El baile del desorden

“Una persona cree vivir en perfecta serenidad, y en un desorden solo comprensible por el autor mismo, hasta que llega un viento frío que conduce ese mismo desorden hacia uno mayor, incluso irreconocible por su autor”

Una fuerte sacudida de viento frío irrumpió, por la ventana, en la habitación del artista. Volaron hojas; folios en blanco, folios escritos. Todos ellos, en su mayoría sucios, sin el estricto cuidado de sus márgenes. Sin espacios libres, conformaba un asfixiante horror vacui; compuesto por suciedad y el relleno de garabatos, esquemas incomprensibles y una grafía que no merecía ser tan odiosamente fea. Solo los cuadros se mantuvieron en las paredes, mientras que a su alrededor, un caótico tornado, bailaba y agarraba todo aquello que encontraba por su paso. Si uno se metía en el papel del tornado debía ser maravilloso. Bailar un tango en el cuarto de su creador. Imagínese que su vida consiste en destrozar cosas, lugares, personas; nada mejor que el hogar de Javier.

¿Qué se le pasó por la cabeza a Javier cuando entró en la habitación? En primer lugar, unos nervios tremendos. Tras un breve razonamiento y la prudente reacción de cerrar la ventana, el frío ya no provenía del exterior sino del mismo interior de Javier, de su mente y de unos escalofríos consecuentes. Se sentó en el umbral del escritorio, sobre una recopilación de hojas mal ordenadas, o desordenadas, y se encendió un pitillo. De nuevo el calor inundó el cuerpo de Javier, a pesar de que su mente seguía igual de gélida y perdida que antes. No se le ocurrió otra cosa, así que comenzó a recoger algunos de los folios esparcidos por el suelo y agruparlos en pilas irregulares, mientras el cigarrillo seguía posado en sus secos labios. Pocos minutos después Javier hizo una pausa, soltó un hilillo de humo sucio por la nariz y se sentó sobre uno de esos pilares de hojas sueltas, con la mayor desesperación y locura posible. Ya harto de recoger partes sueltas de un puzle y cadenas perdidas, dejó chustado el cigarrillo en una grafía a bolígrafo de un paisaje castellano. ¡Y el sueño inundó la sala! ¿A dónde fue el vivo color de la habitación del pintor? Tal vez se voló por la ventana, pero de aquello ya no quedaba nada. Y, como si de un día a otro se hubiese pasado de verano a otoño, la niebla y un incoloro gris pintaron las paredes, los cuadros, los papeles, el escritorio, y la mente de Javier. Tal vez fue el humo del cigarrillo, que ya se enfriaba lentamente sobre los garabatos del artista, aquel que inundó de sueño y melancolía gris la habitación. 

En una esquina, cerca de una escultura de mimbre y a la izquierda de la ventana, posaba una carta de sobre amarillo, entreabierto. La vio desde su rincón, y con gesto reflexivo se levantó a recogerla. Sujeta entre sus manos extrajo las letras de su sobre y comenzó a leer. La mantuvo sujeta débilmente, y pocos segundos después de terminar la dejó caer, separando las letras de su cáscara amarilla, y escondiéndolas por un desierto de papel. “Lucía”, pronunció. “¿Quién es Lucía?”.

Tanto humo en la habitación comenzó a resultar molesto. Javier se levantó a abrir la ventana y salió del cuarto dejando la puerta abierta. Un loco tango comenzó a bailar por la habitación. Una fuerte sacudida de viento frío irrumpió por la ventana en la habitación del artista. Volaron hojas; folios en blanco, folios escritos. Todos ellos, en su mayoría, sucios.

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