Con un brillo de libertad

Joaquín, apoyado contra el muro y con una pierna flexionada se fumaba un grandioso puro. Yo no. Sentada en frente suya, en una de las rocas de granito, mantenía la vista perdida en el campo, donde un pequeño surco, sin flores ni hierba alguna, y rodeado de pequeñas piedras curvas marcaba mi lugar de interés. Cualquiera pensaría que es una chorrada visitar a un pobre gato cada domingo por la tarde, pero aquel gato significaba mucho, tanto para mí como para los dos.

—Alicia, ¿me escuchas? -Regresé a la realidad. ¡Qué decepcionante realidad! Y que pocas ganas de volver. Joaquín me hablaba a mí, pero mantenía la vista perdida en el campo-. ¿Me oyes?
—¿Qué pasa? Yo no tengo tus cerillas.
—No Alicia, que ya he acabado, si quieres nos vamos. -Chustó el puro en el viejo muro decaído, donde estaba apoyado. Ya había metido las manos en los bolsillos de su chaqueta, listo para irse. Siempre lo hacía, no porque desconociese qué hacer con sus manos, sino por someterme a su prisa, estrés, o como se quiera llamar. Una suave forma de enmarcar que estaba listo.
—Espérate un momento. -Crucé el campito corriendo y dejé las flores en el único rincón sin hierba. Me di la vuelta y nos fuimos. Cruzamos aquello que antiguamente podría ser una casa tradicional, pero que con el paso de los años quedó en irreconocibles ruinas. Llegamos al camino. Sus botas marrones chocaban en pasos violentos contra el barro. Había llovido esa semana, y el campo mantenía un color magnético, atractivo, casi sagrado. No mentiría si dijese que no recuerdo precisamente de lo que hablamos. Solo sé que repetía muchas veces temas de cantautores franceses. Incluso me cantó alguna cancioncilla de Brassens, ¡ya me sorprendió que le gustara aquello! Resultaba demasiado inculto como para escuchar música francesa, pero tampoco se lo dije, sino me quedé mirándole, fascinada con lo que me contaba, y sobre las muchas cosas que sabía, de un momento a otro, sobre distintas fiestas en pueblos de la zona de La Provence, La Bretaña y más zonas que yo desconocía. Pero, gracias a los libros de Cortázar, que ya me habían dado suficientes clases sobre la sociedad y la cultura francesa, yo sabía lo que prefería de Francia, sin lugar a dudas; París, una ciudad hermosa, que sólo con la lectura descriptiva, en los libros de Cortázar, de sus calles, bares, tiendas, hogares y barrios me dejaba con la plena convicción de que les beaux arts siguen existiendo. Llegó un momento que la conversación perdió su camino.

“Fumar es cagar”, me decía, y esto es lo último que recuerdo oírle decir antes de entrar a la casa; “es como cagar donde y cuando quieras, las veces que quieras. Es la puta libertad, un puro indeterminismo, la libertad existencialista”. La verdad es que a veces se le iba la pinza.

Cruzamos el poco camino que quedaba y llegamos al muro de piedra que protegía el jardín. Entramos al frío del hogar, yo para respirar un poco de tranquilidad, mientras él salía a la terraza para respirar un poco de sucia libertad en forma de humo. Desde la terraza se veía casi toda Las Hurdes, o aquella que nosotros conocíamos mejor. Decidí salir a la terraza y charlamos un rato. Fuera hacía notablemente más calor que dentro, pero las nubes de tormenta ya se acercaban a lo lejos.

—¿No te entra curiosidad en conocer mundo? -Me decía él, y yo le respondía con voz sincera.
—No me hace falta. Leer es viajar, ¿sabes?
—No me refiero a eso -Su puro ya llegaba a la mitad. Sólo el nerviosismo le hacía fumar más rápido, ya lo conocía de ocasiones anteriores-. Me refiero a conocer gente, cultura y eso. No me hace falta leer, es lo de menos. – Bajo la presión de la incomodidad del asunto, decidí cambiarlo disimuladamente, tras un breve silencio, en el que él seguía fumando y mirando la sierra.
—A propósito, me ha dicho Marisa que esta semana viene su primo, el alemán, podríamos invitarles a cenar, así conoces a gente diferente. -Cambié de tema drásticamente, y él se dio cuenta. Permaneció en silencio, fumando.
—No trato de convencerte de nada. Solo lo diré de una vez por todas. -Quitó la vista de la Sierra y se centró en mí-. En Francia dicen que la miel de la vida reside en el camino. ¿Y qué dulzura tendrá caminar siempre por las mismas sendas? -Dejó el puro en el cenicero- ¿Acaso tendrá alguna?
—Puede que no. Pero no es sólo uno el camino de la felicidad, sino varios. ¿No es así?
—Serán dos en todo caso. El camino del nómada y aquel del sedentario.

De nuevo se perdió con la vista por la sierra. Más tarde entraríamos los dos y seguiríamos charlando. Por supuesto que esos dos segundos de la charla anterior quedaron en mi mente para toda la noche. Al anochecer llegó la tormenta, y con ella el calor de las sábanas, que nos recogieron en ríos de sudor. Y a la mañana siguiente solo un cuerpo permanecía en la habitación. ¿Que si me lo esperaba? Seguramente, no tengo por qué mentirles.

El trece de noviembre de ese mismo año dejó el trabajo y se fue a algún lugar de Francia. Dijo, en una carta que dejó posada en la cocina, que volvería cuando se hubiese hartado de Baguettes; una forma delicada de decir “volveré cuando me dé la gana”, o algo parecido. Pero nunca volvió. No le llamé, ni tampoco tuvo que explicarme el motivo de su partida repetidamente, pero sí que lo hubiese deseado; tantas veces, hasta que las lágrimas desaparecieran de mis mejillas, y con ellas, Joaquín, a hablar francés, a algún bar típico, escondido, entre callejuelas, si posible con música de Brassens en directo. Dios, no le pegaba nada. ¿Conocen Amelie? Me lo imagino con la música de fondo vagando por París, resolviendo misterios extraños. Me lo imagino en la ópera. Madre mía, esa ciudad hace a cualquiera un poquitín más culto.

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