Madrugadas I

A veces las calles brillan y otras entristecen. Causa de ello puede ser la situación sentimental de cada persona. Una mente melancólica podría ver una calle brillante con un horror lagrimoso, y al contrario igual, una mente alegre podría ver a la oscuridad envuelta en un haz de felicidad y luz. A su vez, podría haber diferentes teorías sobre aquel fenómeno, pues tampoco es irrelevante la situación de cada persona respecto al sol, o quiera lo que sea el emisor de luz que choque contra los adoquines de las calles y refleje un brillo ante cada persona y su posición. Tampoco irrelevante sería la situación meteorológica, pues los adoquines podrían estar mojados, de cualquier llovizna, y repartir de una forma más equivalente la luz que choca contra el suelo; o también podrían estar secos, o mismamente tapados de nieve.

Rondando a tantos pensamientos, vive un niño felizmente corriendo con su bolso de cartero por las calles de París. Es un tiempo otoñal, las nubes no se han despegado aún del cielo en toda la mañana, la gris oscuridad y neblina es combatida por las farolas, que siguen encendidas desde madrugada, y si algún movimiento se ve por las calles, tal vez perros, vagabundos o esclavos del tiempo.

En un callejón cercano a la Rue Saint-Denis, un anciano barrendero, encaramado a una larga escoba de madera y a un carro transportable comienza su jornada. Como es habitual, se espera que, al girar la esquina y al cruzar la calle, hasta llegar a la Rue Saint André-des-arts vería a un muchachuelo de unos doce años de edad, con un bolso de cartero —de cuero negro, y medio vacío—, corriendo impaciente para llegar al colegio.

Albert se considera un esclavo del tiempo. Todas las mañanas, cuando barre las calles parisinas con total beatitud y tranquilidad, éstas reflejan su rostro barbudo, de tez blanca, piel cicatrizada, de labios ocultos, ojos perdidos y de pelo gris canoso. En éste momento recuerda siempre que ni en un solo día, en toda su vida, fue capaz de vivir por las mañanas sin entristecer. Las calles, como él las veía, no eran más que un laberinto metropolitano, sucio y desechado, que necesitaba la ayuda de un esclavo para llegar a ser tal y como la gente deseaba que fuese.
Dos días a la semana, habitualmente martes y jueves, la señora Michelle, dueña de la cafetería Cruisotte, invitaba al viejo Albert a un café y a un croisant. Era de los únicos momentos a la semana en los que se sentía verdaderamente a gusto, acalorado y en paz. Hoy no había recibido avisos de la señora Michelle, y se encontraba recogiendo la suciedad de las calles en montones escalables, sabiendo que no le quedaría otra que volver a casa al finalizar. Lo primero que haría sería leer. El resto no quedaba aún claro.

Albert cruzó la Rue Saint-Denis hasta llegar a la Rue Saint André-des-arts y se apoyó en su escoba. En aquel instante, un chico rubio y delgado, con un bolso delicado de cartero cruzó corriendo el empedrado, con la vista pegada en la calle siguiente. Como quieran ustedes llamarlo, si destino o coincidencia da igual, facto es que al chico se le cayó, en aquel momento  una carta blanca, grande y voluminosa. Rápidamente el anciano dejó caer su escoba y comenzó a gritar.

—¡Niño! ¡La carta!

Su voz temblorosa sonaba grave. Entonaba las primeras palabras del día, aun despertando lentamente. Pero estaba agitado y gritaba con desgarro.

—¡Chico! ¡Vuelve!

El niño desapareció entre la neblina de madrugada y la fachada de la Rue aux Avignon.

Albert bajo la vista a las mojadas calles, al barro y a las hojas caídas. Como bien era su deber de recoger todo aquello tirado por el suelo, fue caminando lentamente hacia el lugar de la carta y la levantó. Levantó la vista hacia la Rue aux Avignon, buscando con la mirada al joven niño, perdiéndose en frías nubes grises. Caminó un poco hasta el vértice de la calle para ver mejor y miró hacia los lados. Seguidamente limpió la carta con su chaqueta gruesa de punto.

París seguía envuelta en una espesa niebla y en una llovizna de mal agrado. Con el objetivo de salvar la carta el hombre volvió a su escoba y a su carro y lo transportó bajo un portón. Con paciencia y sumo cuidado insertó la carta en los bolsillos interiores de su chaqueta agujereada. De los mismos, extrajo una caja de cigarrillos y una de cerillas.
Sus manos seguían temblorosas. La tez blanca marcaba las venas en duras fuentes moradas, tanto encendidas como apagadas. Diferentes no eran tampoco sus labios, que aparecían de vez en cuando al echar la cabeza hacia atrás y soltar el humo blanco del cigarro. Entrecortados en heridas leves no se podían comparar con su rostro moribundo. Al ver tal blanquecino rostro se podía entender porqué el anciano trabajaba en horas de oscuridad.

El viejo murmuraba en la sombra.
—Maldito trabajo asesino.

El cigarrillo desapareció, en cinco caladas intensas, por el alcantarillado del sur de París. Le siguieron pasos lentos y marcados sobre los adoquines resbaladizos. La escoba siguió barriendo al paso del tiempo y las manos venosas del anciano encaramadas al mango.
El rostro barbudo y cicatrizado seguiría, al siguiente día, martes veinticuatro, con los ojos perdidos en la Rue Saint André-des-arts, a la espera de la periódica felicidad del niño cartero.

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