Realista para algunos

Es complicado deducir aproximadamente la edad de Eduardo. Algunos datos suponen que nació en el 1898. Una fecha trágica para algunos, pero milagrosa para otros, en la que la empobrecida España de oro desapareció por completo, acabó derrotada en la guerra de Cuba y el colonialismo español huyó de América. Ante todo, a pesar de que desde la misma fecha surgió una gran generación de autores, tales como Machado, Unamuno, Azorín y Pío Baroja, el joven ovetense prefirió pertenecer al nuevo siglo, tal vez para ocultar las fatalidades y el barro que el anterior trajo consigo.

Eduardo Carrasco, su nombre completo. Nacido en fecha desconocida, entre el noventa y ocho y el siglo XX, en una calle de la ciudad de Oviedo, a la salida de un bar de clase obrera. Día en el que un diminuto, débil y regordete ser nació, y una mujer corpulenta, pobre y madre de otras seis criaturillas lo abandonó.

En un café, Eduardo Carrasco entablaba una noble conversación con un teórico autor y periodista deportivo. Aquel café no era uno cualquiera, sino en verdad, en un pasado negro y lejano, un rincón oculto y pobre. A pesar de haber evolucionado a la buena dirección en las últimas décadas —a las mesas de mármol y billar, a la barra de nogal, a la pared tapizada y al alfombrado y lujoso suelo—; fue a la salida, en un suelo barroso y denso donde había nacido, veintiún años atrás, el ahora noble hombre, de gesto serio y frustrado.

El joven Eduardo, por una serie de casualidades, desconocía de aquel dato.

Ninguno de sus familiares se encontraba por la zona en el momento del parto, y ninguno lo recogió. Durante sus dos primeros años, Eduardo fue criado en un orfanato de las afueras; Santa Teresa de la Cruz. Con suerte, durante los dieciocho años siguientes convivió con una familia ostentosa y solidaria.

Fue por pena y compasión por lo que los Carrasco decidieron acoger al pequeño granuja. En la primera visita al orfanato fue su mirada, destacando del resto, la que atrajo su atención. El rostro ensangrentado, bañado en fango y hojas de nogal que había sido combatida por los compañeros de patio, en acto vandálico hacia un pobre niño de escasos dos años de edad. Los marcados ojos azules, el cabello castaño descuidado, las pecas en las mejillas. Una mirada desconocida y perdida.

Transportado en carro hasta el pequeño palacete, no tardó mucho en acostumbrarse a las respetuosidades y formalidades de la casa. Cómoda y letradamente vivió de la familia culta y artística como hijo único, aprendiendo de la cultura, leyendo de la generación de su época y destacando intelectualmente entre las gentes de su familia. Creció con un gran interés en los datos, en la economía y la sociedad, en estadística y en archivos históricos. En sus primeros años universitarios lo llamaron el archivero, por su gran afán en guardar datos.

El lugar resurgió de sus cenizas en años anteriores, y se convirtió entonces, junto al resto del barrio, en un café lujoso, visitado en cantidades. Aquel día, como solía ser, el lugar estaba a rebosar de gentes adineradas y cultas.

—¡Salinas, viejo amigo! -Gritaba desde un lado del café, al entrar por la puerta.
Desde el otro rincón contestó un hombre de barba negra y larga. En su chata nariz posaban dos grandes lentes de calidad.
—¡Hombre, si es el tocayo! -El caballero se levantó de su silla, dejó el cigarrillo apurado en el cenicero de la mesa y esperó a que se acercase el compañero-. Tres largos años, Javier, hay que ver.
—Se hicieron largos.
—¡Y qué lo digas! -El hombre se quitó las gafas y las dejó colgando a sus hombros. Ambos se sentaron-. ¿Conoces a Carrasco?
El hombre señaló con la vista al otro lado de la mesa, donde permanecía, con las piernas cruzadas y sentado en la silla de mimbre, un joven de cabello castaño y ojos claros como el cristal, mezcla de grisáceos con manchas azuladas.
—¿Puedo decir que no?
Ambos conocidos dibujaron una sonrisa sobre sus mejillas. Carrasco, sentado tranquilamente, también esbozó una, más bien obligada. Al joven le gustaba, muy a menudo, llevarse primeros opiniones sobre las personas antes de conocerlas mejor. En este caso no resultaba estar muy conforme.
—Si a usted le apetece sentarse, siéntese, señor.
—¿Señor? -El hombre, Javier, de unos treinta años aproximadamente, cogió una silla y se sentó-. No eres de aquí, ¿Verdad?
—No, no. No de la ciudad. Es un Carrasco, Javier. Vive en el palacete, ya sabes; en una lujosa villa a las afueras de Oviedo -Salinas plantó la mirada en el jóven-. Es un especialista en estadística y archivos historicos, fíjese. Lo llaman el archivero.
—¿Así que un estadista eh? -El hombre puso la mirada en el cigariillo que posaba en la mano izquierda de Carrasco-. Y de familia lujosa, como veo. Esos cigarrillos no los hay en todos lados.

