Madrugadas II

Cuando Albert se levantó aquel día lo primero que hizo fue fijar la mirada en la carta, que posaba en la mesilla de noche, junto al cenicero y a un cuenco con uvas. Agarró el sobre, algo dudoso, y se levantó con el albornoz puesto.

—¿Dónde cojones se encuentra esa maldita calle?- Murmuraba.

El viejo llevaba toda su vida encerrado en París, pero nunca en ese largo tiempo se había fijado en una tal Rue aux le antique Quenouille. Sí que conocía a un viejo amigo con un apellido idéntico, boticario creía recordar, fallecido en un incendio hace medio siglo. Pero no. Ni una sola vez había pasado por una calle con un nombre ni tan siquiera parecido. Y eso que conocía las calles parisinas de memoria, mejor que ningún chófer, o cartero.

Aquel día lo primero que hizo fue bajar, cruzar la calle, aún vacía y oscura. Ni un solo movimiento durante esas horas de madrugada. Llegó al portal opuesto, bajó al sótano y agarró con intención la escoba y el carro.

Aún le faltaba una calle para llegar a la Rue Saint André-des-arts. No le apeteció barrerla. Al contrario, dejó el carro a un lado y cruzó la esquina. Se apoyó con el brazo en la escoba, como un pastor en su bastón, esperando a que pasara el niño cartero corriendo.
Al fondo sonaron pasos. Se reconocía con claridad el sonido de los tacos de madera al chocar contra el empedrado.

Aquel día no llovía, pero la neblina seguía haciendo de las suyas.

De un momento a otro apareció, por el cruce de la Rue Saint André-des-arts, un chico alto, delgado y rubio, vestido pobremente, con trapos, y un pantalón que podría ser arrancado de un saco de patatas del mercadillo. Llevaba su bolso de cartero colgando del hombro derecho, que golpeaba una y otra vez contra sus finos muslos mientras corría.

—¡Párate! ¡Niño!
El chico seguía corriendo.
—¡Chico!

Dos veces miró hacia los lados. Solo durante un segundo estuvo acertado. Giró la cabeza hacia el lado derecho, donde el viejo de la escoba y de la camisa de punto gruesa le observaba. Se paró. Le vio por primera vez el rostro, pálido como la tiza. Tenía unas cejas firmes y unos labios gruesos. Frunció el ceño y miró con desagrado. El viejo continuó hablando.
—¿Qué ocurre chico? ¡Ven aquí!
—¿Qué quiere, señor? -Gritó desde lejos.
—Nada hombre, no es nada.
El chico se acercó apresuradamente. En ese momento el viejo extrajo la carta de su bolsillo interior.
—El último día, ayer para ser exacto, se te voló una carta, justamente aquí, por el cruce.
—¿Cómo lo sabe?
El chico se encontraba nervioso, algo agitado.
—Siempre cruzas la calle corriendo cuando yo estoy barriendo por aquí. Eres un descuidado. Venga chico, coge la carta y vete, que llegas tarde a la escuela.
—Viejo, haga lo que quiera con esa maldita carta. No tiene dueño -El chico comenzó a caminar hacia atrás-. Pone una calle un tanto extraña; Le Antique Quenouille o algo así. Ni sabía que existía, fíjese.
El joven ya se encontraba a una distancia permisible para tener que vociferar-.
—¡¿Qué dices?!
—¡Nada! El edificio está quemado desde hace un buen tiempo. Ahora lo conocen por un nombre distinto, el edificio del boticario o algo así…

La sombra del chico se deslizó hacia la niebla y desapareció por entre las calles. Volvieron a sonar las pisadas de las suelas de madera del chico sobre el empedrado de las calles. El eco resonó por todo el barrio hasta desaparecer suave e inaudiblemente. El viejo Albert murmuró.

—El edificio del boticario… Leñes. Maldito niño.

Albert bajó la cabeza y observó la carta. No pensó en abrirla en ese momento. Más bien pensó en continuar con su trabajo. Era martes. Hoy, la señora Michelle le invitaba, como era habitual, a un desayuno con café y croisant. “Y quién sabe, tal vez abra la carta”, pensó.

Seguidamente se dio la vuelta pensando sobre aquella extraña situación. Se guardó la carta en el interior de la camisa gruesa y continuó barriendo.

El barro resultaba más denso que nunca ese día. También las hojas caídas, marrones, rojas y amarillas formaban bultos más voluminosos. El viento resultaba también más fuerte, y el trabajo más costoso. Tal vez fuese la mente. “O tal vez la edad”, se dijo Albert a sus adentros.

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