Ni un pelo

En el año 1856, un historiador escocés con el nombre de J. H. Charles encontró un manuscrito en la biblioteca nacional de El Cairo. No tardó mucho en interesarse por él, y por ello comenzó con un profundo análisis que publicaría cinco años después en una revista singular inglesa. Al día siguiente, la nueva tesis establecida posibilitó la apertura de un mundo musical-científico, y el escrito de Charles apareció en numerosas portadas de grandes revistas. Al hallazgo lo denominaron “La fórmula azul”, pues se trataba de una antiquísima escritura egipcia que “explicaba la existencia de una fórmula musical perfecta, una armonía celestial que haría de su poseedor un gran maestro de la humanidad”.
El gran entusiasmo y la popularidad de Charles le hizo adentrarse más y más en el mundo mágico de la fórmula azul. Al investigar más profundamente él mismo comenzó a dudar de su veracidad.

Cuando volvió a la biblioteca nacional de El Cairo y rebuscó más sobre el asunto, lo que encontró acabó con su auge. El hallazgo no fue lo que el mundo, ni tampoco Charles creyó. El manuscrito, oficialmente encontrado en la biblioteca nacional de El Cairo, fue en verdad obtenido bajo la sección de Mitología.

El joven Charles no era avaricioso, ni un usurero, sino más bien lo que se llama un tipo honrado. Bajo su fiel línea de veracidad decidió corregir el error cometido y escribió un libro, donde explicaba detalladamente de lo que se trataba en verdad. Pero el libro no triunfó.

El primer texto de Charles, publicado en las grandes revistas inglesas, fue abierto de nuevo noventa y ocho años más tarde, por un burgués de procedencia francesa. El pobre comenzó a cultivar un gran interés por el asunto.

Bajo estas circunstancias, el joven Jacques, hijo de Constantin Bulleau et Marie Cottes, hermano del célebre cantautor Gustave Bulleau, se hizo a la búsqueda de la armonía de oro, o la fórmula azul. Una pena que, el intrépido Jacques, en aquello de la música fuese un cero a la izquierda, pues el único encanto que tenía, a diferencia de su hermano, era poder hablar durante horas y no decir nada ni dejar nada claro. Pero no le hacía falta tener razón en nada, pues las largas melenas rubias, tanto en la cabeza como en el pecho, y el pequeño y cuidado mostacho, hablaban por sí mismas, y rompían corazones, y cerebros una vez abiertos los ojos de las damas. Y así era.

Harto de ser visto siempre por su parte superficial, se puso una larga capucha negra sobre su melena rubia y se hizo a la búsqueda de la fórmula de oro, sin mirar previamente en su lamentablemente vacía parte intelectual. Las mujeres le adoraron, incluso cuando no le veían las melenas rubias, pues ahora opinaban de él que era un hombre con ideales, firme, intrépido y aventurero.

Pasó dos meses a la búsqueda de la fórmula mágica, y volvió con la mente tan vacía como a su partida, pues lo especial que él pensó que había encontrado, era la típica fórmula popular que incluso comenzó a utilizar Mozart a sus pocos años, aunque con mucho más talento. Y, ¡ay, pobre de él!, incluso comenzó a tocar la guitarra, ¡y el piano! Mayor mal no se pudo ocasionar a la madre tierra en muchos años, hasta el comienzo del calentamiento global para ser precisos, pues en sus solitarias aventuras, el joven Bulleau comenzó a llevarse la guitarra.

La segunda escapada fue en el invierno de 1956, dos años después de su primera aventura. La gracia de dios hizo en el centro de su melena una blanca y brillante calva, que a diferencia del interior de su cabeza, relucía como la mismísima Antigua Atenas. Por lo menos ya no debía taparse la cabeza con esa estúpida tela negra, que una monja vieja, o una ortodoxa viuda le hacía parecer. Y, como era de esperar, volvió de nuevo con las manos vacías, pero, eso sí, con una mente igual de enferma.

Entre tanto, su célebre hermano cantautor, Gustave Bulleau, había aprovechado la fórmula obtenida por Jacques en su primera búsqueda, para construir un enorme repertorio de canciones casi idénticas, que se llegaron a oír por toda Francia. Por supuesto el repertorio de Gustave también llegó a los oídos de Jacques, formando en su cara una expresión comprimida, seca y muerta; como una pasa vieja. ¡Y así fue! Continuó viajando y siguiendo por su estúpida acción.

Con los años su cuerpo se agotó, y el treinta y uno de mayo de 1966, al encontrarse durmiendo en algún lugar de la Bretaña con la ventana abierta, se voló lo que vendría siendo el último pelo rubio de su blanca cabeza, concluyendo así, que todo su rostro había perdido su encanto. En conclusión. El uno de junio del mismo año, con treinta y dos años y una gran vida ante él, el intrépido y calvo Jacques Bulleau, hijo de Constantin Bulleau et Marie Cottes, hermano del célebre cantautor Gustave Bulleau, decidió desaparecer por su propia voluntad, justamente tras encontrar el último pelo rubio de su primitivo cabello, pegado en la parte superior de su almohada blanca, unicolor con su calva.

Comentario

Incluso el autor de este texto debe admitir que se trata de una gran estupidez. Nunca existió ni existirá una llamada fórmula mágica musical, ni nota azul, pero sí, tiene su sentido. Se encuentra allí para darle a la lectura un tono musical, mágico y de ventura.

El tal Jacques es un hombre sin talento alguno excluyendo su estupidez. Perteneciente a una familia rica, que vive de la música popular de su hermano Gustave, tiene todo hecho. Las mujeres le adoran, tiene un largo cabello rubio y vive adinerado.
Pero no le es suficiente, lo que resulta lamentable. Para conseguir mayor prestigio, o “vencer” a su hermano, se adentra en una búsqueda de una fórmula musical mágica, que en verdad es un mito. Pero su estupidez no le permite ver que sus aventuras no servirán de nada. Al contrario, en el intento de superar a su hermano pierde lo único que le caracteriza: “las largas melenas rubias”, y desaparece.

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