Carrasco echó el humo con desgana. Le siguió un gesto afirmativo. El hombre siguió hablando.

—¿Y qué trae nuevo que contar sobre nuestra España?
—Depende de lo que usted quiera oír. ¿Se refiere políticamente hablando?

Javier volvió la mirada hacia Salinas, que observaba con intriga el avance de la conversación.

—El chico no es malo, Salinas. Política, ¿te parece?

Salinas afirmó. Ambos pegaron la mirada en el joven que comenzó a reflexionar. Seguidamente echó el humo de su cigarrillo dejando un silencio entre medias, dio un sorbo al café y comenzó a hablar.

—Se acercan elecciones, como bien saben… Para ser sincero, no es mal momento. Ya sabrán ustedes que la mala gestión de los conservadores no nos ha llevado a buen lugar. Los liberales seguramente recuperen fuerzas.
—Te refieres a que ganarán?
—Bueno, nadie puede estar del todo seguro -Carrasco chupó por última vez el cigarrillo y lo estrujó contra el cenicero-. Seguramente sí.

Los dos amigos intercambiaron miradas, con gestos de decepción.

—Se habla de una alianza de izquierdas. Veo que no están demasiado de acuerdo, pero en mi opinión, parece necesario.
—¿Si? -Salinas le miró, sorprendido.
—Por supuesto. Pero, qué sabrán ustedes, en el mundo hay temas mucho más preocupantes. Esperemos que esta desastrosa guerra acabe de una vez por todas. Supongo que habrán oído también algo sobre Rusia. Ahora mismo con el gobierno de Kerenski. El apoyo a la guerra está cayendo en vía libre, pero el inútil sigue con lo suyo. Cada vez, más y más, sus reformas resultan más impopulares.

Las caras de los dos amigos iban bajando lentamente mientras Carrasco seguía hablando. Las ganas comenzaban a disminuir y la política cada vez más y más inútil.

—Se teme que el desafío al gobierno por los catalanistas, militares y proletarios encarrile una revolución. Y Caballero, cómo no, encarcelado por meros opiniones políticos.

La desgana había conquistado completamente las expresiones de Salinas, y con más saña aún la de Javier.

—¿Están seguros de que quieren que siga hablando?

Los rostros despertaron. Salinas calló y siguió pegando fuertes caladas al cigarrillo que acababa de encender. Javier, en cambio, se mostró absolutamente entusiasmado con la pregunta del joven.

—¡Por fín algo bueno, compañero! -Dijo Javier, dejando sueltas un par de carcajadas libres-. ¿Qué le ocurre a tu mente, chico? Te comes los sesos y encima, ¿nos vienes a nosotros? Nunca entenderé a los liberales, de verdad.
—Yo me llamaría realista. Usted preguntó.
—No, no. Quería que me contaras un poco la situación, no que me leyeses las levíticas.

Ambos amigos comenzaron a soltar carcajadas, que duraron hasta un buen rato; momento en el que Salinas levantó la cabeza y echó suspiros amargados. De vez en cuando pensamientos sueltos, irónicos y callados. “Hay que ver”, decía, o “vaya faena”.
Javier siguió con lo suyo.

—No todo en la vida es política, jovenzuelo. ¡Salinas!, por favor, despiértame… ¡Hablemos de boxeo!

Comentario

Trata de tres personajes que se encuentran en un café, en Oviedo, y comienzan a conversar. Salinas ya conocía a Javier, al contrario que Carrasco. Salinas es periodista especializado en deportes. La profesión de Javier se desconoce.
Al otro lado de la mesa se encuentra Carrasco. Un chico noble e inteligente. Destaca en él su posicionamiento liberal y socialista, que choca contra los ideales más bien conservadores del resto. Detrás del noble aspecto de Carrasco se encuentra una historia desconocida y cruda. Fue abandonado de pequeño y adoptado por una familia de clase alta. El chico se especializó en estadística. Es así que cuando los tres protagonistas se encuentran, Carrasco comienza a hablar de la pésima situación política de entre los años 1917-18.
Ante tanta noticia pesimista los otros dos se cansan rápidamente.
Javier pide que cambien de tema. Ésto plasma la ignorancia, en parte, de los intelectuales de la época, y por otra su mala información, lo que lleva a gente de éste tipo a hablar mucho de cualquier tema sin tener gran idea. Por ello prefieren entretenerse con deportes.
Carrasco se ha mantenido serio durante la conversación. Parece ser el único razonable.

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