muy cruel que suene, y la sinceridad no es piadosa.

Pues mi orientación me guió al vino blanco, como la del viejo Alfredo, con todo alcohol. Un río dulce cruzaba la montaña entre abedules. Llegué en día de lluvia, y el caudal estaba que desbordaba; el agua cruzaba sobre el puente plano, sin dejarle espacio a mis botas. Más remedio no tuve que quedarme allí, esperando a que el tormento cesara. A falta de tienda improvisé un refugio cerca de una pared rocosa, y no pegué ojo en toda la noche.

En cierto modo, en aquel momento me acordé de Alfredo —en una memoria que yo no recordaba tan cruel como el resto que llevaba guardadas—. Fue en la cabaña de su fallecida esposa, a la que llevaba el borracho un amor incomprensible, y que ahora se encontraba vacía. Se trataba de una cabaña de madera, bastante improvisada en un principio, a la que íbamos cuando la tormenta nos sorprendía en el camino al pueblo. Estaba entera construida al rededor de la chimenea, y de un espacio aproximado a diez pasos de yegua. En ella cabían dos, y multitud de reservas de palas y piñones. Si bien asustaba la cara del viejo, más lo hacía con el constante parpadeo de una luz caliente y apagada, y bajo el sonido del incesante trueno. Yo no le hablaba al Alfredo porque no me apetecía hacerlo. Él tampoco hablaba, por lo que supongo lo mismo. Hablar nunca fue su fuerte, si no era para apedrearme a insultos. Pero, fue en esa noche distinto, pues rompió el silencio, sin que me molestara ni que me tocase un pelo. Yo estaba tumbado a un lado de la cabaña, rodeado de patilargas, que se movían aturdidas y asustadas por el calor de la chimenea. En ese momento un grande escorpión se me subió a la tela del pantalón.
—Niño, mirate los pies -Me dijo sin preocupación.
Yo respondí desconocedor del asunto, en cuanto se me escapó un apelativo que pareció gustarle.
—¿Qué quieres, padre?
—Que llevas un bichejo en el pantalón.
—¿Cómo es?
—Pues cómo va a ser; feo, como cualquier bicho.
—¿Y de grande?
—Pues como tu vagueza.
—Pues vaya un alivio; entonces no lo será como tu barriga.

La conversación siguió. Llegó un punto en el que acerqué el pantalón al fuego y dejé caer al bicho.

A ustedes les parecerá poco, pero para mí, y de Alfredo, el no haberse levantado para pegarme un palizo en aquella ocasión ya era un halago. Tal vez fuese porque le llamé padre, algo que no solía hacer, y porque nunca tuvo un hijo de verdad, y porque se encontraba acogido en el último recuerdo vivo de su mujer. Pero bajo la lluvia, el viento, y escondido en mi refugio improvisado comenzaba a pensar, que tal vez la vagueza de ese hombre era de igual, o incluso mayor tamaño que la mía, pues el viejo Alfredo no tiene sentimientos. Pero es bonito buscar halagos en donde no los hay, y más aún en donde nunca los hubo.

La tormenta duró lo que tarda el sol en ponerse. El pequeño riachuelo se encontraba a la mañana siguiente ancho como un don río, aunque ya permitía su cruce. El restante camino no fue mucho, aunque costoso. El suelo empapado y charcoso dejaba una senda rocosa y resbaladiza.
Gran recuerdo llevo del musgo, que cubría extensas superficies y marcaba el paisaje como único.

Llegué al molino cansado, como en mucho tiempo no lo había estado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s