Un dictador temporal

—Dicen que la suerte se encuentra en el camino que escoja tu destino, yo diría que no, que la suerte no está en un destino, sino en un orden de sucesos interminables, insufribles hasta cierto punto, ¿me entiendes? -Javier cogió un zippo, que llevaba siempre a mano, y se encendió el cigarrillo. Levantó el cenicero y se lo puso en el regazo-. Nadie te dice el camino que debes escoger. Eso me asfixia, de verdad, me asfixia la mente, me deprime. Lucía, tú sabes mejor que nadie lo inútil que soy, y más aún lo inútil que me siento.
—La verdad es que llevas unos días con un nerviosismo inaguantable -Ella intentó cambiar de tema. El término suerte llevaba en el vocabulario de Javier desde hace unos meses interminables-.  Y ahora, ¿me dejas un cigarrillo? Dios, llevo semanas sin darle un calo.
—No seas impaciente -Cogió el cenicero y lo dejó en el suelo para levantarse a por los cigarrillos que posaban en una especie de altar de mármol, en frente de la puerta de que daba al exterior, rodeado de espejos, fotos antiguas y discos de los Rolling Stones- Tampoco es que quiera dártelo, es inútil en realidad, estás muy bien sin fumar. No quiero guiarte por la mala suerte de un fumador, cómo yo -Permaneció en silencio.
—Si morirás pronto, pues será porque escogiste mal tu camino -Javier se paró, delante del altar. Debió de elegir mejor el orden de palabras y la forma de pronunciación. El tono sarcástico y desinteresado no fue el más apropiado, ni mucho menos. Solo obtuvo la respuesta imaginable, y Javier se dio la vuelta, agitado.
—¿Verdad que es así? ¡Llevo diciéndolo durante días!
—Y mira que lo sé yo. Vamos Javier, ya basta de estupideces y dame el maldito cigarrillo, que lo llevo pidiendo desde hace un buen rato.
—No, espera -Dijo, y le dio una larga calada a su cigarrillo, que llegaba, lentamente, a su fin-. ¿Pero no será que tu camino, distinto al mío, está guiado por Dios? ¿No será, tal vez que yo no tenga ni si quiera a un Dios que me aguante y que me escuche? Mira, si el destino no quiere que fumes, puede que yo no tenga que cambiarlo
Sentada en su sillón, Lucía se pasó las dos manos por la frente y se sacudió el pelo, cansada.
—Estoy harta de escuchar siempre lo mismo. Si quieres que te diga la verdad, no me creo las estupideces de dios, y del camino y todas esas absurdas afirmaciones tuyas que han estado brotando de tu mente en los últimos días. Yo, sinceramente, me mantengo al margen, y eso es lo que llevo haciendo desde que empecé a escucharte, pero no lo aguanto más. Ahora mismo, mi dios es un cigarrillo, al que sería capaz de rezar continuamente como no me lo des. Quiero que ese maldito cigarro se consuma entre mis dientes, lentamente, mientras tu mente sigue dando vueltas y consumiéndose, al mismo tiempo, lento, insufrible. Estoy cansada, por dios, déjame en paz.
—Ya te llegará la paz, Lucía. Tu paz no reside en un cigarrillo, créeme. Yo empecé igual, creyendo que mi único dios era yo, pero, ¿de verdad crees que unos malditos niñatos postadolescentes son capaces de ser su propio dios? ¡Ni de coña! ¡No! ¡Somos unos creídos, inmaduros, catastróficos al momento de elegir! Ni tú, ni nadie es Dios. Ni sé si existe, en serio. Sólo sé que necesito uno, que me escuche y me conteste, no como tú, joder -Javier se dejó caer al suelo alfombrado, apoyando sus espaldas contra el radiador, que emitía un calor luminiscente. El calor logró calmar, al menos un poco, al joven, que siguió hablando en un tono más tranquilo, pero aún así cargado de angustia – Y mira que te lo digo, que ni yo mismo me aguanto. Lo siento, de verdad, no sé qué me pasa últimamente, simplemente necesito a alguien que me ordene la vida, un dictador temporal, y ya está – Se quitó el sudor de la frente y dejó la mano allí, mientras buscaba algo en el suelo, y cuando lo vio, lo recogió. Con el zippo ya entre sus manos encendió de nuevo el cigarrillo, al que quedaban ya los últimos calos de su corta vida, pero aún así lo quiso terminar, ansiosamente.
