Relatos de Baviera

Murió en algún lugar una historia. Tal vez se perdió tras demasiadas palabras, o tal vez se esconda tras vistas exageradas, esbeltas por un mármol suave, intrascendente, desenfocado.
Se enfoca a otro lugar, listo para un largo viaje hacia donde el ser no pisó en su vida, para excavar un surco entre arcilla húmeda y dejar su marca, figurada por las curvas de un pie, aún joven, por siempre.
***

Fuera llovía. No lo hacía a cántaros, pero si chispeaba, lo suficiente como para empaparse y no darse cuenta. A lo lejos, extensa por un infinito pliegue de colinas se hacía visible una tormenta aún joven, así como solía ocurrir siempre durante esta época del año. En el corto trayecto que Moritz, un joven de diecisiete años hizo desde el establo hasta la cocina de la abuela, su pelo se había mojado, y golpeaba en forma de gotas diminutas contra la mesa de roble y sobre el suelo baldosado. Antes de cenar se duchó y se cambió de ropa, que mezclaba el olor a establo con el de la humedad de la lluvia. El trabajo estaba siendo duro. Tenían miedo de que el trigo y la paja se mojase, y no querían arriesgarse a transportarlo hasta el almacén, que tenían a unos quince kilómetros. Nada era sencillo; el camino de tierra estaba encharcado, con unos charcos de gran profundidad, que dificultaban el trayecto. Tenían miedo a volcar el tractor en cualquier punto del camino. Podían perder allí toda la cosecha de las últimas semanas. Estaba claro que si no la movían corrían un menor riesgo, pero aún así, había goteras por todo el techo del establo. A todo esto se unía el profundo y silencioso miedo a un derrumbe. Las construcciones eran débiles e improvisadas. Moritz salió de la ducha y entró frustrado a la cocina, dio un beso a la abuela, que estaba preparando su comida preferida, y se sentó en la mesa para hablar con el abuelo. La conversación sería la misma de siempre. Hablaron de las granjas vecinas y de los nuevos avances tecnológicos, es decir, los nuevos modelos de tractores y métodos de cosecha, e incluso discutieron vender, o no, el trigo antes de que se mojara, o directamente, construir un nuevo almacén justo al lado del establo. Toda idea del ingenioso Moritz fue denegada por su abuelo y su actitud conservadora, que no cambiaría nunca. Fuera la tormenta se hacía cada vez más visible. Aún así, Moritz dejó de preocuparse por el mantenimiento de la granja —cosa que solo ocurría los sábados, y de la que se estaba hartando—, y cenó tranquilamente, charlando con la abuela. El abuelo nunca hablaba durante las cenas. Tradicionalmente no se podía hablar mientras se comía, cosa que su padre ya le había enseñado, y el padre de su padre, y así fue, de generación en generación. Esta tradición tampoco cambió cuando el abuelo heredó la granja. “El abuelo nunca cambia” era el tema que siempre generaba discusión entre Moritz y su padre. Moritz defendía al abuelo. Antes no era tan callado. Cuando la abuela le conoció era un charlatán sin cuidado y los entretenía a todos. Pero la tranquilidad llega cuando la muerte se acerca, y al abuelo le afectó mucho la muerte de Manfred, su mejor amigo.

