Amante de la lluvia

Una delgada cortina hace de mi habitación un cuarto oscuro. Queda extendida a todas horas de luz, y tampoco baja cuando el sol lo hace; solo queda, protectora, defendiendo mi ansiada oscuridad. La razón de que me duelan las pupilas de tanto brillo, y hagan de ellas un lugar borroso en un momento efímero, hace que las pequeñas cortinas que cubren mis ojos caigan a la vez que aquellas que cubren del excesivo brillo mi habitación. —Este verano quedó muy largo. — Pienso — Demasiado largo. ¿Dónde quedó la lluvia, la tormenta, el viento, el desorden? ¿Dónde está el caos que estimula mi mente? ¿Quedó pegado al fondo de los secos ríos durante esta larga sequía? ¿Y quien los traerá de vuelta? Nadie, menos la lluvia, el tiempo, y la oscuridad de mi cuarto. No soporto más calor.

Sofía me dijo, hace tiempo, que yo vivía a contracorriente. —No conozco a otra persona que busca tanto el frío como tú. — Me decía, y yo la ignoraba, o trataba de hacerlo. No odiaba, ni despreciaba el calor. Es más, cuando llovía fuera, y oía el gotear de la lluvia contra los cristales de su habitación, lo disfrutaba. Disfrutaba el calor y la tranquilidad, la paz en el sonido de la lluvia contra los cristales. Lo noté, “No hay nada más profundo que el calor de un hogar acogedor”.

Yo no odio el frío, lo amo. Aún así, tampoco me pasaría noches de lluvia por la calle, en el frío y el viento. Para mí el frío es un símbolo, un recordatorio que me repite una y otra vez la suerte de tener un hogar tranquilo, cubierto y sencillo. Nadie odia el calor. Pero sí lo odio cuando queda para siempre.

Nada es para siempre, como dicen algunos. Nunca entendí el uso negativo de tal frase. Si nada es para siempre, pues genial, una cosa menos que aguantar durante el resto de tu vida. —Nada es para siempre. — Eso mismo le dije a Sofía cuando me fui a Florencia y la dejé sola, y ella se quedó derramando penurias en algún cuarto oscuro de su humilde apartamento. Aquel día seguro que cayeron gotas en El Fraguar, pero tan solo en su habitación, en el gran dormitorio de ventanas con vistas al cielo, donde solía dormir yo, con ella, sobre todo en días de lluvia, para oír el sonido de las gotas contra los cristales. Lo demás me daba igual, incluso ella.

De haber podido escoger un lugar, mi corazón me habría llevado, seguramente, hacia algún pueblo o pequeña ciudad en Escocia, Gales, o Irlanda, donde llueve, y donde hay poca gente por las calles, o por lo menos no tanta como en Florencia. Pero el trabajo me llevó allí. Una preciosa ciudad, Florencia, pero incluso en El Fraguar llovía más que allí.

—¡Y de nuevo brilla el sol! ¡Un nuevo día de verano! ¿Lo disfruta en Italia, verdad, señor Ortega?- Me decían mis compañeros de oficina, y por más que les contestara lo mismo, volvían a preguntarme igual.- ¿Y por qué vino entonces a Florencia? – Pero la decisión no fue mía. Mi jefe había tomado la decisión. Me fui porque me obligaron, si se puede decir así.

La despedida fue dura. No me costó alejarme de Sofía, pero sí de su habitación, y del tiempo, de las nubes, de la niebla, de la chimenea, de mi pequeño pueblo otoñal, de las viejas farolas que iluminaban las calles, de nuestros bares de tapas, de los puestos de castañas, de las hojas de colores, caídas y posadas sobre el camino de tierra que nos llevaba por El Fraguar; todo.

Pero nada es para siempre. Y todo ello acabará. Tan solo volver a casa de Sofía, tumbarme en su cama, y ver las gotas caer contra los cristales de su apartamento. Nada más bonito que saber, que hay algo que nos cubre de ser mojados. Pero si hay tiempos de sequía, en Florencia, no queda otra que cerrar las delgadas cortinas, y dejar a mis pupilas ver negro, en un momento de tranquilidad.

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3 comentarios en “Amante de la lluvia

  1. Siempre he pensado que en esos días grises somos un poco menos nosotros y nos hacemos más yo. Nos miramos hacia dentro y nos encerramos en nuestros pensamientos. Días de introspección, de reflexión, de sosiego, de tomar decisiones. Siempre he pensado eso, pero no siempre tengo razón.

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