Uno entró con prisas y salió sin nada

Al entrar en la tienda una ola de calor, comparada con el temporal helado que sacudía afuera, inundó al joven, que irrumpió en la tranquilidad de la dependienta anciana para soltar, en un tono susurrado y melódico un par de murmullos malhumorados. La mujer saludó con una sonrisa agradable. El hombre ni se inmutó y siguió andando hasta llegar a un perchero, donde dejó posada una chaqueta negra, un gorro del mismo color, y así lo hizo también, con amargura y desdén, con sus guantes, que cayeron al suelo. Se dio la vuelta y siguió caminando hasta la dependienta, recorriendo todos los decorados por los pasillos y llegando hasta el final, a la caja, junto a la puerta por la que había entrado, y a la que llegaban, de vez en cuando, leves sacudidas del frío viento exterior. El hombre miró a la señora bajo un silencio inquieto, que se rompió cuando la señora pronunció sus palabras.
—Perdone, se le han caído los guantes.-Su voz sonó frágil. El hombre sonrió.
—No -Dijo, con un gesto intelectual. Cualquiera diría que venía de la biblioteca, y que los libros le habían comido la cabeza, como estaban acostumbrados a hacerlo, y le habían convertido en un sabelotodo impertinente. Aún así, su expresión solo dijo de él que se trataba de un hombre sabio, aunque también cansado. – No se me han caído, los he dejado allí donde no se pueden caer.
—Ah -La mujer giró la cabeza. Por un momento pareció joven, pero solo en la forma en la que buscó un lugar al que mirar, y en la forma en la que encontró la ventana y miró hacia el exterior, fijándose en unos pocos que paseaban por el pueblo vacío, en las amarillentas hojas sobre los viejos adoquines mojados que relucían bajo la poca luz que había. Pudo haber mirado por el decorado de su tienda de fotografía pero la costumbre hace mirar al paseante hacia el calor del interior, y al cobijado buscar el frío de las aceras.

La mujer giró de nuevo la cabeza. Lo hizo con lentitud, sin prisa. Y así es. En un hogar el tiempo siempre transcurre más lento. El silencio se apagó cuando el hombre desprendió con nerviosismo sus labios para hablar a la mujer.

—Verá señora, llevo días buscando unas alcalinas para mi analógica, y no las he encontrado en ningún sitio. Incluso fui a Madrid a buscarlas, pero nunca se me ocurrió pasarme por aquí.
—Bueno, no es usted el único.
—Sí… Lo siento- Sacó del bolsillo la cartera, que abrió delicadamente, y del cuero de su interior cogió dos pequeñas baterías-. Todos me dijeron que se tratan de unas baterías de un modelo antiguo. Son únicas, me dijeron. – Estrechó la mano y las dejó sobre la mesa. La mujer se fijó en ellas, y con manos temblorosas las cogió y las miró de cerca. El momento no exigía una sonrisa, pero aun así sonrió brevemente.
—Y así es – Dijo ella. El hombre levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—Son preciosas -Ella las miraba como si se tratara de un joyero, observando sus piedras preciosas recién llegadas. Y digo joyero, no mujer ricachona, porque un joyero las observaría atentamente, sabiendo del asunto, sobre la calidad, la dureza, el brillo. En cambio el cliente de un joyero, es o suele ser, un hombre que compra joyas porque su dinero se lo exige.
—¿Por qué? ¿Por qué lo dice?
—Oh joven, te ofrezco lo que quieras por estas baterías.
—Sí, bueno… Pero están gastadas.
—Da igual. ¿Sabes chico?-Tragó saliva. – Este es el modelo de pilas de mi primera cámara analógica- El hombre las miraba con cara de extraño. No lo comprendía. ¿Y qué?, pensaba. Era un hombre relativamente joven y las miraba como lo haría cualquier niño con otra cosa antigua, ya saben, con mucho valor solamente porque lo dicen los padres, pero, en cambio, con poco valor sentimental. En este caso la anciana solo sentía valor sentimental, y lo expresaba. Hace unos segundos sus ojos parpadeaban cansados. Cansados bajo la niebla densa de las calles que observaba con melancolía. Pero de un momento a otro sus ojos, relucientes, incluso inundados de alguna que otra lágrima que no caía, sino permanecía pegada a sus ojos, buscaban agradecer al muchacho de la manera que fuera. Comenzó a abrazarle, a darle besos, a sujetarle de los hombros para darle las gracias, con lentitud, pero con seguridad. El muchacho decidió dejar las pilas en la tienda porque sabía que ya no las necesitaría más. El hombre intentó huir, pero la mujer ya no le dejaba. Consiguió llegar hasta la percha para coger su abrigo y recoger los guantes del suelo. Al darse la vuelta y al caminar por la tienda, que estaba inundada de artefactos antiguos, la mujer se acercó a él.

—Hijo, puedo hacerte una pregunta – Dijo con sinceridad, y él aceptó—. Por dónde se perdió tu sonrisa -. La voz de la anciana sonó comprensiva y dulce, en cambio el hombre no lo tomó así y su expresión cambió. ¿Cómo pudo preguntar algo tan inapropiado? Pensó sin saber qué contestar. Al final habló ella-. ¿Quieres saber por qué te pregunto?
—Dígame señora-. De encontraba ante la puerta, preparado para salir de la tienda sin haber conseguido lo que quería.
—Te lo digo, hijo, porque en tu vida solo veo prisas, y frío, e inquietud-. El seguía en silencio-. ¿Dónde quedó la tranquilidad, la soledad y la paciencia? ¡Y tan dulce que me pareciste al entrar por la puerta, hasta que hablaste! Y tan inquieto que te veo salir. ¿Y no será, tal vez, que las pilas que buscas no son aquellas de las que se pueden comprar?- El joven, harto de escuchar, se dio la vuelta decidido a salir. Cerró la puerta y desapareció. Y la mujer susurró—Las pilas que buscas no están en mi tienda, ni en Madrid, ni en ningún lugar sino en tu hogar… – Y sin saber por qué, sonrió-. Solo uno ha conseguido hoy lo que quería. Uno entró con prisas y salió sin nada. Otro no buscaba nada, y encontró algo que llevaba buscando casi media vida.
La anciana giró la cabeza con tranquilidad, apoyó los codos contra la madera de su puesto y miró atentamente a las nuevas pilas que posaban delante suya pensando todo lo que pudo hacer un día con ellas.

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