En la casa de los Johnson

*Transcurrieron los años, y la casa no volvió a ser la misma. El tejado… ¿Qué fue del tejado que construyeron todos juntos? Un pobre anciano, con pulmones de fumador, no podía arreglarlo, y menos su mujer, que apenas salía de la cocina. Siempre preparaba bizcochos, y los repartía por el vecindario. De chocolate, manzana, pera, limón. Y bueno, esperaba a que llegasen los fines de semana y dárselos de probar a su hija. Solo ella podía dar un opinión severo, en cambio su hijo, un joven jugador de fútbol de la universidad de Dubuque, se zampaba los bollos como si no hubiese mañana. —Está muy bueno mamá. — Decía tras zampárselo y después esconderse en su habitación, bajo un tejado medio roto, y pensar en la antigua casa de los Johnson, en las tardes encerrado, en el viejo Willis y en la aún joven familia.*

Ladrillo a ladrillo la casa fue creciendo. Comenzaron con el garaje, con el trastero, los suelos, las paredes, el jardín. Nadie recuerda bien como acabó la casa en pie, cuando en realidad ninguno de los constructores tenía la mínima idea de arquitectura. A pesar de todo las paredes se mantenían, tres pisos a lo alto, y la familia Johnson podía dormir segura. También fue, el garaje, lo último en acabar, ya que allí se pasaron horas y horas intentando avanzar pero sin hacer nada. Una vieja estantería de pino maciza fue el último mueble en colocar en toda la casa, y fue al garaje, que al cabo de los años acabaría a rebosar de botes de pintura, gasolina, aceite, alcohol, y unas pocas cajas de puros que escondía el padre sin que se mujer se percatara. Bajaba al garaje los días de lluvia, esos días en que cada uno se encierra en su habitación y comienza con sus asuntos personales, creativos y emotivos, y se fumaba un puro, como mínimo, con un vaso de scotch, música country y un ligero toque de dedos sobre la silla de pesca donde estaba sentado. Mientras tanto la madre Johnson hacia aquello que más le gustaba. Muchos acusarían de machista la actitud del padre por dejar cocinar sola a la madre, y dejarla en la cocina durante horas, hasta que el señor subía del garaje, se lavaba las manos con el fin de quitarse el olor del puro, e iba a la cocina con la comida ya servida, pero en el caso de la familia Johnson solo cocinaba la madre porque no permitía a su marido que tocara nada. Muchas veces el marido iba a la cocina y preparaba alguna sorpresa que solía terminar en catástrofe, ya que no tenía la menor idea de cocinar. Y cuando llegaba la señora, soltaba un largo discurso con gritos de bronca, y el señor se refugiaba asustado y enfadado en los puros y el scotch de su garaje. Y mientras tanto, en el piso de arriba, la joven Annie hablaba durante horas por un teléfono cubierto de tela rosa, con su mejor amiga del instituto. Nadie podía hablar cuando lo hacía ella, que solía ser siempre, excepto cuando llegaban las once de la noche y ambas amigas se cansaban, y comenzaban a despedirse. La despedida duraba otra media hora, hasta que, al final, alguna de las dos tomaba la iniciativa de colgar el teléfono y dormir, o escuchar música, o descansar. Muchas veces había bronca en casa de los Johnson por el asunto del teléfono. En la opinión del padre, Annie no debería tener el teléfono en su habitación, ya que dañaba el sueño, aumentaba los gastos de la casa y no permitía escuchar las llamadas al resto, pero Annie no quería soltar su humilde teléfono de piel rosa y de soporte al estilo antiguo, ya que se lo había regalado su mejor amiga Lindsey. Lindsey antes solía visitar la casa en vez de hablar por teléfono, pero no desde que había estado liada con el último de los Johnson, Scotty. Scotty cerraba la cadena de familiares en la casa, además del perro Wallis. Tenía un año más que Annie, 17, y por lo tanto también un año más que la mejor amiga de su hermana. Era un chico problemático, al que nadie quería tener en casa, incluso su familia. Era un patriota con rasgos de nerviosismo, y de muy mala leche. Estaba enganchado a los videojuegos de combate, y coleccionaba réplicas de armas de la primera guerra mundial a escondidas. La mejor amiga de su hermana, Lindsey, y él, se conocieron en el instituto cuando iban castigados a la sala de castigos, o como la llamaban ellos, la sala de torturas. Dios que mal sonaba aquello, cuando en realidad en esa sala podían hacer lo que querían, ya que por falta de profesores en el instituto, no había nadie que les vigilara. Allí comenzaron a hablar, y tras conocerse mejor, ambos se metían en líos del instituto a propósito, queriendo ser castigados para reunirse en la sala de castigos. Acabó saliendo a la luz todo el rollo cuando una profesora entró, junto a Annie, a la sala de castigos, para avisar a Scotty de que debían ir a casa. La triste causa por la que debían irse escondió un poco el rollo entre Lindsey y Scotty, pero no cuando consiguieron superar la trágica muerte de la abuela y volvieron a hablar sobre todo el asunto. Ambos no pudieron verse durante días; ni en los desayunos, ni en las cenas, ni en las comidas, tampoco en el autobús camino al instituto, y en el autobús de vuelta, hasta que al final la situación se calmó y se decidió que Scotty no podía hablar nunca más con Lindsey. En fin, a Scotty tampoco debía importarle mucho, ya que ocupaba un puesto importante en el equipo de fútbol del instituto. Le quedaba un año para la universidad, y su sueño era llegar al Dubuque, donde, si llegaba a ser titular, podría ligarse a todas las tías buenas del campus,—Incluso más buenas que Lindsey.— le oía decir Annie, y se enfadaba.