Baviera es un lugar precioso, y el pueblo, alejado a unos cincuenta kilómetros de Múnich, se encuentra rodeado de colinas y pequeños bosques que tapan, humildemente, según el tiempo que haga, la gran pared de los Alpes al fondo. El punto más alto, el pico Zugspitze, es solo visible cuando no llueve, algo que suele ocurrir poco. Aquel verano no llovió tanto y los paisajes fueron espléndidos. Todo bávaro ama al sol, incluso más que a sus vacas, o eso dicen, pero Moritz no era de esos. Él ama lo que más tiene, y en este caso era la tormenta, y Sophie. Y la tormenta, durante la cena de aquella noche, se acercaba cada vez más. Llegaron las primeras fuertes sacudidas de viento, y la lluvia se radicalizó. Moritz miraba por la ventana al manzano que se encontraba, tambaleándose, delante de la casa de los abuelos.
Tras un breve instante desaparecido se giró de nuevo, hacia la silenciosa mesa, para comer un poco de su spätzle.
—¿Y tus padres qué comen hoy, hijo? -Moritz levantó la cabeza y miró a su abuela.
—Pues creo que pasta – El abuelo soltó un suspiro-. ¿Que ocurre abuelo? ¿Algo en contra de la pasta? -. El abuelo no contestó. Seguramente se quejaba de que estuvieran comiendo algo de origen “no bávaro”. Deben saber que en las granjas de esta zona de Alemania la mayoría de los ancianos suelen ser bastante tradicionales.
—Joseph, contesta -Dijo la abuela en tono gruñón, bastante harta de la actitud de su esposo, pero la mesa permaneció en silencio por un momento, hasta que Moritz relamió su plato, como si de una vaca se tratase, dio las gracias a la abuela por la comida, dejó el plato junto al lavaplatos y se dirigió a la puerta de la cocina.
—Bueno, me voy. ¿Y tu que haces hoy, abuelo? -La abuela echó una mirada al abuelo, y volvió a mirar a Moritz, que esperaba respuesta -Nada, me lo imaginaba. Pues ya que no me preguntas, hoy voy a coger tu vieja moto para recoger a Sophie; si no te importa, claro -. Como un rayo el abuelo levantó la cabeza, con la intención de soltar un grito, o queja, pero su tradición le obligó a quedarse en silencio. Al abuelo le quedaba aún la mitad del plato por terminar, y hasta que no se lo comiese no podía hablar. Moritz aprovechó el momento para salir, con paso travieso y agitado, atravesando el pasillo del salón hasta el perchero, de donde cogió una chupa de cuero, se puso las botas, se echó la capucha sobre la cabeza y salió de casa. Al pasar por la ventana del comedor pudo ver a la abuela, que le miraba, sonriendo, y por otro lado al abuelo comiendo, como si del último plato de spätzle se tratase en lo que le quedaba de vida. Antes de llegar al garaje pasó por la casa de sus padres, corriendo, y cruzó el comedor donde Stephan y Mareen estaban comiendo pasta. Subió las escaleras hasta llegar a su habitación, y de un cajón sacó una caja de Weißbier. Con la caja de cerveza sujeta, en ambas manos, bajó las escaleras y salió por la puerta trasera, sin despedirse de sus padres. Finalmente llegó al garaje. Al fondo, detrás de montones de bicicletas, cañas de pescar, herramientas de carpintería y multitud de trastos viejos e inútiles de todas las generaciones anteriores posaba, contra la pared, la vieja zündapp naranja. Dejó las botellas en el suelo y apartó todos los trastos de su camino, hasta llegar a la moto, que cogió con nerviosismo y condujo a pie hasta la puerta del garaje. Había prisas, el tiempo corría. Le quedaba justo lo que tardase su abuelo en terminar de cenar y salir “corriendo” para atraparle. -Vamos, aligerando…- Se dijo Moritz a sí mismo mientras ponía la caja de cervezas en la parte trasera de la moto. Aquello pesaba como la hostia. La moto comenzó a tambalearse. Salió definitivamente a la calle, subido, pero sin haberla arrancado. Bajo la lluvia, que en los últimos momentos estaba empeorando considerablemente, se puso el viejo casco de su abuelo. Apenas se podía apreciar la casa donde estaban cenando sus abuelos, pero con un poco de atención Moritz pudo ver la puerta principal abrirse, y de ella a un anciano descalzo salir “corriendo” y gritando. Moritz se dio toda la prisa que pudo, pero la moto no arrancaba. Tan siquiera hacía el amago de estar arrancando. El abuelo se encontraba a pocos pasos de la victoria, pero, por milagro del joven, la vieja zündapp naranja arrancó, y Moritz desapareció por entre la niebla y la creciente tormenta.
—¡Gamberro! ¡Inútil! -Se podía oír al fondo-. ¡Ya verás cuando te atrape! – Pero Moritz se alejó.

El pueblo; si se puede llamar así, consistía en tres casas: la de los abuelos, la de los padres y la de la hermana de Moritz. Las tres casas las cruzó a toda velocidad con su zündapp. La lluvia chocaba contra la visera de su casco negro y el frío congelaba sus manos desnudas. Mientras conducía revisó si llevaba su caja de tabaco y la caja de cerillas. Por supuesto que las tenía, siempre las llevaba en el bolsillo interior de su chupa de cuero. Le encantaba esa chupa, incluso le daba pena que se mojara. Tal vez sea la única vestimenta que de verdad le importaba. Moritz solía pasar de modas, y de ropa. Si pudiese, lo haría todo desnudo, como si de woodstock se tratase, pero la tradición y la cultura bávara exigían unas normas de vestimenta claras, exigentes, rígidas, firmes. Moritz discrepaba de todo tipo de normas, y lo mismo hacía con la vestimenta.

