Santiago

Santiago es un hombre bastante impaciente, de unos treinta años aproximadamente, que siempre tiene la sensación de que se le escapa la vida. Aquel día, en el que quería llegar a la capital lo antes posible pero llevaba muchas prisas para coger el autobús, salió corriendo de su casa y entró el último, con los pulmones fatigados y el corazón dando vuelcos. Normalmente solía buscar con la mirada una fila vacía para sentarse tranquilamente, pero como llevaba la vista borrosa del sudor que le caía de la frente, y el vehículo comenzaba a moverse se sentó, sin pensarlo dos veces, en el lugar más cercano, junto a una hermosa mujer de cabello rubio y extravagante que no reconoció en un principio.

El hombre no era muy deportista, y se llamaba a sí mismo poeta. Así, escribía sonetos para su madre y su abuela, pero no se los enseñaba a nadie. La vergüenza hacía de sus andadas con la vida del pobre poeta. La vergüenza ante todo. Físicamente no era de lo destacado, sobre todo por su bigote descuidado, que a sus treinta años todavía se basaba en pelillos sueltos. En un positivismo, una gran intelectualidad oculta tal vez le proporcionara un débil atractivo. Pero todo su atractivo intelectual desvanecía con su vestimenta; usualmente zapatillas de suelas desgastadas, un chándal mañanero, una camiseta blanca, ancha, cubierta de una camisa dominguera. En su brazo derecho llevaba un reloj, roto hace poco, del que todavía tenía la costumbre de mirarlo. Y eso fue lo que hizo en el autobús, rumbo a Madrid.

La rubia vio como Santiago levantaba el brazo para mirar la hora. A ella también le interesaba saberlo. Venía nueva de Praga, y el poco castellano que había aprendido se basaba en frasecillas de ese estilo. Lo que se aprende en un curso principiante, vamos.
—Perdone, ¿podría decirme la hora?
Dijo la mujer con un acento marcado. El pobre Santiago, tan vergonzoso como era, comenzó a hablar, o tropezar con la lengua para explicar el estado actual de su reloj. Estaba inquieto, todavía un poco fatigado de su carrera para llegar al vehículo a tiempo. Claro está que el poeta, perdido, sorprendido y medio dormido, comenzó a explicarse, enrollándose de tal forma innecesaria, contando historias de como se le había roto y tal, que la mujer no entendió ni una sola palabra y quedó plasmada, pensando en si el hombre le había dicho la hora entre tantos rodeos o no. Por lo tanto, contestó con un —Vale, gracias— más bien por educación que por gratitud, todavía un poco atolondrada.
Santiago se dio cuenta de su vergüenza y permaneció callado, en un incómodo silencio, hasta el final del trayecto. La mujer salió con una, digamos un tanto equívoca y extraña impresión de los madrileños de su edad.

En el trayecto al metro estuvo reventándose la cabeza con estúpidas imaginaciones. Si hubiera dicho tal, si hubiera dicho lo otro. Un simple “tú no eres de aquí, ¿verdad?”, para comenzar una conversación. “¡Estúpido reloj!”. —Lo último se le escapó sin querer en voz alta, y la gente lo comenzó a observar un poco confusa—. Siguió pensando en que hacer con su vida, en su futuro, en su persona, y de tantos rodeos y rompecabezas, acabó perdido; tanto en su imaginación como en la realidad, pues cogió dos veces las líneas equívocas y acabó perdido por Parla, llegando tarde a su destino.

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