Utopía II

Claire todavía no había vuelto. Se estaba haciendo muy tarde. Las últimas luces cálidas, mezcladas con nubes grises y lluvia fría fueron escondiéndose lentamente tras la montaña. Me dolía la cabeza, en constantes punzadas, como clavos o tornillos, como si se apretaran bruscos trozos de frente contra el cráneo. Un poco nervioso, no simplemente por miedo a que Claire no volviese, sino también porque no me quedaba tabaco suave para fumarme, ni puros, me dediqué a pelar mandarinas, enrollarlas y tirar las pieles por la ventana. Dios, cómo me odiaba en ese momento.¿Cómo no pude darme cuenta de que Claire no era del todo feliz en Peña de Francia? Lo único que había conseguido era reprimir sus recuerdos con una falsa fachada de cartón, que con un simple viento de tormenta se calló. Así como le hice a ella reprimir recuerdos me ocurría a mí con la ventana de la habitación de las letras. Durante la época más lluviosa del año —también la más perezosa—, no me podía permitir dejar la habitación en tan mal estado, y la constante preocupación ocupaba un lugar cerrado en mi mente. El vidrio de la ventana del tejado se había derrumbado con una simple tormenta, así como lo hicieron los recuerdos de Claire. Ya lo comprendía. Tal vez fuese un fallo del subconsciente, de memoria o actitud, que despertó como un gallo, más temprano que el resto, una mañana tras la tormenta, para encaramarse con brío en la fachada, y cantar, más alto que nadie a esas horas del día, con el fin de despertar a sus vecinos*. En el momento en el que pelaba una mandarina sin la menor intención de comérmela, vi junto a la chimenea, que lento iba apagándose, el libro de Antonio Machado que tanto le gustaba leer. Comprendí que era imposible que no volviera nunca, ya que no sería capaz de alejarse sin aquel maldito libro.

Me entraron unas tremendas ganas de fumar al ver el fuego de la chimenea, y al percibir el olor a leña seca. Por fin había dejado de llover. Por fin la lluvia pararía de caer precipitadamente, por la ventana rota, en la habitación de las letras. Por fin la alfombra pararía de mojarse, y el desorden dejaría de existir, por unos breves, casi apocalípticos instantes en la “cabaña”. La habitación de las letras quedaría libre de vientos fuertes, fríos y violentos.

Con la mente un poco más despejada me dirigí hacia las escaleras y subí por ellas hasta la habitación de las letras. La calma había surgido de la tormenta, pero ésta dejó el suelo húmedo y desgarrado. Fui hasta el escritorio y cogí el texto que Claire había escrito, con tinta negra y corrida antes de salir de casa. Escrito al individuo libre y al colectivo esclavo. ¿A qué se refería? No era un escrito antisocial cualquiera, sino más profundo, dedicado a todos, excepto al autor. En el texto hablaba de la sociedad como una pompa falsa, que acabaría explotando. Demasiado individualista. Tal vez fui yo, pero consideré que ese mismo texto, escrito en tinta negra, diferente y sucia, iba incluso dedicado a mí. ¡Tanta utopía inútil en la mente de Claire!
Suficiente.

Abajo sonó el crujido de una puerta, y unos pasos templados, por las escaleras en dirección hacia mi. Dejaron de oírse los pasos. Quedó un silencio casi tan virgen como el autor de Walden.

—¿Luis? -Se rompió la virginidad. No sonó melancólica su voz, ni depresiva, ni tampoco muy alegre, sino en tono normal, monótono. Sus labios llevaban el pintalabios carne corrido. Sus gafas, con las lentes empapadas, permanecían torcidas sobre la nariz. El desorden que mantenía su cabello color azabache concordaba en la sala sin la menor intención-. ¿Qué haces aquí?
—Claire -Mi voz sí que sonó alegre y extasiada. Se extrañó y se dio la vuelta mientras seguía hablando, recogiendo hojas mojadas del suelo.
—La tienda estaba cerrada, no encontré pan en ninguna parte del pueblo, tampoco en el Brigal. -Se acercó y dejó un par de hojas rotas sobre el escritorio. Yo me senté en la silla aliviado. Sonó el característico crujido que tanto odiaba, y al que desde pequeño incluso, tenía un increíble repelús.
—¿Y cigarrillos? -Dije molesto. Ella se paró delante mía.
—Ah, es por eso que estás aquí arriba.
—No, que va -Me rasqué la frente algo intranquilo-. Estaba leyendo un par de ensayos tuyos. -Su rostro enmudeció-. O bueno, escritos antisociales o como quieras llamarlo.
—¿Qué?
—Escritos antisociales, ya sabes, ensayos, o yo que sé.
—No no, no me refiero a eso. -Quedó pensativa durante unos segundos. Siguió titubeando algo nerviosa-. Pero vamos a ver.
—¿Qué pasa?
—No sé. -Se apretó la frente-. ¿Por qué? Quiero decir; ¿Cómo se te ocurre? No me gusta que leas mis cosas, ya te lo tengo dicho más de mil veces; y mucho menos que subas aquí para coger de mis cigarrillos. La caja es mía, lo sabes. Es como si voy al cuarto de la música y me pongo a desordenar tus partituras. O si voy y cambio de orden los LPs de tu tocadiscos. Mira, sal. -Una orden clara. No sé por que, pero no pude obedecerla.
—No.
—¿Cómo?
—Que no. -Rectifiqué-. No quiero que me lo tomes a mal, pero quiero que hables conmigo. He comenzado a comprender algo de lo que ocurre en tu destructica mente. Incluso, ahora comprendo mucho más por qué me recomendaste tanto a Thoreau. ¿Vida salvaje? ¿En serio? ¿Sabes quién lo dice? Una persona que no podría vivir sin una habitación de las letras, sin un tocadiscos, sin una colección de libros extraordinarios, sin una chimenea y un hogar cómodo. Tu propia naturaleza te haría acomodarte en un lugar. Si los humanos vivieron nómadas fue simplemente porque necesitaban hacerlo, pero descubrieron nuevas técnicas, y prefirieron quedarse en un lugar fijo, donde ordenarse la vida, donde disfrutar de un paisaje característico fijo y vivir fiel. Sí, viajar es hermoso. Viajar sin ayuda de nada ni nadie no tanto, entiéndeme por favor.
—Te he dicho que te vayas, vamos Luis, no tengo ganas de discutir.
—¡Nunca tienes ganas de debatir! De defenderte y esas cosas. -Se volvió a rascar la cabeza, con un gesto característico que volvía a repetir constantemente. Yo también lo hice-. ¿Quieres que me vaya? Vale, genial, pero acompáñame y hablamos, junto a tu tan deseada chimenea, y al caluroso rincón cubierto. Vamos.