—Eres un maldito superficial. – Le gritaba a la cara.
—Pero solo porque por dentro sois todas muy feas.
—Eres asqueroso.

La discusión acababa cada vez que la madre oía los gritos, y subía a separar la pelea. Lo mejor para Scotty era bajar al garaje y robar un puro de la caja de su padre. Qué suerte tuvo de que no le pillaran nunca, por no ser así hubiese acabado cojeando, o tuerto, o muerto, o algo así, y no hubiese podido jugar al fútbol nunca más. Lo único que le quedaría hacer entonces sería hablar con su familia, o peor aún, jugar con el pesado de Willis, el perro baboso, el peludo que podría quedarse calvo en menos de dos días si siguiese perdiendo tanto pelo. —¡Quítate de encima sucio perro!— Gritaba Scott con mala leche cuando Willis se acercaba a él. La verdad es que no sé como pudieron aguantar a Scotty en la casa durante tanto tiempo.

Todo pasó en un día de lluvia.

El padre estaba en el garaje, la madre en la cocina y su hermana en la habitación, hablando con Lindsey. Primero cayeron truenos, y la casa se silenció. Por un momento la familia Johnson se paró, pero tras otro corto instante volvieron a la normalidad. Nadie lo tomó muy en serio, la verdad. La madre siguió cocinando, el padre fumando y moviendo el dedo al son de la música country, y Annie, tras un breve momento de silencio siguió hablando.

—¿Hola? ¿Annie? ¿Sigues allí?- Se oía al otro lado de la línea.
—Eh… Sí, claro, dime.
—¿Qué pasa Annie?
—Eh nada, solo había oído un ruido.

La casa siguió al corriente. En la habitación de su hermano el perro volvió a acercarse a Scotty. Él se ponía nervioso cuando el perro se acercaba. —Maldita sea, Willis, apártate de mí. — Y fuera llovía, y las gotas caían contra un tercer piso, donde estaba la habitación de Scott, llena de carteles, pósteres de jugadores de fútbol americano, de tías buenas, armas de fuego y una bandera de los Estados Unidos. Volvió el silencio. Scott abrió la ventana, en plena tormenta. Era alérgico a los pelos de Willis, quería tomar un poco el aire.

De repente ocurrió.

Cayó un rayo. Sonó un ruido seco bajo el fondo húmedo del tintineo de la lluvia. Provenía del tejado. Scotty vio caer trozos por la ventana. El joven, asustado, fue a esconderse bajo las sábanas de su cama. Mientras tanto una joven colgó su teléfono y bajó las escaleras, insegura, hasta encontrarse con su madre, que juntas abrieron la puerta del jardín, y se encontraron con el padre, con un puro en la mano, saliendo del garaje, y mirando fijamente a un trozo de tejado caído en el césped del jardín. Y seguían cayendo las gotas, mientras que del vacío espacio del garaje sonaba una música country, difuminada, bajo las gotas de una tormenta y una familia aterrorizada.

Ya nada volvería a ser igual.

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