El fin de las fiestas

Sin duda, aquel anochecer era de una dimensión celestial, e incluso angustioso. Bajo las ramas de la encina preferida de Javier, un cigarrillo se consumía lentamente, sujetado por los débiles dedos de una mano nerviosa, cansada. No se movía, excepto por el frío, que la hacía tiritar, acorde con el resto del cuerpo del joven. Ambos codos se apoyaban en las frías rocas de granito que formaban la mesa, y se movían simplemente, de vez en cuando, para acercar el resto del brazo y el cigarrillo a sus temblorosos labios. Abrigado hasta las cejas, con una capucha de lana gruesa, un abrigo de piel y un guante de seda en la mano izquierda, formaba su propio refugio de calor, con el que intentaba evadirse del frío exterior. No estaba solo. En frente suya, con la vista perdida en la caída del sol bajo los tejados del solitario pueblo, un rostro, apenas reconocible, esperaba su turno para fumar. Las fiestas llegaban a su fin. Antes, hace unas dos o tres horas, el campo donde los dos jóvenes buscaban refugio se encontraba milagrosamente lleno. El pueblo entero se saludaba en aquel campo durante los días de fiestas, o más bien, los habitantes de mediana y tercera edad, que se buscaban, con sus dioptrías y gafas gruesas, anticuadas. Quien lo diría, pero las gafas que llevaba Simón aquel día podrían haber sido de algún anciano, al igual que los guantes de seda de Javier podrían haber sido de una mujer de mercadillo. Al otro extremo del pueblo, donde se reunían las nuevas generaciones, la fiesta seguía. En cambio, los dos chicos decidieron aislarse. Nada mejor que el campo para escapar del reggeaton.

El sol ya se había escondido del todo, y lo único que iluminaba ya el cielo eran los restos de rayos débiles, que rozaban, en agonía y paz, contra las nubes. Pero también, un foco de color rojo, proveniente del cigarro de Javier, daba ambiente al rincón. Simón miró el cigarrillo, ansioso.

—Pásame eso ya, porfa -El joven que sostenía el cigarro miró entre sus dedos, y descubrió el foco de color rojo que su amigo tanto deseaba.
—Ah, es verdad. Espera -Le dio una última calada y se lo pasó a Simón—. La verdad es que no lo entiendo. Últimamente es como si fuese el único que compra tabaco en este puto pueblo, descontando los viejos, claro.
—Hablas de Lucía… ¿Verdad?—Su amigo le miró, casi asustado.
—No —Rectificó—. Osea si, también. Pero de Lucía ya me he olvidado, ¿sabes? Ella estará por ahí, enrrollándose con cualquier otro. Es una niñata.
—Pero, ¿entonces nosotros que somos? —Javier, que se encontraba un poco distraído mirando las ramas de la encina soltó una leve carcajada.
—Bueno, tontos no somos, dioses tampoco —Mientras hablaba se puso el segundo guante de seda—. Es curioso, de eso mismo hablé con Lucía cuando lo dejamos. Ella se puso muy nerviosa, y bueno, yo le dije que se fuera si no le gustaba lo que oía.
—Y no le gustaba.
—Y se fue. —Su voz sonó algo ahogada y débil. A partir de ese momento vio que sus labios no le permitían seguir hablando, así que dejó de hacerlo. Cruzó los brazos, y los apoyó contra la vieja roca de granito, posando la cabeza sobre ellos. Simón se dio cuenta de que su amigo no iba a hablar más, pero él mismo tampoco dijo nada, simplemente siguió fumando, y tras un breve silencio, comenzó a hablar.
—¿Sabes? Joanna también era así, es decir, al principio pensé que no, pero me equivoqué. —Javier levantó la cabeza.
—¿A sí? Nunca me lo dijiste.
—Sí… La verdad es que fue un poco complicado. En cambio la dejé yo —En su cara se plasmó una sonrisa irónica que se difumó tras un breve instante— Bueno, tampoco es eso, ella me obligó.
—Cuenta, cuenta.
—Bueno, la verdad es que, no sé, no me apetece —Ambos permanecieron en silencio.

Al fondo se comenzaron a oír las dulces campanas que sonaban cada media hora. El campanario, de granito como el resto de viviendas de aquel pueblo, era perfectamente visible de día, ya que era más alto que ningún hogar. La torre de aquel campanario parecía llegar hasta la fina capa de nubes que pesaba en el cielo, y que había ido oscureciendose lentamente desde el momento en el que los dos jóvenes comenzaron a hablar. Irónicamente, en aquel ambiente empobrecido que reinaba bajo la encina, y en la vista de los dos amigos cansados, sonaron cohetes, explosiones, y deslumbraron colores. Aquellos fuegos artificiales señalaban el fin de las fiestas. Aún así, la noche de Javier y Simón no cambiaría nada, seguirían sentados bajo la encina, en la mesa de granito, hablando, de vez en cuando y fumando de la cajetilla de cigarrillos de Javier.

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