Poetas de barrio

—Lo que me cuentas, Don Camilo, suena verdaderamente increíble.
—¿Verdad? Ya te avisé yo…
—Es usted un hombre muy astuto -Dijo con la sonrisa puesta, preparada para una carcajada-.
—Oh sí. -Respondió con la voz alta y clara, para hacerla audible y cortar las carcajadas de su compañero—. Verás Tito. Yo le conté eso a la señora Carmen y ella me contestó… ¡Qué digo! ¡Tal cual! Me miró con una expresión retorcida, ya sabes, como le pasa a la gente rica muy a menudo. ¡Ja, ja! Ya le decía yo a su marido que no debía enrollarse tanto y que se tragara sus palabras, que por tanta lengua suelta ya no le brota el habla a la pobre -Su compañero permaneció dudoso-. Ya sabes, el hombrezuelo este que siempre va con un bastón francés dando golpes contra el suelo; Carrasco creo que se llama.
—Sí, sí, me suena… Carrasco de apellido… Y una gran gabardina durante día y noche, sombrero de copa y bigote de idiota.
—¡Sí! -Volvieron las risas-. ¡Qué maestro! ¡Ja, ja!
A los dos les entró un ataque de risa incontrolable, que cortaban con frasecillas tales como: “nunca mejor dicho”, o “que pillo el carrasquillo”, que sólo empeoraban la situación.

Si no se dieron cuenta los lectores por su cuenta, el lenguaje que usaban los dos humoristas se trataba de un lenguaje con rasgos poéticos de vez en cuando, que intentaban tapar con estilo vulgar. Don Camilo trabajaba en una editorial prestigiosa, lanzada un siglo y tantos atrás, un singular cinco de mayo de 1821, día en el que Napoleón, a sus escasos cincuenta y un años falleció, en la isla de Santa Elena. Aquella revista, que se hundió varias veces y que volvió a resurgir una y otra vez, era ahora la propietaria, por decirlo de tal manera, o poseedora de Don Camilo. Aquel humilde hombre manejaba la sinestesia, el símil y la ironía como ningún otro. A sus cincuenta y cinco años de edad no había un nombre más reconocido por su prestigio y reputación en todo Madrid. E incluso a aquellos desinteresados de la poesía les resultaría casi imposible no haber oído o leído su nombre en algún lado. Aparecía en numerosos periódicos; tanto en glamurosos como simplones, en entrevistas, en la radio, e incluso le llamaron una vez de la TF1, la tan aclamada pública francesa, a donde no quiso acudir. Pero a pesar de todo el dinero que el tío podría haber acumulado, despreciaba tanto el glamour, la clase alta y sobre todo el dinero mismo. Para aislarse vivía en humildad, en un piso de la calle Cascabel, en el edificio Santorín, en peligro de derrumbamiento desde que, tres años atrás, detonaran el edificio contiguo.
En cuanto a su camarada, el joven aprendiz Tito, suertudo vecino del tercero derecha, no se podía hablar todavía de un gran reconocimiento urbano ni social como el de su maestro, pero a sus tempranos principios como poeta se podía observar un gran talento, fichado por Don Camilo.

Los dos hombres seguían al borde del infarto. A cada puño que daba Tito contra la mesa baja; donde posaban las tazas de café vacías y el cenicero lleno, grandes nubes de polvo se esparcían por la habitación, llegando hasta la doble ventana, a la estantería llena de libros de Don Camilo, a su radio, a su escritorio, y cómo no, volviendo al sofá rojo de terciopelo y de baja altura, habiendo acabado su vuelta entera por la habitación.
—Te lo repito y te lo podría repetir mil y una veces -Decía secándose las lágrimas con la camisa-.
—Dime, hombre, Tito.
—Siempre es agradable visitarte. Es como si te diese igual todo.
—¡Hombre! Y si no me diese igual, pues no estaría aquí, mira. La vida es demasiado hermosa como para ir limpiándola todo el rato, ¿sabes?
Un silencio se mantuvo, porque el joven Tito no había estado escuchando. Pero estaba cansado, muy cansado de consejos, y prefería callar.
—Bueno, ya vale de cotilleos y enseñanzas.
—No me importaría, la verdad. Tengo la cabeza a punto de estallar.
—Pues un cigarrillo ahora.
—Me vendría cojonudo, maestro.
Don Camilo levantó la caja de cigarrillos y el cenicero y lo trajo hacia su regazo. Sus cigarrillos todavía eran de los antiguos alargados, de filtro delgado y tabaco negro. Ambos se llevaron uno a la boca y se lo encendieron. Casi simultáneamente Don Camilo puso los pies sobre la mesilla, y una mezcla de nube de humo y de polvo se levantó.
—Dios, Tito, podría asesinar al maldito jefe y su obsesión por los horóscopos -Dijo arrastrando una nube de humo tras de sí-.
—Bueno, yo ni miro esas cosas.
—Yo tampoco, yo tampoco…
Permaneció un silencio efímero
—No suelo hacerlo, Tito.
—¿No sueles?
—Bueno, tal vez de vez en cuando…
El joven se partió de risa, dio una chupada al cigarrillo y echó las cenizas en el cenicero, que mantenía Don Camilo sobre su regazo mientras seguía hablando.
—Es curioso, porque hay veces en las que ni me apetece leer lo que escribo para el diario. Y eso que soy un fiel seguidor de mí mismo. Entonces, cuando evito leer lo mío tropiezo con horóscopos y tal y cual. Por ejemplo, el otro día me levanté tarde, tal y como me suele ocurrir en verano, ya sabes.
—Lo sé.
—Sí, no suelo madrugar nunca para ser sincero -Don Camilo se rascó la nuca para recuperar el hilo-. Y… Lo que iba diciendo, me busqué un sitio tranquilo en la cafetería del hostal, leí un poco el periódico por encima, evitando mi entrada, y al pasar de página me encontré con el horóscopo.
—No te enrolles mucho.
—No lo hago, solo explico un poco la situación -Dijo, ocultando su sonrisa-. Debes saber que nadie tiene nunca la intención de leer el horóscopo al despertar. -El poeta dio varias caladas seguidas al cigarrillo, buscando algo para explicarse—. Bueno, lo vi y me dije, “de nuevo”, así con voz malvada, y sin la menor intención de leerlo. Pero sabiendo que no tenía nada que hacer, y con la seguridad de que, como las veces anteriores, las noticias irían a ser malas pues lo leí por encima, con pasividad y humor. No quise leerlo entero, pero por la mitad tropecé con la palabra “tranquilidad”. Y dije: ¡Hostias!
Tito comenzó a sonreír levemente.
—Bueno, y qué más.
—No hay más, eso es todo.
Ya, sin poder aguantarlo más, el joven comenzó a despegar sus carcajadas. Se tiró encima del maestro y se tapó los ojos con el brazo.
—¿Qué pasa hombre? ¡Que me tiras el cenicero!
—Nada, viejo, nada -El chico se recuperó y dejó el cigarrillo en el cenicero derramado. Seguía con un hilo de risa que trataba de ocultar con escaso humor-. La verdad es que, tranquilidad no te falta.

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