El curioso disparo de Salinas

Sonó el crujido de una puerta. El joven cerrajero se percató, pero siguió arreglando la puerta. Miró hacia abajo, a través de una de las rendijas de las escaleras de metal, donde pudo observar la vista cansada de un anciano minero que le miraba con cara de asombro.

—¿A que vienes, joven? ¿Es que no eres obrero?- Su voz sonó grave, rajada. Su cara, sucia de polvo y carbón, encendió al joven trabajador, que dejó sus herramientas en el suelo, se apoyó en la barandilla, y contestó al anciano.
—Si usted supiera. ¿Y usted, no combate?- El anciano soltó una carcajada, y de su enferma risa comenzó a toser, soltando flemas. Con la manga de la vieja tela de su camisa se limpió los labios, y volvió a hablar.
—¿Acaso me ves, a mí, con fuerzas para combatir? Como se nota que no eres minero, joven. Yo vine aquí para aislarme del combate.
—Váyase, anciano- El cerrajero se dió la vuelta, y comenzó a trabajar, de nuevo, en la puerta. El anciano, callado, seguía mirándole.
—¿Cómo te llamas, joven?
—Emilio – Dijo desinteresado.
—¿Emilio, que más?
—Rancés.
—Emilio Rancés.- Repitió susurrando. – Un cerrajero maricón.-
Emilio se dio la vuelta con gesto firme.
—Por última vez, anciano, váyase de aquí. Es por su propio bien.- Tardó un momento hasta que el anciano, susurrando palabras inaudibles retrocedió lentamente, y salió por la misma puerta por la que había entrado.

Las luces se apagaron. Era el apagón. Era la señal.

—¡Rápido, váyase! ¡Anciano! – No se pudo oír respuesta. Las luces seguían apagadas. “Obreros, campesinos, rezo por vosotros, compañeros” Susurró Emilio. “Ya queda menos.” Consiguió abrir la puerta. Se levantó con rapidez. Las luces se volvieron a encender. Tras la vieja puerta de madera se encontraba su salvación. Armas. Fusiles, escopetas, milagro. No tardó en correr hacia el pequeño almacén, de donde cogió una escopeta y salió afuera. No había guardias. “Ya están fuera”, pensó, y se quedó esperando. Afuera se oyeron las puertas, disparos y gritos. ¡Alto ahí!, y de nuevo disparos. Emilio salió corriendo.

—¡Por aquí, compañeros!- Le siguieron hileras de personas, y se acercó un conocido.
—¡Emilio!
—¡Gracias a dios Salinas, ven conmigo! -Les siguieron multitudes, combatientes, mujeres armadas, obreros, campesinos, mineros.
—¿Y la guardia?
—Demasiada.
—¿Heridos?
—Muchos. – Siguieron avanzando.- Vamos retrasados.- Llegaron hasta las escaleras y entraron en el almacén, donde repartieron armas a los demás combatientes. Por otra de las puertas entraron soldados. El ejército. De nuevo comenzaron los disparos. Cayeron hombres. Emilio y Salinas bajaron las escaleras, bajo constantes disparos. Se dirigieron por la puerta por la que había entrado el anciano y llegaron a un lugar más abierto. Ya había llegado el ejército.

El papel importante que jugó Emilio en la revolución hizo de él una persona aún más importante. La casualidad le llevó hasta allí. Llegó a ser una persona aún más conocida cuando entraron por la vieja puerta y llegaron al lugar. Salinas subió unas escaleras. Emilio se quedó abajo, perplejo, bajo disparos de fusiles y escopetas.

—¡Anciano! ¡Váyase de aquí! – El pobre anciano se encontraba apoyado contra una de las paredes, asustado. Pudo estar llorando, pero la rapidez de los sucesos le provocó un susto, que le hizo inocente. – ¡Anciano! – Sonó un disparo, y un grito.- ¡Me cago en la puta! – Y el inocente anciano cayó al suelo, manchando de sangre roja el sucio sustrato.

Emilio se dio la vuelta, y dio al militar que había disparado al anciano. De nuevo un cuerpo inmóvil ensució de sangre, pero no del mismo color, el ya manchado sustrato.

—¡Emilio! ¡Ven aquí!- No pudo localizar el grito, que provenía de una de las escaleras, donde estaba Salinas. No hizo caso de la llamada, y siguió disparando a sus enemigos. Desde arriba Salinas apuntó, disparó, y alguien cayó al suelo. Al mismo tiempo, de algún otro lugar, sonó otro disparo, proveniente de una de las esquinas, que dio malamente en el estómago de Emilio.

Emilio cayó al suelo. Salinas lo vio. Quiso bajar a ayudar pero no pudo. Masas de soldados entraron por una de las entradas.

—¡Me cago en la puta!- Y, desesperadamente, cayó una lágrima por las mejillas del compañero, que no pudo ayudar, solo gritar, asfixiado. Emilio seguía tendido en el suelo. —Está muerto joder. – Pero no pudo bajar- ¡Me cago en Lerroux!- Y siguió combatiendo.

La revolución de Asturias de 1934 dejó 25000 heridos y detenidos, y 2000 muertos para el ejército rojo, y solo unos pocos para el ejército nacional. Dieron por muerto a Emilio Rancés, persona célebre. Su muerte fue noticia por toda la prensa roja. La noticia llegó a Madrid, a donde fue transportado por compañeros que lograron escapar, entre ellos Salinas. El entierro fue planeado durante días.

En Madrid estaba Salinas junto al cuerpo de su compañero y numerosos familiares, entre ellos esposa e hijos. La noticia no solo fue trágica, sino también curiosa, pues dos días antes de su entierro, Rancés despertó, se levantó y dio una vuelta por la sala, pero antes de saludar a Salinas, y a sus familiares, cayó al suelo, de nuevo, y abandonó de una vez por todas este mundo.

Pocos días después, Salinas fue capturado y ejecutado.

————***————

Suena a historia ficticia, pero no lo es.

Hace unos días estuve comiendo en un restaurante con una mujer de familia asturiana, proveniente de un pueblo minero cerca de Oviedo. De una conversación surgió esta historia. No recordaba bien los nombres así que los improvisé. Se trata de un suceso real que le ocurrió al abuelo de esta mujer. Pero aún hay más. Se pudo averiguar más tarde, tras la confesión de Salinas, que el disparo que dio a Emilio Rancés no fue proveniente de un soldado del ejército, sino del propio Salinas, que de pura casualidad, rebotó en una de las estructuras de metal, y dio a su compañero. Es una historia curiosa, y por eso mismo decidí compartirla por este blog. Si bien, no está tan bien escrita como fue en realidad, simplemente por la gran casualidad de algo que resulta tan ficticio, quiero conservarla para siempre, pues por muy duro que cueste creerlo, todo aquello se trata de una historia real.

Anuncios

Un comentario en “El curioso disparo de Salinas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s