El cigüeñal

1.-

Pocos dirán el qué es lo que guía al ave al migrar. Cierto es que un instinto, animal y puramente superviviente hace del ser un esclavo, y lo transporta como maletín a cada lugar a donde quiera. Al sur, al norte… A donde la comodidad lo lleve.

En verdad las aves no se encuentran en tan mal lugar con tal pensamiento, pero de tanto mirar el cielo les ciega la luz. ¿Y por qué no quedarse aquí? ¡Tan vagabunda vida se desliza en las criaturillas que viajan, huyen y buscan! Encuentran pero pierden. ¿Qué es el tiempo para tan sufridas vidas? Recorren mundo pero en suelo seco y a viento en contra. Reposan dos meses y emprenden de nuevo un viaje forzado. ¡Tan cruel es el instinto!

Y para tantos rodeos me comienzo explicando, que no es por nada en relación a aquello por lo que me llamasen el cigüeña. Si supiesen ustedes el motivo primordial incluso las pestañas se les caerían de penuria. Pues no fue el mote dado por un rasgo físico, lugar específico, calle o ciudad natal, ni tampoco porque hubiese partido a la vida bajo el cigüeñal de la iglesia de un pueblo manchego. ¡Ay, tal vergüenza siento de mi familia al contar aquello! ¿Qué madre haría aquello?

Pues nací en un día muy lejano, de verano, y de fecha exacta que no recuerdo por más lamentarme, pero en lugar que bien seguro recordaré; un rincón fresco de ambiente pero viejo y oscuro de aspecto, siempre frío de personal. El pueblo natal, de nada más que medio centenar de viejos y más molinos y cabras juntos que jovenzuelos residentes. Y yo, que partí, por así decirlo, del vientre de mi madre, directo al suelo sin dar ni grito alguno. Y mi madre, que con pelo seco como la paja y el rostro sudado de tanto maldecir, se levantó, conmigo colgando de un fino hilillo al que muchos llaman cordón, y se aproximó al mesón, cogió el cuchillo que solía usar mi padre cabrón para cortar la carne, y me dejó por allí tirado entre carne cruda y sangre fresca. Y ese hogar, si es así bien llamado, fue lugar en el que mis primeras sangres corrieron en silencio,y en silencio seguirían hasta llegada la noche de aquel mismo día.

Dicen mis conocidos que, a base del uso de la razón, suelen concluir que mis historias no son del todo ciertas. Pues allá ustedes. Mentiroso no soy ni seré, pues no os obligaré nunca a creerme, pero claro está que como todo buen narrador sí que seré un tanto sensacionalista.

Y si ya tanto nos asinceramos, por decir la verdad, nunca llegué a conocer a mi madre ni a mi hogar de verdad. Pues todo lo que se conoce de verdad comienza, cuando una buena noche un hombre fornido y tozudo caminaba borrachuzo en regreso al molino de viento donde habitaba, que antes de entrar echó un corto meado contra las paredes, y que regando la hierba seca del suelo se encontró con que de algún lugar cercano al suyo llegaba un sonido extraño. Revisar revisó, y varias veces, dentro y fuera del molino, cuál era y de dónde provenía el sonido aquel, y concluyó al final que no debía ser la maquinaria del molino, sino alguna cigüeña cercana, pues sonaba como un castañetear, aunque dulce e irregular, tal vez de una cría, o una hembra débil. Y tan tranquilo, aquel hombre de bragueta abierta, se adentró en su hogar con un constante crotorar a sus espaldas. ¡Qué hombre tan sabio, que no tardó más de hora y media en darse cuenta y decir…! :
—¿Una cigüeña? Si ya casi que se acaba el verano…
Muy sabio, muy sabio el molinero borrachuzo.
—¿Pero dónde? ¡Si aquí no tiene ni donde dormir! ¿No suelen dormir donde el campanario?
Y en cuanto lo pensó mejor se levantó de su cama de paja casi medio desnudo y bajó los escalones a tropezones. Llegó al piso bajo, cruzó la puerta y salió al campo.

Por mucho que me contaron hacía un frío de muertos, y supongo que cuando aquel molinero me vio por primera vez junto al molino, en silencio, calladito, pero crotorando como una cigüeña en celo, ya supo que me iría a capturar, y que tarde o temprano me esclavizaría como a un congolés. Y no tardó mucho en hacerme de su herramienta en el molino, bajo el mote del cigüeña.

Alfredo se llamaba el desgraciado, y bien solo vivía el pobre, que cada noche que borracho volvía me cogía de la cama y me besaba el ombligo. Por aquel entonces yo ya tenía la temprana adolescencia, y el marginado me venía y me comía como pastel. Entonces yo ya sabía que lo mismo asustaba su cara que su intención, y que lo único para lo que me quería era el trabajar en el molino. Más yo no pedía que pan y habitación, pero el tiempo pasaba, y lo que más me comenzaba a afectar era el hecho de ser el adoptado de un marginado. Y yo que vivía más solo que la una.

Y a un día de estos en el que yo sudaba como la fuente de un emperador, y en cayos mis manos estaban bañadas, volvió el muy sucio cerdo —con perdón— y me soltó todo lo que llevaba dentro bebido, en la rueda catalina. La fuerza fue a mis brazos y acabó en la barriga del gordo, que cayó al suelo mareado y bien dolido. A esto fui yo con un barrote de hierro y le reventé el rostro, al que dejé sin color, y sin aire en los pulmones, y sin respirar estaba tan muerto como la barra que acabó con él. Pensé con certeza y sin arrepentimiento, pues el único que lo echaría de menos por muerto sería el dueño del bar o rincón podrido al que solía ir, porque en hombre de negocios corazón de cuervo.

Antes de que la noche cerrase guardé todas las reservas de comida del molino en una saco mediano. También la ropa más fina entró, haciendo más bulto que peso. Lo colgué a un palo de madera —pues de hierro me dolería en los hombros—, y me guardé la navaja en el bolsillo del pantalón. El molino aún siguió moliendo con su dueño dormido, habiéndome ido en cuanto el cuco cantó la media noche.

En mi opinión, me apodan el cigüeña por ignorantes, pues la cigüeña es sabia, y elige vivir en lo alto; en las torres y muros de entrada, e incluso en lo alto de los campanarios de las iglesias; bien se sabe que a lo alto de una iglesia no se recibe nada más que buena vida.

A ciencia cierta me conozco y averigüé hace ya tiempo que esclavo una vez fui: trabajé para construir un futuro destruyendo mi presente. Pues mi nombre no se contrapone. Viajo y huyo con alma libre pero terreno ajeno, busco un lugar para dormir durante tiempo incierto con la conciencia de que tendré que migrar, a un lugar más caliente en cuanto entre el frío en el terreno donde resido.

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