Al principio hizo caso omiso. Yo bajé a la cocina y me preparé un sándwich. Normalmente habría tenido ganas de leer, pero en ese momento no me apetecía nada dramático, o profundo, como Walden. No me apetecían más letras tras aquel largo y gélido día. Me senté junto a la chimenea y me acabé mi sándwich. Oí el crujido de la silla de nuevo, lo que me puso muy nervioso. Automáticamente estiré el brazo para agarrar una mandarina del cuenco y con ella soltar mi tensión acumulada pelándola. No tardó en bajar Claire por las escaleras, pasando por la cocina y llegando al salón. No me dirigió ni una sola palabra entonces. Al ver lo que hacía con las mandarinas cogió el cuenco, se dirigió hacia la puerta de pino de la salida, salió, y lo dejó en la terraza. No dije nada para no comenzar una discusión.

Claire cogió el libro de Machado y se sentó en la silla que había junto a mí.

—Hay que arreglar la ventana, y tirar la alfombra. -Me dijo preocupada.
—Lo sé. -Mi voz sonó enfadada.
—Vaya, parece que permanezco en terreno hostil. -Quedé callado ante tal absurda afirmación, pero mis labios hicieron el resto.
—Te equivocas. -Al fondo sonaban los crujidos de la leña quemada-. Hostiles son los bosques, los montes, los desiertos y los mares. No me compares con algo así.
—Eso es absurdo.
—No, no lo es. No te entiendo, de verdad. Lees poemas modernistas; Machado, Darío. Poemas tan hermosos y armoniosos. Pero, al fin y al cabo tu mente es romanticista.
—Lo es -No dudó al afirmarlo.
—Entonces, no comprendo una conexión posible; además de histórica, por supuesto; entre estos dos.
—¡Por supuesto, Luis! Oh, venga ya. Miles de veces te he llevado al río, al atardecer, anochecer y al salir el sol de nuevo. Y te lo contaba una y otra vez. Qué potencia, qué lujuria, qué fuerza y qué brillo. Cuánta melancolía, te decia; ¡Cuánto sueño ante mis ojos!
—¡Y cuanta utopía!
—¡No, Luis, no! -Claire se levantó y comenzó a dar vueltas por el salón-. Últimamente no veo más que ignorancia, y falsedad. Incluso veo un brillo ignorante en tus ojos, Luis. Debes abrir los ojos, tu mente; dejar salir la verdad de entre tus labios y correr y vivir en libertad. -Yo no la miraba mientras iba dando vueltas. Tan solo escuchaba, algo molesto, como por la habitación sonaban pasos, el chispear de la leña quemada, y cómo Claire hablaba enfadada, agobiada y resentida-. Llevo diez años viviendo en España, y estuve viviendo durante otros quince años en Francia. Tan sólo echaba de menos mi hogar, ¿comprendes?. Tres de esos diez años en España los llevo aquí, Luis, en la peña de Francia. ¡Dios! ¿Cómo me pudiste llevar a un lugar con tal nombre? ¿Acaso no es ignorancia?

Cuando Claire calló no dije nada más. Reflexioné un poco, y permanecimos unos diez minutos en silencio hostil. Ella siguió de pie. Yo solo me levanté de mi asiento cuando oí las cerillas deslizarse por su caja. Corrí hasta el otro lado del salón, donde Claire estaba apoyada contra la pared. Puse mis brazos alrededor de su cabeza y la besé en la frente, como signo de perdón. Me sentía fatal. Por supuesto, mi dolor de cabeza no había disminuido en las últimas horas.

“Claire, cariño”, dije. Ella reaccionó de la mejor manera de la que se podía hacer; sonriendo, y acercando el cigarrillo encendido, con sus débiles y suaves dedos, hacia mis labios. Yo le dí una larga calada y solté el humo por un lado. “¿Te apetece dormir hoy en la habitación de las letras?”
—De acuerdo -Dijo ella-. Pero esto no acaba aquí.

*Homenaje a Thoreau, autor de Walden. Libro que Luis, el protagonista, está leyendo.

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