Estrés o Sarcasmo II

“¡Ay Fúser! Qué será de ti…”

Casper se alejaba del rastro de hierba mate que su amigo argentino había esparcido por el Café Grossignon. Todavía debía coger el metro, cruzar dos estaciones con la línea cuatro, cambiar de andén, viajar cinco estaciones con la línea tres, y así hasta llegar a un mundo nuevo, al barrio Salamanca. Normalmente se hubiese fumado un cigarrillo a la salida del metro, antes de entrar, pero aquel día no. No tenía ni tiempo para pensar, cosa que, cada vez resultaba más normal en la vida del joven, y que no dejaba de estresarle.
Los primeros síntomas de estrés surgieron hace unas dos semanas y media, cuando, después de una típica larga ducha —con agua caliente, y a las seis y dieciséis de la mañana, antes de dirigirse a trabajar—, se encontró con un enorme matorral de pelo castaño, rizado, y descuidado en el desagüe. Y algunos se preguntarán, ¿como se puede llevar un pelo rizado, y no querer cuidarlo? Pues no resulta tan difícil, si se conoce al protagonista mejor. Si aquel hombre llegase a cuidarse el peinado parecería un ricachón de los ochenta, dirigiéndose a trabajar en un descapotable con más caballos que una granja china. No, nunca iría a cuidarse el peinado. El pelo era la única forma de distinguirse de sus compañeros de edición, tan trajeados y engominados; tan engalardronados.
Los siguientes síntomas; sudores fríos, ataques de angustia, etc, no fueron de menos, pero se podían relajar con un cigarrillo.
Aquel día, Casper entró por la boca del metro sin una pausa y un cigarrillo previo. Eso sí, con un mundo de pensamientos en su mente, y un mar de dudas en referencia a su compañero, el Fúser. Resulta divertido pensar que ambos se dedicaban a escribir, y que se conocían entre ellos mejor que a sí mismos, y también que, en todo se parecían; en todo, excepto en el éxito. Casper trabajaba en un milagroso diario de info libre, cobrando una inmensa suma de dinero. Una mitad de ese dinero iría a parar en sus manos, la otra en las de su amigo, en un gesto solidario.

“Pobre de él”, decía en voz alta mientras viajaba por la primera estación de su travesía por la línea cuatro, bajo las atentas miradas de extraño de los desconocidos del vagón. “Pobre, que se queja más del resto que de su miserable vida”. Al darse cuenta de que, lo que pensaba lo decía en voz alta, volvió a tragarse su voz hacia el interior de su mente. “¡Qué digo!”, siguió pensando, “Qué suertudo el pancho, que vive feliz, incluso en sus sueños”.

El tren se detuvo, salió y cruzó un túnel subterráneo hasta llegar a la línea tres. Tuvo suerte de llegar justo al unísono con el tren.

Media hora más tarde los pasos del joven volvieron al suelo exterior, y sus suspiros volvieron al olor de leña fresca y castañas quemadas. Sus bocanadas de aire percibieron una burguesa madrid hasta el momento en el que llegó al tercer piso del bloque cuarenta y tres de la calle Maestro Jesús, y se adentró en una amplia guarida. No tardó en encenderse un cigarrillo, con el nerviosismo típico de las últimas semanas. Su casa olía a aceite usada, probablemente de los huevos fritos del desayuno, y a humo de tabaco negro.
“No hay tiempo para recoger, de nuevo”, decía mientras caminaba agitado de un lugar a otro del salón, buscando papel limpio para la máquina de escribir. “Nunca hay tiempo para recoger, pero, eso sí, para trabajar siempre hay algún hueco”.
Tardaría siglos en encontrar algún folio limpio y en imprimir la tinta de su mente en él. Durante el tiempo de su búsqueda, perfectamente pudo haberse fumado una caja de cigarrillos negros o, incluso pudo haber recogido el salón, lo que habría sido más rentable.
Comenzó a escribir, mientras se rascaba la nuca, con unas enormes uñas dignas de una película de Tim Burton. —Estrés—, puso como título para la columna semanal del diario, para el que trabajaba firme como un esclavo. Y, al acabar de subrayar el título, con el sudor de su frente, quedó tendido en un gran sueño obligado, con la mejilla derecha pegada en las teclas de su máquina de escribir, y unas gotas de sudor frío cayendo por el vértice de la mesa de bronce. Sería innecesario contar los pensamientos que transcurrieron por sus sueños, algunos que otros absurdos.

Casper siguió soñando:

“En este momento en el que tú duermes, jodido Casper, podrías terminar tu columna, recoger tu habitación, llamar a tu madre, limpiar la cocina, prepararte la cena, bajar a comprar pan, azúcar, harina, sal, y cortarte las uñas, palurdo”.

Comentario:

El texto trata sobre un hombre, crítico tanto con asuntos que le perjudican; —el estrés—, como con aquellos en los que debería abstenerse; —la situación de su amigo—. En cuanto a la primera, la situación laboral es la culpable, junto a su necesidad de entrometerse en la vida de Fúser. Por culpa de su solidaridad, casi excesiva —y con intención de esconder la envidia que se encuentra detrás—, se degrada su paciencia y aumenta su angustia, llegando a ser infectado de una enfermedad construida por sus propios actos. En cuanto a la segunda, la vida de su amigo, a la que por una parte envidia pero por otra quiere arreglar, es plenamente feliz y tranquila.
Llega el punto de reflexión. La envidia de Casper es importante por el estrés, que le causa angustia. ¿Por qué?
Porque, tal vez, el verdadero hombre feliz es aquel que persigue su sueño, absteniéndose de todo material, evitando la envidia, evitando comparaciones odiosas y viviendo la sabiduría en razón.

En el caso de Fúser, persigue un sueño con una cortina y siguiendo con su intención: Escribir. A diferencia, Casper persigue un sueño, pero deja influenciarse por el exterior, popularizándose, y trabajando tanto, tanto, que ya no vive su vida. La intención final de Casper llega siendo: Ganar escribiendo.

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