Llevaba la moto a cuarenta por hora, el máximo. Cruzó por Kronau, el pueblo vecino, y llegó hasta Aßling, donde vivía Sophie. —¡Ay Sophie!— No pudo hacer otra cosa que pensar en ella mientras conducía la vieja zündapp. —¡Ay Sophie! Italia será perfecto para nosotros—. Llegó hasta la puerta y llamó al timbre. La madre abrió la puerta, y cuándo lo hizo miró con ojo crítico al joven que tenía ante sus ojos.
—Así que tú eres Moritz.
—Así es -Dijo mirando el suelo, no tímidamente, sino más bien cool, con rebeldía.
—Pasa, pasa, que te estarás congelando -Y así era. La tormenta ya había llegado a Aßling.
—No, tranquila, la espero aquí.

A veces, a Moritz le daban ataques de rebeldía como esos, que controlaba su subconsciente. Como reacciones que se meten en la cabeza y no salen, como melodías revolucionarias, como la marsellesa, por ejemplo. Sin saber por qué, Moritz pensó en el bolsillo interior de su chupa de cuero mientras hablaba con la madre de Sophie, que seguía observando atentamente a lo que el joven hacía. Basado en ese pensamiento metió la mano en el bolsillo y sacó la caja de cigarrillos. La madre de Sophie seguía mirando, asombrada. Cuando se encendió el cigarro, un rostro joven, de tez blanca y cabello rubio natural, se asomó por detrás de la madre y vio, con cara de locura lo que Moritz estaba haciendo. La madre giró la cabeza y miró a su hija.
—No sabía que tu novio fuma -Lo dijo ciertamente asustada, y en esa expresión, en ese momento fue cuando Moritz se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y despertó. La madre de Sophie volvió la cabeza y le miró. Moritz intentó escapar, o disimular, verbalmente.
—Ah bueno, pero mis padres lo saben, del todo, y están totalmente de acuerdo. Incluso ellos fumaban a mi edad, o quizá antes, incluso -La madre echó una mirada despectiva a la moto que estaba aparcada en frente de su casa, y miró de nuevo a Moritz, que sonreía falsamente. Sin decir nada más, se dio la vuelta, con una expresión demacrada, y entró al salón de su casa. Cuando Sophie y Moritz se subieron a la moto, sin apenas despedirse de sus padres, mantuvieron una breve discusión.
—¿Cómo se te ocurre? – Decía ella.
—Y qué más da.
—Mucho. Da mucho. ¿Es mi madre vale? Tienes diecisiete años, y yo dieciséis, no somos los amos del mundo -La moto arrancó.
—¿No lo somos? Lo seremos -Sophie sonrió-. Permanecieron en silencio mientras la lluvia caía en forma de caos contra los cascos de los dos jóvenes. Ella lo agarró por la cintura, mientras él conducía tranquilamente, y apoyó la cabeza sobre sus hombros. Luego, Sophie giró la cabeza y miró la parte trasera de la moto.
—¿Y qué llevas atrás? -Al girarse todo el peso fue a un lado. Sobre la carretera mojada y resbaladiza la moto comenzó a dar seseos. Por poco volcaron, pero todo se equilibró y siguió con su normal trayecto. Moritz no dijo nada, y tampoco regañó a Sophie. Simplemente respondió lo que le habían preguntado.
—¿Atrás? Cerveza
Y ella no se pudo contener y comenzó a reír.
—¿Cerveza? -Moritz no contestó dejando clara la respuesta- ¿Me estás diciendo que, nuestro futuro, todo nuestro futuro, se basa en una caja de cerveza, es decir, que la cerveza es nuestro comienzo? -Dijo ella, atónita, mientras Moritz seguía sin contestar, como al estilo de su abuelo-. Tienes suerte de que me encante la cerveza porque, si no, me bajaría de la moto en seguida -Moritz soltó una leve carcajada y continuó sonriendo, lanzando un mensaje de tranquilidad. Sophie volvió a hablar:
—Bueno, ¿Y a dónde vamos?
—No se, ¿Te gusta la pasta?
—Me encanta.
—Pues vamos a Italia.

En el momento en el que Moritz pronunció estas palabras pensó en lo que echaría de menos. Pensó en la tormenta, en los Alpes, en los bosques, en la cerveza, y cuando siguió pensando recordó a su abuela, sonriendo desde la ventana del comedor, y un repentino sentimiento de tristeza le ahogó los pulmones. Y si no hubiera sido por Sophie -¡Ay, Sophie!- Moritz hubiese dado la vuelta.

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