Lucía ya ni quería escucharle. En las últimas horas la visión de un futuro junto a Javier se había esfumado completamente, y junto a ella las ganas de seguir allí, en el salón, apoyada contra el sillón de terciopelo, al que acariciaba lentamente, sutilmente, como forma de evasión. Levantó la cabeza y miró de nuevo a Javier, que, por no ser del calor del radiador, pudo estar llorando. No era de esas personas capaces de cambiar lágrimas por sonrisas, cómo otra gente, nacida para esa buena causa. En vez de levantarse e ir con Javier, fue directamente al altar de los Rolling, a sacar un cigarrillo de su caja, y en ese mismo momento, Javier, levantó la cabeza, con una mezcla de furia y tristeza.
—¿Qué te crees que haces, acaso te he dado permiso, o es que dios te ha dado señas, eh, niña? -Asustada y perpleja dejó de hacer lo que estaba haciendo
—¿Cómo?
—Buah… No sé, es que tampoco te entiendo, dices que no fumas pero después vas recaneando por ahí, cogiendo de gente que -Se paró y siguió hablando- Dios, ¿Acaso no ves que estoy a punto de llorar? -Lentamente se levantó.
—Ah, es que, no se… -Interrumpió.
—¿Qué no sabes? -Ya levantado del todo le quitó la caja de cigarrillos de las manos, con un movimiento agitado-. ¿No sabes comprar tabaco? ¿No sabes ayudar, hablar, discutir? Maldita sea, eres incluso más inútil que yo.
—No es así… Madre mía, nunca te he visto así, de ésa manera. Quién lo hubiera dicho…
—Pues lo digo yo, chica.
—Déjame en paz.
—¡No! ¿Ves? Ya lo estás diciendo otra vez. La paz ya te llegará, no soy tu puto dios, ni tú la tuya propia, como para regalarte la paz, o no quitártela -Bruscamente cogió a Lucía de los hombros, y la sacudió, suavemente-. Lucía, ¿Tú crees que estoy loco, verdad? -Lucía no quiso contestar. En el breve silencio que tuvo para pensar y construir sus palabras, visionar su futuro y recoger su pasado, quedó callada. Nada más, no contestó. Perpleja ante la situación, y ante el dilema entre verdad o mentira, prefirió la abstención, que resultó ser fatal-. Ya está. ¿Tu crees que estoy loco? ¿Mi hogar es un manicomio? -Siguió sin contestar, y en el rostro de Javier comenzaron a deslizarse diminutas lágrimas, y en plena desesperación comenzó a llorar-. Lucía, si crees que estoy loco pero no quieres contestar, sal de mi casa -Y en las mejillas de Lucía comenzaron a deslizarse también pequeñas lágrimas, y a tambalearse los labios, y a entrecerrarse los ojos con una visión difuminada del rostro de su novio. Javier volvió a insistir- Por favor, no quiero que me mientas, o que te quedes conmigo por compasión. Si no quieres estar con un loco, sal, te lo ordeno -Y Lucía se separó de él, y comenzó a caminar por el salón, cogió el abrigo que posaba al rededor del sillón mientras lloraba silenciosamente. Pasó por el pasillo, llegó hasta la puerta y se dio la vuelta. Miró a Javier que estaba de espaldas, ante el altar, metiéndose un cigarrillo entre los labios, levantando el zippo y dando leves caladas de aire sucio. Lucía abrió la puerta. Una pared de aire frío inundó el hogar. Ella, sin más, salió al jardín, y cerró la puerta. Sonó a portazo, pero solo fue el aire. Ella no quiso que sonara a portazo, pero ya no pudo retroceder y disculparse. Siguió caminando, y cuando llegó a la puerta del jardín pensó en lo que acababa de pasar. “Será lo mejor, Javier ya se recuperará” Pensó, y cuando salió a la calle, unas inmensas ganas de fumar invadieron su cuerpo, nada más, ya no había angustia, tristeza, soledad. Simplemente unas tremendas ganas de fumar.

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