Thoreau

Camina. Cinco días y verás siglos. Diez días y verás milenios. Un año, y verás todo aquello que no vieron los humanos; cuevas sin individuo, campos sin explotar. Verás la cera como grasa natural, que cubre las hojas y las cobija, como la fina piel que nos cubre a todos, y que en estos tiempos resulta infravalorada, tapada, sin escrúpulos, por tela fina, piel falsa, ropa, que perdió su significado real; mantener el calor humano. La segunda piel, con el objetivo de mantenernos a gusto, más tarde será malgastada en moda.

Thoreau dijo: A menudo, si un caballero sufre un accidente en sus piernas, éstas pueden curarse; pero si les ocurre un accidente similar a las perneras de sus pantalones no hay remedio, porque no considera lo que resulta en verdad respetable, sino lo que es respetado.

Y seguirás viendo naturaleza insaciable. Verás árboles sin talar, a no ser decaídos, de forma natural, por la fuerza del viento o el temblor de la tierra, o la vejez misma. Estos árboles, libres de parásitos humanos, nunca fueron usados para construir viviendas, o para ver la llama de la leña prender, o para adornar en sí, con maña innecesaria el material innecesario.

Llegarás a un pasado milagroso, y vida salvaje, y seres sin tocar, celestiales, lejanos. Verás constantes guerras animales, que en ellos mismos no son capaces de controlar, sino el instinto, o un determinismo imperceptible les hace actuar de la forma en la que lo hacen. Verás luchas, vida inconsciente, atrapada en el instinto, perdida, tal vez, sin la conciencia de su lugar en el mundo. Bien; te fijarás mejor, y bajo la vista aguda de tus ojos podrás observar una llanura sin puentes, carreteras, aparcamientos, edificios; sino árboles que miden lo mismo que la vida en sí, colinas sin dividir por vías de tráfico. Verás un inframundo afrodisíaco, un paraíso salvaje, un dolor placentero, que te hará tirar tu ropa modista y olvidar tu hogar; aquel hogar que siempre tenías que limpiar, cuidar, barrer, recoger, perdiendo por completo el sentido del hogar en sí. Llegarás a las praderas salvajes y, aquello que percibieron tus ojos, a primera vista, como una señal de escapar, retroceder a tu origen; ciudad, tráfico, ruido, trabajo, comercio, industria, pobreza, y a la lectura de periódicos con páginas alentadoras al suicidio. Aquello que viste como de tal manera lo verás diferente. Una verdad salvaje inundará tu sangre. ¿Qué harás? Te desnudarás, es decir, correrás como líber, por un paisaje digno de pertenecer, y de crecer, unido. No querrás construir una vivienda fija, ni querrás talar preciosos árboles. Vivirás como ser prudente, en razonamiento pleno, consciente, rodeado por el mundo animal del instinto. Comerás vegetales y animales, porque tendrás que alimentarte de algo, pero, sin necesidad de religión alguna, pedirás perdón a la naturaleza tras tus pecados. Rezarás al sol, a la vida. Serás el primero de tu religión. ¿Pero qué digo? No rezarás con el fin de ser el primero, sino en ser el acto mismo. El bosque florecerá, junto a tu libertad. Pero, soledad; quemas como el sol, y huyes como edad.

Tu verdadera piel crecerá y resistirá, tanto al frío, calor y humedad. Pero tu corazón emblandecerá, se hará más débil, fino, impaciente, inútil, intacto.

¿Para qué seguir latiendo, si nadie lo verá?

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