Sarcasmo

—Una risa sarcástica. Dios, no hay nada peor que una risa sarcástica.
—¿Una risa diabólica?
—No. Bueno, supongo que no.

En el café sonó un estruendo. De una de las mesas, una taza cargada de Espresso se derrumbó, y unos gritos de regaño con ella. Por un momento todos miraron al niño culpable del desastre, después, Fúser, que es así como le llamaba su amigo, siguió hablando.

—Nunca he visto una risa diabólica, excepto en horrendas películas americanas, pero de las sarcásticas; dios mío, a puñados. De mil en mil. Mira, fíjate en el camarero.

Su compañero levantó la mirada de la mesa de mármol. El camarero era un tipo estrecho, con un bigote cuidado, a diferencia de sus pelos, que se enzarzaban tanto que incluso, si buscabas un poco, tal vez encontraras alguna que otra mora pocha. Incluso su vestimenta lucía manchada, e incluso la leche que servía a aquel gordo empresario lo estaba, de café. Aún así, mientras pasaba la servilleta por el suelo mojado, su risa falsa, sarcástica, brillaba aún más cuidada que nada en aquel local.
—Te comprendo -Contestó entre risas.

Casper levantó el cigarrillo y lo dejó posado en sus labios. Antes de encenderlo bajó la cabeza para rascarse la nuca. Al rascarse se dio cuenta de lo largas que llevaba las uñas, y al mirarlas de lo sucias que estaban. Debía cortárselas, antes de hacer daño a nadie, como en el colegio. Allí le llamaban Manostijeras, después de clavarle sus desproporcionadas uñas a un compañero, en una pelea de patio.

Volvió a levantar la cabeza, y su pelo castaño, rizado, y descuidado —pero con intención—, reflejó la luz templada del rincón, entre piano y pared. Por fin se encendió el cigarrillo. Delante suya, Fúser inhalaba hierba mate, con un gesto puro. El lugar no requería específicamente hierba mate, pero sí la persona, y daba igual que si en Madrid o si en Buenos Aires, el acento argentino se mantenía vivo en un acto joven. Fúser, un poco molesto, siguió hablando por su compañero.

—¿Sabes lo que haría con gente como ese camarero de ahí? -Se paró a pensar, con la vista pegada en su corbata dorada, y en su frac-. Le haría como al jóker, ché. Le pondría a cada extremo de su sonrisa un cuchillo tao jin, si acaso existe, y se la abriría hasta las orejas, ché.

No lo hacía por presumir. Aquel ché se encontraba allí porque lo quería así. Después de diez años en el extranjero, casi lo único que le quedaba, además de la hierba mate que compraba en el súper de la esquina, era el gran suspiro ché. Y lo mantenía vivo como si se tratara de su hijo. Lo llevaba entre sus labios, donde de vez en cuando un puro sostenía, a cada lugar donde iba. Al teatro, al museo, al fútbol, e incluso a aquel Café Grossignon del Barrio de la Plata.
—Venga hombre, Fúser. Puede que tengas razón, pero si la ira es fuerte, lo será más la razón, ¿no? Déjale al pobre ser cómo es. Déjale al pobre gastarse su sonrisa en paridas; el mismo se dará cuenta de que en su gesto ya nada es real.

En un par de caladas el cigarrillo de Casper acabó en el suelo, y el reloj dio las ocho. En ese momento, caminaron, sin pagar, —una forma propia de crucificar al camarero—, y cruzaron las puertas doradas del local, hacia las calles invernales, la densa niebla y la luz fría. Las manos de los dos jóvenes se alzaron en la calle y se separaron hasta pronto.

El Barrio de la Plata alza sus viejas fachadas al estilo postmoderno, y enmarca las amplias calles, y estrechas callejuelas al brillo de un similar Buenos Aires. Aquel día no tanto como siempre, pero sí existente, el barrio mostraba una belleza descuidada. Fúser, argentino de corazón y de aspecto, no pudo haber elegido mejor sitio donde vivir. No simplemente por su nombre, recuerdo de La Plata, sino también por sus gentes. Aquel día el único paseante en la Calle Cornabel era él. Su amigo Casper vivía lejos, en un barrio, —Salamanca—, del que no estaba demasiado orgulloso. Los dos se habían separado a la salida del Café, y quedarían de nuevo el siguiente martes, para quejarse y discutir todo aquello que habían vivido durante la semana.

Abrió la puerta del portal con su mano izquierda. En la derecha mantenía un habano, consumido por la mitad. Cruzó el portal y revisó los correos. Después, un buzón vacío sacó de sus cuerdas vocales un: “Y para qué lo abro”; con tono irónico. Acercándose a los escalones de roble creció su sentido de estupidez. “De quién iba a tener correos yo, si después de diez años en estas calles madrileñas al único que conozco bien es al pajero de Casper”. Conservando una risa sarcástica subió las escaleras torcidas del portal veintitrés para esconderse en su rincón. Tal vez leer un poco, encender la chimenea, preparar los papeles para la edición semanal de su periódico casero. Sabía perfectamente de lo que iba a hablar en la edición de aquel miércoles. Saber también sabía que nadie más que su amigo lo iría a leer.
Sosteniendo el habano entre los dedos de su mano izquierda comenzó a tipear en la máquina de escribir, con ambas manos. —Sarcasmo—, acabó escribiendo como título, y lo subrayó con la tinta de su pluma.
Antes de comenzar con la columna quedó dormido sobre las teclas de su máquina, y el puro cayó, medio consumido sobre la alfombra, dejando una mancha de ceniza para la posteridad.

Comentario:

Se trata de una ironía del autor. Simplemente al observar el título de éste texto y por compararlo con el del personaje ficticio se puede averiguar.
El protagonista por lo tanto es el propio escritor; un hombre capaz de quejarse de actuaciones ajenas, de las que, verdaderamente, él también es partícipe; un hombre sencillo, soñador, que mantiene una vida humilde, donde cuida un lugar de lecturas que comparte cuidadosamente, pero que, como él mismo sabe, solo leen sus ojos y los de su amigo. Al quedarse dormido y al dejar caer el puro en el suelo señaliza que, aquel sueño que siempre busca y cuida mucho más que una imagen, un indeterminado material, o un aspecto físico, no se irá a cumplir nunca. Aún así, el honrado hombrezuelo seguirá trabajando por un fin inalcanzable.
Su amigo Casper deja claro, por su actuación en pocas frases y cortas, que es un hombre sabio, encerrado en un mundo lujoso: barrio Salamanca; del que no quiere ser real partícipe, pero está obligado, por atadura de algo que el autor no deja claro.
Quién sabe, tal vez le dedique un relato propio.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s